IBIS

tip, FAUN LEYE AVES

vet,

Ave de la familia de las íbidas que no existe en las regiones septentrionales. Se han encontrado unas treinta especies diferentes, de las cuales solamente tres están representadas en los monumentos egipcios.

El ibis sagrado se veneraba en Egipto como una encarnación del dios Thot, y en la ciudad de Hermópolis, dedicada a su culto, se han encontrado momias de dicha ave.

Se alimentaba de serpientes y otros reptiles y de moluscos crustáceos.

El ibis sagrado tenía el cuerpo blanco y la cabeza y la cola negras. Para los hebreos, posiblemente a causa de sus hábitos alimenticios, era ave inmunda (Lv. 11:17; Dt. 14:16).

Algunas versiones traducen «lechuza».

IBLEAM

tip, CIUD

sit, a2, 355, 117

vet,

= «pueblo que cae».

Antigua ciudad de Isacar, dada después a Manasés, y en cuyas cercanías fue herido mortalmente Ocozías, rey de Judá, en una contienda civil (Jos. 17:11, 12; Jue. 1:27; 2 R. 9:27).

IBZÁN

tip, JUEZ BIOG HOMB HOAT

vet,

(Probablemente «veloz»).

Décimo juez de Israel, oriundo de Belén y jefe de numerosa familia.

La tradición rabínica lo identifica con Booz (Jue. 12:8-10).

ICABOD

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

= «La gloria ha partido; sin gloria».

Hijo de Finees y nieto de Elí. Su nombre recordaba, de una manera solemne, que la gloria se había retirado de Israel, por cuanto el arca de Dios había sido tomada (1 S. 4:19-22).

ICONIO

tip, CIUD

sit, a9, 466, 195

vet,

Ciudad de Asia Menor. Jenofonte la describe como la última ciudad de Frigia que hallaba el viajero que se dirigía hacia el este (Anabase 1:2, 19).

Bajo el dominio de los griegos y romanos, Iconio fue la capital de Licaonia. Se hallaba en un paraje fértil de la meseta licaonia, mayormente carente de agua.

Bernabé y Pablo visitaron Iconio durante su primer viaje misionero, deteniéndose allí al ir y al volver (Hch. 13:51; 14:1-6, 19-22; cfr. Hch. 16:2; 2 Ti. 3:11).

La historia de Iconio no presenta ninguna interrupción. En la actualidad se llama Konya.

IDDO

tip, SACE BIOG HOMB HOAT

vet,

(a) Levita, descendiente de Gersón (1 Cr. 6:21). Llamado también Adaía (1 Cr. 6:41).

(b) Padre de Ahinadab, intendente de Salomón en Mahanaim (1 R. 4:14).

(c) Abuelo del profeta Zacarías (Zac. 1:1, 7; cfr. Esd. 5:1; 6:14). Es lógico admitir que es este Iddo, jefe de sacerdotes, el que volvió a Jerusalén con Zorobabel, y cuyo nombre vino a ser el de una casa patriarcal en la siguiente generación.

(d) Jefe que moraba en Casifia. Gracias a él, Esdras obtuvo los necesarios ministros levitas que precisaba para el servicio del Templo (Esd. 8:17-20).

IDIOMAS

tip, ABEC

ver, BABEL, GRIEGO, HEBREO, ARAMEA

vet,

La diversidad de lenguas se remonta a la confusión de Babel (Gn. 11). Así, el lenguaje, herramienta básica de comunicación, vino a ser inútil para la empresa común a que se había dedicado la humanidad en su desafío a Dios, y sobrevino la dispersión.

La Biblia misma fue escrita en dos idiomas principales, el hebreo para el AT, con unos pocos pasajes en arameo, en tanto que el NT fue redactado en griego. Sin embargo, los diferentes escritos evidencian rastros lingüísticos de las épocas y circunstancias históricas en que fueron redactados. En el Pentateuco se advierte una influencia egipcia en muchos nombres y ciertos términos; en cambio, en el libro de Daniel hay términos administrativos tomados del persa, y nombres de instrumentos musicales que habían venido de Grecia conservando su nombre griego. La influencia persa se advierte también en el vocabulario de Esdras, Nehemías y Ester. En el NT se advierten también las diferentes influencias sobre los autores dependiendo de su origen, aunque usaran todos ellos el griego «koinë» de los pueblos helenizados de Oriente. (Véanse BABEL, GRIEGO BÍBLICO, HEBREO BÍBLICO, ARAMEA [LENGUA].)

IDOLATRÍA

tip, LEYE

ver, DIVINIDADES PAGANAS, JEROBOAM

vet,

El culto a los ídolos ha sido practicado desde épocas relativamente tempranas de la historia. Sabemos que los antecesores directos de Abraham adoraban, en lugar de a Jehová, a dioses extraños (Jos. 24:2), indudablemente por medio de ídolos. Labán tenía estatuillas («terafim») que Raquel le hurtó (Gn. 31:30, 32-35). Se trataba de «dioses domésticos», cuya posesión daba derecho a la herencia.

Los egipcios, por su parte, adoraban a las estatuas que representaban a sus dioses; en la parte más santa de sus templos se hallaba el emblema de un dios o de un animal divinizado (Herodoto 2:63, 138).

Los cananeos poseían ídolos que los israelitas habían recibido orden de destruir al llegar al país, entre los que se hallaban los baales y Astoret, Moloc, etc. (Véase DIVINIDADES PAGANAS.)

El segundo mandamiento del Decálogo está dirigido especialmente en contra de la idolatría (Éx. 20:4, 5; Dt. 5:8, 9), prohibiendo inclinarse ante imágenes, esculturas, estatuas, pinturas.

Los profetas de Israel, al estigmatizar y ridiculizar la incapacidad e impotencia de los ídolos, obedecían una orden formal del Señor (Sal. 115:2, 8; Is. 2:8, 18-21; 40:19, 20; 44:9-20; Jer. 10:3-5). Esta impotencia de los falsos dioses se revela, p. ej., cuando el arca de Dios es colocada en el templo de Dagón (1 S. 5:3-5).

A excepción de los persas, todos los pueblos con los que los israelitas entraron en contacto en la época bíblica eran idólatras. En la apostasía de los israelitas, al lanzarse a seguir las prácticas paganas de sus vecinos, hubo dos fases características en el hundimiento en el error. Primero se trató de adorar a Jehová sirviéndose de ídolos para representarlo. (Véase JEROBOAM, a.) En la segunda fase se abandonó totalmente a Jehová, fabricándose ídolos representando a otros dioses.

En la época del NT, los cristianos que vivían en medio de comunidades paganas fueron exhortados a evitar toda componenda con la idolatría.

El Concilio de Jerusalén ordenó la abstención de toda carne que hubiera sido sacrificada a los ídolos (Hch. 15:29). El apóstol Pablo advirtió a aquellos cristianos que no daban importancia alguna a los ídolos que también ellos debían practicar esta abstinencia, a fin de no escandalizar a los hermanos más débiles que ellos (1 Co. 8:4-13). El cristiano invitado a la comida de un pagano no estaba obligado, por razón de escrúpulos, a enterarse de si la carne había sido sacrificada a un ídolo; pero si se le informaba expresamente, debía entonces abstenerse de consumirla. Se tenía que observar la misma norma con respecto a los alimentos comprados en el mercado para su uso doméstico (1 Co. 10:18-33).

ÍDOLO

tip, LEYE

ver, HISTORIA BÍBLICA, ISRAEL, LUNA, DIVINIDADES PAGANAS, ADIVINACIÓN, SACRIFICIO, PABLO, GENTILES

vet,

o imagen.

Representación mediante una imagen, escultura, u otro medio, de una persona o animal o cosa, a fin de hacer de ello un objeto de adoración, o bien la morada de una divinidad (Éx. 20:4, 5, 23; Jue. 17:3; 1 S. 5:3, 4; Ro. 1:23).

Se hacían ídolos de plata, de oro (Sal. 115:4; 135:15), de madera o de otros materiales (Is. 44:13-17). Los ídolos de metal se hacían vertiendo el metal fundido en un molde, que en este caso recibían el nombre de estatuas o imágenes de fundición.

Otros tipos de ídolos se hacían tallando la madera, que era a continuación dorada, plateada o policromada. De piedra o madera, estas representaciones, trabajadas con instrumentos de corte, reciben el nombre de imágenes de talla o esculpidas. Isaías y Jeremías describen su fabricación (Is. 40:19, 20; 44:9-20; Jer. 10:9).

Las estatuillas representaban, entre otros, a los dioses domésticos, llamados «terafim» (Gn. 31:34; 35:1-4).

Había ídolos que tenían las dimensiones de un ser humano (1 S. 19:16). Otros, como el que Nabucodonosor erigió en el valle de Dura, eran de dimensiones colosales (Dn. 3:1).

En el siglo IV d.C., cuando los paganos fueron introducidos en masa en la iglesia, entraron con ellos imágenes en algunos edificios cristianos, pero sólo, se dijo, para ornamentación y para la instrucción del pueblo. En el año 736, el emperador de Bizancio León III, el Isáurico, promulgó los edictos contra las imágenes. En el año 780, la emperatriz Irene volvió a introducirlas en la iglesia de Oriente, lo que fue ratificado en el año 787 por el segundo concilio de Nicea.

La iglesia de Roma alienta igualmente el culto a las estatuas y representaciones de Cristo, la Virgen María y los santos. Ello es justificado afirmándose que estos últimos son venerados, en tanto que sólo se adora a Dios y a su divino hijo. Sin embargo, la ley de Moisés prohibía totalmente hacerse ninguna representación que pudiera usarse para darle culto, fuera de hombre, mujer, o de lo que fuera (Dt. 4:15-18, 23-24). El segundo mandamiento del Decálogo es uno de los más largos y solemnes (Dt. 5:7-10), e insiste en la prohibición de servir a las imágenes y de postrarse ante ellas. Así, queda prohibido levantarlas sobre altares, arrodillarse ante ellas, y ponerles cirios, dirigirles oraciones, y llevarlas en procesión. Estas prácticas proceden del antiguo paganismo, siendo totalmente extrañas al cristianismo. Por otra parte, el Señor es un Dios celoso, que reclama nuestra adoración y culto de una forma exclusiva. En el gobierno de Dios, se anuncia el castigo hasta la cuarta generación a aquellos que desobedecieran esta orden formal. Los israelitas cayeron en el pecado de quemar incienso ante la serpiente de bronce hecha por Moisés en el desierto (Nm. 21:4-9), por lo que el rey Ezequías la hizo pedazos para dar fin a esta idolatría (2 R. 18:4). El NT indica las razones espirituales de prohibiciones semejantes. Ante todo, Cristo es nuestro único mediador e intercesor todopoderoso, y es una ofensa a él y una insensatez dirigirse a las criaturas tanto o más que a Él (Hch. 4:12; Ro. 8:31-34; 1 Ti. 2:5 He 7:24-25; 9:24).

Por otra parte, si bien es evidente que una estatua no es nada más que un poco de mármol, de metal o de escayola, Pablo indica que el culto ofrecido al ídolo es en realidad ofrecido a los demonios (1 Co. 10:19-22). Esta palabra puede parecer muy dura, pero está claro que un acto religioso prohibido no puede redundar más que en provecho del enemigo. Un enemigo que empuja a la adoración idolátrica para que los hombres pierdan de vista al Dios único y verdadero, y para atraerlos a las redes de los poderes demoniacos que se agazapan tras los ídolos.

Queda el hecho de que tanto la Virgen como los «santos» representados por imágenes son muertos, aún no resucitados (Jn. 6:40; 1 Co. 15:22, 23).

El AT prohibía, bajo pena de anatema e incluso de muerte, la búsqueda de contacto con los difuntos, incluso si habían sido creyentes (Lv. 20:6, 27; Dt. 18:10-14; 1 S. 28:3-19; 1 Cr. 10:13-14; Is. 8:19-20).

A un nivel espiritual, es evidente que se puede llegar a tener otro tipo de verdaderos ídolos. Todo lo que en nuestro corazón tome el lugar debido a Dios, sean personas o cosas, son ídolos. El amor al dinero, la avaricia, la codicia, la glotonería, todo ello son formas de idolatría (Mt. 6:24; Lc. 16:13; Ro. 16:18; Ef. 5:5; Col. 3:5; Fil. 3:19; 2 Ti. 3:4). Los hombres del siglo XX tienen de sí mismos el concepto de que son mucho más refinados que los de la antigüedad, pero no son por ello menos idólatras. Los dioses a los que sirven son Mamón, Venus, el Deporte, el Estado, el Poder, el Yo, que ponen a la criatura, con su orgullo y apetitos insaciables en pos de placeres, en lugar del Creador (Ro. 1:25). Huyamos, pues, de los ídolos y de toda idolatría, tanto externa como interior (1 Co. 10:7; Ro. 2:22; 1 Jn. 5:21). El único medio de conseguirlo será dando nuestra adhesión de todo corazón al maravilloso Dios, nuestro Creador, que nos amó hasta el punto de dar a su Hijo unigénito por nosotros, y que busca nuestra adoración en Espíritu y en verdad (Jn. 4:23-24).

Para un examen histórico de la influencia de la idolatría en Israel, véanse HISTORIA BÍBLICA (c), ISRAEL, LUNA, DIVINIDADES PAGANAS. Véanse también ADIVINAClÓN, SACRIFICIO, PABLO, GENTILES.

IDUMEA

tip, REGI

ver, EDOM

sit, a3, 290, 465

vet,

Nombre dado por los griegos y romanos a Edom, desde el siglo III a.C. (Mr. 3:8).

Este nombre es empleado por la versión de los LXX en la época grecorromana para traducir el nombre de la región de los idumeos, tierra situada al sur de Palestina y ocupada por este pueblo después de la toma de Jerusalén por Nabucodonosor en el año 587 a.C. (Véase EDOM.)

IGLESIA

tip, DOCT

ver, CARISMAS, CONCILIO

vet,

(gr. «Ekklesia», del verbo «ek kaleõ», «llamar fuera de»).

(a) Uso del término.

En los estados griegos recibía este nombre la asamblea de los ciudadanos, convocada por un heraldo para tratar y decidir los asuntos públicos (cfr. la asamblea alborotada de Éfeso, Hch. 19:32, 41).

La LXX traduce como «ekklesia» el término hebreo «kãhãl», que designa a la asamblea o congregación de Israel. Es en este sentido que Esteban habla de «la congregación» («ekklesia») que estuvo con Moisés en el desierto (Hch. 7:38).

El Señor Jesús emplea por primera vez en el NT el término iglesia, que va a recibir un tratamiento tan corriente en el NT. Señalemos ya aquí que este término no designa jamás un edificio ni un lugar de culto, como sucede en la actualidad.

(b) Definición.

En esencia, la Iglesia es la comunidad de todos los creyentes del Nuevo Testamento que han sido unidos por el lazo de la fe y de la acción regeneradora del Espíritu Santo, de una manera vital, a Jesucristo. Esta Iglesia «espiritual» es el cuerpo místico del Señor, del que se llega a ser miembro por el bautismo del Espíritu, y en este sentido sólo es discernida por los ojos de la fe (1 Co. 12:13).

Es «universal» por cuanto todos los hijos de Dios de todos los países y procedencias forman parte de ella (Hch. 2:47; 9:31), comprendiendo también a todos los rescatados ya recogidos en el Señor (He. 12:22-23). Si bien en cierto sentido es «invisible», es al mismo tiempo «visible», pues se halla en la tierra manifestada por medio de miembros vivos y activos, para que el mundo pueda ver su amor fraternal, constatar sus buenas obras, y comprender su fiel testimonio del Señor (Jn. 17:21; 1 P. 2:12; Fil. 2:15-16). Asimismo, es también «local», ya que en el NT la comunidad cristiana de cada localidad era considerada como una iglesia, lo que permite emplear asimismo el término «iglesias» (Hch. 8:1; 11:26; 13:1; 14:23, 27; 15:41; Ro. 16:4-5; 1 Co. 7:17; 1 Ts. 2:14).

(c) Relación entre Cristo y la Iglesia.

La relación entre Cristo y la Iglesia queda maravillosamente ilustrada en el NT. Cristo es la Cabeza, el Jefe del Cuerpo de la Iglesia (1 Co. 12:12-13, 27; Ef. 5:23, 30); es el Esposo celestial, que se ha unido tan íntimamente a ella que los dos ya no son más que una sola carne (2 Co. 11:2; Ef. 5:31-32). Es la piedra cabecera del ángulo del templo del Señor, cuyas piedras vivas son los creyentes individuales edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas (Ef. 2:19-22; 1 P. 2:4-5; es así como se debe interpretar Mt. 16:18, siendo que Pedro fue el primero en confesar claramente el nombre del Salvador, siendo en este sentido la primera piedra individual puesta sobre el fundamento. Cfr. Hch. 4:11-12). Cristo es asimismo el sumo sacerdote que encabeza el regio sacerdocio constituido por todos los miembros de la Iglesia (1 P. 2:5, 9-10; He. 9:11, 14; Ap. 1:6).

(d) Unidad.

La unidad de la Iglesia es un don de Dios y un milagro conseguido por la obra de la Cruz y de Pentecostés, reuniendo en uno solo a los hijos de Dios que estaban esparcidos (Jn. 11:52; Ef. 2:13-16; 1 Co. 12:13). Así se cumple la oración intercesora de Cristo, pidiendo para los suyos una perfecta unidad de naturaleza, semejante a la del Padre y el Hijo (Jn. 17:11, 20-23). La base séptuple de esta unidad queda indicada en Ef. 4:4-6; esta unidad existe entre aquellos que adoran y sirven al Dios uno y trino, que han venido a ser miembros del cuerpo de Cristo, la Iglesia, por el bautismo del Espíritu, teniendo la sola fe que salva y la esperanza viva del retorno de Cristo. Fuera de esta base, es ilusoria toda búsqueda de unidad. De todas maneras, no tenemos que hacer, ni organizar la unidad, que es espiritual, mediante nuestros esfuerzos, sino guardarla en el vínculo de la paz (Ef. 4:1-3). Esto demanda un constante esfuerzo de los creyentes, y debe llevarnos a la confesión de que todos hemos pecado gravemente a este respecto. ¡Se debería prestar más atención a la severa advertencia de 1 Co. 3:16-17 !

(e) Dones y ministerios en el seno de la iglesia.

En el Cuerpo de Cristo cada miembro recibe uno o varios dones del Espíritu, para capacitarle a actuar en bien del resto de los miembros. Una enumeración de los dones y ministerios posibles se halla en 1 Co. 12:7-11, 28-30; Ro. 12:4-8; Ef. 4:11 (véase CARISMAS).

Por cuanto todos los miembros del cuerpo de Cristo son así dotados y llamados al sacerdocio, no existe jerarquía en la Iglesia, ni división entre clero y laicos. Lo que sí existe es una armónica distribución de los dones y ministerios, ejercidos en mutuo amor y sumisión los unos a los otros (1 P. 4:10-11).

En la Iglesia del NT los apóstoles ejercieron un papel que era, en un sentido, irrepetible (Hch. 1:21-22; Ef. 2:20); los obispos (gr. «supervisores»), llamados también ancianos (Hch. 14:23; 15:22; 20:17, 18), estaban encargados de velar sobre el rebaño y de asegurar la predicación y la enseñanza (1 Ti. 3:1-7; 5:17); los diáconos ejercían un ministerio de servicio (Hch. 3:8-13; 6:2-6; cfr. Ro. 16:1-2: Febe, diaconisa de la iglesia de Cencrea). Éstos eran cargos siempre establecidos por la irreemplazable autoridad de los apóstoles bien personal, bien delegada expresamente (1 Ti. 3:1-7, 8-13, 14-15; Tit. 1:5), lo cual es evidencia de que no eran establecidos por las iglesias mismas. Había también profetas, evangelistas, pastores y maestros (Ef. 4:11). Éstos son constituidos por la autoridad directa del mismo Señor, cabeza de la Iglesia (cfr. Hch. 13:1-3), ejerciendo sus ministerios en comunión con toda la Iglesia pero no, ciertamente, comisionados por ella, sino por el mismo Señor para edificación mutua. Es además un ministerio plural, y no reducido a un solo hombre, como sucede tan frecuentemente hoy en día. Las actividades y la autoridad quedan así en el seno de la Iglesia, de manera que en el Concilio de Jerusalén las decisiones son tomadas en nombre de los apóstoles, ancianos, hermanos y, finalmente, de toda la Iglesia, bajo la dirección del Espíritu Santo (Hch. 15:22-23, 28). (Véase CONCILIO DE JERUSALÉN.)

f) El destino eterno de la iglesia.

En esta tierra, la Iglesia es aún imperfecta, incompleta y menospreciada; no es del mundo y marcha, como su Señor, por el camino de la cruz (Lc. 12:32; Jn. 15:18, 20; 17:14-18). Su tarea es dar testimonio de Jesucristo y ganar almas para Su nombre (1 P. 2:9-10; Fil. 2:15-16). Tiene que crecer en la santidad (Ef. 4:12-16); es inminente el momento en que se cumplirá el número de los elegidos (Ro. 11:25) y en que Cristo hará comparecer ante Sí a su esposa perfecta, gloriosa e irreprensible (Ef. 5:27). Para ello, su esposa habrá sido arrebatada al cielo al encuentro de su Señor (1 Ts. 4:14-17; cfr. Mt. 25:1-13), purificada y unida a Él en las Bodas del Cordero (Ap. 19:7-9). Sentada con Cristo en su trono, reinará con Él por los siglos de los siglos (Ap. 3:21; 22:3-5). Entonces aquellos que han sido salvos por la fe del Evangelio, gozarán de su felicidad sin adversidad alguna, en la presencia del mismo Dios, en aquella ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios, gozando de una comunión entrañable con Cristo y con el Padre en una unión eterna por el Espíritu (He. 11:10; Jn. 14:1-3; Ap. 21:9-22:5). Las últimas palabras de la Biblia retumban con la esperanza de la Iglesia alimentada por el Espíritu: «Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven... El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén, sí, ven, Señor Jesús» (Ap. 22:17, 20)

 

Bibliografía:

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Lacueva, F.: «La Iglesia cuerpo de Cristo» (Clíe, Terrassa, 1973);

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Nee, W.: «La iglesia normal» (Clíe, Terrassa, 1983);

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Shaeffer, F. A.: «La Iglesia al final del siglo XX» (Ediciones Evangélicas Europeas, Barcelona, 1973),

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IJE-ABARIM

tip, LUGA

sit, a4, 177, 312

vet,

= «minas de Abarim».

Uno de los lugares de la peregrinación de los israelitas por el desierto, cerca de la frontera de Moab (Nm. 21:11; 33:44, 45).

IJÓN

tip, CIUD

sit, a1, 477, 112

vet,

«ruina».

Ciudad fortificada de Neftalí; Ben-adad rey de Siria se apoderó de ella, instigado por Asa (1 R. 15:20; 2 Cr. 16:4). Más tarde Tiglat-pileser II deportó a sus habitantes (2 R. 15:29).

Robinson identifica esta ciudad con Tell-Dibbin, una elevación de 33 m. de altura, a unos 13 Km. al noroeste de Dan.

ILÍRICO

tip, REGI

sit, a9, 147, 46

vet,

Mencionada en Ro. 15:19 como límite occidental de la actividad hasta entonces desarrollada por Pablo, en contraposición a Jerusalén, extremo oriental. Es la región del noroeste de Macedonia, poblada por los ilirios, desde el año 35-33 a.C., romana, en el año 6-9 d.C. dividida entre las provincias de Dalmacia, Panonia y Mesia.

IMAGEN

tip, LEYE

ver, DIVINIDADES PAGANAS, IDOLATRÍA, ÍDOLOS, CABEZA

sit,

vet,

Este término se refiere, por una parte, a las imágenes de talla y fundición relacionadas con la idolatría, y que la ley prohibía estrictamente a los israelitas.

En Hch. 19:23 ss. se menciona la creencia popular de que la imagen de Diana guardada en el templo de Éfeso había venido del mismo Júpiter. (Véanse DIVINIDADES PAGANAS, IDOLATRÍA, ÍDOLOS.). Pero el término «imagen» tiene otros usos muy importantes. Por ejemplo, Dios dijo, al crear al hombre: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree... Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó» (Gn. 1:26, 27; 5:1; 9:6). El término que se emplea aquí por imagen es «tselem», que se usa también de las imágenes de culto idólatra y de la gran imagen de Dn. 2.

A pesar de la caída, el hombre sigue siendo portador de la imagen de Dios. Al hablar del hombre como cabeza de la mujer, se declara que él no debe cubrirse la cabeza, por cuanto «él es imagen y gloria de Dios» (1 Co. 11:7; véase CABEZA). Santiago hace una afirmación general: «los hombres... están hechos a la semejanza de Dios» (Stg. 3:9). Hasta qué punto el hombre es imagen y semejanza de Dios después de la Caída puede quedar ilustrado con una analogía. Es evidente que una imagen es una representación. Cuando al Señor le mostraron un denario al hacerle la pregunta sobre el tributo (Mt. 22:15-22), preguntó: «¿De quién es la imagen...?» La respuesta fue: «De César.» Puede que la imagen no estuviera bien hecha. Puede que hubiera estado desgastada y abollada, como sucede frecuentemente con las monedas. Sin embargo, esto no afectaba al hecho de que se trataba de la imagen de César. Era su representación, y la de nadie más. Así, el hombre, como cabeza de los seres creados en relación con la tierra es la imagen de Dios: a él le fue dado el dominio sobre todo ser vivo que se mueve sobre la tierra, en el mar, y en el aire. Naturalmente, esto debería ser en sujeción a Dios.

La semejanza va más lejos. En el hombre hay una semejanza moral y mental con Dios. No sólo representa a Dios en la tierra, sino que, aunque limitado en el tiempo y en el espacio, y ser creado, puede, por su semejanza con Dios, llegar a tener una relación personal con Dios. El hombre es una imagen abollada y sucia de Dios, al haber caído en pecado, y no tiene más posibilidad de esta relación que la provista por la gracia de Dios por la muerte de Cristo. Esta obra de la gracia de Dios, cuando es aplicada en el corazón del hombre por medio de la fe, lo regenera espiritualmente y lo lleva a una nueva vida.

En el concepto imagen entra también la caída. Adán pecó, y murió espiritualmente. En relación con Dios, heredamos esta condición de Adán, y por naturaleza estamos muertos en delitos y pecados. El hecho de nuestra condición de mortal por causa del pecado heredado de Adán, Pablo lo atribuye a que «hemos traído la imagen del terrenal (Adán)» (1 Co. 15:49). En el mismo versículo anuncia, sin embargo, que los creyentes, que ya ahora hemos recibido la imagen de Cristo, a la que vamos siendo conformados en nuestras vidas, «traeremos también la imagen del (hombre) celestial» en nuestros propios cuerpos glorificados.

Cristo es la verdadera imagen de Dios. Es en Él, Dios el Hijo que se hizo hombre, que se halla de una manera perfecta y plena «la imagen del Dios invisible... porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Col. 1:15; 2:9).

IMITACIÓN DE CRISTO. Véase Discípulo.

IMPEDIMENTOS (para el matrimonio). Véase MATRIMONIO.

IMPERIO ROMANO. Véase ROMA.

IMPIEDAD

tip, DOCT

vet,

Lo opuesto a la piedad, a la reverencia debida a Dios.

Es una actitud rebelde, que se opone a la sujeción y al conocimiento de Dios de una manera consciente, en contra de lo que se le debe como Creador, Sustentador y Salvador.

La impiedad surge de la soberbia (Sal. 75:4; Pr. 21:4). Los impíos manifiestan:

deshonestidad (Sal. 37:21);

su crueldad (Pr. 12:10);

falsedad (Éx. 23:1);

opresores (Jb. 24:6);

perseguidores de los piadosos (Sal. 37:12, 14);

pertinaces (Pr. 21:29);

sin embargo, su final es tenebroso, sin esperanza (Pr. 10:28; 13:9); su retribución será la ira consumidora de Dios (Sal. 109; 119:119; 145:20; Pr. 2:22; Sof. 1:3; Jud. 15). Sin embargo, es por los impíos que Jesús vino a morir (Ro. 5:6); en base a su sacrificio, Dios está dispuesto a justificar al impío que cree en Jesús (Ro. 4:5); ya en el AT hay llamamientos al arrepentimiento de los impíos (Is. 55:7; Ez. 3:18; 18:21); el Señor declara que no desea la muerte de los impíos, sino su conversión (Ez. 18:23), aunque tendrá que juzgar a los que no han querido volverse a Él (2 P. 3:7).

Los creyentes son exhortados a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a vivir de corazón para Aquel que los ha redimido y dado la esperanza bienaventurada de que serán tomados por Él al hogar paterno (Tit. 2:11-15, cfr. Jn. 14:1-3, 1 Ts. 4:13-18).

IMPOSICIÓN DE MANOS

tip, DOCT TIPO CERE

ver, IGLESIA, CARISMAS, ANCIANOS

vet,

Acto simbólico que consiste en poner las manos sobre una persona o un animal para transmitir un don, un poder, o una culpa.

En el sacrificio anual del Día de la Expiación, el sacerdote ponía las manos sobre el camero vivo, confesando sobre él las iniquidades de Israel. Así, ponía sobre él las iniquidades del pueblo. Cargado con ellos, el carnero vivo las llevaba al desierto (Lv. 16:20-22). Se trataba de un rito de transmisión.

Moisés consagró a Josué como sucesor suyo mediante la imposición de manos. Con ello le transmitió su dignidad y poder (Nm. 27:18-23; Dt. 34:9).

También se podían transmitir maldiciones de esta manera (Lv. 24:14).

Los padres bendecían a sus hijos imponiéndoles las manos (Gn. 48:14).

En el NT, la imposición de manos significa siempre una bendición; Jesús obró así muchas curaciones (Mt. 9:18; Mr. 5:23; 6:5; 8:23, 25, etc.) empleó esta acción al bendecir a los niños (Mr. 10:16), se menciona también en relación con ciertas curaciones en Hechos (Hch. 9:12, 17; 28:8). En ocasiones se comunicó con las manos el don del Espíritu Santo (Hch. 8:17; 19:6). En la iglesia de Jerusalén los apóstoles consagraron a sus ayudantes mediante la imposición de manos (Hch. 6:6). Pablo y Bernabé y más tarde Timoteo son iniciados en sus cargos con este rito (Hch. 13:3; 1 Ti. 4:14; 2 Ti. 1:6).

Esta ceremonia no es una ordenación estableciendo una función ni un privilegio jerárquico, como lo prueba la doble imposición recibida por Pablo en Damasco (Hch. 9:17) y en Antioquía (Hch. 13:3). En este caso la imposición confirma el don espiritual que sólo puede ser conferido por el Espíritu Santo. Se ha de procurar no imponer las manos a ninguno a la ligera (1 Ti. 5:22).

Nada en las Escrituras permite ligar obligatoriamente la recepción de ninguna gracia con el rito de la imposición de manos. Dios permanece soberano y libre en el empleo de sus medios, y permanece la norma de que «el justo, por la fe vivirá».

En todo el libro de Hechos hay sólo dos pasajes que mencionen este rito en relación con el Espíritu Santo (Hch. 8:17; 19:6). En el caso de Saulo (Hch. 9:17), la imposición de manos por parte de Ananías parece que tiene que ver con la curación de la ceguera de Saulo.

Así, es erróneo decir que la imposición de las manos sea necesaria para recibir el Espíritu Santo, cuando tantos textos mencionan la sola condición de la fe (Jn. 7:39; Gá. 3:2, 13-14; Ef. 1:13, etc.). Lo mismo sucede con la curación: Cristo y los apóstoles utilizaron los medios más diversos:

toque (Mt. 8:3),

la palabra (Mt. 8:13, 16),

acción a distancia (Mt. 15:28),

saliva (Mr. 8:23),

oración (Hch. 9:40),

paños (Hch. 19:12), etc.

El gran texto de Stg. 5:15 habla de la unción del aceite y de la oración de la fe, pero nada dice de la imposición de manos.

En resumen, queda claro que uno puede ser llamado al ministerio de una manera directa por Dios, sin que medie ninguna imposición de manos. Hemos visto que la iglesia de los tiempos apostólicos utilizaba este rito, pero ningún texto hace de ello una ley, sino que el Espíritu sopla donde quiere (cfr. Jn. 3:8; Nm. 11:26-30; Lc. 9:49, 50). No hay otra cosa precisa sino que el hombre llamado y capacitado por Dios (como Pablo, p. ej., Gá. 1:1) ejerza su ministerio en el marco del cuerpo de Cristo y para la común utilidad (1 Co. 12:7; Ef. 5:21). (Véanse IGLESIA, CARISMAS, ANCIANOS.)

IMPOTENTE

tip, MDIC

vet,

Falto de fuerza, ya sea por enfermedad, ya por defecto congénito (Hch. 14:8).

IMPUESTO. Véase TRIBUTO.

IMPUREZA. Véase INMUNDICIA.

IMPUTACIÓN

vet,

La imputación tiene un importante puesto en el plan divino de salvación. «Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado» (Sal. 32:2; Ro. 4:8). El pecado del que cree en Jesús no le es imputado. Cristo ha hecho la expiación; el creyente puede tener que ser disciplinado debido a ellos (cfr. 1 Co. 11:31, 32; He. 12:7), pero no hay imputación. Al contrario, entra en la bendición del hombre al que Dios imputa, o cuenta, justicia sin obras. Abraham creyó a Dios, y le fue contado (mismo término) como justicia; y esto es verdad de todos los creyentes sin distinción (Ro. 4:3, 4). Por ello, no sólo se trata de que los pecados del creyente no le sean imputados, sino que es contado como justo.

En 2 Co. 5:19 se da el aspecto de gracia por el cual Cristo vino a la tierra. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, no imputando a los hombres sus ofensas; sin embargo, el mundo lo rechazó y sigue rechazando.

En Ro. 5:13, «donde no hay ley, no se inculpa de pecado», trata del gobierno de Dios. Los que pecan sin ley, sin la ley perecerán (cfr. Ro. 2:12). El pecado no deja de serlo ante Dios. Sin embargo, los que no tienen la ley no son llamados a dar cuenta de sus actos ahora en el gobierno de Dios sobre la tierra (cfr. Hch. 17:30).

INCENSARIO

tip, UTEN

ver, INCIENSO

vet,

Había dos incensarios, el que se usaba a diario, de bronce (Nm. 16:39), y el usado en el Día de la Expiación, de oro (1 R. 7:50). El incienso era puesto sobre carbones encendidos tomados del altar del holocausto. (Véase INCIENSO.)

INCESTO

tip, LEYE

ver, MATRIMONIO

vet,

Relación carnal entre parientes consanguíneos, se halla prohibida por la ley de Moisés (véase MATRIMONIO).

El incesto era practicado en algunas civilizaciones. En Egipto se practicaba el incesto regio, por el que el Faraón se casaba con su hermana.

INCIENSO

tip, LEYE FLOR ARBO

vet,

Resina perfumada de un árbol (Eclo. 50:8; Cnt. 3:6), de color blanco, como lo indica su nombre heb., «l'bonah».

El incienso entraba en la composición del aceite santo, con el que los sacerdotes eran consagrados (Éx. 30:34); se incluía en el aceite venido sobre la ofrenda de flor de harina (Lv. 2:1, 2, 15, 16), era finalmente quemado con fuego (Lv. 6:15). No se añadía incienso en el sacrificio de la expiación (Lv. 5:11), ni a la ofrenda por los celos (Nm. 5:15). Se vertía incienso puro sobre los doce panes de la proposición (Lv. 24:7; cp. 1 Cr. 9:29; Neh. 13:5).

Los dromedarios de Madián, de Efa y de Sabá lo traían de Arabia (Is. 60:6; Jer. 6:20).

Es posible que el collado del incienso (Cnt. 4:6) fuera un lugar retirado de los jardines reales en medio de árboles de incienso (Ec. 2:5; Ant. 8:6, 6; 9:1-2).

El incienso de la antigüedad, el olíbano del comercio europeo, proviene de la «Boswelia Floribunda», de la familia de las buseráceas, que crece en la India, o bien de otras especies originarias de la India, de la costa de Somalia y del sur de Arabia.

El incienso es una goma resinosa que se presenta en forma de «lágrimas» de 2 cm., que se secan, y difunden un olor balsámico al ser quemadas.

El incienso de calidad inferior es rojizo, y se recoge en primavera; la calidad superior es blanca, recogiéndose más tarde.

INCIRCUNCISO

tip, LEYE TIPO CERE

vet,

Apelativo que daban los judíos a los paganos que no habían pasado por el rito de la circuncisión (Éx. 6:12).

A veces se designaba con esta palabra a todos los que tenían un acento extranjero o, como decían los hebreos, «los labios pesados» (Éx. 6:30) o a los oídos que oyen con dificultad (Jer. 6:10).

En sentido figurado se aplica a quienes no quieren oír la Palabra de Dios y tienen corazones en los cuales no puede penetrar la buena nueva (Dt. 10:16; Hch. 7:51).

El fruto primero de los árboles recién plantados se consideraba también incircunciso y no podían comerlo hasta haber ofrecido de él ofrenda de primicias a Jehová, lo que se hacía el tercer año (Lv. 19:23).

INCREDULIDAD

vet,

(DUDA). Después de la caída, la humanidad constituye una «generación incrédula y perversa» (Mt. 17:17), que pone en tela de juicio la palabra de Dios, y aún su misma existencia (Sal. 53:1-4). No se trata que el hombre sea ignorante o incapaz de creer: Dios le habla mediante la triple revelación de la naturaleza (Ro. 1:18-21), de la conciencia (Ro. 2:14, 15), y de las Escrituras (Ro. 2:17-20; 2 Ti. 3:16-17). El que, a pesar de todo ello, se aleja del Señor, es por ello inexcusable (Ro. 1:20; 2:1; 3:19); en realidad lo hace porque «ama más las tinieblas que la luz», porque «todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz» (Jn. 3:19-20).

La incredulidad no proviene en absoluto de la imposibilidad de resolver una multitud de problemas intelectuales. Su origen es moral y espiritual: en su soberbia, el hombre elige deliberadamente permanecer independiente con respecto a Dios. No quiere abandonar su pecado, o su propia justicia, y sobre todo rehúsa abdicar de su rebelde voluntad. Después de haber dado a los judíos todas las pruebas que se pudieran desear de su divinidad y de su amor, Jesús les tuvo que decir: «No queréis venir a mí para que tengáis vida» (Jn. 5:40). «¡Jerusalén, Jerusalén...! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos... y no quisiste!» (Mt. 23:37). Los invitados a las bodas del rey no quieren venir, ni se molestan lo más mínimo en atender la invitación, sino que incluso los hay que dan muerte a los mensajeros reales (Mt. 22:3-6).

La incredulidad es algo tan inveterado en nuestra naturaleza caída que en principio se halla en todos (Jn. 3:11, 32); «el hombre no regenerado no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura» (1 Co. 2:14). Jesús vino a los suyos, y los suyos no le recibieron (Jn. 1:11); no recibió honor en su patria (Mt. 13:57-58), los príncipes de su pueblo lo rechazaron (Jn. 7:48), y ni aun sus hermanos creían en Él (Jn. 7:5). Incluso sus discípulos se mostraron frecuentemente incrédulos (Jn. 6:60, 66; 20:24-29; Mt. 17:17).

La primera manifestación de la incredulidad es de naturaleza negativa: al no aceptar la palabra de Dios, uno se aleja de Él (Jn. 1:5; 5:43; 6:66); a continuación vienen varios pecados relacionados con ella (Lc. 15:12-13; Ro. 1:20-25); Posteriormente se manifiesta la persecución que, después de los insultos y de los malos tratos, llega hasta la muerte (véase esta progresión en Jn. 7:7, 13, 20; 8:6, 47, 59; 9:22, 34, 41; 10:31; 11:53, etc.).

El juicio que espera a los que persisten en la incredulidad es terrible. En efecto, Cristo fue en la cruz la propiciación por los pecados de todo el mundo, y en base a ello ofrece el perdón a todos los que se arrepientan (Jn. 1:29; 1 Jn. 2:1-2); pero ¿qué se puede dar al que rehúsa creer y rechaza la gracia? «El que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios... la ira está sobre él» (Jn. 3:18, 36). Toda una generación de israelitas pereció en el desierto, por cuanto habían rehusado entrar en Canaán «a causa de incredulidad» (He. 3:17-19). Los cobardes (que nunca llegan a decidirse) y los incrédulos son los primeros que van al infierno (Ap. 21:8). ¡Qué desventurados son aquellos a los que el dios de este siglo les ha cegado la inteligencia! (2 Co. 4:4).

Pero hay remedio para la incredulidad. Dios conoce la debilidad e incapacidad de nuestra naturaleza, y desea ardientemente ayudar a aquellos que se presentan a Él con todas sus dudas y falta de fe. A Pedro, al hundirse en el agua y clamar por su ayuda, el Señor le tendió la mano diciendo: «Hombre de poca fe, ¿Por qué dudaste?» (Mt. 14:30-31). Al Tomás que exclama: «Si no viere... no creeré», el Señor responde: «No seas incrédulo, sino creyente», al mismo tiempo que lo convence de la realidad de su resurrección (Jn. 20:25, 27). Llega hasta aquel que clama: «Creo, ayuda mi incredulidad» (Mr. 9:24). Por su Espíritu, mediante la obra de la regeneración, engendra a los creyentes a una esperanza viva (Jn. 3:5; 1 P. 1:3).

INCULPAR. Véase IMPUTACIÓN.

INDIA

tip, PAIS

ver, ALEJANDRO

sit, a8, 615, 215

vet,

Constituía el límite oriental del imperio de Persia, así como Etiopía era su límite occidental (Est. 1:1; 8:9). India no es mencionada en ningún otro pasaje de las Escrituras, pero puede que las naves de Salomón pudieran haberla incluido en sus viajes de tres años en busca de madera de sándalo, monos, pavos reales, etc. (1 R. 10:22).

Alejandro, en su marcha victoriosa por Asia, había entrado en ella, atravesando el río Indo. (Véase ALEJANDRO.)

INFIERNO. Véanse CASTIGO ETERNO, DESCENSO (de Cristo a los infiernos), SEOL.

INIQUIDAD

ver, ANTICRISTO, IMPIEDAD

vet,

Significa, literalmente, injusticia, la condición de no ser recto, ya sea en relación con Dios, en base a su norma inamovible de justicia y santidad, o en relación con los hombres, en base a lo que el hombre sabe que es justo por su propia conciencia.

En el AT se señala la iniquidad como condición interna del corazón del hombre (Sal. 58:2), aplicándose también el término iniquidad a los actos injustos cometidos (Sal. 36:12).

Los miembros del hombre pecador son instrumentos de iniquidad (Ro. 6:13 ss.); está en acción el misterio de la iniquidad que culminará con la llegada de «aquel inicuo» (2 Ts. 2:7-12), que conducirá a un mundo apóstata a una rebelión contra Dios haciéndose pasar por Dios (2 Ts. 2:4; véase ANTICRISTO); el creyente debe apartarse de iniquidad en su vida y relaciones (2 Ti. 2:19), y a seguir «la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor» (2 Ti. 2:22).

Mediante el derramamiento de su sangre el Señor Jesús ha puesto en vigor el Nuevo Pacto, en base al cual puede justificar a los que en Él creen (Ro. 3:22-26); así, Dios promete: «nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades».

El destino de los no arrepentidos será el castigo eterno (Mt. 13:41). (Véase IMPIEDAD.)

INMORTALIDAD

tip, DOCT

ver, CASTIGO ETERNO, ALMA, CIELO, RESURRECCIÓN, MUERTE

vet,

Vida sin fin, exenta de muerte y de aniquilación. Por definición, Dios es el único que tiene inmortalidad (1 Ti. 1:17; 6:16). Solamente Él es esencialmente eterno (Sal. 90:2), como lo son el Hijo (He. 13:8) y el Espíritu Santo (He. 9:14).

A. La inmortalidad del hombre o del alma humana.

En la actualidad es cosa corriente su negación, con la justificación de que sólo Dios posee este atributo (1 Ti. 6:16). También los hay que presentan el texto de Ez. 18:4, «el alma que pecare, ésta morirá». (Cfr. Ro. 6:23: «Porque la paga del pecado es muerte.»). Según se argumenta, así como la muerte provoca la descomposición del cuerpo, así también aniquila el alma pecadora; en base a esta postura, la doctrina de la inmortalidad del alma, lejos de ser bíblica, se basaría en las doctrinas paganas, especialmente las griegas. Para los condicionalistas, nuestra inmortalidad está totalmente sometida a la condición de la fe: el hombre, mortal por naturaleza, es solamente un candidato a la inmortalidad, y su «inmortalización» sería la meta de la redención. La existencia de los pecadores, prolongada más allá de la tumba, sería sólo transitoria, y llegaría finalmente a su extinción. (Véase CASTIGO ETERNO.)

Es cierto que los griegos, con Platón de manera particular, creían en la supervivencia del alma, pero de manera bien diferente a la indicada en las Escrituras. Para ellos el alma ya existía antes de la concepción, siendo de esencia divina e inmortal. Al incorporarse a un cuerpo, quedaba encarcelada, y la «salvación» viene a ser para ella su liberación de la corporalidad. Si el alma ha quedado totalmente purificada, vivirá sin cuerpo por toda la eternidad. Es evidente que tales teorías constituyen una negación de la noción bíblica de la resurrección del cuerpo, ligada a la regeneración del alma, que no es ni divina ni preexistente antes del inicio de la vida humana.

B. La enseñanza de las Escrituras.

Dios sólo posee la inmortalidad, de la misma manera que sólo en Él está «la vida», la fuente única de toda existencia (Jn. 1:4; 14:6; Hch. 17:28). Pablo no dice que solamente Él es inmortal. Posee esta inmortalidad, y la otorga como un don a las criaturas hechas a su imagen (Gn. 1:27). Los textos bíblicos afirman de una manera evidente lo siguiente:

(A) Hay otra vida en el otro mundo para los justos e injustos. Según Jesús, los patriarcas desaparecidos ya durante tanto tiempo seguían vivos (Lc. 20:37-38). Los injustos continúan existiendo en la morada de los muertos (Is. 14:9-10; Ez. 32:21-32). El término usado en Ez. 18:4 se clarifica si se lee toda la frase: «He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare [es decir, la persona que peque, aquella que sea culpable], ésa morirá.» Este texto, así, no indica en absoluto una aniquilación del pecador en el otro mundo. Cristo enseña que los no arrepentidos, a su partida de la esfera terrenal, se hallan plenamente conscientes en un lugar de tormentos (Lc. 16:19-31).

(B) La existencia más allá de la muerte física no tendrá fin, ni para salvos ni para perdidos. Naturalmente, la vida eterna de los elegidos no tendrá fin, pero el castigo de los réprobos tendrá la misma duración (Dn. 12:2; Mt. 25:46; Ap. 14:10-11; 20:10).

(C) El término inmortalidad, cuando se refiere al hombre, es aplicado al cuerpo resucitado, no al alma (1 Co. 15:53 b). Es el cuerpo corruptible lo que se corrompe y disuelve, y es el cuerpo lo que necesita llegar a la incorruptibilidad e inmortalidad. En cuanto al alma, si bien conoce «la muerte espiritual», no deja de existir, ni en este mundo ni en ultratumba. Se puede decir, así, que el hombre recibe:

(I) a partir del comienzo de su vida, con su alma, la existencia sin fin;

(II) con el nuevo nacimiento, en su espíritu, la vida eterna;

(III) en la resurrección, en su cuerpo, la inmortalidad.

(D) Es también indudable que los ángeles son espíritus llamados a una vida sin fin.

La Escritura no habla de la inmortalidad limitada al alma, sino del hombre creado a imagen y semejanza de Dios. El creyente ya tiene ahora la vida eterna (Jn. 5:24; 17:3); a su muerte, su alma pasa a la presencia del Señor (1 Co. 5:3; cfr. 2 Co. 12:2), gozando conscientemente de su compañía (cfr. Lc. 16:22-25); en la resurrección, su cuerpo recibirá la inmortalidad prometida (1 Co. 15:53 b). (Véanse ALMA, CIELO, CASTIGO ETERNO, RESURRECCIÓN, MUERTE.)

 

Bibliografía:

Anderson, Sir R.: «Human Destiny» (Pickering and Inglis, Londres s/f);

Boettner, L.: «La inmortalidad» (Ed. Clíe, Terrassa, 1976);

Lacueva, F.: «Escatología II» (Ed. Clíe, Terrassa, 1983);

Pentecost, D.: «Eventos del Porvenir» (Ed. Libertador, Maracaibo, 1977).

INMUNDICIA

tip, LEYE

ver, LEPRA, LEPROSO

vet,

La Ley establecía una distinción entre la pureza legal y la santidad (Lv. 10:10). Un animal, por ej., es limpio o inmundo, lo cual no implica ninguna idea de santidad o de pecaminosidad. La impureza legal, si era adquirida involuntariamente, no era equiparada a una falta moral. La impureza provocaba la exclusión del santuario (Lv. 7:20, 21) y de la comunidad, pero no interrumpía la relación con Dios mediante la oración.

Las prescripciones que definen la impureza son frecuentemente reforzadas por la orden: «Seréis santos, porque yo soy santo» (Lv. 11:44, 45). Al guardarse de las impurezas, el israelita se hacía consciente de que había sido apartado para servir al Señor. La impureza legal era símbolo del pecado. La Ley distinguía además entre lo físicamente propio y la pureza ceremonial o legal. La higiene era necesaria para la salud y la vida comunitaria de los israelitas con independencia de las demandas ceremoniales. Pero la idea fundamental es que los hijos de un Dios santo tienen que alejarse de toda contaminación espiritual y física, para acercarse al Señor debían buscar esta doble purificación (Éx. 19:10-11, 14; 30:18-21; Jos. 3:5).

Causas de la impureza ceremonial:

(a) Contacto con un cadáver (Nm. 19:11-22). Esta infracción era la más grave, por cuanto se relacionaba con la consecuencia última del pecado (la muerte del hombre, la disolución del cuerpo). La contaminación contraída hacía inmunda a la persona durante siete días, y sólo podía ser levantada mediante el agua de la purificación. La manipulación de las cenizas de la vaca alazana, necesarias para la preparación de esa agua, hacía que el sacerdote fuera impuro hasta la noche (Nm. 19:7-10); el contacto con un hombre inmundo también contaminaba (Nm. 19:22).

(b) La lepra era causa de exclusión de la comunidad (Lv. 13:14). Los enmohecimientos sobre tejidos o paredes eran asimilados a la lepra. El leproso era separado de su familia y de la sociedad (Lv. 13:46). Su purificación precisaba de un rito particular, con sacrificio de expiación y holocausto. (Véanse LEPRA, LEPROSO.)

(c) Las emisiones, naturales o mórbidas, provenientes de los órganos genitales (Lv. 15). La mujer era considerada impura durante los días de su menstruación y los ocho días siguientes (Lv. 15:19, 25-28; 20:18). Después del alumbramiento estaban prohibidas las relaciones sexuales, por el mismo estado de «impureza», durante 40 días como mínimo (Lv. 12:2, 4), lo que se corresponde de manera precisa con las recomendaciones de la medicina moderna. En cuanto a la procreación en sí misma, no es considerada en absoluto como pecado, por cuanto ha sido ordenada por Dios (Gn. 1:27-28). Sin embargo, el salmista exclama: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre» (Sal. 51:5), porque a causa de la caída, un hombre y una mujer pecadores sólo pueden tener hijos a su semejanza (cfr. Jb. 14:4; Ef. 2:3).

(d) El consumo de la carne de un animal inmundo; el simple contacto con su cadáver o con el cadáver de un animal puro no sacrificado conforme a las ordenanzas ceremoniales (Lv. 11:27-28).

La purificación no era una mera medida de higiene, exigiendo lavar en agua el cuerpo u objeto contaminado (Lv. 11:28; 15:27, etc.); constituía un acto religioso, basado en la expiación necesaria para el restablecimiento de la comunión con el santo Dios. Se ha mencionado el agua de la purificación hecha con las cenizas de una vaca ofrecida como expiación (Nm. 19:11-13). Además, era necesario un sacrificio de expiación individual para la que había sido madre (Lv. 12:6-8), para el leproso (Lv. 14:4-20), para el hombre o mujer enfermos (Lv. 15:13-15, 28-30).

El sentido profundo de todas estas enseñanzas se resume en Lv. 15:31: los creyentes tienen que librarse de toda impureza que contamine el santuario y que conduce a la muerte espiritual así como física.

INSENSATO. Véase NECIO.

INSOLACIÓN

tip, MDIC

vet,

Enfermedad provocada por una excesiva exposición al ardiente sol de verano, especialmente en las horas de mediodía.

Produce una postración extrema. La piel se seca, y el paciente siente náuseas al principio, cayendo después en la inconsciencia; por lo general, en este estadio es muy difícil la recuperación, y sobreviene la muerte.

En 2 R. 4:18-35 se relata la historia de la muerte por insolación del hijo de la sunamita y su resurrección por Eliseo.

En Is. 49:10 Dios promete proteger de este mal a los liberados de Sión.

Hay otras menciones más, entre ellas Sal. 121:6; Ap. 7:16, cfr. Jon. 4:5-8.

INSPIRACIÓN

tip, DOCT

ver, DIOS (nombres), MANUSCRITOS BÍBLICOS, QUMRÁN (Manuscritos de)

vet,

(a) SENTIDO RELIGIOSO.

La inspiración, en el sentido religioso de la palabra, denota un hecho de orden psicológico: la toma de posesión, más o menos completa, del alma humana por parte del Espíritu de Dios. En el fenómeno de la inspiración, Dios introduce su Espíritu en el espíritu del hombre. Para designar este acto, tanto Pablo como los escritores del NT en general emplean indistintamente los términos «apocalipsis» o «pneuma» (revelación o soplo, 1 Co. 2:10; Gá. 1:11-12; 2 Ts. 2:2). «La inspiración es un soplo que hinche las velas del ser moral», escribía F. Godet («Revue Chrétienne», 1 abr. 1982, p. 255, «Révélation»). Es el soplo divino que ejerce su acción, en grados variables, sobre la personalidad humana. Se resuelve en un estado, el estado del hombre en el que Dios da de una manera particular la luz de su Espíritu («spiritus», «pneuma»). La inspiración hace del hombre natural («psuchikos», psíquico), incapaz de discernir las cosas de Dios, un hombre espiritual («Pneumatikos», neumático), que recibe su revelación con la capacidad de transmitirla en «palabras (gr. «logoi») ... que enseña el Espíritu» (1 Co. 2:13-16). Esta intervención divina puede aparecer como una especie de contemplación o de éxtasis; sin embargo, y de una manera general, la inspiración, que sitúa al hombre en una atmósfera propicia a la receptividad de lo divino, es esencialmente «creadora» o, más exactamente, «reveladora».

Toda revelación, en el sentido bíblico de la palabra, nos aparece como el producto más o menos directo de la inspiración. Dios pone su Espíritu en el hombre para instruirlo en alguna verdad que ignora, para comunicarle esta verdad. No puede haber ninguna confusión entre revelación e inspiración: ésta es el medio, en tanto que la revelación es el objetivo. La revelación implica, presupone la inspiración, gracias a la que aquélla se da.

Toda revelación es una comunicación que Dios da al hombre. Por la inspiración, es decir, por la acción de su Espíritu sobre el espíritu del hombre, Dios da a este último la capacidad de recibir e interpretar esta comunicación. Esto es lo que quiere decir Pablo cuando habla del conocimiento de las cosas de Dios y de la recepción de las cosas del Espíritu de Dios, hecho todo ello posible por el Espíritu de Dios (1 Co. 2:9-16).

No tenemos que analizar aquí el proceso psicológico que va desde el acto revelador de Dios a la asimilación de la revelación. Será suficiente señalar que, en base a las Escrituras, la inspiración divina es el instrumento de dos géneros de revelaciones:

(A) Revelaciones particulares, que interesan sobre todo a un medio, a una época, a un colectivo (por ej., la orden del Señor a Jacob de que no tomara mujeres cananeas, sino que fuera a Mesopotamia, Gn. 28:1; visión del centurión Cornelio, Hch. 10). Estas revelaciones pueden aplicarse, por los principios que enseñan, mucho más allá de su objeto primario, pero interesaban en principio al individuo o medio inmediato de aquellos que las recibían,

(B) Revelaciones presentando un carácter universal, que interesan a la humanidad entera. Su objeto, como en toda revelación particular, sigue siendo Dios, su voluntad, su plan de salvación, su gracia. Sin embargo, en lugar de ser de aplicación primaria a un solo individuo o a una colectividad limitada o a una época particular, estas comunicaciones se aplican a todos los hombres. Se imponen como una expresión definitiva, normativa absoluta de la voluntad de Dios. Se trata entonces de lo que se llama la Revelación, o Revelación general.

Así, cuando el Señor se apareció a Moisés en la zarza ardiendo, se trata de la Revelación, en lo que ella conlleva de más intangible y más universal. La Revelación de Horeb aporta a Israel, y por Israel al mundo entero y a todas las edades, el sentido real y profundo del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. En YHWH se define, en su esencia y significado eterno, no sólo el Dios del Decálogo y de todo el Antiguo Testamento, sino también el Dios de Jesucristo, que es Espíritu y Vida. (Véase DIOS, nombres de.)

La cumbre de la Revelación es la persona de Cristo. Y Jesucristo es también el instrumento por excelencia de la Revelación; y, en tanto que manifestación histórica y universal de Dios, puede ser llamado «La Revelación» en su expresión soberana. Esta Revelación es a la vez el hecho constituido por el milagro de la encarnación, y el fruto de la inspiración cuando se contempla a la luz de las predicaciones proféticas.

En lo que a nosotros concierne como creyentes, la inspiración siempre tiene que ver en la lectura e interpretación de la Revelación, es decir, de la Palabra de Dios. Por la iluminación de su Espíritu, Dios no da nuevas revelaciones, sino que nos revela el significado y el poder de la palabra para nuestra vida y testimonio. Gracias a la iluminación, la Palabra de Dios se nos hace inteligible y directamente personal: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (Ro. 8:16). Para el creyente ante las Escrituras, la inspiración se traduce en el testimonio interior del Espíritu Santo.

 

(b) Inspiración de las Escrituras.

Siguiendo a Pablo (2 Ti. 3:16) el término de inspiración de las Escrituras designa un acto estrictamente divino («theopnéustico»), el acto del Espíritu de Dios mediante el cual tanto la Revelación general como las revelaciones especiales de Dios, han quedado registradas en el texto escrito de la Biblia. Designa, de una manera aun más particular, el acto mediante el cual este texto ha llegado a ser en su letra, en toda su letra («pasa graphe»), el vehículo material de un mensaje sobrenatural, del mensaje de Dios.

Así, se trata de una operación divina en la que la Escritura, en todas sus partes, ha sido dada a los hombres por medio de los redactores sagrados, como expresión única e infalible de la verdad y voluntad de Dios. Éste es el sentido de la inspiración de las Escrituras.

(c) Naturaleza de la inspiración.

La antigua noción de una inspiración literal, considerándola como un mero «dictado», que hacía de los redactores sagrados unos meros transmisores mecánicos de un mensaje «caído del cielo», con «sus letras, puntos y signos ortográficos», reducía a la nada la individualidad de los redactores, y no se ajusta a la realidad de las Escrituras, las cuales no justifican una tal concepción literalista (= inspiración de las letras).

Aquí se debe hacer una breve mención de la historia de la transmisión del texto de la Biblia. Por lo que respecta al NT, aunque no poseemos ninguno de los escritos originales y muy poco de las copias de los primeros siglos (debido a la gran destrucción de copias del NT durante la persecución de Diocleciano, 303 d.C.), se tiene que señalar que este hecho no afecta para nada a la doctrina «theopnéustica», por el celo desplegado por hombres como Orígenes (siglo II) para restablecer el texto en su integridad; la considerable cantidad de mss. del NT (más de 6.000) permite útiles exámenes comparativos; el número extremadamente reducido de variantes, además de otros factores, permite afirmar que el Espíritu de Dios ha velado de una manera maravillosa para preservar la integridad del texto apostólico. El lector del NT puede estar seguro, con las recensiones griegas tradicionales, que posee el texto sagrado de tal manera que, a los efectos prácticos, no difiere prácticamente en nada del texto primitivo

En cuanto al texto del AT veamos a continuación de una manera muy resumida la historia de la transmisión de su texto. Después de volver del exilio (siglo V a.C.) la generalidad de los hebreos ya no comprendían, o comprendían muy poco, la lengua bíblica original, esto es, el antiguo hebreo. Hablaban el arameo, lengua de Babilonia (también llamada caldeo), que tenía otro alfabeto.

Es entonces que, respondiendo sin duda a un llamamiento especial del Espíritu, los rabinos y los masoretas, aquellos hombres de la tradición que habían conservado el uso del viejo texto, lo transcribieron al alfabeto arameo. De él provienen los caracteres que constituyen el hebreo cuadrado de nuestras Biblias masoréticas.

Lo transcribieron (no lo tradujeron). Esto es de una gran importancia. Es por ello que podemos hablar de un texto inspirado, por cuanto, si bien esto no se puede aplicar de una manera estricta a las traducciones (alejandrina, latina, así como las Versiones a las lenguas vivas), en cambio, por cuanto el texto de nuestras Biblias hebreas es una transcripción, que no una traducción, del texto inspirado, éste es, también, un texto inspirado. Y lo es a la par que el antiguo original hebreo, por cuanto cada una de sus consonantes se corresponde a una consonante equivalente a la del original, y por cuanto, de esta manera, cada palabra del texto masorético se corresponde exactamente, por sus caracteres alfabéticos equivalentes y por el número de sus letras, a la palabra del original cuyo lugar toma. Además, los signos paratextuales de vocalización y de acentuación, con su respeto estricto del texto consonantal por su posición marginal, constituyen una garantía complementaria admirable de la integridad del texto. Fijan de una manera exacta la pronunciación y la lectura tradicional de las palabras y frases. Es por estas razones que se puede afirmar que, a pesar de la desaparición del texto primitivo, poseemos en la práctica el texto original del AT. Esto ha quedado además confirmado por los descubrimientos del mar Muerto, con el hallazgo de manuscritos de gran antigüedad de Isaías y otros libros de la Biblia. Su cotejo con los manuscritos más antiguos que se poseían hasta ahora ha permitido confirmar que las variaciones textuales, en el proceso de copias, han sido prácticamente despreciables, a todos los efectos prácticos, para un lapso de 1.000 años (véanse MANUSCRITOS BÍBLICOS y QUMRÁN (MANUSCRITOS DEL).

La historia del texto del NT, y más claramente la del texto del AT, nos permite aportar al testimonio de las Escrituras, en cuanto a su inspiración, una base material sólida. Podemos afirmar que tenemos las palabras de los viejos textos perdidos. En base a esto, podemos hablar de una inspiración verbal.

El concepto de inspiración verbal implica la inspiración de las palabras, y no de las meras ideas. Porque si las letras trazadas por Moisés, Isaías, Jeremías, etc., han desaparecido por el hecho anteriormente indicado de la transcripción, han quedado las palabras, y podemos leerlas en nuestras Biblias masoréticas. Además, y a la vista de este hecho providencial de la transcripción, parecería inconcebible que Dios haya podido revelar e inspirar ideas sin inspirar al mismo tiempo las palabras que las expresan.

La Biblia nos presenta el proceso de la inspiración de las Escrituras como el acto mediante el cual Dios pone palabras, términos, en la boca de los escritores sagrados. Así, la Biblia es la Palabra de Dios.

Así, leemos, en el AT, lo que Dios dijo a Moisés: «Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca» (Dt. 18:18). También a Jeremías: «dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca» (Jer. 1:9). Estas palabras, estos términos que Jehová ponía en sus bocas, ¿no fueron acaso los que los autores sagrados hicieron también pasar por sus plumas en sus escritos?

En el NT leemos lo que Pablo dice; su testimonio confirma todos los demás testimonios del NT. Afirma él «que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo no lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo» (cfr. Gá. 1:11-12; 1 Co. 15:1-4). «Damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es verdad, la palabra de Dios» (1 Ts. 2:13). «El que desecha esto, no desecha a hombre, sino a Dios, que también nos dio su Espíritu Santo» (1 Ts. 4:8).

Así, está claro lo que la Biblia dice. No se trata de que Dios revelara sentimientos o ideas a los profetas o a los apóstoles. Se trata de mensajes (exactamente, de palabras o términos). Se trata verdaderamente de la Palabra de Dios, una palabra revelada, dada como tal por Dios, Padre o Hijo, por medio del Espíritu Santo.

La inspiración verbal se aplica a los dos Testamentos. No puede usarse alguna cita en el NT, donde parece que se hace una atribución errónea de autor (p. ej., en Mt. 27:9 se atribuye a Jeremías una profecía que se halla en Zac. 11:13), para objetar a esta afirmación. Estamos muy lejos de poder afirmar que estas citas sean verdaderamente erróneas. (Por lo que respecta a este ejemplo de Mt. 27:9, bien hubiera podido Jeremías haber pronunciado la profecía, que hubiera sido posteriormente reproducida por Zacarías. Zacarías fue posterior a Jeremías. Y hay muchos ejemplos en los que los profetas citan a sus antecesores. Por otra parte, hay también la costumbre de que las divisiones principales de las Escrituras recibían el nombre del libro principal que las encabezaba. Jeremías se usaba muchas veces para denotar a todos los profetas. De una u otra manera, no hay base alguna para pretender que aquí tenemos error alguno.)

«La admisión del principio de la inspiración verbal implica su admisión para todos los escritos del AT y NT. Porque, de la misma manera que cuando se admite el milagro se admite lo sobrenatural, y por ello la posibilidad de todos los milagros, de la misma manera al admitirse la inspiración verbal de los profetas se admite el principio y, por consecuencia, la posibilidad de la inspiración verbal de toda la Biblia» (J. Cadier: «Le Prophétisme du Réveil», PP. 63-66).

 

(d) La personalidad de los escritores sagrados.

La noción de «inspiración al dictado» suprime la individualidad de los escritores sagrados, al hacer de estos últimos órganos pasivos y mecánicos. La concepción de la inspiración verbal respeta el hecho indiscutible de la personalidad de los escritores sagrados, que salta a la vista en la lectura de la Biblia. Es un hecho evidente que aparece un estilo de Isaías, un estilo de Amós, etc. Cada libro de la Palabra de Dios presenta la impronta de la personalidad de quien lo redactó bajo la dirección del Espíritu.

En el Éxodo es donde leemos con frecuencia términos que destacan la iniciativa de Dios en el mensaje de Moisés: «Habló Jehová a Moisés»; «Jehová habló a Moisés». Y es en este mismo libro que se nota, quizá más intensamente que en cualquier otra sección del Pentateuco, la personalidad del gran profeta (cfr. Éx. 3 y 4).

El Señor hizo de Jeremías, por así decirlo, su instrumento, su hombre, hasta tal punto que el profeta podía escribir: «Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido» (Jer. 20:7). Y por ello este hombre subyugado por el Señor no deja de revelarnos sus horas de crisis, de desaliento o de angustia. «Maldito el día en que nací» (Jer. 20:14). Y llegará a exclamar, en medio de sus sufrimientos (y Dios no se lo impide ni le prohibe que lo registre por escrito): «no me acordaré más de Él, ni hablaré más en su nombre» (Jer. 20:9).

Sí, los hombres de Dios permanecieron siendo hombres, y es un milagro de Dios que los subyugó sin haberlos suprimido, a fin de permitirles que nos entregaran, con sus luchas humanas, el secreto de las victorias del Espíritu.

Tenemos numerosos ejemplos, en el NT, de las reacciones de los discípulos y de los apóstoles, tanto antes como después de su conversión. Recordemos al apóstol Pedro, y también al apóstol Pablo (Ro. 7). Las cartas de Pablo nos revelan con una gran claridad, mayor quizá que cualquiera de los otros libros del NT, la personalidad de los escritores sagrados. Nos muestran que los autores conservan, en palabras de P. F. Jalaguier: «bajo la intervención divina, toda su capacidad intelectual y moral... sometidos, como nosotros, al deber de la vigilancia y de la oración... » Afirman anunciar aquello que han visto y conocido; distinguen, en ciertos casos, entre su opinión personal y las prescripciones obligatorias del Espíritu; en ocasiones se hallan en duda (1 Co. 1:16; 2 Co. 12:2-3); disputan, argumentan, apelan a su buena fe (Éx. 3 y 4; Ro. 9:1; 2 Co. 1:18, 23; Gá. 1:20), y apelan a la conciencia e inteligencia de sus oyentes.

La inspiración verbal es un milagro, el milagro de una «encarnación espiritual», a decir de Adolphe Monod. Para dar cuenta en pocas palabras de la realidad de la inspiración divina y del elemento humano en la inspiración, se puede decir que para comunicar al hombre su Palabra, y para hacerlo, en las palabras que, en las lenguas humanas, tenían que expresarlos de la manera más adecuada, Dios eligió a unos hombres concretos. Los eligió dotándolos de las aptitudes, dones, reacciones y otras características personales, para prepararlos de una manera especial para que fueran, con sus personalidades integrales, los canales más adecuados para lo que en cada momento de la historia Dios quisiera revelar a los hombres, para encarnar por medio de ellos su Palabra. No pidió a estos hombres que aportaran sus propias palabras. Él les dio sus propias palabras. Pero para dar a su palabra, en el corazón de los hombres, todo el eco que Él deseaba dar, tuvo a bien utilizar, al mismo tiempo que los temperamentos y talentos diversos de aquellos hombres especialmente pensados para esta misión, el mismo vocabulario de aquellos que tomaba como sus portavoces. Es así que para dar su multiforme revelación, con sus énfasis diversos, pero con un mismo propósito central, el lenguaje de Juan no es el de Pablo, el de Isaías no es el de Ezequiel. Tenemos aquí a Dios llamando al profeta, al apóstol, desde el vientre de su madre, desde la misma eternidad (cfr. Jer. 1:5; Lc. 1:5-17; Hch. 9:15, etc.). Así, el fenómeno de la inspiración no toca solamente la emisión del mensaje de parte de Dios, sino la misma creación del escritor sagrado, con su personalidad integral, para ser quien transmitiera la palabra de Dios a su generación y a la audiencia universal más allá del tiempo y del espacio.

En resumen, al hablar de inspiración verbal, se destaca que el Autor supremo de las Escrituras, de toda la Escritura, es el Verbo («logos», «verbum»), es decir, Dios. «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.»

Al hablar de inspiración verbal se implica también el modo de percepción de la inspiración bíblica. La inspiración está caracterizada por un mensaje comprendido, recibido por el escritor sagrado en su espíritu. Al recibir así el mensaje divino, el profeta percibía los términos más apropiados a la expresión oral o escrita de este mensaje. Es así que el Señor podía decir a Jeremías: «He aquí, he puesto mis palabras en tu boca» (Jer. 1:9).

Así, hablar de inspiración verbal es afirmar una vez más que Dios, el Verbo Supremo, ha inspirado a los autores bíblicos incluso en las palabras que nos transmitieron. Dios usó los dones que Él dio a los instrumentos humanos que Él eligió, para dar a su Palabra las diversas tonalidades que estimaba necesario darle. Pero es Él, Dios, quien habla por medio de estos instrumentos, y precisamente a través de su diversidad. «Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 P. 1:21).

El concepto de inspiración verbal lleva además la inspiración no solamente a los hombres que fueron los instrumentos momentáneos, sino a los escritos que iban a constituir el registro y vehículo permanente de la Revelación.

 

(e) El testimonio interno del Espíritu Santo.

Queda por considerar brevemente el agente de la percepción y asimilación de la Biblia, Palabra de Dios, es decir, la actuación indispensable del Espíritu Santo, como Aquel que da la clave de las Escrituras al creyente.

La Biblia es la Palabra de Dios, pero, ¿cómo puede esta realidad objetiva producir una experiencia subjetiva? ¿Cómo puede la Biblia llegar a ser para nosotros Palabra viva y eficaz? Por la acción del Espíritu Santo en nosotros. Siendo como es obra del Espíritu, la Escritura no puede ser leída, ni llegar a ser comprensible ni activa en nuestra salvación más que por la interpretación dada por el Espíritu Santo, esto es, por la interpretación del Señor en nosotros. A esto se refería el apóstol Pablo al escribir a los corintios: «Porque hasta el día de hoy, cuando (los judíos) leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado» (2 Co. 3:14).

El Espíritu Santo, el Espíritu del Padre y de Cristo, que El prometió enviar a sus discípulos para que los guiara «a toda la verdad» (Jn. 16:13), el Espíritu Santo, el autor de la Biblia, es el único que está calificado para dar su sentido, y para quitar el velo que oscurece y cierra los ojos y el corazón del hombre natural.

El hombre inconverso, que se pone ante la Biblia con su mentalidad griega, su razón, su sentimiento, está decidido a no asumir que la Biblia es la Palabra de Dios, es decir, la palabra que Dios ha escrito para él en la Biblia, la palabra que se dirige a él de una manera personal, la palabra escrita para su propia regeneración, su santificación y su llamamiento para ser hijo de Dios.

El Espíritu Santo, en su obra en el corazón humano, no solamente da testimonio al creyente de que es hijo de Dios (Ro. 8:16), sino que también abre los sellos que hasta entonces le impedían el acceso a la Palabra de Dios. Él mismo es la clave de esta Palabra. «Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así también nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1 Co. 2:9-11).

Calvino, a quien le fue dado formular la doctrina del testimonio interno del Espíritu Santo, resume así su pensamiento («Institución de la Religión Cristiana I». 7): «La autoridad de las Escrituras es sellada, confirmada en el corazón de los fieles por el testimonio interior del Espíritu Santo... El mismo Espíritu que ha escrito la Biblia habla al fiel y le ilumina las páginas de la Biblia.»

La posesión del Espíritu Santo, que regenera, santifica, consuela y conduce a toda la verdad; que es la expresión actual y permanente de la presencia del Señor; que Dios ha dado a todo el que cree en Jesús el Señor y lo recibe por la fe (Jn. 7:39; Gá. 3:13-14), ésta es la condición esencial y necesaria para la apropiación personal y vivificante de la Biblia, la Palabra de Dios. Y la certidumbre que el Espíritu nos ha dado queda confirmada por el gozo que se desprende de la posesión de la vida divina, y por la armonía perfecta entre la Biblia (el testimonio objetivo del Espíritu) y el testimonio interno del mismo Espíritu. Porque el Espíritu no está dividido: El Espíritu que ilumina al creyente no puede hacer otra cosa que decir amén a lo que él mismo ha dado en la Biblia.

 

Bibliografía:

Berkhof, L.: «Principios de interpretación bíblica» (Clie, Terrassa, 1973);

Calvino, J.: «Institución de la religión cristiana» (trad. Cipriano de Valera; Felire, Rijswijk, Holanda, 1968);

Chafer, L. S.: «Teología Sistemática», «Bibliología», Tomo 1, PP. 49-128 (Publicaciones Españolas, Dalton, Georgia, 1974);

Darby, J. N.: «Apologetic», n. 1, vol. 6 de «The Collected Writings of J. N. Darby» (Stow Hill, Kingston-on-Thames, reimp. 1964);

Geisler, N. L., ed.: «Inerrancy» (Zondervan, Grand Rapids, 1980);

Kelly, W.: «Inspiration of Scripture» (C. E. Hammond, Londres, 1903, reimp. 1966);

Ramm, B.: «La revelación especial y la Palabra de Dios» (La Aurora, Buenos Aires, 1967).

INTERCESIÓN

tip, DOCT

vet,

En general, la acción de uno que busca el bien de otro, interviniendo en su favor, para conseguirle un beneficio, perdón, etc. Hay muchos casos de intercesión en las Escrituras, y se puede señalar en el AT la intercesión de Abraham ante Dios por Sodoma (Gn. 18:23-33); las múltiples intercesiones de Moisés buscando el perdón de Dios hacia una nación rebelde (Éx. 32:11-14, 21-24; 33:12-16; cfr. Dt. 9:13-29) y muchos otros ejemplos, como los de Samuel, Daniel, Esdras y Nehemías, orando por la bendición y restauración de su pueblo.

En el NT nos encontramos con el gran Intercesor, Cristo. El término gr., «entunchanõ», significa «encontrarse con», interceder. Se refiere a la intercesión de Cristo en favor de sus santos, mientras se hallan en su estado presente, para llevarlos a ser como corresponde a la posición que les ha sido dada por el perdón justificador, y también para levantarlos por encima de sus pruebas, y conducirlos como sacerdotes a los goces y actividades correspondientes al santuario espiritual (Ro. 8:34; He. 7:25). El Espíritu Santo también intercede por los creyentes, cuando ellos no saben orar como debieran, y lo hace con gemidos indecibles (Ro. 8:26, 27).

En 1 Ti. 4:5 se nos ordena que intercedamos por todos los hombres.

INTERÉS

tip, LEYE

vet,

En el hebreo del Antiguo Testamento la palabra «interés» se dice «nesek», que literalmente se traduce por «bocado». A veces se emplea otra palabra, «tarbit», que significa «recargo» o también «suplemento». En el uso de estas dos palabras no hay gran diferencia.

En varios pasajes se da la prohibición específica de no cobrar interés alguno por dinero o por otros bienes que se prestan a los demás (Éx. 22:24; Dt. 23:20; Lv. 25:35-38). Esta prohibición se incorporaba también a los años jubilares.

Los profetas son todavía más exigentes, al decir que quien presta dinero a interés es un malvado (Ez. 18:17). El libro de los Proverbios, aun reconociendo la institución del préstamo a un cierto interés, llama la atención a las consecuencias desastrosas que de él pudieran seguirse (Pr. 28:8).

INTERPOLACIÓN

tip, MANU CRIT

ver, GLOSA

vet,

Reciben este nombre las adiciones hechas a un texto original por algún copista antiguo.

En la Biblia son extremadamente infrecuentes y carecen en la práctica de toda importancia.

La crítica textual en el cotejo de numerosos mss. antiguos del NT provenientes de distintas áreas geográficas y líneas de transmisión ha permitido determinar, p ej., que la segunda parte de Ro. 8:1 es una interpolación: «los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu». Así, en realidad, Ro. 8:1 tiene un carácter incondicional. A esta salvación corresponde un andar, que es lo que se considera en los versículos siguientes. (Véase GLOSA.)

INTERPRETACIÓN DE LA BIBLIA

ver, EXÉGESIS, TEXTO, VERSIONES CLÁSICAS DE LA BIBLIA

vet,

Una de las primeras ciencias que debe conocer quien quiera estudiar la Biblia es la Hermenéutica, o interpretación bíblica.

La «hermenéutica», del griego «hermenevein», es el «arte de interpretar los textos», y precede a la exégesis. Tiene por objeto comprender, dentro de lo posible, el proceso por el cual el autor (en nuestro caso los hagiógrafos) compuso su texto y hacerlo comprensible al lector moderno. El mismo apóstol Pedro, hablando de las Escrituras, dice que «hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras (las del Antiguo), para perdición de sí mismos» (2 P. 3:16).

El Espíritu Santo es el primer intérprete de las Escrituras y asiste a los creyentes para que las entiendan y las apliquen a sus vidas, pero es preciso recordar que las variadas circunstancias que concurrieron en la producción del maravilloso libro requieren de los expositores un estudio detenido y siempre «conforme a ciencia» y a principios hermenéuticos.

La interpretación bíblica tiene una doble vertiente:

(a) El problema del lenguaje, que comprende el estudio del texto, y

(b) el significado del Mensaje.

El descubrimiento del verdadero significado de todas las palabras y términos de un pasaje bíblico es el principio de la interpretación. Se requiere una interpretación del lenguaje, y ello encierra diferentes disciplinas, como la crítica textual, que está al alcance solamente de los especialistas y traductores, pues libros tan antiguos, raros y difíciles no es extraño que se hayan copiado muchísimas veces, y en ocasiones con variantes de un pasaje determinado que necesariamente debe ser esclarecido siguiendo reglas precisas que se aplican a los manuscritos más fieles. El texto de la Biblia ha sido fijado con gran exactitud en nuestros días gracias al paciente análisis de famosos estudiosos.

Son muchas las ciencias auxiliares en la interpretación, así la geografía bíblica, la historia, la literatura, la psicología, la numismática, etc. Como los creyentes bien sabemos, la Biblia, cuando se la lee como libro de salvación, es sencilla y comunica su mensaje que hace al creyente «sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús» (2 Ti. 3:14-17). Cuando se lee con fe, la Escritura habla con sencillez y claridad; en todas partes se encuentran mensajes de perdón de pecados, de deberes cristianos, de sabiduría práctica, de inspiración para solucionar problemas de todos los días.

Cosas a tener en cuenta:

(A) Es preciso leer el texto fijándonos en el contexto, porque la Biblia es su propio intérprete, la Biblia es explicada por la Biblia misma; así, un pasaje oscuro se entiende por otros más claros y luminosos.

(B) Es preciso tomar las palabras en su sentido usual y ordinario en cuanto sea posible; esta regla sencilla es de suma importancia, pues olvidándola se cae en el peligro de dar a la Escritura un sentido arbitrario y caprichoso. Aquí se habrá de tener en cuenta los hebraísmos y peculiaridades del estilo oriental, las costumbres y modo de proceder de los judíos.

(C) Es preciso tomar las palabras en el sentido que indica el conjunto de la frase, porque una palabra puede tener distintos significados según el contexto y según la materia de que trate el autor. Aquí se ha de tener en cuenta el mensaje que el autor trata de comunicar y situar la palabra en el discurso.

(D) Es necesario tomar las palabras en el sentido que indica el contexto, a saber, los versículos que preceden y siguen al texto que se estudia. Aquí topamos, a veces, con interrupciones bruscas del relato, con divisiones que oscurecen el texto, porque como se sabe, la división en capítulos y versículos data solamente de hace unos pocos siglos y fue hecha para facilitar el estudio, pero no fue conocida por los autores sagrados.

(E) Es preciso tomar en consideración el objeto o designio del libro o pasaje en que ocurren las palabras o expresiones oscuras. Así, por ejemplo, algunas epístolas de Pablo fueron escritas con ocasión de los errores, que con gran daño procuraban implantar los judaizantes o «falsos maestros». Si nosotros leemos estos pasajes a la luz del ministerio del apóstol, de su historia personal, de sus luchas, etc., los comprenderemos mejor. Algunos pasajes fueron escritos para ser usados en la liturgia del Templo o para ser cantados por un coro, como algunos salmos que traen el subtítulo de «graduales» y se entonaban mientras se subía por las gradas del Templo.

(F) Es necesario consultar los pasajes paralelos, como dice el texto griego en 1 Co. 2:13: «Explicando las cosas espirituales por las espirituales.» Así, además de aclarar el pasaje, se aprenden conocimientos bíblicos exactos en cuanto a doctrinas y prácticas cristianas. Aquí conviene recordar que existen paralelos de palabras, paralelos de ideas y paralelos de enseñanzas generales. Al consultar esta clase de paralelos se debe primeramente aclarar el sentido de la palabra oscura en el mismo libro o autor en que se halla, luego en los demás libros de la misma época y finalmente cualquier libro de la Escritura.

Este método, combinado con el histórico-gramatical, es excelente para llegar al sentido original de las Escrituras. Cuando somos humildes, el Espíritu nos abre las Escrituras tal como Cristo las abrió a los dos discípulos en camino hacia Emaús (Lc. 24:25). El estudioso de la Biblia sabe muy bien que hay cosas que escapan a los libros de consulta que necesariamente ha de usar en sus investigaciones. Los diccionarios, las gramáticas, los libros de historia son preciosos para entender lo que dice un autor y lo que quiere decir en lo que dice, pero la clave para leer la Biblia cristianamente es la fe en Cristo Jesús (Véanse EXÉGESIS, TEXTO Y VERSIONES CLÁSICAS DE LA BIBLIA.)

 

Bibliografía:

E. Lund: «Hermenéutica»;

Trenchard, Barrat Ernesto: «Normas de interpretación bíblica», Ed. Lit. Bíb., 1973;

A. R. Miles: «Introducción popular a las Sagradas Escrituras», Ed. Caribe (reedición), 1977;

Tim LaHaye: «Cómo estudiar la Biblia por sí mismo», Ed. Betania, 1977;

Varios autores: «Manual Bíblico ilustrado», Ed. Caribe, 1976;

Berkhof: «Principios de interpretación bíblica», Ed. Clíe, 1973;

Chafer, L. S.: «Teología Sistemática», Ed. Pub. Españolas, 1974.

INTESTINOS

vet,

Las entrañas o partes interiores de que se habla en varias partes de la Escritura (Éx. 12:9; 29:13; Lv. 3:3, 9, 14).

INVIERNO

tip, CALE

ver, ESTACIONES

vet,

Comprendía la estación lluviosa, y también la estación de la cosecha de otoño (Gn. 8:22; Sal. 74:17; Zac. 14:8).

Era también el tiempo del frío (Jer. 36:22; Am. 3:15).

En el NT, «cheimõn» (Jn. 10:22) se corresponde con la estación lluviosa (heb. «hõreph»).

El verbo «paracheimazõ» significa «invernar» (Hch. 27:12).

(Véase ESTACIONES.)

INVOCAR (el nombre del Señor)

vet,

Significa rogarle como a Dios (Gn. 12:8).

Esta expresión se repite varias veces en la Biblia (Sal. 79:6; 105:1).

Éste es también su significado cuando se refiere a Cristo en el NT, a quien los cristianos, desde el principio, adoran como la manifestación en la carne del Dios previamente revelado en el AT, y manifestado en la consumación del tiempo para obrar la salvación (Hch. 2:21; 7:59; Ro. 10:12; 1 Co. 1:2; cfr. He. 1:1).

IOTA. Véase JOTA Y TILDE.

IRA

ver, INCREDULIDAD, DÍA, CASTIGO ETERNO, JUICIO, PACIENCIA

vet,

La ira, cuando se adueña del hombre, es generalmente una manifestación de la naturaleza pecaminosa del hombre que monta en cólera, y queda patente la desaprobación de Dios hacia ella y sus efectos. «La ira del hombre no obra la justicia de Dios» (Stg. 1:20), y las Escrituras insisten una y otra vez en contra de este estado de ánimo (Sal. 37:8; Pr. 12:16; 15:1; 19:19; 26:17; 27:4; 29:11; 2 Co. 12:20; Gá. 5:20; Ef. 4:31; Col. 3:8; 1 Ti. 2:8).

La ira, en el hombre, es pecaminosa en cuanto es fruto de su naturaleza caída, de su egoísmo.

Por la ira, el hombre puede llegar a perder el dominio propio, cosa que Dios detesta.

El creyente es exhortado a ser sobrio (1 Ts. 5:6; Tit. 1:8; 2:2, 12; 1 P. 1:13; 4:7; 5:8), lo cual implica evidentemente sobriedad en su manera de actuar, el dominio de sus emociones, para gloria de Dios.

IRA DE DIOS

ver, INCREDULIDAD, DÍA, CASTIGO ETERNO, JUICIO, PACIENCIA

vet,

Al ser Dios santo y justo, la manifestación de su ira es asimismo propia y justa. Sin embargo, las Escrituras afirman que Dios es «tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad» (Éx. 34:6; cfr. Nm. 14:18; Neh. 9:17; Sal. 86:15; 103:8; 145:8; Nah. 1:3; cfr. Ro. 9:22).

La clave de la manifestación de la ira de Dios se da en Ro. 1:18, «se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad». Pese a que Él es lento para la ira, ésta se manifiesta, y se ha manifestado gubernamentalmente en la historia, con juicios sobre el pueblo de Israel, al provocarlo ellos a ira con sus múltiples infidelidades, injusticias, rapiñas, maldades y rebeliones (cfr. Éx. 32:10; Lv. 26:14-46; Nm. 11:1-34; 12:1-15; Dt. 9:7-29; Jue. 2:12; 2:20; 3:8; 10:7; 2 R. 24:20; 2 Cr. 36:16; Esd. 5:12; 9:26, etc.).

Los profetas anuncian el día de la ira, cuando vendrá Dios a establecer su reino (Is. 13:9 ss.). Será mediante juicios abrumadores que los moradores de la tierra aprenderán justicia (cfr. Is. 26:9). Aquellos que no han querido recibir el amor de Dios deberán ser objeto de su ira (Ro. 2:2-11).

Apocalipsis habla de «la ira del Cordero» (Ap. 6:16), y describe los tremendos juicios de la ira de Dios cuando llegue el momento en que Dios dé término a su paciencia ante un mundo que ha rechazado a su Cristo y que se burla de sus llamamientos de amor al arrepentimiento (Ap. 6:17; 15:1, 7; 16:1 ss; 19:15, etc.; cfr. Sal. 50).

Esta ira de Dios se manifestará «en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo» (2 Ts. 1:18). (Véase INCREDULIDAD.)

Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que desea la salvación para todos, llama y advierte, por boca del mismo Jesucristo, a «huir de la ira que vendrá» (Mt. 3:7; 18:34, 35), habiendo llevado sobre Sí mismo, en Su gracia maravillosa, la ira de Dios por nuestros pecados para que pudiéramos quedar libres de la ira y maldición (Gá. 3:13, 1 Ts. 1:10) (Véanse DÍA, DÍA DEL SEÑOR, CASTIGO ETERNO, JUICIO, PACIENCIA)

ISAAC

tip, BIOG TIPO HOMB HOAT

ver, NUZU

vet,

= «risa».

El hijo de Abraham y Sara nacido probablemente en Beerseba (Gn. 21:14, 31) cuando su padre tenía 100 años y su madre algo más de 90 (Gn. 17:17; 21:5).

Cuando Dios dio la promesa de que Sara tendría un hijo, Abraham, incapaz de creerlo, se puso a reír (Gn. 17:17-19). Más tarde, al oír la misma promesa dada por un extraño que se había detenido en sus reales, Sara se rió también de incredulidad (Gn. 18:9-15). Después del nacimiento del niño, reconoció gozosa que Dios le había dado motivos para reír, tanto a ella como a sus amigas, pero con risa de alegría (Gn. 21:6). Como recuerdo de estos acontecimientos, Abraham lo llamó Isaac, «él ríe» (Gn. 21:3).

Fue circuncidado al octavo día (Gn. 21:4).

Isaac, el hijo de la promesa y heredero legítimo, gozaba de mayores privilegios que Ismael, hijo de Abraham y de la esclava (Gn. 17:19-21; 21:12; 25:5, 6).

Dios sometió a Abraham a prueba respecto a Isaac, ordenándole que lo ofreciera en holocausto (Gn. 22:6). Según Josefo, Isaac tenía entonces 25 años. Isaac no se resistió, por respeto a su padre y a Dios. El ángel del Señor intervino, impidiendo el sacrificio en el momento en que iba a ser llevado a cabo, y Abraham halló allí un carnero, que ofreció en lugar del joven. Son varias las lecciones que se desprenden de este hecho. En primer lugar, Dios no consintió la consumación de un sacrificio humano. Los cananeos y otras naciones idolátricas los llevaban a cabo, pero Dios manifiesta su horror ante tales prácticas, y las condena severamente (cfr. Lv. 18:21; 20:2; Dt. 12:31). Pero hay también otras dos lecciones que se pueden ver en este pasaje. En primer lugar, la prueba de la fe de Abraham. Dios había prometido a Abraham una numerosa posteridad que le vendría por Isaac; por otra parte, su hijo debía ser ofrecido en holocausto. La sencilla conclusión de Abraham fue que su hijo resucitaría (cfr. He. 11:17-19). Pero, lo más importante, es que Isaac es un tipo de la Cruz. El hijo único, amado, tanto tiempo prometido y esperado, es ofrecido en Moria (cerca del Calvario, Gn. 22:2; 2 Cr. 3:1). Él, consciente libremente de su muerte, lleva la madera del suplicio, se dirige hacia el suplicio con su padre, que extiende la mano él mismo para darle muerte (Is. 53:4, 6, 10). Isaac, salvado por la ofrenda cruenta de un sustituto (el carnero), es devuelto a Abraham por una resurrección «en sentido figurado» (He. 11:19). Jesucristo cumplió totalmente este tipo, muriendo verdaderamente como nuestro sustituto, sufriendo el castigo de Dios, siendo restituido al Padre mediante una verdadera resurrección.

Isaac habitaba en el Neguev (Gn. 24:62), y era amante de la soledad. Sufrió hondamente la muerte de su madre (Gn. 24:63, 67). Se casó a los 40 años, pero no fue hasta los 60 que tuvo hijos de su mujer Rebeca (Gn. 25:20, 26). El relato de la expedición del mayordomo de Abraham, comisionado por éste para que consiguiera una esposa para Isaac (Gn. 24), es una de las más bellas páginas de las Escrituras. Constituye un tipo del Padre enviando al Espíritu Santo a buscar Esposa (la Iglesia) para el Hijo (cfr. L. S. Chafer: Teología Sistemática, «Eclesiología», tomo II, PP. 143-146). Además, arroja mucha luz sobre las costumbres de aquellos tiempos, y está lleno de colorido y vivacidad.

La debilidad de Isaac hacia Esaú, sabiendo que Jacob había sido elegido por Dios para heredar la bendición (Gn. 25:21-26), le acarreó una gran tristeza: verse privado durante muchos años de la presencia de su hijo Jacob, y conocer el odio tomado por Esaú hacia su hermano.

Por orden de Dios, Isaac no descendió a Egipto en una época de hambre (Gn. 26:1). Tuvo conflictos con los filisteos, que moraban en Gerar (Gn. 26:6-30) en su búsqueda de pozos para sus ganados. Después del retorno de Jacob, ya reconciliado con Esaú, pudo ver a su hijo y su descendencia, cuando habitaba en Arba (Hebrón). Allí murió a los 180 años de edad, siendo sepultado por sus hijos (Gn. 35:27-29).

El NT alude a Isaac, el hijo de la promesa (Gá. 4:22, 23), declarando que él manifestó su fe durante su vida de nómada, morando en su tienda, y bendiciendo a Jacob y a Esaú «respecto a cosas venideras» (He. 11:9, 20).

Las cartas de Nuzu, descubiertas en un lugar cercano a la moderna Kirkuk entre 1925 y 1941, no solamente ilustran la vida y las costumbres de los patriarcas, sino que dan ejemplos semejantes al nacimiento de Ismael (Gn. 16:1-6). El código matrimonial de Nuzu estipulaba que una mujer estéril debía dar a su marido una esclava como concubina. Si esta esclava tenía un hijo, éste no podía ser despedido. Esto explica la mala disposición de Abraham a despedir a Ismael cuando Sara se lo pidió. Esta demanda era contraria a la costumbre; y Abraham no cedió más que ante la intervención de Dios, con su promesa formal igualmente dada a Ismael (Gn. 21:9-13). (Véase NUZU.)

ISACAR

tip, BIOG TRIB TR12 SACE HOMB HOAT

sit, a6, 315, 173

vet,

= «recompensa».

(a) Noveno hijo de Isacar y quinto de Lea. No se da ningún dato biográfico de él, excepto que tuvo cuatro hijos, que vinieron a ser príncipes de la tribu. En la bendición de Jacob a sus hijos, de Isacar dijo: «asno fuerte que se recuesta entre los apriscos; y vio que el descanso era bueno y que la tierra era deleitosa; y bajó su hombro para llevar, y sirvió en tributo» (Gn. 49:14, 15). En la bendición de Moisés, Zabulón e Isacar son mencionados juntos, y se señala también a su destino hacia la actividad en lo comercial, en este último caso ya en condiciones mileniales de justicia (Dt. 33:18, 19). Muchos de la tribu de Isacar se unieron a David en Siclag, de los que se dice que eran «entendidos en los tiempos, y que sabían lo que Israel tenía que hacer» (1 Cr. 12:32). En la primera cuenta había 54.400 hombres de Isacar dispuestos para la guerra, y en la segunda, 64.300. Son descritos como «hombres valientes en extremo» (1 Cr. 7:4, 5). La tribu poseía una de las secciones más feraces de la tierra, incluyendo la extensa llanura de Jezreel, con el Jordán como su límite por unos 70 Km. En Ap. 7:7 se hallan 12.000 de Isacar entre los 144.000 señalados.

(b) Hijo de Obed-edom, levita de la familia de Coré (1 Cr. 26:5).

ISAÍ

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

= «Jehová es».

Hijo de Obed, belenita, padre del rey David. Es poco lo que se registra de él. Cuando David fue perseguido por el rey Saúl, Isaí fue protegido, junto con su esposa, por el rey de Moab, en cuya tierra hallaron refugio (1 S. 22:1-4).

El Mesías, hijo de David, recibe también el nombre de «una vara del tronco de Isaí» y «la raíz de Isaí» (Is. 11:1, 10).

ISAÍAS

tip, BIOG PROF CRIT HIST HOMB HOAT LIAT

fot, dib00174, dib00175, dib00406

ver, MANUSCRITOS BÍBLICOS, QUMRÁN

sit,

vet,

= «Jehová ha salvado».

Profeta de Judá bajo los reinos de Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías (Is. 1:1; cfr. 6:1; 7:3; 14:28; 20:1, 2; 36:39).

Era hijo de Amoz, que no debe ser confundido con el profeta Amós. Son pocas las indicaciones acerca de su personalidad. Pero en base a algunos pasajes, se advierte que se trata de un carácter humilde y compasivo (Is. 6:5; 16:9; 21:3; 65:2). Son asimismo pocas las indicaciones acerca de su familia. Su padre era Amoz, del que también se hace mención en 2 R. 19:2.

Según Is. 7:3 y Is. 8:13, 18, el profeta estaba casado, y era padre de al menos dos hijos.

 

(a) ÉPOCA.

La época de Isaías es de fácil determinación, como ya hemos visto de los datos que proporciona el libro. Fue llamado al oficio profético en el año de la muerte del rey Uzías (Is. 1:1; 6:1), alrededor del año 758 a.C. Ejerció su ministerio hasta el final del reinado de Ezequías (invasión de Senaquerib, 701-700 a.C.). Entre estos dos reyes hubo los reinados de Jotam y de Acaz (32 años en total, 2 Cr. 27:1; 28:1). Pero todo induce a creer que prosiguió su ministerio bajo Manasés (2 R. 21), al menos durante uno o dos años. Lo que permite suponer esto, es:

(A) El conjunto de profecías acerca de las desventuras del pueblo exiliado (Is. 40-66), que reflejaban unas pruebas ya conocidas, y

(B) la tradición judía que relata que Isaías murió mártir bajo el reinado del impío Manasés. Según esta tradición, fue condenado a muerte por haber osado decir que había visto a Dios (Is. 6), y por haber comparado Jerusalén con Sodoma y Gomorra (Is. 1:9; 3:9). Otra tradición dice que fue muerto por haber añadido, con sus oráculos, a la Ley de Moisés, o por haberla contradicho. Poco importa por qué, lo que parece cierto es que murió mártir, y se cuenta que, habiéndose refugiado el profeta dentro del tronco hueco de un cedro, el rey dio orden de serrar el árbol con él dentro. Es posible que sea a este hecho al que se hace alusión en He. 11:37.

El reinado de Ezequías fue de 29 años (2 Cr. 29:1), por lo que la actividad de Isaías debió de ser ejercida durante alrededor de 60 años, desde la muerte de Uzías, en el año 758 a.C., hasta el inicio del reinado de Manasés, en el año 698 a.C. Si se supone que el profeta tenía solamente 20 años cuando fue llamado, su vida se prolongó alrededor de 80 años, y la fecha de su libro puede situarse entre los años 750 y 700 a.C.

 

(b) MARCO HISTÓRICO.

Isaías era del reino de Judá, y allí profetizó, en uno de los períodos más críticos de la historia de su país. Para comprender su mensaje, es preciso tener conocimiento de esta historia. A continuación se da el resumen de las monarquías citadas por el mismo profeta (Is. 1:1).

El reinado relativamente pacífico de Uzías (cfr. 2 R. 16:3; 2 Cr. 26:1, 23) fue seguido por una serie de calamidades (2 Cr. 26:16-23). Bajo el reinado de Jotam, Rezím, rey de Damasco, y Peka, rey de Israel, habían tratado de destruir el reino de Judá (2 R. 15:37; 16:5). La lucha se prolongó hasta dentro del reinado de Acaz. Es en esta época que Isaías profetizó la cercana caída de los enemigos de Judá y la ascensión del poder de Asiria (Is. 7-8). Poco después, los acontecimientos confirmaron su predicación: Siria y Samaria fueron invadidas por Tiglat-pileser y Damasco fue tomada (732 a.C., cfr. 2 R. 16:7; 15:29; 2 Cr. 28:16; Is. 17:1, 3). Diez años más tarde, se precipitó la caída del reino del norte, cayendo Samaria en el año 722 mientras Ezequías reinaba en Judá (2 R. 17:3; 18:9; Is. 28:1). Sargón emprendió una campaña contra Palestina y Egipto (Is. 10; 20). Después, Senaquerib invadió Judá en el año 701 a.C., poniendo sitio a Jerusalén, sitio que tuvo que levantar debido a una intervención milagrosa del Señor (Is. 14:24, 27; 17:12, 14; 38; cfr. 2 R. 18:13; 19:37). Entonces el profeta proclamó la caída del imperio asirio; estaba resurgiendo el imperio babilónico, y en su búsqueda de grandeza trataba de hallar aliados. Incluso envió una delegación a Ezequías (2 R. 20:12-13).

 

(c) MENSAJE DE ISAÍAS.

Llevado por el Espíritu, Isaías denuncia las infidelidades de su pueblo. Ve en estas infidelidades la causa básica de las desventuras que cayeron sobre el reino del norte de Israel, amenazando a Judá con un castigo semejante en un término más o menos largo. Profeta de Judá, reprochó a su pueblo por su superstición, su formalismo, su idolatría, su crueldad, su inmoralidad y codicia. Pero también ataca los pecados de los enemigos de Judá (Babilonia, Is. 13; 24; 47; Tiro, Is. 23; Asiria, Is. 10; 33; Edom, Is. 34-35).

De todas formas, su mensaje no deja de dar una nota de esperanza. Esta nota de esperanza domina su obra. Si predice a su pueblo el cautiverio y los prolongados sufrimientos, anuncia también el retorno del exilio y la liberación (Is. 40). Llega incluso a precisar el nombre del liberador, y ello dos siglos antes de su nacimiento, en la persona de Ciro (Is. 44:28; 45:1, 13). Y, más allá de la visión de la liberación de Judá y su restauración (Is. 44; 45; 60; 61), el profeta, cuyo mensaje es esencialmente mesiánico, tiene la visión sublime del Siervo de Jehová. Este «Ebed Yahveh» vendrá, no sólo para socorrer a Israel, sino para dar a todos los pueblos de la tierra su Espíritu de paz, de justicia y de salvación. Este Siervo, en definitiva, se revela al profeta bajo los rasgos de Varón de dolores, del Mesías que lleva sobre sí el pecado del pueblo y que, por sus sufrimientos y expiación, vendrá a ser el Mesías victorioso y el Salvador del mundo. Es esta visión, cuya expresión más sublime se halla en Is. 52:13-53:12, la que permite llamar a Isaías el quinto evangelista.

Muchos exegetas, al examinar los caps. 44 a 53, han emitido las siguientes opiniones en cuanto a la identidad del Siervo de Jehová:

(A) Para unos, el profeta lo habría visto bajo los rasgos de Ciro, el libertador de los exiliados (Is. 44; 45), pero ésta es una opinión insostenible. En los caps. 44 y 45 sólo se trata de la restauración de Jerusalén y del Templo y Ciro nunca recibe el epíteto de Ebed Yahveh. El profeta lo llama: mi pastor (rey) (Is. 44:28), ungido (Is. 45:1), y es presentado como libertador (cfr. Is. 45:13).

(B) Para otros, el profeta habría tenido una visión de carácter doble:

(I) En principio, el profeta habría visto en el Siervo de Jehová una colectividad. Esta colectividad tenía el nombre de «Jacob», «Israel» (Is. 44:1, 2, 21; 45:4; 48:20; 49:3, 5). Se trata, examinando bien el texto, de un remanente. Los exiliados fueron, como la mayor parte de sus antepasados, infieles (Is. 48). El profeta veía al Siervo en un residuo de Israel, molido y purificado por los sufrimientos del exilio, y espiritualmente victorioso de la prueba (Is. 45:20-25). De ahí el llamamiento a los exiliados que se mantuvieron fieles en tanto que muchos de sus hermanos habían sucumbido a las tentaciones de Babilonia; de ahí la poderosa proclamación del llamamiento de Israel (Is. 46:3; 49:6).

(II) Después, el profeta, consciente de que ningún residuo, de que ninguna colectividad podría llevar a cabo la obra mesiánica querida por Dios, fue llevado en su visión a centrarse a ver el Siervo en una persona. El solapamiento entre la visión colectividad y la visión persona es perceptible, especialmente en Is. 50-52:1-12. Lo cierto es que ni el pueblo de Israel en su conjunto, ni una élite de este pueblo, podrían pretender cumplir la voluntad de Yahveh-Salvador. Ello sólo podría hacerlo un individuo puesto aparte, diferente de los hijos de los hombres (Is. 52:14), apto, por su doble naturaleza, humana y divina, para llevar nuestras enfermedades y cargar sobre Sí nuestras iniquidades (Is. 53:4-5).

No debe sorprender que se nos ofrezcan estos dos planos sucesivos en el mensaje mesiánico de Isaías. Israel había sido elegida como nación para ser luz a las naciones, y para llevar la salvación hasta los extremos de la tierra (Is. 49:6). Al recordar esta vocación que un residuo fiel al menos hubiera debido llevar a cabo, lo mismo que al reducir el Siervo fiel a una sola persona, el profeta está además lanzando un reproche a su pueblo. Así es como se puede explicar el aparente solapamiento de las dos visiones del Siervo de Jehová: el Siervo de Jehová colectivo, que es el remanente de la nación, en medio del cual aparece el verdadero Siervo de Jehová, la persona del Mesías. Así como Israel fue una vid plantada por Jehová, pero que dio uvas silvestres (Is. 5:1-7), el Mesías pudo decir: «Yo soy la vid verdadera» (Jn. 15:1). Y también Él es el Siervo fiel, en medio de un residuo que, en tanto que le reconozca, vendrá a ser también Siervo de Jehová. Así, el profeta presenta al Siervo-Persona irrumpiendo y dominándolo todo. Y los cristianos, iluminados por el Evangelio, no pueden dejar de percibir la patente identidad del Siervo único, tal como aparece en los caps. 52:13-53:12, con la persona de Jesucristo. Éste es uno de los puntos culminantes de la inspiración profética, junto con el Salmo 22 y otras joyas proféticas.

El mensaje de Isaías desborda el marco de la historia y salvación espiritual de Israel y de las naciones. Describe los tiempos mesiánicos, esto es, el reino de Dios sobre la tierra. En relación con esto se deberían leer Is. 24-27; 60-65; 8:23-9:6; 11. Así, tiene un carácter escatológico. La panorámica que Isaías nos ofrece es vasta. Abarca el dilatado período de tiempo desde la época del profeta hasta la segunda venida de Cristo, y su reinado de paz. El mensaje del libro puede quedar clasificado alrededor de estos tres temas fundamentales:

(A) Temas específicamente históricos (Is. 1-39, excepto algunos pasajes escatológicos: Is. 8:23-9:5; 11; 24-27),

(B) tema mesiánico (Is. 40-55),

(C) tema escatológico (Is. 56-66 y 8:23-9:6; 11; 24-27).

 

(d) PROBLEMA CRÍTICO.

Si para nosotros la autenticidad del libro de Isaías no puede ser puesta en tela de juicio, no sucede así con una gran cantidad de críticos. Se puede afirmar que «la teología oficial» rechaza la «isaicidad», es decir, la paternidad de toda la obra por parte de Isaías. A continuación se da cuenta muy resumida de estas hipótesis críticas, con un sumario de las razones para rechazarlas.

La Alta Crítica afirma que este libro fue escrito por un mínimo de tres autores: Isaías uno de ellos, indudablemente, y dos autores anónimos posteriores que habrían situado sus escritos bajo la cubierta de la autoridad de Isaías (ficción literaria). Recapitulamos las alegaciones que se presentan de la siguiente manera:

(A) Isaías habría escrito los caps. 1-39, a excepción de una serie de pasajes a lo largo de estos capítulos, que no le podían ser atribuidos.

(B) Los caps. 40-55 tendrían por autor a un escritor anónimo de la época del exilio, a quien se le da el nombre de «deutero-Isaías». El profeta describe aquí una situación totalmente diferente a la de los capítulos anteriores, esto es, la situación acerca de la que tuvo que dar testimonio al retorno de Babilonia. El estilo, además, sería diferente, así como el vocabulario. Y, de todas maneras, ¿cómo habría podido Isaías anunciar el nombre de Ciro casi dos siglos antes del nacimiento de este rey? Esta sección habría sido escrita alrededor del año 540 a.C.

(C) Finalmente, los caps. 56-66, con un estilo más lírico y más místico a la vez, de un tema esencialmente escatológico, pertenecerían a otro autor de una época muy incierta (300 a.C. para unos, alrededor del año 200 a.C., para otros). Esta sección recibe el nombre de «trito-Isaías».

A las hipótesis de la Alta Crítica se puede responder concisamente con las palabras de Edward Strachey: «Las normas de la crítica nos imponen la aceptación de Isaías como autor único hasta que no se nos demuestre lo contrario.» Estas pruebas no nos han sido dadas, y las normas sobre las que reposa la hipótesis de los dos autores anónimos son sumamente frágiles: la psicología y el vocabulario (o estilo). Se trata de argumentos profundamente subjetivos. ¿Por qué rechazar que un profeta que predijo el exilio podría también predecir el retorno del exilio? Tampoco hay dificultad alguna en admitir que un autor que ha estado escribiendo a lo largo de casi 60 años haya podido manifestar estilos literarios diferentes, con variación de vocabulario, entre los escritos de la juventud, los de la madurez, y los de la ancianidad. El estilo y el vocabulario de «La doctrina cristiana» y de ciertos poemas y cartas de John Milton son muy diferentes en estilo y vocabulario de su «Paraíso perdido», de manera que ahí también, siguiendo los métodos de la Alta Crítica, podrían suponerse diferentes autores Y los ejemplos podrían multiplicarse. Sobre este tema, C. S. Lewis tiene un interesante artículo titulado «Fern Seeds and Elephants» en un libro de ensayos y artículos que lleva el mismo título.

La verdadera razón que explica que se propongan estas hipótesis es el rechazo «a priori» de lo sobrenatural, la negación, ya de entrada, de la inspiración de la Biblia. La Alta Crítica rechaza admitir que un profeta pudiera predecir acontecimientos que fueran a producirse muchos siglos después de él; rehúsa admitir que el Isaías del siglo VIII a.C. hubiera podido dar el nombre de una persona del siglo VI a.C., Ciro, porque no cree en la Biblia, la Palabra del Dios que anuncia lo por venir desde el principio (Is. 46:10). Para todo el que cree con Pablo que «toda la Escritura es inspirada por Dios» (2 Ti. 3:16), la unidad del autor no constituye ningún problema. Isaías, el profeta que firmó y fechó su libro (Is. 1:1), es su único autor humano.

Y ésta era la postura de Jesucristo y de sus apóstoles, con toda la autoridad que ello tiene. Es a Isaías que le atribuye de manera indiscutida la paternidad de los caps. 40-66, al igual que los caps. anteriores. Mt. 8:17 cita el cap. 3 de Isaías en estos términos «...para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías» .Del mismo modo, Mt. 12:17-21 cita Is. 42:1-4; Lc. 3:4 cita Is. 40:3; Lc. 4:17-19 cita Is. 61:1-3; Jn. 1:23 cita Is. 40:3; Jn. 12:38-41 cita Is. 53:1; etc. Por último, se debe destacar que la unidad del libro de Isaías ha sido matemáticamente confirmada por el rollo completo de Isaías descubierto en la Cueva I de los mss. de Qumrán, en el año 1947. Este rollo, al que se le ha asignado una fecha de 100 a 120 a.C., es un ms. que reproduce íntegramente la profecía, y sin ninguna indicación que pueda llevar a confirmar las hipótesis de la Alta Crítica. (Véanse MANUSCRITOS BÍBLICOS, QUMRÁN.)

Con W. H. Guiton («Introduction à la Bible, p. 142), podemos decir del libro de Isaías que «es un majestuoso edificio en el que parece que hallamos todos los estilos, pero de manera que dan impresión de armonía. Sobre la fachada de este edificio aparecen, en caracteres flamígeros, estas palabras: «Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria» (Is. 6:3).

 

Bibliografía:

Allis, O. T.: «The Unity of Isaiah» (Tyndale Press, Londres, 1951);

Archer, G. L.: «Isaiah», en The Wycliffe Bible Commentary (Moody Press, Chicago, 1962);

Darby, J. N.: «Thoughts on Isaiah the Prophet», en The Collected Writings of J. N. Darby (Stow Hill, Kingston-on-Thames, reimpr. 1695, vol. 30, PP. 168-240);

Kelly, W.: «Notes on Isaiah», en The Bible Treasury, serie de artículos desde enero 1865 hasta diciembre 1866;

Kinder, D.: «Isaías», en Nuevo Comentario Bíblico (Casa Bautista de Publicaciones, El Paso, 1977);

Martin, A.: «Isaías - La salvación del Señor» (Pub. Portavoz Evangélico, Barcelona, 1979);

Young, E. J.: «The Book of Isaiah» (Eerdmans, Grand Rapids, 1965).

ISBI-BENOB

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

= «morador en Hob».

Gigante que estuvo a punto de matar a David en una batalla, pero que fue muerto por Abisai (2 S. 21:16, 17).

IS-BOSET

tip, BIOG REYE HOMB HOAT

ver, DAVID, SAÚL

vet,

= «hombre de vergüenza».

Uno de los hijos menores de Saúl. Al principio se llamaba Es-baal (1 Cr. 8:33; 9:39; «el hombre del señor, u hombre de Baal»). Este nombre fue cambiado a Is-boset, ya sea en su vida, cuando la gloria de su dinastía se desvaneció, ya posteriormente, al caer en descrédito el término baal, porque recordaba la idolatría.

Parece que Is-boset no participó en la batalla de Gilboa. En todo caso, escapó de la matanza.

A la muerte de Saúl, David reinó sobre Judá, pero las otras tribus rehusaron adherirse a él, ungiendo como rey a Is-boset en lugar de su padre Saúl. Reinó durante dos años (2 S. 2:8-10).

En su guerra con David, su general era Abner, que lo abandonó debido a una disputa (2 S. 3:6-12). Abner fue asesinado traicioneramente por Joab (2 S. 3:22-30) y, poco después, Is-boset caía víctima de una conspiración de dos de sus capitanes, que llevaron su cabeza a David (2 S. 4:1-8). David hizo enterrar honrosamente la cabeza de Is-boset y dio muerte a sus asesinos (2 S. 4:9-12). (Véanse DAVID, SAÚL.)

ISMAEL

tip, BIOG FUNC HOMB HOAT

ver, ISAAC, ISMAELITAS

vet,

= «Dios oye».

(a) Hijo de Abraham y de Agar, la esclava egipcia. Nació cuando Abraham, de 86 años de edad, había pasado ya diez años en Canaán (Gn. 16:3,15; cfr. Gn. 12:4).

Ismael es hijo de la sabiduría carnal, no de la fe. Es el hijo de un padre que, ante la promesa de Dios, se deja cegar por las aparentes imposibilidades y se esfuerza por obtener, por medios humanos, el resultado de la promesa.

Cuando la circuncisión fue instituida para la familia de Abraham, Ismael tenía 13 años (Gn. 17:25). Al año siguiente nació Isaac, cuando su madre ya había pasado la edad de tener hijos. Él fue el hijo de la promesa y la respuesta de Dios a las dudas de sus padres (Gn. 21:5, véase ISAAC).

Durante la fiesta del destete de Isaac, Ismael se hizo notar por su actitud burlona. Por primera vez en la familia de Abraham, el que había nacido de la carne y de la incredulidad, se burlaba del heredero de la promesa. El apóstol Pablo muestra este acontecimiento como una alegoría (Gá. 4:22-31). Este comportamiento de Ismael conllevó su expulsión y la de su madre. Fueron errando por el desierto de Beerseba, donde estuvieron a punto de morir de sed. El ángel del Señor dirigió a Agar hacia una fuente de agua, lo que les salvó a ambos la vida. Ismael creció y se fortaleció en el desierto de Parán, al sur de Canaán, viviendo de su arco.

Ismael se casó con una egipcia (Gn. 21:3-21). Fue padre de doce príncipes, según la promesa de Dios a Abraham (Gn. 17:20; 25:12-16). (Véase ISMAELITAS.). Tuvo además una hija, que vino a ser esposa de Esaú (Gn. 28:9; 36:10). Ismael e Isaac sepultaron juntos a su padre Abraham (Gn. 25:9).

Ismael murió a los 137 años de edad (Gn. 25:17).

(b) Descendiente de Jonatán (1 Cr. 8:38; 9:44).

(c) Alto funcionario con poderes judiciales, padre de Zebadías (1 Cr. 19:11).

(d) Hijo de Johanán; participó en la conspiración que hizo caer a Atalía (2 Cr. 23:1).

(e) Miembro de la casa real de Judá, dio muerte a Gedalías, el gobernador que Nabucodonosor había puesto sobre Judea después de la caída de Jerusalén, luego de haberse granjeado su confianza. Después de varias incidencias, consiguió llegar al país de los amonitas, que lo habían inducido a cometer estos crímenes (2 R. 25:25; Jer. 40:7-16; 41:1-18).

(f) Hijo de Pasur; Esdras lo persuadió para que despidiera a su mujer extranjera (Esd. 10:22).

ISMAELITAS

tip, TRIB

vet,

Descendientes de Ismael, tenían sangre egipcia y de Abraham. Ismael dio origen a doce tribus (Gn. 17:20; 25:12-16).

Moraban en el norte de Arabia, entre Havila, Egipto y el Éufrates (Gn. 25:18; Ant. 1:12, 4).

Alguna tribu, como la de los nabateos, se volvió sedentaria, pero la mayor parte de estos pueblos mantuvo el carácter nómada, permaneciendo en el desierto.

Los hermanos de José lo vendieron a ismaelitas que viajaban con sus camellos entre Galaad y Egipto. El texto precisa que José fue sacado de la cisterna por «los madianitas mercaderes» (Gn. 37:28); indudablemente, formaban parte de la caravana. El Sal. 83:6 menciona a los ismaelitas junto con los edomitas, moabitas y agarenos.

En un sentido más extenso, «ismaelitas» designa a las tribus nómadas del norte de Arabia. La liga ismaelita llegó a incluir a tribus de otras razas (Jue. 8:24; cfr. Jue. 7:25; 8:22, 26).

Todos los árabes, siguiendo a Mahoma, se proclaman descendientes de Ismael.

ISRAEL

tip, BIOG HOMB HOAT TRIB

ver, JACOB

vet,

= «luchador con Dios».

Nombre dado a Jacob a su retorno de Mesopotamia, cuando hubo cruzado el torrente Jaboc, y después de su lucha con el ángel en Peniel (Gn. 32:22-32). (Véase JACOB.)

ISRAEL ( Pueblo)

tip, TRIB HIST

ver, JACOB, JUDÁ, CRONOLOGÍA BÍBLICA, CAUTIVERIO, SARGÓN, TRIBULACIÓN (La gran), MILENIO, IGLESIA, HIGUERA, HEBREO, HISTORIA BÍBLICA, JERUSALÉN, JUDÁ, JUDÍO, EGIPTO, ÉXODO

sit,

vet,

PUEBLO DE ISRAEL,

Se da este nombre al conjunto de los descendientes de Jacob a través de toda la historia. Asumieron el nombre que le había sido dado a su padre todavía en vida de él (Gn. 34:7).

Este nombre se usa frecuentemente en la peregrinación en el desierto (Éx. 32:4; Dt. 4:1; 27:9), pero se dice también «hijos de Israel». Hasta la muerte de Saúl, estas dos expresiones, «Israel» e «hijos de Israel», tomadas en un sentido nacional, englobaban el conjunto de los hebreos, sin distinción de tribus. Pero había diversas causas, en particular las geográficas, que tendían ya a separar Judá del resto de Israel. La distinción estaba ya reconocida antes de que se efectuara la distinción entre los dos reinos (1 S. 1:8; 17:52; 18:16). (Véase JUDÁ.) En tanto que se mantuvo la monarquía unida, se mantuvo el uso del término general de «Israel» (1 R. 11:42). En el paralelismo típico de la poesía hebrea, el nombre de Israel, situado en un segundo versículo, se corresponde frecuentemente con el nombre de Jacob figurando en un primer versículo (Nm. 23:7, 10, 21; 24:5; Sal. 14:7). Después del exilio, la expresión «Israel» se refiere frecuentemente a las diversas tribus representadas en Jerusalén por el retorno de residuos de ellas (Esd. 9:1; 10:5; Neh. 9:2; 11:3; cfr. 2 Cr. 30:5-11).

Sin embargo, a partir de la escisión de Israel en dos reinos, el nombre de Israel se refiere a las diez tribus conformando el reino del norte que se independizó de la casa de David. Ya en tiempos de David hubo una escisión, a la muerte de Saúl. Las tribus del norte y del este proclamaron rey a Is-boset, hijo de Saúl, en tanto que la tribu de Judá daba su adhesión a David. Desde entonces, se da frecuentemente el nombre de «Israel» a las diez tribus. Is-boset reinó dos años, pero fue asesinado. Sin embargo, pasaron siete años más antes de que el conjunto de Israel ofreciera su lealtad a David (2 S. 2:10, 11; 5:1-5). La corriente de rivalidades persistió de tal manera que, a la muerte de Salomón, la nación quedó dividida de una manera definitiva. Diez tribus siguieron a Jeroboam en tanto que la tribu de Judá quedaba fiel a la casa de David. En cuanto a la tribu de Simeón, ésta tenía su heredad «en medio de la heredad de los hijos de Judá» (Jos. 19:1). Las diez tribus que se separaron de las dinastía davídica fueron: Rubén, Gad, la media tribu de Manasés, situadas al este del Jordán, y al oeste de este río la otra media tribu de Manasés, Efraín, Isacar, Zabulón, Neftalí, Aser, Dan, y, en último término Benjamín, de la que una parte de territorio con sus principales localidades de Bet-el, Gilgal y Jericó pertenecían al reino del norte.

Las causas de este cisma nacional fueron las siguientes:

(A) El derecho de primogenitura conferido a José (1 Cr. 5:1) y los antiguos celos entre las dos poderosas tribus de Efraín y de Judá. Esta rivalidad había llevado a una ruptura temporal en el reino, después de la muerte de Saúl. Las divergencias volvieron a evidenciarse después de la derrota de Absalón, porque Judá fue la primera tribu en dar la bienvenida al rey cuando éste volvió (2 S. 19:15, 40-43). Al embellecer Jerusalén de una manera suntuosa, Salomón dio pie a un renacimiento de los celos entre Judá y el norte, que condujo a la separación definitiva a la muerte del rey.

(B) El lujo desmesurado del soberano excitó el descontento. El pueblo gemía bajo pesadas cargas. Para sostener el esplendor de su corte, así como para la ejecución de grandes obras públicas, Salomón multiplicó los impuestos y aplicó un régimen de levas obligatorias (1 R. 4:22, 23, 26; 5:13-16).

(C) La idolatría, favorecida por los matrimonios con mujeres extranjeras (1 R. 11:1-13). La corrupción de las costumbres, alentada sutilmente por los adeptos de los falsos cultos, se infiltró por todas las clases de la sociedad. Al debilitarse la lealtad a la religión de Jehová, quedó destruido el principal factor conducente a la unidad.

(D) La insensatez de que hizo gala Roboam, al rehusar conceder al pueblo sus razonables demandas de aligeración de impuestos. La dureza real favoreció las tendencias a la desintegración, y precipitó la secesión (1 R. 12:3-5, 12-16).

El reino del norte, con sus diez tribus, tenía el doble de habitantes que Judá, y casi tres veces más extensión. Pero su situación estaba más expuesta a las invasiones, y tenía una posición menos defendible que Judá. Además, el reino del norte era una nación apóstata, y el abandono de Dios mina inexorablemente la estabilidad de los estados. En el reino del norte (Israel) el nivel era sumamente bajo, y los mejores elementos de su población renunciaron a seguir las prácticas de una religión falsa: los sacerdotes y levitas emigraron al reino de Judá (2 Cr. 11:13, 14). Siquem fue al principio la capital del reino del norte; después Tirsa; Omri fundó Samaria e hizo de ella su capital (1 R. 12:25; 14:17; 15:21; 16:23, 24). Jeroboam, primer rey de Israel del norte, temía que su pueblo, al ir a Jerusalén a adorar a Dios, se volviera al soberano de la legítima dinastía. Por esta razón erigió dos santuarios, uno en Dan, en el limite norte, y el otro en Bet-el, al sur del reino. En cada una de estas localidades, Jeroboam erigió un becerro de oro, que unió al culto de Jehová (1 R. 12:26-32). Dios hizo proclamar su juicio sobre Jeroboam y sus descendientes, a causa de esta apostasía parcial. Nadab, hijo y sucesor de Jeroboam, fue muerto por Baasa en su segundo año de reinado, y toda la descendencia de Jeroboam fue aniquilada (1 R. 15:25-31). Fueron diecinueve los reyes que se sucedieron en el trono del reino de Israel. (Véase CRONOLOGÍA.) El conjunto de sus reinados abarca 210 años; siete de estos reyes no reinaron más que dos años o menos; ocho de ellos fueron muertos o se suicidaron, pasando la corona a otras familias. Sólo en dos casos hubo cuatro miembros de la misma familia que se sucedieron en el poder real. Ninguno de estos soberanos hizo desaparecer los becerros de Bet-el y de Dan. Acab, influenciado por su mujer, la perversa e idolátrica Jezabel, llevó la apostasía a su punto más profundo, al reemplazar la adoración cismática a Jehová por el culto a Baal. Pero Dios suscitó en esta época a profetas que lucharon incesantemente, con riesgo de sus vidas, por el mantenimiento del culto a Jehová. Los más señalados fueron Elías y Eliseo. Después de la supresión del culto a Baal hubo otros profetas, particularmente Oseas y Amós, que se esforzaron en trabajar para el saneamiento moral de la nación.

Hubo numerosas guerras entre Israel y Judá. Los dos reinos solamente se aliaron cuando la dinastía de Omri ocupaba el trono de Israel; Joram, el primogénito de Josafat rey de Judá, se casó con Atalía, hija de Acab rey de Israel. La ascensión de Siria, cuya capital vino a ser Damasco, influenció de manera necesaria la política del reino de Israel, su vecino inmediato. Los dos estados guerrearon con frecuencia, pero se aliaron contra los asirios en la época de Acab. 120 años después, Siria y el reino de Israel se aliaron con el propósito de tomar Jerusalén. Acaz, rey de Judá, se atemorizó ante la perspectiva de poder perder el reino, e incluso la vida. Sin querer confiar en Jehová ni oír las exhortaciones de Isaías, no dudó en pedir socorro a Tiglat-pileser, rey de Asiria, al precio de su propia independencia. Judá tuvo que acceder a pagar un tributo anual a Asiria, y Acaz tuvo que someterse a Tiglat-pileser (2 R. 16:8-10). Este último liberó a Judá de los invasores, saqueó Israel, batió a los filisteos, puso sitio a Damasco, de la que se apoderó, y dio muerte a Rezín. El rey de Asiria deportó a los habitantes de Neftalí y a los israelitas establecidos al este del Jordán; participó en el asesinato de Peka, o lo ordenó, poniendo a Oseas en el trono del reino de Israel, hacia el año 730 a.C. Después de la muerte de Tiglat-pileser, Oseas se rebeló contra Asiria. Los ejércitos asirios volvieron a invadir el reino de Israel. En el año 722 a.C. cayó Samaria, y una gran cantidad de sus habitantes fueron llevados al cautiverio a Asiria. (Véanse CAUTIVERIO, SARGÓN.) Vinieron colonos de cinco distritos asirios a habitar en los lugares que los israelitas deportados se habían visto obligados a abandonar. Estos extranjeros, que se mezclaron con aquellos israelitas de la Palestina central que habían escapado a la deportación, dieron lugar al pueblo samaritano.

La deportación de los israelitas fue la retribución de sus pecados contra Jehová, a quien habían abandonado; se habían entregado a la adoración de dioses falsos y a seguir las costumbres de naciones paganas, influenciados por sus malvados reyes (2 R. 17:7, 8). Los israelitas, caídos en la infidelidad, habían quebrantado el pacto de Dios (2 R. 17:15; cfr. Éx. 20:22; Os. 6:7; 8:1) y menospreciado sus leyes. Su apostasía se manifestó de dos maneras: adoptaron las costumbres de las naciones rechazadas por el Señor (2 R. 17:8, 15, 17; cfr. Is. 2:13; 4:2, 11, 15; Am. 2:6-9); después se entregaron al culto de los becerros de oro, instituido por los reyes de Israel, y a la idolatría general que vino como consecuencia (2 R. 17:8, 16; Os. 8:4-6; 10:5, 8; 13:2-4). Continuaron pecando, por mucho que Dios les advirtiera mediante tribulaciones y dramáticas intervenciones (2 R. 17:13; Os. 12:10; Am. 2:9-11; 4:6-13). Su pecado provocó el cisma, el envilecimiento, el juicio. Separados de la tribu de Judá, y debilitados por ello, fueron vencidos por sus enemigos. La idolatría, la intemperancia, las disoluciones, provocaron la desmoralización de sus hombres, quitándoles la voluntad de resistir. Al carecer de carácter, de ideal moral, los soldados del Israel del norte no eran mejores que los guerreros egipcios, asirios y babilónicos.

 

(A) Vocación y destino profético de Israel.

1. La vocación de Israel es la de ser el pueblo elegido, suscitado después de la triple tragedia de la caída en Edén, del Diluvio y de Babel (Gn. 2-11) para aportar al mundo la Revelación divina y el Salvador prometido. Al llamar a Abraham, Dios le promete:

(a) que él poseerá para siempre un país, Palestina,

(b) que sus descendientes serán una nación particularmente privilegiada,

(c) que ellos vendrán a ser el canal de una bendición universal (Gn. 12:1-3).

La alianza ofrecida a Abraham (Gn. 15:18; 17:3-8; 22:16-18) queda solemnemente confirmada a todo el pueblo de Israel reunido en el Sinaí (Éx. 19:4-6; 24:7-11).

Pablo resume en estos términos las insignes gracias otorgadas al pueblo elegido: A ellos pertenecen «la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos» (Ro. 9:4-5). Nunca podremos mostrar un suficiente reconocimiento a Israel por habernos dado las dos partes de nuestra Biblia, y por encima de todo el conocimiento del verdadero Dios y nuestro Salvador Jesucristo, pues, no se debe olvidar que «la salvación viene de los judíos» (Jn. 4:22).

2. La deportación, el retorno del exilio, la crucifixión del Mesías y la dispersión mundial de Israel. El rechazamiento de la teocracia, la desobediencia al Señor y la idolatría atrajeron el juicio sobre la nación, su pérdida de independencia nacional y la deportación para las diez tribus a Asiria, y para Judá a Babilonia (2 R. 17:1-23; 2 Cr. 36:14-21). Las diez tribus se quedaron en la dispersión, en tanto que después de 70 años una parte minoritaria de Judá volvió a Jerusalén (cfr. Esdras y Nehemías). Se emprendió la reconstrucción del templo, y la comunidad judía fue reconstituida, pero el pueblo ya jamás reencontró su unidad y el «trono de David» no fue ya restaurado. Sin embargo, a través de las pruebas del cautiverio, los judíos quedaron liberados de su tendencia hacia la idolatría y se aferraron como nunca lo hubieran hecho a la fe monoteísta. Es entre ellos que pudo nacer el Mesías. Reconocido y aceptado por el remanente, por aquellos que «esperaban la consolación de Israel» (cfr. Lc. 2:25-32, 38; Jn. 1:45, etc.) Jesús, sin embargo, no fue recibido por los suyos sino que fue finalmente crucificado (Jn 1:11; 5:18; 7:5; 8:59; 9:22; 10:31; 11:47-50; 12:10-11; 37:40; 19:6-16; cfr. Mt. 13:3, 10-15, 21-38; 22:2-7; 23:37-39; 26:59; 27:20-25; Lc. 11:29-32; 19:14, etc.). Los profetas ya habían preanunciado claramente el rechazamiento del Mesías por parte de su propio pueblo (Is. 49:7; 52:14; 53:1-8; Sal. 2:1-2; cfr. Hch. 4:25-27; Sal. 22:7; Zac. 11:12-13; 12:10, etc.). Las palabras de Cristo relacionan directamente este hecho con la destrucción de Jerusalén y la dispersión mundial de los judíos (Mt. 21:38-43; 22:7; 23:36, 38; 24:2; Lc. 19:41-44; 21:20-24; 23:28-31). La dispersión de Israel por toda la tierra, igualmente anunciada por los profetas (Dt. 4:27; 28:64, 68; Jer. 9:16; cfr. Jer. 29:14; 31:8; Is. 43:5-6), fue sumamente intensificada después de la toma de Jerusalén por parte de Tito en el año 70 d.C.

A partir de este trágico acontecimiento, se cumplen tres predicciones bíblicas de una forma maravillosa:

(a) Dios ha preservado la existencia misma de un pueblo, al que ha prometido preservar hasta el fin de los tiempos (Jer. 31:35-36; Lv. 26:44-45; Ez. 11:16);

(b) este pueblo dispersado ha conocido grandes sufrimientos, pero Dios juzgará a todos aquellos que lo hayan afligido, según Gn. 12:3; Dt. 28:65-67; Lv. 26:36, 38-39; Jer. 30:11; Os. 3:4; Zac. 2:8. Las persecuciones lanzadas sobre los judíos constituyen una vergüenza para los países pretendidamente cristianos.

(c) durante la ausencia de los judíos, Palestina quedó convertida en un desierto (Lv. 26:33-34; Dt. 29:22-25; Is. 5:6; 6:11-12; Zac. 7:14).

3. La resurrección y conversión de Israel.

Ezequiel tuvo una emocionante visión de la reunión y de la resurrección nacional de Israel, dispersado entre todas las naciones (Ez. 37:1-14). Dios ha prometido de manera formal que devolverá a su pueblo al país de sus padres (Ez. 34:13-14; 36:24; 37:25; Is. 14:1-2; 34:16-17, etc.). Parece que ha empezado a hacerlo ya bajo nuestra mirada con el retorno de judíos a Palestina. El desierto y la aridez vuelven a florecer (Is. 35:1-10; Ez. 36:10, 11, 33, 38), se han plantado millones de árboles y se está desarrollando la agricultura en el mismísimo desierto del Neguev. Esta renovación exterior prepara la conversión final de Israel a su Mesías, conversión anunciada tanto por el AT como por el NT (Ez. 36:24-27; 39:28, 29; Zac. 12:10; 13:8-9; Hch. 3:19-20; Ro. 11:11-15, 23, 25-31). Esta conversión será la señal de maravillosas bendiciones para el mundo, y el preludio del establecimiento del reino glorioso del Señor. El creyente tiene motivos para gozarse, al ver cómo los planes de Dios están empezando a materializarse, y tiene renovados motivos para orar, con fe, «por la paz de Jerusalén» (Is. 62:6, 7).

 

(B) El Estado de Israel.

Desde finales del siglo XIX, los judíos han establecido en Palestina numerosas colonias agrícolas, alentadas en parte por la familia Rothschild. El movimiento Sionista, fundado en 1897, hizo mucho para preparar el retomo de los israelitas a su patria. Un impulso adicional lo fue la famosa «Declaración Balfour», prometiendo a los judíos en nombre de Su Graciosa Majestad Británica que, después de la Primera Guerra Mundial, se constituiría un Hogar Nacional Judío en la tierra de sus padres. Después de las persecuciones nazis, en las que fueron asesinados alrededor de 6 millones de judíos, hubo una corriente migratoria aún más intensa a Palestina, a pesar de la creciente oposición de los árabes y de los británicos. Finalmente, en el momento en que Inglaterra abandonaba su mandato sobre el país, era proclamada, el 15 de mayo de 1948, la independencia del Estado de Israel. Desde la conquista de Nabucodonosor, Israel había conocido 2.555 años de sometimiento y de dispersión. Sin embargo, los ejércitos de cinco naciones árabes, Líbano, Siria, Transjordania, Irak y Egipto se lanzaban al asalto de la joven nación. Las tropas de Israel pudieron resistir el embate, pero las tropas de Transjordania, mandadas por oficiales británicos, pudieron tomar la ciudad vieja de Jerusalén, y mantener los territorios de Judea y Samaria. La Organización de las Naciones Unidas intervino, y se estableció un precario armisticio en 1949. En 1956, Israel se midió con Egipto, debido al bloqueo a que los egipcios tenían sometidos a los israelitas en el golfo de Ákaba. Israel ocupó el Sinaí, que fue abandonado ante las firmes garantías internacionales de libertad de navegación. El 5 de junio de 1967, después de una serie de tensiones en aumento, y de un prolongado bloqueo del golfo de Ákaba por parte de Egipto, y ante los movimientos de tropas árabes que indicaban un ataque inminente, Israel lanzó un ataque relámpago sobre Egipto, Jordania y Siria, que en menos de una semana llevaba a sus ejércitos al canal de Suez, ocupando toda la península del Sinaí, a la conquista de toda Judea y Samaria, desalojando de allí a las tropas jordanas, liberando además la ciudad vieja de Jerusalén y devolviéndola finalmente a Israel, y desalojando a los sirios de las alturas del Golán, desde donde habían estado cañoneando intermitentemente las colonias agrícolas judías en la Alta Galilea. Nuevamente, la intervención de las Naciones Unidas impuso un armisticio, aunque Israel se negó a abandonar los territorios conquistados. Las garantías internacionales del pasado habían sido siempre papel mojado. La cuarta guerra fue la desencadenada por un ataque por sorpresa de los egipcios, cruzando el canal de Suez el 6 de octubre de 1973, con la esperanza de recuperar los territorios perdidos en 1967. Los sirios abrieron un segundo frente, apoyando este ataque. Sin embargo, la reacción israelita de cruzar a su vez el canal de Suez, cortando las líneas de aprovisionamiento del ejército egipcio, y embolsando a las tropas atacantes, produjo el hundimiento de la ofensiva. Una iniciativa de paz del presidente Anwar al-Sadat, viajando a Jerusalén para entrevistarse con el primer ministro Menahem Begin en 1978, llevó a un proceso de devolución del Sinaí, y a la firma de un tratado de paz en 1979 entre Israel y Egipto. Pero sigue habiendo tensiones entre Israel y los países árabes circundantes, especialmente con el problema del desplazamiento de los árabes palestinos, consecuencia de una guerra desencadenada por los árabes en 1948, y que, en lugar de resolver, como los judíos resolvieron el de sus refugiados en los campos de Europa después de la Segunda Guerra Mundial, han querido mantener, para instrumentalizarlo políticamente, apelando a la enorme carga emotiva que conlleva un problema humano de este tipo.

La resurrección de la nación de Israel ha conllevado la resurrección del hebreo, que era una lengua muerta, y que ahora es un idioma moderno y floreciente. La Universidad Hebrea de Jerusalén es un foco de actividad cultural de gran prestigio mundial. A pesar de sus problemas económicos, causados por los gastos militares que se ven obligados a mantener, Israel tiene una industria y agricultura boyantes, y compiten agresivamente en el mercado europeo de cítricos con países como España e Italia. Las riquezas del mar Muerto son objeto de explotación comercial, y constituyen, en lo material, la mayor riqueza de Israel.

Sin embargo, ha de llegar todavía el día en que Israel reconozca nacionalmente su mayor tesoro, el Mesías rechazado y que ha de volver. Los profetas anuncian que el día de la venida de Cristo, para Israel, vendrá precedida del día de la angustia de Jacob (véase TRIBULACIÓN [LA GRAN]). En este período, la nación pasará por durísimas pruebas, al final de las cuales aparecerá el Señor Jesucristo. Zacarías describe la emocionante escena del reconocimiento por parte de Israel de «el que traspasaron» (Zac. 12:10-14), con el profundo arrepentimiento nacional del remanente de Israel. Entonces entrará Israel en el disfrute del reino milenial bajo el reinado del Mesías, que tanto los ama, y que se dio «por la nación; y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos (Jn. 11:51, 52). (Véanse MILENIO, IGLESIA.)

La higuera infructífera, imagen usada por el Señor, maldecida por su ausencia de fruto (Mt. 21:18-19; Mr. 11:13, 21), es presentada después como parábola de Israel (véase HIGUERA, cfr. Mt. 24:32; Mr. 13:28-30; Lc. 21:19-33; cfr. Lc. 13:6-9). Seco de muerte durante mucho tiempo, del tronco de esta nación vuelven a brotar hojas. Esto constituye un signo evidente de que la venida del Señor está cerca. (Véanse HEBREO, HISTORIA BÍBLICA, JERUSALÉN, JUDÁ, JUDÍO, y también EGIPTO, ÉXODO.)

ISTOB

tip, TRIB

vet,

= «hombre de Tob».

Algún pequeño reino de Aram o Siria. Doce mil hombres de Tob se unieron a los amonitas en la guerra contra David y fueron derrotados (2 S. 10:6, 8).  

ITAI

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

(a) Hijo de Ribai, fue uno de los valientes de David (2 S. 23:29; 1 Cr. 11:31).

(b) Morador de Gat, abandonó su ciudad al frente de 600 hombres, siguiendo fielmente a David. En la batalla que se libró contra Absalón y que acabó con su muerte, Itai mandaba una tercera parte del ejército del rey (2 S. 15:18-22; 18:2, 5).

ITALIA

tip, PAIS

sit, a9, 74, 118

vet,

En el siglo V a.C., este término geográfico designaba tan sólo una pequeña parte del extremo meridional de la península italiana. Poco a poco se fue aplicando a mayores extensiones; en el siglo primero de nuestra era ya tenía el sentido que se le da actualmente.

Una cohorte llamada Itálica estaba de guarnición en Siria (Hch. 10:1).

Aquila y Priscila vivieron un cierto tiempo en Italia (Hch. 18:2).

La apelación de Pablo a César exigió que se dirigiera a Italia, por mar (Hch. 27:1, 6).

El saludo con que se concluye la Epístola a los Hebreos (He. 13:24) indica la presencia de cristianos no sólo en Roma, sino también en otros lugares del país (cfr. Hch. 28:14).

ITAMAR

tip, BIOG SACE HOMB HOAT

vet,

= «isla de palmas».

El menor de los hijos de Aarón (Éx. 6:3), consagrado al sacerdocio junto con su padre y sus hermanos mayores (Éx. 28:1) y fundador de una familia sacerdotal (1 Cr. 24:3-5; Esd. 8:2) a la que pertenecieron varios sumos sacerdotes.

ITUREA

tip, REGI

sit, a1, 593, 160

vet,

= «perteneciente a Jetur».

Región ocupada por un pueblo llamado Jetur, que descendía de Ismael (Gn. 25:15; 1 Cr. 1:31). Hubo guerra entre Jetur y las tribus israelitas al este del Jordán (1 Cr. 5:19).

En la época de los Asmoneos, Aristóbulo conquistó una parte de Iturea, anexionándola a Judea e imponiendo la circuncisión a los vencidos (Ant. 13:11, 3).

Era una región montañosa que englobaba una parte del Antilíbano. Ptolomeo, hijo de Menaeo, fortificó Calcis, y se mostró hostil a Damasco (Estrabo 16:2, 18, 20; Ant. 13:16, 3). Más tarde, su hijo Lisanias fue muerto por Marco Antonio (34 a.C.). Una parte de Iturea y de Traconítide formaron la tetrarquía de Felipe (Lc. 3:1).