J

tip, CRIT MANU

ver, PENTATEUCO

vet,

La especulación modernista da el apelativo de «J» a los materiales del Pentateuco que se suponen fueron elaborados por un supuesto «redactor Jehovista». Véase PENTATEUCO.

 JAACÁN

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

= «torcedor».

Hijo de Eser, descendiente de Esaú (1 Cr. 1:42), antecesor de la tribu Bene-jaacán, cuyo nombre señala una estación del viaje de los israelitas en su éxodo por el desierto (Nm. 33:31). Había pozos en esa estación (Dt. 10:6) y el pueblo estuvo allí dos veces.

 JAAZANÍAS

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

= «Jehová escucha».

(a) Jefe de unas bandas dispersas del ejército, después del hundimiento de Judá, era hijo de Osaías maacateo. Fue a Mizpa a rendir homenaje a Gedalías, a quien Nabucodonosor había designado gobernador de Judá después de la conquista a Jerusalén (Jer. 40:7, 8). Jaazanías no tomó parte en el asesinato de Gedalías; parece que hizo grandes esfuerzos para apoderarse de los criminales y entregarlos, pero se refugiaron en Moab. Formó parte de los que suplicaron al profeta Jeremías que consultara a Dios si aprobaba el proyecto de emigración del residuo de los israelitas, que querían dirigirse a Egipto (Jer. 42:1). Parece que en Jer. 43:2 el nombre Azarías es una alteración del de Jaazanías o Jezanías (cf. 2 R. 25:23; Jer. 40:7, 8; 42:1; 43:2).

(b) Recabita que se negó a beber vino (Jer. 35:3).

(c) Anciano dado a la idolatría (Ez. 8:11).

 JABALINA

tip, UTEN EJER

vet,

Arma de tiro, más ligera que la lanza, se llevaba colgada de la espalda (1 S. 17:6, 7); se sostenía en la mano para lanzarla contra un objetivo (Jos. 8:18, 26).

El término hebreo es «kîdõn».

Se halla también en 1 S. 17:45; Jb. 39:23; 41:29; Jer. 6:23; 50:42.

 JABES

tip, BIOG CIUD HOMB HOAT

vet,

= «lugar árido».

(a) Padre de Salum rey de Israel (2 R. 15:10, 13, 14).

(b) Príncipe de Judá (1 Cr. 4:9-10).

(c) Ciudad de Judá cercana a Belén, residencia de escribas (1 Cr. 2:55).

 JABES DE GALAAD

tip, CIUD

ver, DAVID, SAÚL

sit, a2, 543, 129

vet,

Ciudad de Galaad, situada, se cree, en el lugar llamado Ed-Deir, al este del Jordán. Ed-Deir está sobre el Wadi Yabis, donde parece haber quedado preservado el nombre de Jabes. 32° 23' N, 35° 40' E.

Cuando en la época de los Jueces las tribus lanzaron una campaña contra la tribu de Benjamín por proteger a unos atroces criminales, Jabes de Galaad se abstuvo de enviar a sus guerreros. Por esta indiferencia hacia el pecado nacional Jabes fue destruida al final de la campaña, quedando sólo 400 jóvenes vírgenes, que fueron dadas a 400 supervivientes de la tribu de Benjamín (Jue. 21:8-15). Jabes fue pronto reocupada.

Posteriormente, la ciudad fue salvada de los amonitas por Saúl (1 S. 11:1-11). Cuando Saúl y sus hijos fueron muertos en la batalla de Gilboa contra los filisteos, los valientes de Jabes de Galaad recuperaron sus cuerpos y los enterraron (1 S. 31:11-13), acto por el cual fueron alabados por David (2 S. 2:4, 5). (Véanse DAVID, SAÚL).

 JABÍN

tip, BIOG REYE HOMB HOAT

ver, JAEL

vet,

= «Él (Dios) percibe».

(a) Rey cananeo de Hazor de Galilea y de las ciudades dependientes. Jabín fue el jefe de la liga de reyes del norte y centro, que Josué venció en las aguas de Merom. Después de la batalla, los israelitas tomaron Hazor, incendiándola, y dando muerte a su rey (Jos. 11:1-14).

(b) Otro rey cananeo, que reinó también sobre Hazor; probablemente descendía del anterior (Jue. 4:2). También encabezaba una coalición de reyes (Jue. 5:19), y oprimió a los israelitas durante veinte años. Finalmente, Débora y Barac vencieron a Sísara en el torrente de Cisón. Sísara fue muerto por Jael, una mujer (véase JAEL). La guerra prosiguió hasta la destrucción de Jabín (Jue. 4:17-24).

 JABOC

tip, RIOS

sit, a2, 568, 259

vet,

Afluente del Jordán por su vertiente oriental. Jacob lo vadeó al volver de Mesopotamia (Gn. 32:22). Nace cerca de Rabá de Amón (la actual Amán). De allí fluye por más de 19 Km. hacia el noreste, virando después hacia el noroeste, manteniendo esta dirección durante 24 Km. Después corre por unos 27 Km. por un valle que separa Galaad de Amón. Desemboca en el Jordán a unos 69 Km. al sur del mar de Galilea y a 37 al norte del mar Muerto. El Jaboc se llama en la actualidad Nahr ez-Zerkã.

Considerado en el pasado como frontera, el Jaboc separaba a los amonitas del reino de Sehón el amorreo, y más tarde de la tribu de Gad.

 JABÓN

tip, COST MATE

vet,

No se trata del cuerpo grasoso que conocemos como jabón. Los términos hebreos «bor» y «borith» (lo que limpia) denotan un álcali.

Era empleado para lavarse (Jb. 9:30; Jer. 2:22), para limpiar las vestimentas (Mal. 3:2) y para fundir los minerales (Is. 1:25).

Las versiones gr. optaron por usar el nombre de una sustancia extraída de un vegetal, «poa», hierba, planta herbácea.

En Palestina se emplea la raíz de saponaria («Saponaria officinalis») para lavar los tejidos, porque con ella no se encogen.

El álcali que se usaba por la fusión de metales se obtenía de las cenizas de dos variedades de saponaria («Salicorn¡a fructicosa» y «Salsola kali»).

Todavía en la actualidad son reducidas a cenizas para obtener sosa.

 JACINTO

tip, PIED

ver, PIEDRAS PRECIOSAS

vet,

(gr. «hyakinthos»).

En la Biblia denota una piedra preciosa de un color intensamente púrpura.

En Ap. 9:17 los jinetes tienen corazas de fuego, jacinto (cf. RVR 77) y azufre.

El jacinto constituye el undécimo fundamento de la Jerusalén celestial (Ap. 21:20).

También aparece en varios pasajes del AT en la LXX, en Éx. 28:19; 39:12, formando parte de la tercera hilera del pectoral del sumo sacerdote. En Est. 1:6, en una exhibición de lujo del monarca de Persia.

Véase PIEDRAS PRECIOSAS.

 JACOB

tip, BIOG TIPO ARQU HOMB HOAT

ver, DÉBORA, ISRAEL, NUZU

vet,

Etimología: «Aquel que toma por el talón; que suplanta.»

Hijo de Isaac y de Rebeca, y hermano mellizo de Esaú, alumbrado después de este último y, por ello, considerado como menor (Gn. 25:21-26). Isaac tenía 60 años al nacimiento de sus hijos (Gn. 25:26). A Jacob le encantaba reposar en las tiendas, siendo de naturaleza apacible (Gn. 25:27). Era el favorito de su madre, en tanto que su padre prefería a Esaú (Gn. 25:28). Sin embargo, antes de que ambos nacieran, Dios había dicho «el mayor servirá al menor» (Gn. 25:23), dando así Su promesa a Jacob. Un día, viniendo Esaú exhausto y hambriento después de cazar, Jacob, que se había preparado un potaje de color rojo, antes de dárselo a su hermano le hizo jurar que le cedería el derecho de primogenitura (Gn. 25:29-34). Así, Jacob no esperó a la intervención divina, sino que se mostró dispuesto a recurrir a cualquier argucia y fraude para procurárselo por sí mismo, no creyendo que Dios al final movería todo conforme a Su voluntad si esperaba en Él (cf. Gn. 48:14-20). Siguió un acto fraudulento. Isaac era viejo y casi ciego. Rebeca convenció a Jacob para que se vistiera con ropas de Esaú, y que se cubriera el cuello y las manos con pieles de cabritos, porque Esaú era mucho más velludo que Jacob, para hacerse pasar por su hermano. Así obtendría de Isaac, que pensaba que se estaba muriendo, la bendición que correspondía al derecho de primogenitura. Cuando Esaú descubrió lo que Jacob había hecho, se lamentó violentamente de haberse dejado arrebatar su derecho por su hermano. Esaú resolvió matar a su hermano cuando su padre muriera (Gn. 27:1-41). Rebeca oyó estas amenazas y, con la esperanza de que la cólera de Esaú se enfriara con la ausencia, hizo partir a Jacob, con el pretexto de ir a buscar una esposa para sí, a Harán, donde vivía su familia. Durante el viaje, Jacob tuvo una visión de noche: una escalera comunicaba la tierra con el cielo, con ángeles que bajaban y subían, y el Señor le prometió todas las bendiciones del pacto (Gn. 27:42-46; 28:1-22).

Jacob moró al menos 20 años en Padán-aram. Al servicio de Labán, trabajó al principio catorce años para que Labán le diera sus dos hijas en matrimonio, Lea y Raquel; después trabajó durante seis años para conseguir ganados. Tuvo once hijos durante su estancia en Harán, seis con Lea: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón, además de una hija, Dina; con Bilha, sierva de Raquel, dos: Dan y Neftalí; con Zilpa, sierva de Lea, dos: Gad y Aser; y, finalmente, uno con Raquel: José (Gn. 29-30). Este último nació cuando Jacob tenía 90 o 91 años (cf. Gn. 47:9 y Gn. 41:46, 47, 54; 45:11).

Seis años después, viendo que Labán y sus hijos, envidiándole, se habían indispuesto con él, Jacob huyó. Mientras guardaba sus rebaños, probablemente a tres días de Harán (Gn. 30:36; 31:22) a orillas del Éufrates, envió a buscar a sus mujeres (Gn. 31:4), cruzó el río, y emprendió la marcha, con su familia y bienes, en dirección a Canaán (Gn. 31:21). Labán se lanzó en persecución de los fugitivos, alcanzándolos en el monte Galaad, indudablemente entre el Yarmuk y el Jaboc, a unos 500 Km. del Éufrates, al cabo de diez días, al menos, de la partida de Jacob, pero muy probablemente más tiempo, debido a que Jacob no podía hacer marchar sus rebaños y familia a mucha velocidad. Dios protegió a Jacob advirtiendo a Labán, y los dos clanes enemistados llegaron a la reconciliación y celebraron un pacto. Erigieron un monumento de piedras, y sellaron su pacto con una comida común, estipulando que ninguno de los dos clanes rebasaría aquel lugar para atacar al otro (Gn. 31:51).

Dios se manifestó a Jacob en un lugar que el peregrino llamó Mahanaim. Y en el vado del Jaboc, un hombre estuvo luchando con Jacob hasta la mañana, y, no pudiendo vencerlo, tocó el encaje de su muslo, descoyuntándolo. Antes de dejarlo, el desconocido bendijo a Jacob con estas palabras: «No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres y has vencido». Jacob dio a este lugar el nombre de Peniel (el rostro de Dios) «Vi a Dios cara a cara y fue librada mi alma» (Gn. 32:22-32 cf. Gn. 33:20; Os. 12:5). Este fue el momento crítico de la vida de Jacob. Hasta entonces había confiado en su propia fuerza y estratagemas, aprendió ahora que su energía no podía prevalecer contra Dios y que debería someterse recurriendo a la oración para obtener la bendición, y no ir más allá. Desde entonces, se hace frecuente alusión a la adoración que Jacob ofrece al Señor.

Antes de cruzar el Jordán, Jacob, tanto tiempo desterrado por sus acciones mezquinas con respecto a Esaú, volvió a encontrarse con su hermano, que lo perdonó. Otra vez se separaron, volviendo Esaú al monte Seir, y dirigiéndose Jacob hacia Canaán (Gn. 33:1-18).

Jacob plantó sus tiendas en Canaán, en Siquem. Allí compró un terreno para establecer su campamento, y allí erigió un altar al Señor (Gn. 33:18-20). Es en Siquem que el hijo del rey de la ciudad forzó a Dina, hija de Jacob. Simeón y Leví, dos de los hijos de Jacob, y hermanos de padre y madre de Dina, ejecutaron una terrible venganza, atacando la ciudad después de haber reducido a la indefensión a sus habitantes mediante un engaño (Gn. 34:13-26). Los otros hermanos se unieron a Leví y Simeón en el saqueo de la ciudad. Jacob, que no había tenido arte ni parte en este hecho, temió profundamente sus posibles consecuencias. Buscó a Dios, e hizo desaparecer de su familia todos los ídolos e impurezas, y el Señor mismo le protegió (Gn. 34:30-35:5). Parece que desde entonces Siquem fue considerada propiedad de Jacob (Gn. 48:22; cf. Gn. 37:12). De allí, Jacob se dirigió a Bet-el. Débora murió allí, y allí fue sepultada (Gn. 35:6-8); véase DÉBORA (a). Dios, que se había aparecido a Jacob en este lugar cuando se dirigía a Padán-aram, volvió a aparecérsele en el mismo lugar (Gn. 35:9; 28:10-22). Confirmó el cambio del nombre de Jacob al de Israel, renovando las promesas del pacto hecho con Abraham. Durante el viaje a Hebrón, Raquel dio a luz, cerca de Belén, al duodécimo y último hijo de Jacob, Benjamín. Raquel, la esposa a quien tanto había amado Jacob, murió en el parto (Gn. 35:9-20). Finalmente, Jacob se reunió con su padre en Mamre (Gn. 35:27). Isaac murió unos 23 años más tarde. Esaú y Jacob se reunieron para sepultarlo (Gn. 35:28, 29). Parece que Jacob se detuvo en Mamre 33 años, porque llegó a Hebrón 10 años después de su vuelta a Palestina (Gn. 37:14; cf. 37:2), y es evidente que seguía allí cuando José lo mandó llamar para que fuera a Egipto (Gn. 46:1). Jacob tenía 130 años cuando se dirigió a Egipto (Gn. 47:9), y vivió todavía 17 años. Su primera bendición especial fue para los hijos de José, después bendijo a sus propios hijos, y murió a la edad de 147 años (Gn. 47:28; 48:49). Su cuerpo fue embalsamado y transportado solemnemente a Canaán, siendo sepultado en la cueva de Macpela (Gn. 50:1-14).

Jacob cometió faltas notorias, por las cuales fue severamente castigado bajo la mano de Dios, y en su vejez sufrió intensamente por la pérdida de José. Al final de su vida reconoció, al menos de manera tácita, que el comienzo de su carrera había quedado ensuciado por el pecado, y que no había sido íntegro delante de Dios; en el momento de morir, hace clara mención de la gracia de Dios (Gn. 47:9; 48:15-16). Jacob mostró, durante su vida y también durante sus últimos días, una fe inquebrantable en el Señor (Gn. 48:21: He. 11:21). Es el ejemplo por excelencia del creyente carnal, con numerosos defectos, que es tratado de una manera plena por la disciplina de Dios, y llevado a una dependencia total de Él. También figura como tipo de la predestinación (Ro. 9:11-13), y su nombre entra en la mención de los héroes de la fe (He. 11:21). El Señor mismo no se avergüenza de llamarse el «Dios de Jacob» (Éx. 3:6; 4:5; 2 S. 23:1; Sal. 20:2; Is. 2:3), o «el Fuerte de Jacob» (Sal. 132:2). El Señor Jesucristo afirma explícitamente el lugar de honor que tendrá Jacob en el Reino (Mt. 8:11).

La arqueología ilustra muchos de los rasgos de la vida de los patriarcas, en particular la de Jacob. Según las cartas de Nuzi (véase NUZU), descubiertas entre 1925 y 1941 en el sureste de Nínive, era posible transferir a otra persona el derecho de primogenitura; se cita en ellas un caso cuyo pago fue de tres barcos. Por otra parte, en estos documentos se ilustran las relaciones familiares entre Labán y su yerno (Gn. 31:29). En Nuzi se conocían terafines parecidos a los que Raquel hurtó a Labán (Gn. 31:34). Se trataba de dioses del hogar, poseídos por el cabeza de familia; en el caso de una hija casada, su posesión daba al marido el derecho a la propiedad del suegro (Gordon, «Revue Biblique», 44, 1935, págs. 35ss). Debido a que Labán tenía hijos varones, el hurto de los terafines representaba un daño grave.

En las Escrituras se da frecuentemente al conjunto de los hebreos, descendientes de Jacob, el nombre de «hijos de Israel» (Éx. 14:16, 29; 15:1, etc.). Los profetas, en sus pasajes poéticos, citan frecuentemente en paralelo los nombres de Jacob e Israel (Dt. 33:10; Is. 43:1, 22; 44:1). Véase ISRAEL.

 JACOB (POZO)

tip, RIOS

ver, DÉBORA, ISRAEL, NUZU

vet,

(hoy, «bir 'jaqub»).

En Jn. 4 se menciona el pozo de Jacob como lugar de la conversación entre Jesús y la samaritana. Desde el siglo IV d.C. se señala su ubicación; este lugar está hoy cubierto por las ruinas de una iglesia del tiempo de los cruzados.

 JACOBO

tip, BIOG HOMB HONT

ver, SANTIAGO

vet,

Forma griega del nombre Jacob, que en castellano se traduce también por Santiago y Jaime.

Varios personajes del Nuevo Testamento se llaman así.

(Véase SANTIAGO.)

 JADÚA

tip, BIOG SACE HOMB HOAT

vet,

= «conocido».

Nombre propio; entre los personajes bíblicos que lo llevaron los principales son:

(a) el hijo de Jonatán, el último sumo sacerdote del Antiguo Testamento mencionado en Neh. 12:11.

(b) El que suscribió el pacto con Nehemías (Neh. 10:21).

 JAEL

tip, BIOG MUJE MUAT

vet,

= «cabra silvestre».

Esposa de Heber ceneo (Jue. 4:17). En su huida de Barac, Sísara, el general del rey cananeo Jabín, fiado en la paz que había entre su rey y Heber, se dirigió hacia la tienda de Jael. Jael lo hizo entrar y le dio leche para aliviar su sed. Cuando Sísara estaba profundamente dormido, le atravesó las sienes con una estaca (Jue. 4:11-22). Débora alabó este hecho de Jael (Jue. 5:6, 24-27). Sísara era enemigo del pueblo de Dios, y había sido instrumento de gravosa opresión durante muchos años. Pero, por otra parte, Jael violó la palabra dada y la hospitalidad sagrada. El mismo Josué se vio atado por su tratado con los gabaonitas, aunque había sido engañado por ellos (Jos. 9:3-27). Dios había profetizado que el Señor vendería a Sísara a manos de mujer. En Su soberanía, Dios usó el ardid traicionero de Jael para destrozar el poderío de Jabín con la muerte de su cruel general. Éste es un caso como otros en el que el fin es conforme a la voluntad de Dios, pero no la manera en que se lleva a cabo. De esta manera, los hijos de Israel tuvieron cuarenta años de desahogo.

 JAFET

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

= «engrandecimiento».

Nombre del menor de los hijos de Noé (Gn. 9:24; 10:21) que, juntamente con su padre, su mujer y los demás familiares de Noé se salvó del Diluvio (Gn. 7:7; 1 P. 3:20). El libro de Génesis dice que Jafet fue el padre de las naciones de Europa (Gn. 10:5).

Jafet fue, quizás, el «Japetos» a quien las leyendas griegas representan como progenitor de la raza griega. Sus siete hijos (Gn. 10:2-5; 1 Cr. 1:5) ocuparon con su posteridad el norte de Asia y la mayor parte de Europa. En tiempos posteriores los griegos y los romanos subyugaron partes considerables del Asia meridional (Gn. 9:27).

Entre los pueblos identificados como sus descendientes podemos enumerar:

los cimeranos (Gomer),

los escitas (Askenaz),

los medos (Madai),

los eslavos (Mesec),

los jonios (Javán),

los chipriotas (Quitim) y

los habitantes de Rodas (Dodanim).

 

Bibliografía:

Custance, A. C.: «Noah's Three Sons» (Zondervan, Grand Rapids 1975).

 JAFÍA

tip, BIOG HOMB HOAT REYE CIUD

sit, a1, 385, 352

vet,

= «espléndido».

(a) Rey de Laquis, uno de los cinco príncipes amorreos que se unieron a Adonisedec para atacar a Gabaón pero que fueron derrotados cerca de Bet-horón por Josué, que recibió un auxilio milagroso, y fueron muertos en la cueva de Maceda (Jos. 10:3).

(b) Un hijo de David que nació en Jerusalén (2 S. 5:16) y del cual no se habla en ninguna otra parte.

(c) Ciudad fronteriza de Zabulón hacia el sur entre Daberet y Get-hefer (Jos. 19:12), ahora Jafa, cerca de Nazaret.

 JAH

tip, TITU

vet,

Esta forma del nombre de Dios es frecuente en la poesía hebrea (Sal. 68:5; 89:9).

En heb. es «yãh», al que se une a veces la forma completa Yahveh. La forma abreviada «yãh» expresa lo absoluto de la existencia de Dios. Yahveh, que significa «Él es», designa a Dios en su esencia, y en oposición a los falsos dioses (Is. 12:2; 26:4).

 JAHAZA

tip, LLAN CIUD

ver, MESA (Estela)

sit, a3, 590, 140

vet,

= «espacio abierto».

Lugar de la llanura de Moab (Jer. 48:21) donde los israelitas derrotaron a Sehón, rey de los amorreos (Nm. 21:23; Dt. 2:32; Jue. 11:20).

Jahaza fue asignada a la tribu de Rubén (Jos. 13:18) y separada como ciudad levítica para descendientes de Merari (Jos. 21:36; 1 Cr. 6:78).

Mesa, rey de Moab (Estela de Moab, 18-20, véase MESA [Estela de]), la arrebató a los israelitas; en la época de Isaías y Jeremías era Moab quien poseía este lugar (Is. 15:4; Jer. 48:21, 34).

Identificación incierta.

 JAIR

tip, BIOG JUEZ HOMB HOAT

vet,

= «él iluminará».

(a) Hijo de Segub y descendiente de Judá, pero llamado «hijo de Manasés» por parte de su madre, hija de Maquir. Conquistó el territorio de Argob con algunas ciudades, y le dio el nombre de Havot-jair (Nm. 32:41; Dt. 3:14; Jos. 13:30; 1 R. 4:13; 1 Cr. 2:22, 23).

(b) Galaadita que juzgó Israel durante veintidós años (Jue. 10:3-5); tuvo treinta hijos, y treinta ciudades en tierra de Galaad.

(c) Padre de Elhanán, que dio muerte a Lahmi hermano de Goliat (1 Cr. 20:5); recibe el nombre de Jaare-oregim en 2 S. 21:19.

(d) Un benjamita, padre de Mardoqueo (Est. 2:5).

 JAIRO

tip, BIOG FUNC HOMB HONT

vet,

Jefe de una sinagoga, cuya hija el Señor Jesús resucitó (Mr. 5:22; Lc. 8:41).

 JAMBRES

tip, BIOG FUNC HOMB HOAT

ver, JANES

vet,

JANES y JAMBRES.

Nombre de los dos magos egipcios que intentaron oponerse a Moisés (2 Ti. 3:8). Esta alusión se refiere a los acontecimientos descritos en Éx. 7:11, 12, 22; 8:3, 14, 15; 9:11. Estos pasajes no dan ni el número ni el nombre de los magos, pero los Targumes y el Talmud hacen alusión a ellos. Son mencionados, uno de ellos o ambos, por Plinio y Apuleyo, que mencionan a Janes y a Moisés como famosos magos de la antigüedad.

Un filósofo pitagórico del siglo II d.C., Numenius, menciona a Janes y Jambres como escribas sagrados de los egipcios (gr. «hierogrammateis»).

 JANOA

tip, CIUD

sit, a2, 396, 287

vet,

= «reposo».

Nombre de dos ciudades, una de Neftalí y la otra de Efraín (2 R. 15:29; Jos. 16:6), probablemente las modernas Yanuh.

 JAQUÍN

tip, CONS BIOG SACE HOMB HOAT

vet,

= «Él establecerá».

(a) Nombre de una de las columnas del templo de Salomón; la otra se llamaba Boaz (esto es, «en Él [Dios] fortaleza»); fueron erigidas por Hiram de Tiro en el pórtico del Templo. Los capiteles estaban adornados con formas de lirio (1 R. 7:15-22).

(b) Nombre de uno de los descendientes de Simeón (Gn. 46:10), llamado también Jarib (1 Cr. 4:24).

(c) Sacerdote del tiempo de Nehemías (Neh. 11:10).

 JARIB. Ver JAQUÍN.

 JAREB

tip, BIOG REYE HOMB HOAT

vet,

= «disputador».

Rey de Asiria, su nombre no ha sido identificado (Os. 5:13; 10:6). Se cree que Jareb no es un nombre propio, sino un calificativo, un título del rey de Asiria. Hay comentaristas que creen que se deriva del asirio «sharru rabu», «gran rey». Podría tratarse de una alusión a Tiglat-pileser (cf. 2 R. 18:19).

 JASER

tip, LIBR

vet,

(LIBRO DE).

El libro de Jaser es mencionado en Jos. 10:13; 2 S. 1:18 y, en la LXX, en 1 R. 8:53. Por lo que se desprende de estas citas, parece que el libro era una recopilación de poemas, que posiblemente irían acompañados de introducciones y explicaciones en prosa. Este libro, que evidentemente era bien conocido, se perdió totalmente. A lo largo de la historia se han presentado varios libros falsos con este nombre.

 JASOBAM

tip, BIOG EJER HOMB HOAT

vet,

= «regrese el pueblo».

(a) Jefe de los valientes de David (1 Cr. 11:11; 27:2, 3), probablemente el tacmonita de 2 S. 23:8.

(b) Un benjaminita que se unió a David en Siclag (1 Cr. 12:6).

 JASÓN

tip, BIOG HOMB HONT

vet,

(gr. «Iasõn», «que cura»; los judíos de tendencia helenizante ponían el nombre de Jasón en lugar del de Josué, Jesúa o Jesús).

Cristiano, pariente de Pablo (Ro. 16:21). Posiblemente sea el mismo que, viviendo en Tesalónica, alojó a Pablo y a Silas en su casa al pasar ellos por aquella ciudad. Los judíos adversarios y cómplices suyos llevaron a Jasón y a otros creyentes ante los magistrados, por haber ofrecido hospitalidad a extranjeros indeseables. Jasón y los demás sólo fueron liberados después de haber pagado una fianza (Hch. 17:5-9).

 JASPE

tip, PIED

ver, PIEDRAS PRECIOSAS

vet,

(heb. «yashepheh»; gr. «iaspis»).

No se identifica con el jaspe moderno, que es una variedad opaca del cuarzo de muchos colores diferentes. Se desconoce a qué piedra se refiere la Escritura. Algunos piensan que pueda ser el diamante.

En Ap. 21:11 es descrito «diáfana como el cristal».

Formaba parte del pectoral del sumo sacerdote (Éx. 28:20; 39:13).

Una de las piedras de la cubierta del simbólico rey de Tiro en Edén (Ez. 28:13).

Aquel sentado en el trono en el cielo «era semejante a piedra de jaspe...» (Ap. 4:3).

Es el primer fundamento de la Jerusalén celestial (Ap. 21:19).

Véase PIEDRAS PRECIOSAS.

 JAVÁN

tip, BIOG LUGA HOMB HOAT

ver, GRECIA

vet,

Cuarto hijo de Jafet y padre de Elisa, Tarsis, Quitim y Dodanim.

Javán, territorialmente, se corresponde, en sentido estricto, con Ionia, la civilización griega en Asia Menor, pero pronto pasó a denotar todos los pueblos griegos (cf. Gn. 10:2, 4; 1 Cr. 1:5, 7; Is. 66:19; Dn. 8:21 [heb.: «rey de Javán»];Dn. 10:20; 11:2; Zac. 9:13).

En Ez. 27:13 es indudable que el Javán que comerciaba con Tiro es Grecia; pero parece que el v. 19 se refiere a un Javán en el sur de Arabia (heb.: «Vedán y Javán de Uzal»).

Véase GRECIA.

 JAZER

tip, CIUD

sit, a2, 527, 364

vet,

= «fortificada».

Ciudad y distrito de Galaad. Fue tomada por los israelitas a los amorreos, asignada a Gad, y dada a los levitas (Nm. 21:32; 32:1, 3, 35; Jos. 13:25; 21:39; 1 Cr. 6:81; Is. 16:8, 9).

En Jer. 48:32 el «mar de Jazer» parece deberse a la accidental repetición, por un copista, de «mar» en la cláusula anterior.

Judas Macabeo la arrebató a los amonitas y la incendió (1 Mac. 5:7, 8; Ant. 12:8, 1).

Aunque ninguna identificación es segura, pudiera tratarse de Beit Zerah, 31° 50' N, 35° 51' E.

 JEARIM

tip, MONT

vet,

= «bosques».

Cordillera que atravesaba los límites de Judá (Jos. 15:10).

 JEBÚS

tip, CIUD LUGA

sit, a2, 347, 474

vet,

El nombre original de Jerusalén bajo el poder de los jebuseos (Jos. 15:63; Jue. 19:10; 1 Cr. 11:4).

En comparación con Jerusalén en tiempos de Salomón, el territorio de Jebús era muy pequeño. No obstante, constituyó un fuerte obstáculo para la libre circulación de los israelitas entre Judá y el norte del país, al hallarse estratégicamente situada en la vía de comunicación entre el norte y sur de Palestina.

Su ciudadela vino a ser la fortaleza de Sión (2 S. 5:7; 1 Cr. 11:5).

 JEBUSEOS

tip, TRIB

vet,

Descendientes de Canaán, hijo de Cam (Gn. 10:16; 15:21).

Poco es lo que se conoce de ellos, sólo que moraban en Jebús.

Josué dio muerte a su rey (Jos. 19:23-26) y su territorio fue asignado a Benjamín (Jos. 18:28).

Hallándose en la frontera de su tribu, los de Judá se apoderaron de la ciudad y la incendiaron (Jos. 15:8; Jue. 1:8). Pero los jebuseos, o bien se hicieron fuertes en la ciudadela (Ant. 5:2, 2) o bien recuperaron la ciudad después.

Moraban, como extranjeros, entre los hijos de Judá y Benjamín (Jos. 15:63; Jue. 1:21; 19:11).

Después de la conquista de David, quedaron jebuseos morando en Jerusalén.

Arauna jebuseo poseía el territorio donde más tarde se construyó el Templo (2 S. 24:16, 18; 2 Cr. 3:1).

Salomón sometió a levas para las obras públicas a los jebuseos que habían quedado (1 R. 9:20, 21).

 JEDIDÍAS

tip, BIOG REYE HOMB HOAT

vet,

= «amado de Jehová».

Nombre dado a Salomón, en su nacimiento, por Natán el profeta, como prenda especial de que Dios volvía a mirar con favor a David una vez arrepentido después de la muerte del primer hijo de Betsabé (2 S. 12:24, 25).

 JEDUTÚN

tip, BIOG SACE MUSI HOMB HOAT

vet,

(hebreo, «elogiador»).

Nombre propio de un levita de los hijos de Merari, director de la música del tabernáculo en tiempo de David, con Hemán el coatita y Asaf el gersonita (1 Cr. 23:6).

Su cargo principal era «alzar la voz con címbalos de metal» (1 Cr. 23:19). «Los hijos de Jedutún profetizaban con el arpa» (1 Cr. 25:3, 9), y oficiaron como directores de música en la dedicación del Templo (2 Cr. 5:12), en la purificación del Templo hecha por Ezequías (2 Cr. 29:14), en la Pascua celebrada por Josías (2 Cr. 35:15) y después de la cautividad (Neh. 11:17). El nombre de uno de ellos aparece en el título de los Sal. 39, 62 y 77. Probablemente es el mismo Etán que se menciona en el mismo libro (1 Cr. 15:17).

 JEFTÉ

tip, BIOG HOMB HOAT JUEZ

vet,

= «él abrirá, liberará».

Este hombre era galaadita en dos sentidos: su padre se llamaba Galaad, y Jefté pasó su juventud en Galaad. Sus hermanos, nacidos de la esposa legítima de su padre, echaron de casa a Jefté, porque era hijo ilegítimo (Jue. 11:1-3). Se resintió profundamente de este comportamiento. Muchos años más tarde, acusó a los ancianos de Galaad, entre los cuales quizá se hallaban algunos de sus hermanos, de haberle aborrecido (Jue. 11:7).

Jefté huyó al país de Tob, donde se dedicó a la caza para vivir. Su valor se hizo proverbial, y llegó a ser jefe de una banda. Sería una falsedad presentarlo como bandolero fuera de la ley, puesto que Jefté no carecía de sentido moral, ni expediciones injustificadas. Tenía reverencia hacia Dios, y así enseñó a su hija.

En la época de la expulsión de Jefté, los amonitas invadieron el territorio de Israel al este del Jordán, y se mantuvieron en él durante 18 años. En su angustia, los ancianos de Galaad se vieron en el extremo de tener que implorar el retorno de aquel mismo hombre que habían expulsado, y de suplicarle además que fuera su caudillo y libertador. Al ponerse a la cabeza de los galaaditas, Jefté informó a los efrainitas, su tribu vecina, del apuro de Galaad, y los exhortó a que socorrieran a sus hermanos, pero sin resultado alguno. Pidió también al rey de los amonitas la razón de su hostilidad. Su respuesta demostró que los israelitas no tenían otro remedio que recurrir a las armas. La victoria era incierta desde el punto de vista humano. Jefté hizo entonces un imprudente voto de ofrecer en holocausto a cualquiera que saliera a recibirle de su casa, si el Señor entregaba en sus manos a sus enemigos. Al volver de la derrota de los amonitas, Jefté fue recibido con panderos y danzas por su hija única. Quedó profundamente afectado, pero no cambió su voto. Es probable que fuera sacrificada. Sin embargo, la Ley prohibía con tanta firmeza estos sacrificios (Dt. 12:31; 18:10; cf. 2 R. 3:27) que se puede estar seguro que en tal caso Jefté no cumplió en esto la voluntad de Dios.

Añadamos que, según numerosos exegetas, pudo haberla redimido con plata (Lv. 27:1-8; Dt. 18:9-12) y consagrado a un celibato perpetuo. Las hijas de Israel adoptaron la costumbre de lamentar cuatro días al año su triste suerte. Aunque no hubiera sido sacrificada, la virginidad perpetua sería una inmensa tragedia para una israelita (cf. Gn. 30:1; 1 S. 1:5, 6, etc.).

Estalló entonces un conflicto entre Jefté y los efrainitas que con su soberbia característica se quejaron de no haber sido convocados por Jefté contra Amón (cf. Jue. 8:1-3). Jefté rebatió sus acusaciones, y los derrotó en batalla, haciendo una gran matanza de ellos (Jue. 12:4-6). Jefté fue juez de Israel durante seis años, y fue sepultado en una de las ciudades de Galaad (Jue. 12:7).

Samuel hace mención de él para demostrar que el Señor había cumplido Su promesa de suscitar liberadores cuando Israel se hallase oprimido (1 S. 12:11). En la epístola a los Hebreos se halla Jefté entre lo héroes de la fe (He. 11:32).

 JEHOVÁ

tip, TITU

ver, DIOS

vet,

Transcripción castellana del nombre de Dios dado en la Biblia hebrea por el tetragramatón YHVH.

La pronunciación «Jehová» proviene del hecho de que para la lectura en las sinagogas YHVH se leía «Adonai» (Señor), y que a las consonantes del tetragramatón se habían añadido las vocales de Adonai para recordar al lector el nombre que debía leer. Esta pronunciación, procedente de ciertas corrientes rabínicas, se hizo común a partir de Pedro Galatino, confesor de León X (1518).

Las investigaciones modernas indican que la pronunciación original fue Yahveh. Véanse DIOS, y DIOS (e: nombres). Jehová es la forma que ha quedado consagrada por el uso en las versiones castellanas de la Biblia de Reina-Valera y Moderna, aunque alguna versión reciente, como la Nácar-Colunga, translitera «Yavé»; la versión catalana «deIs Monjos de Montserrat» translitera «Jahvè», y la de la «Fundació Bíblica Catalana» translitera «Jahveh». Otras versiones, como la de Herder, ponen «Señor».

 JEHOVÁ DE LOS EJÉRCITOS

tip, DOCT CRIT

ver, DIVINIDADES PAGANAS, PENTATEUCO, EJÉRCITO DE LOS CIELOS

vet,

Expresión frecuentemente empleada en el AT (Is. 54:5; Os. 12:6, etc.), más particularmente en los libros preexílicos (Samuel, Reyes, Salmos, Isaías, Amós). Este nombre compuesto viene a ser sinónimo de Creador todopoderoso, de dominador supremo, de Dueño de todo el cosmos. (Véase DIOS (Nombres), EJÉRCITO DE LOS CIELOS).

 JEHÚ

tip, BIOG PROF REYE HOMB HOAT

ver, ACAB, SALMANSAR, AMARNA (TELL EL AMARNA)

vet,

(sentido prob.: «Jehová es él»).

(a) Benjamita oriundo de Anatot; fue uno de los que se adhirió a David en Siclag (1 Cr. 12:3).

(b) Profeta, hijo de Hanani. Pronunció la profecía de juicio contra Baasa y su dinastía, por persistir en la práctica del pecado de Jeroboam I (1 R. 16:1-4, 7). Censuró a Josafat por haber concertado alianza con el impío Acab (2 Cr. 19:2), y escribió memorias relatando los actos de Josafat (2 Cr. 20:34).

(c) Fundador de la cuarta dinastía de los reyes de Israel. Hijo de un cierto Josafat y nieto de Nimsi (1 R. 19:16; 2 R. 9:2). Jehú era un oficial, al servicio de Acab (2 R. 9:25). Al ser rechazados Acab y Jezabel a causa de sus crímenes, Dios ordenó a Eliseo que ungiera a Jehú como rey de Israel (1 R. 19:16-17). Eliseo, sucesor de Elías, envió a un joven profeta para que lo hiciera así y le diera orden de destruir a la casa de Acab. Así lo hizo Jehú, que dio muerte a Joram y a Ocozías nieto de Acab; por orden de Jehú, Jezabel fue echada abajo desde una ventana. Ella había introducido en Israel el culto a Baal, e instigado muchos otros crímenes, entre ellos el de Nabot (2 R. 9:1-37; véase ACAB). Después, Jehú persuadió a los ancianos de Samaria para que dieran muerte a los setenta hijos de Acab (2 R. 9:7-8). Estas acciones, a pesar de su carácter sanguinario, fueron actos de obediencia y la ejecución que le había sido especialmente encomendada de los terribles juicios de Dios sobre la casa de Acab (2 R. 10:30). Pero no se puede decir que su motivo único fuera el de glorificar al Señor, pues no se había entregado de todo corazón a Dios (2 R. 10:31). El profeta Oseas condena sus motivos (Os. 1:4). Jehú hizo dar muerte a los principales oficiales, consejeros y amigos de Acab, y después a los 42 hermanos de Ocozías. Finalmente, convocó a los sacerdotes de Baal y sus adoradores a una gran fiesta a celebrar en honor de su dios; todas las personas que entraron en el templo de Baal fueron masacradas (2 R. 10:12-28). Pero, a pesar de todo, Jehú no siguió la Ley de Jehová, ni abandonó el culto de los becerros de oro de Bet-el (2 R. 10:29, 31). Accedió al trono alrededor del año 842 a.C. Según los documentos asirios, aquel año pagó tributo a Salmansar (véase SALMANSAR), que se había dirigido a Israel para combatir contra Hazael rey de Damasco. En el Obelisco Negro descubierto en Tell Nimrud se representa el pago del tributo por parte de Jehú, cuyo nombre se menciona en la inscripción. Jehú renió 28 años (2 R. 10:36). Hacia el año 821 a.C., el rey, que había envejecido y ya no podía dirigir el ejército, asoció con él en el gobierno a su hijo Joacaz. Fue en época de Jehú que Israel empezó a disgregarse (2 R. 10:32). De esta época parecen ser las cartas de Tell el-Amarna (véase AMARNA)

(d) Hombre de Judá, de la familia de Jerameel (1 Cr. 2:38).

(e) Uno de la tribu de Simeón (1 Cr. 4:35).

 JERA

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

= «luna».

Tercer hijo de los trece que tuvo Joctán y progenitor de una tribu árabe (Gn. 10:26; 1 Cr. 1:20); perteneciente a la descendencia de Sem.

 JERAMEEL

tip, BIOG SACE FUNC HOMB HOAT

vet,

= «Misericordia de Dios».

(a) Hijo de Hezrón, descendiente de Judá (1 Cr. 2:9-42), tuvo mucha descendencia.

(b) Hijo de Cis, descendiente de Merari, levita (1 Cr. 24:29).

(c) Hijo de Hamelec y oficial del rey Joacim, recibió orden de prender a Baruc y Jeremías el profeta (Jer. 36:26).

 JEREMAI

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

= «Jah es exaltado».

Israelita al que Esdras persuadió para que dejara a la mujer extranjera que había tomado (Esd. 10:33).

 JEREMÍAS

tip, BIOG SACE PROF HOMB HOAT

vet,

«Jehová levanta».

(a, b, c) Nombre de un benjamita y dos gaditas que se adhirieron a David en Siclag (1 Cr. 12:4, 10, 13).

(d) Jefe de una familia de la tribu de Manasés, al este del Jordán (1 Cr. 5:24).

(e) Hombre oriundo de Libna, padre de Hamutal, la esposa del rey Josías y madre del rey Joacaz (2 R. 23, 30, 31).

(f) Hijo de Habasinías y padre de Jaazanías. recabita (Jer. 35:3).

(g) Uno de los principales de los sacerdotes que volvieron de Babilonia con Zorobabel (Neh. 12:1, 7). Una familia patriarcal lleva su nombre a la siguiente generación (Neh. 12:12).

(h) Sacerdote, indudablemente jefe de una casa patriarcal; puso su sello al pacto que hicieron los que se mantuvieron separados de los pueblos extranjeros, a fin de seguir la Ley de Dios (Neh. 10:2).

(i) El profeta Jeremías.

Hijo de un sacerdote llamado Hilcías, de Anatot, en el territorio de Benjamín (Jer. 1:1), Jeremías fue llamado mediante una visión al ejercicio del ministerio profético. Era entonces un hombre joven consciente de su falta de madurez, de experiencia y de elocuencia. El Señor extendió Su mano, tocando la boca de Jeremías, y dándole palabras divinas. Le dio poder sobre las naciones y reinos, para arrancar y destruir, arruinar y derribar. pero también para edificar y plantar. El Señor le informó que sería objeto de violenta oposición por parte de los jefes, de los sacerdotes, del pueblo. pero que sus adversarios no prevalecerían sobre él (Jer. 1:4-10). Jeremías comenzó a profetizar en el año decimotercero del reinado de Josías, y siguió haciéndolo hasta la captura de Jerusalén, en el mes quinto del año undécimo de Sedecías (Jer. 1:2, 3). Así, el ministerio público del profeta fue de:

18 años bajo Josías,

3 meses bajo Joacaz,

11 años bajo Joacim,

3 meses bajo Joaquín,

11 años y 5 meses bajo Sedecías, con un total de 41 años. Y después de esto no abandonó su ministerio profético (Jer. 42-44).

Los hombres de Anatot, su ciudad natal, se hallaron entre sus primeros adversarios. Amenazaron matarle si seguía profetizando. Jeremías siguió haciéndolo, a pesar de las persecuciones, pero sufrió cruelmente por la oposición contra la obra del Señor de parte de sus conciudadanos, miembros del pueblo elegido. El profeta se remite al juicio divino (Jer. 11:18-23; 12:3). La hostilidad, iniciada en Anatot, se generalizó, suscitando de nuevo la apelación del juicio de Dios (Jer. 18:18-23; cf. Jer. 20:12). Jeremías permaneció fiel, a pesar de las calumnias y persecuciones. En el cuarto año del reinado de Joacim, Jeremías dictó las profecías que había pronunciado durante los anteriores veinte años; Baruc, el escriba, las escribió en un rollo. Por una razón que no se da, Jeremías tenía prohibido acudir al Templo. Así, dio orden a Baruc que fuera con el rollo a la casa de Dios, y que leyera allí las profecías ante las personas que acudían con ocasión de ayuno. Al final, se acabó mostrando el rollo al rey que, habiendo ordenado que le leyeran algunas columnas, lo rasgó con un cortaplumas, y lo arrojó al fuego (Jer. 36:1-26). El Señor ordenó a Jeremías que inmediatamente dictara un segundo rollo semejante al primero, pero con adiciones (Jer. 36:27-32). Un enemigo de Jeremías, el sacerdote Pasur, que era gobernador del Templo, hizo azotar a Jeremías y ponerlo en el cepo, pero al día siguiente lo puso en libertad (Jer. 20:1-3). Durante el sitio de Jerusalén, las profecías de Jeremías anunciaron la victoria de los caldeos y la cautividad de Judá; las autoridades judías pretendieron no considerarlas desde el punto de vista religioso, sino desde el punto de vista político y militar. Afirmaron que estas sombrías afirmaciones derrotistas desalentaban a los defensores de Jerusalén. Cuando los caldeos levantaron el sitio a fin de ir a presentar batalla a las tropas expedicionarias egipcias que acudían en socorro de Sedequías, Jeremías quiso aprovechar la ocasión para salir de la ciudad y dirigirse a Anatot. Acusado de desertor y de querer pasarse a los caldeos, fue encarcelado (Jer. 37:1-15), donde estuvo mucho tiempo. El rey Sedecías lo hizo sacar y lo dejó estar en el patio de la prisión (Jer. 37:16-21), pero pronto los príncipes lo hicieron echar al fondo de una cisterna vacía, con el fondo lleno de lodo, para dejarlo morir allí (Jer. 38:1-6). Un eunuco etíope se compadeció de Jeremías, y consiguió del rey permiso para sacarlo de allí y devolverlo al patio de la cárcel; allí se encontraba el profeta cuando Jerusalén fue tomada (Jer. 38:7-28). Los caldeos consideraron que Jeremías había sufrido por ellos, y Nabucodonosor dio orden de que se velara por él. Nabuzaradán, habiéndole dado víveres y presentes, lo puso bajo la protección de Gedalías, a quien Nabucodonosor había nombrado gobernador de Judá (Jer. 39:11-14; 40:1-6). Cuando Gedalías fue asesinado por Ismael, Jeremías exhortó a los judíos a que no se dirigieran a Egipto, pero todo fue en vano. Partieron para Egipto, obligando a Jeremías a seguirles (Jer. 41:1; 43:7). Jeremías pronunció sus últimas predicciones en Tafnes, en tierra de Egipto (Jer. 43:8-44:30). No se conocen ni la fecha ni las circunstancias de su muerte.

 JEREMÍAS (libro)

tip, LIBR ARQU LIAT

vet,

En sus profecías aparece la vida espiritual del autor. Éste, al anunciar la destrucción de su patria, se atrajo el odio de sus paisanos. La carga de su mensaje le hizo lanzar amargos lamentos, y el mismo deseo de no haber nunca nacido (Jer. 15:10; 20:14-18). Pero el profeta no cejó en su misión. Se halló solo, incomprendido, difamado, perseguido. Sus esfuerzos en favor del bien público se vieron frustrados desde el principio. Jeremías no tuvo ni vida de familia ni amigos (Jer. 16:1-9); frecuentemente detenido, no tuvo otro consuelo que el del Señor. Forzado a refugiarse en Dios, Jeremías comprendió en qué consiste la responsabilidad individual (Jer. 17:9; 31:29, 30). Este profeta nos muestra de manera notable cómo el hombre puede llegar a tener una profunda comunión con Dios.

La predicación de Jeremías desenmascaraba la hipocresía que se anidaba en el sistema religioso, exhortando a la rectitud e integridad. El llamamiento al ministerio profético le vino cinco años antes de que fuera descubierto el libro de la Ley durante las reparaciones del Templo. El rey Josías, profundamente afectado por el mensaje del libro, lanzó una campaña contra la idolatría, restaurando el culto nacional, con lo que la primera parte de la misión de Jeremías consiguió su objetivo. El profeta exhortó al pueblo a que diera oído a las palabras del pacto concertado en el Sinaí. Mostró cómo Dios había hecho caer sobre el pueblo, a causa de sus desobediencias, los mismos males que estaban profetizados en la Ley. Jeremías afirma que la obediencia es la primera condición del pacto (Jer. 11:1-8). Dijo a los israelitas que no se contentaran con las normas externas, sino que dispusieran sus corazones. Jeremías habla en la línea de los antiguos profetas, citando proverbios bien conocidos, y se basa en el pacto celebrado entre Dios e Israel (1 S. 15:22; Is. 1:11-17; Am. 5:21-24; Mi. 6:6-8; Pr. 15:8). Mediante la negación, procedimiento retórico frecuentemente empleado para hacer destacar una antítesis (cf. Dt. 5:3), afirma que no son los sacrificios lo que Dios demanda en primer lugar, sino la obediencia. Evidentemente, el Señor había ordenado los sacrificios (Éx. 20:24; 23:14-19; Dt. 12:6); pero lo que importa es que con ellos haya integridad moral (Jer. 7:21-28; cf. 6:20; 14:12). Los sacrificios del obediente placen a Dios (Jer. 17:24-26; 33:10, 11, 18); pero Él rehúsa los ayunos y holocaustos de aquellos que vagan lejos de Él (Jer. 14:10-12). El contentarse con creer en la presencia de Jehová en el Templo, en medio de Israel, de nada sirve; la jactancia de poseer la Ley de Dios, sin ponerla en práctica, es igualmente ilusorio. El Señor solamente tiene en cuenta la obediencia (Jer. 7:4-7; 8:7-9). Para terminar, ya no se hablará más del arca de la alianza (Jer. 3:16). Dios contempla el corazón del hombre (Jer. 11:20; 17:10; 20:12). El servicio de Dios exige que uno se purifique el corazón de todo mal deseo (Jer. 4:4; cf. Dt. 16:10), de maldad (Jer. 4:14); que se vuelva de todo corazón a Jehová, sin reserva ni hipocresías de ningún tipo (Jer. 3:10; 17:5). Jeremías predice que un día Israel recibirá un nuevo corazón, donde será escrita la Ley de Dios (Jer. 24:7; 31:33; 32:39, 40). El profeta describió la gloria del Reino venidero; esta verdad tiene desde entonces uno de los primeros lugares en el pensamiento del pueblo de Dios.

Jeremías dictó ciertas de sus profecías bajo el reino de Joacim, pero el rey destruyó el rollo (Jer. 36:1, 23); fueron inmediatamente vueltas a escribir, con importantes adiciones (Jer. 36:32). El libro que poseemos en la actualidad es aún más amplio, por cuanto contiene también las últimas profecías. Es una redacción que hizo el mismo Jeremías al final de su ministerio; reunió textos que pertenecían a diversas épocas, y puso por separado otros que son de un mismo período. Como se puede apreciar, el plan en la redacción de su libro no es cronológico, sino moral.

(a) PLAN.

El libro de Jeremías contiene una introducción relatando cómo el joven fue llamado al ministerio (Jer. 1); después vienen tres secciones proféticas, frecuentemente en relación con el acontecimiento que suscita el mensaje (Jer. 2-51). Concluye con un apéndice histórico, que probablemente fue añadido por un escriba posterior, quizá Baruc (Jer. 52; cf. Jer. 51:64). Las tres secciones proféticas comprenden:

(A) Las predicciones relativas al inminente juicio del reino de Judá, y la promesa del recogimiento después del exilio (Jer. 2-33). En esta sección se halla una denuncia contra Judá (Jer. 2-20), acusaciones contra las autoridades civiles y religiosas (Jer. 21-23), la revelación del objeto y de la dureza del castigo (Jer. 24-29; cf. Jer. 25:11; Dn. 9:2) y el anuncio de las bendiciones que seguirán (Jer. 40-44)

(B) El relato del castigo (Jer. 34-44) El profeta denuncia la corrupción que reinaba poco antes de la caída de Jerusalén (Jer. 34-38). Relata la toma de Jerusalén y su destrucción (Jer. 39), el lamentable estado en que quedaron los supervivientes, y las profecías que les fueron dirigidas (Jer. 40-44).

(C) Predicciones relativas a las naciones extranjeras (Jer. 46-51); estas profecías van precedidas de un mensaje a Baruc (Jer. 45).

Aparecen pasajes mesiánicos en Jer. 23:5-8; 30:4-11; 33:14-26; el pacto irrevocable de Jehová con Israel es mencionado en Jer. 31:31-40; 32:36-44; 33. Mateo (Mt. 2:17-18) revela que Jer. 31:15 se aplica también a la matanza de los inocentes. En su cántico, Zacarías hace alusión a una palabra del profeta (Lc. 1:69; Jer. 23:5). El anuncio de un nuevo pacto (Jer. 31:31-34) constituye el tema de He. 8:8-13; 10:15-17 (cf. Lc. 22:20). Al purificar el Templo, Jesús cita a Jeremías (Jer. 7:9-11; Mr. 11:17). El libro del Apocalipsis se inspira patentemente en Jeremías, especialmente en lo tocante a la caída de Babilonia (Jer. 17:10, cf. Ap. 2:23; Jer. 25:10, cf. Ap. 18:22-23; Jer. 51:7-9, 45, 63-64, cf. Ap. 14:8; 17:2-4; 18:2-5, 21).

Nunca se ha dudado seriamente de la autenticidad de esta obra. En la LXX, el orden de los caps. es un poco diferente; en particular, los caps. 46 - 51 se encuentran entre los vv. 13 y 14 del cap. 25, y se evidencian varias omisiones (indudablemente debido a una tendencia del traductor a la brevedad).

(b) Confirmación arqueológica.

En Tafnes, el prof. Petrie descubrió las ruinas de la casa de Faraón (Jer. 43:9-10). Ésta tenía una sola entrada, y ante ella se expandía una gran extensión embaldosada, correspondiéndose exactamente con la descripción de Jeremías. En 1935 y 1938 se descubrieron las «cartas de Laquis», escritas sobre tejuelas de barro (ostraka). Los eruditos están de acuerdo en fechar estos fragmentos (alrededor de 90 líneas en hebreo) hacia el final del reinado de Sedecías. Se trata de un profeta cuyo nombre acaba en «iah», y ha podido ser descifrado así: «las palabras del profeta no son buenas... pueden debilitar las manos de...» (cf. Jer. 38:4). Incluso si no figura el nombre de Jeremías, estas cartas reflejan de una manera patente las circunstancias de su época y de su libro.

 

Bibliografía:

Cawley, F., y A. R. Millard, «Jeremías», en Nuevo Comentario Bíblico (Casa Bautista de Publicaciones, El Paso, 1977);

Graybill, J. F.: «Jeremías», en Comentario Bíblico Moody del Antiguo Testamento (Pub. Portavoz Evangélico, en prep.; hay edición en inglés, Moody Press 1962);

Jensen, I. L.: «Jeremías y Lamentaciones» (Pub. Portavoz Evangélico, Barcelona 1979);

Kelly, W.: «Notes on Jeremiah», en The Bible Treasury, vol. 7, págs. 3 y ss., enero 1868 a diciembre 1870. (Reimpresión H. L. Heijkoop, Winschoten, Holanda, 1969).

 JERICÓ

tip, CIUD ARQU

ver, ÉXODO, PEREGRINACIÓN POR EL DESIERTO, EGIPTO, ÉXODO, FARAÓN, HICSOS, HETEOS

sit, a2, 413, 422

vet,

Importante ciudad del valle del Jordán (Dt. 34:1, 3), en la ribera occidental del río, a unos 8 Km. de la costa septentrional del mar Muerto, y aproximadamente a 27 Km. de Jerusalén. Jericó se halla en la parte inferior de la cuesta que conduce a la montañosa meseta de Judá. La ciudad era conocida como la ciudad de las palmeras (Dt. 34:3; Jue. 3:13); la primera mención en las Escrituras se da en relación al campamento de los israelitas en Sitim (Nm. 22:1; 26:3).

La situación de Jericó, ciudad muy fortificada, le daba el dominio del bajo Jordán y de los pasos que llevaban a los montes occidentales; la única manera de que los israelitas pudieran avanzar al interior de Canaán era tomando la ciudad. Josué envió a dos espías para que reconocieran la ciudad (Jos. 2:1-24), el pueblo atravesó milagrosamente el Jordán en seco, y plantaron las tiendas delante de la ciudad. Por orden de Dios, los hombres de guerra fueron dando vueltas a la ciudad, una vez por día, durante seis días consecutivos. En medio de los soldados, los sacerdotes portaban el arca del pacto, precedida por siete sacerdotes tocando las bocinas. El séptimo día dieron siete veces la vuelta a la ciudad; al final de la séptima vuelta, mientras resonaba el toque prolongado de las bocinas, el ejército rompió en un fuerte clamor, las murallas se derrumbaron, y los israelitas penetraron en la ciudad. En cuanto a la fecha, sería alrededor del año 1403 a.C. (cf. ÉXODO Y PEREGRINACIÓN POR EL DESIERTO).

La ciudad había sido proclamada anatema. A excepción de Rahab, que había dado refugio a los espías, y su familia, todos los demás habitantes fueron muertos. El oro, la plata, los objetos preciosos, entraron al tesoro de Jehová. Josué lanzó una maldición contra quien reconstruyera la ciudad (Jos. 5:13-6:26).

Fue asignada a Benjamín; se hallaba en los límites de Benjamín y Efraín (Jos. 16:1, 7; 18:12, 21).

Eglón, rey de Moab, hizo de ella su residencia en la época en que oprimió a los israelitas (Jue. 3:13).

En el reinado de Acab, Hiel de Bet-el fortificó la ciudad; en el curso de esta fortificación perdió, o sacrificó, a sus dos hijos, en cumplimiento de la maldición de Josué (1 R. 16:34).

Durante el ministerio de Eliseo había en Jericó una comunidad de profetas (2 R. 2:5).

Elías, al ir a ser arrebatado al cielo, atravesó Jericó con Eliseo (2 R. 2:4, 15, 18).

En Jericó fueron puestos en libertad los hombres de Judá que habían sido hechos prisioneros por el ejército de Peka, rey de Israel (2 Cr. 28:15).

Los caldeos se apoderaron de Sedequías cerca de Jericó (2 R. 25:5 Jer. 39:5 52:8).

Después del retorno del exilio, algunos de sus habitantes ayudaron a construir los muros de Jerusalén (Neh. 3:2).

Báquides, general sirio, levantó los muros de Jericó en la época de los Macabeos (1 Mac. 9:50).

Al comienzo del reinado de Herodes los romanos saquearon Jericó (Ant. 14:15, 3).

Después Herodes la embelleció construyendo un palacio y, sobre la colina detrás de la ciudad, levantó una ciudadela que llamó Cipro (Ant. 16:5, 2; 17:13, 1; Guerras 121, 4, 9).

La parábola del Buen Samaritano se sitúa sobre el camino de Jerusalén a Jericó (Lc. 10:30).

La curación del ciego Bartimeo y de su compañero tuvo lugar en el camino de Jericó (Mt. 20:29; Lc. 18:35);

Zaqueo, a quien Jesús llamó para hospedarse en su casa y darle la salvación, moraba en Jericó (Lc. 19:1, 2).

Jericó se halla a casi 240 m. por debajo del nivel del mar Mediterráneo, en un clima tropical, donde crecían las balsameras, la alheña, los sicómoros (Cnt. 1:14; Lc. 19:2, 4; Guerras 4:8, 3).

Las rosas de Jericó eran consideradas extraordinariamente bellas (Eclo. 24:14).

La antigua Jericó se elevaba muy cerca de las abundantes aguas llamadas en la actualidad 'Ain es-Sultãn; ésta es indudablemente la fuente que Eliseo sanó (2 R. 2:12-22; Guerras 4:8, 3).

La Jericó moderna, en árabe «Er-Riha», se halla a 1,5 Km. al sureste de la fuente.

Arqueología:

Ernst Selin y la sociedad Deutsche Orientgesellschaft (1907-1909) iniciaron allí excavaciones sobre el montículo llamado Tell es-Sultan. Fueron continuadas muy extensamente por John Garstang (1930-1936); en 1952 fueron reanudadas por Kathleen Kenyon y por las escuelas de arqueología de Inglaterra y EE. UU. Fue Garstang quien descubrió la evidencia de los muros caídos, y esta evidencia fue fotografiada por él y por posteriores investigadores. Los muros habían caído de dentro hacia afuera. Sus fundamentos no habían sido minados, sino que debieron ser derrumbados por un potente temblor de tierra. También había evidencia de un violento incendio de la ciudad. La revisión de Miss Kathleen Kenyon de esta identificación en base a la cerámica asociada con la cronología de Egipto no tiene en cuenta la necesaria revisión de la estructura cronológica de la historia de Egipto (Véanse EGIPTO, ÉXODO, FARAÓN, HICSOS, HETEOS, etc.). En base a la revisión de Velikovsky y Courville, la destrucción de Jericó concuerda perfectamente con todos los detalles físicos de la destrucción y con los restos arqueológicos, y no se puede objetar a la identificación efectuada por Garstang en 1930-1936, ni a la fecha de 1400 a.C. Los restos correspondientes a la conquista correspondían a una doble muralla de ladrillos, con un muro exterior de 2 m. de espesor, un espacio vacío de alrededor de 4,5 m. y un muro interior de 4 m. Estos muros tenían en aquel entonces 9 m. de altura. La ciudad, muy pequeña, estaba entonces tan superpoblada que se habían construido casas en la parte alta de la muralla, por encima del espacio vacío entre las dos murallas (cf. la casa de Rahab, Jos. 2:15). El muro exterior se hundió hacia afuera, y el segundo muro, con sus edificaciones encima, se hundió sobre el espacio vacío. Así, la arqueología nos da, en realidad, una evidencia totalmente armónica con el relato de las Escrituras.

 

Bibliografía:

Courville, D. A.: «Is a Fixed Chronology of Egypt back to c. 2000 B.C. Mistaken?», en Creation Research Society Quarterly, vol. 11, n. 4, marzo 1975, págs. 202-210; mismo autor: «The Exodus Problem and its Ramifications» (Challenge Books, Loma Linda, California, 1971);

Velikovsky, I.: «Ages in Chaos» (Doubleday, Garden City, N.Y. 1952).

 JERIMOT

tip, CIUD

sit, a3, 264, 105

vet,

= «altura».

Ciudad de las montañas bajas de Judá (Jos. 15:35). Piram, su rey, era aliado de Adonisedec. Fue poblada de nuevo después de la cautividad (Neh. 11:29).

 JERJES. Véase ASUERO.

 JEROBAAL

tip, BIOG JUEZ HOMB HOAT

ver, GEDEÓN

vet,

= «pelee Baal con él».

Nombre recibido por Gedeón (Jue. 6:32) y que indica su vocación de servicio a la causa de Dios y del pueblo de Israel. Muchos personajes en la Biblia, al serles encomendada una misión, cambiaron de nombre, indicando la nueva esencia de su misión. (Véase GEDEÓN.)

 JEROBOAM

tip, BIOG REYE HOMB HOAT

ver, FARAÓN, SALOMÓN

vet,

= «el pueblo se hace numeroso».

(a) JEROBOAM I.

Fue hijo de Nabat, de la tribu de Efraín, y primer rey del reino del norte. Reinó veintidós años (931-910 a.C.). Había sido funcionario de Salomón, pero el profeta Ahías, encontrándole, rompió su capa nueva en doce pedazos, y guardando dos para sí, le dio a él los otros diez, anunciándole que sería rey sobre diez de las tribus (1 R. 11:29-39). Por esta causa, Salomón procuró darle muerte, pero él huyó a Egipto, quedándose allí bajo la protección de Sisac hasta la muerte de Salomón (1 R. 11:40, véanse FARAÓN, SALOMÓN). Al reclamar los israelitas a Roboam que les aliviara las cargas de los impuestos y levas que les habían sido impuestas por su padre, éste replicó con dura altanería, lo que dio lugar al cisma nacional (1 R. 12:1-17; 2 Cr. 10:1-17). Jeroboam fue hecho rey sobre las diez tribus (1 R. 12:20). Temiendo que sus súbditos le fueran desleales si iban a Jerusalén a adorar, erigió dos becerros de oro, uno en Dan, el extremo norte de sus dominios, y el otro en Bet-el, el extremo sur, propiciando la adoración de Jehová bajo el simbolismo de estos dos becerros (1 R. 12:25-33). Expulsó a los levitas del sacerdocio (1 R. 12:31-33; 2 Cr. 11:13-15). Pero su pretendido culto nacional a Jehová, bajo la forma de idolatría y cisma con respecto al templo de Jerusalén, fue considerado por Dios como culto a los demonios e ídolos (2 Cr. 11:16). Tal proceder provocó la emigración de muchos israelitas fieles a Dios, levitas y de las otras tribus, al reino de Judá (2 Cr. 11:16-17). De esta manera se debilitó el reino de Jeroboam, y cayó en una burda idolatría.

Un varón de Dios acudió desde Judá para clamar en contra del altar de Bet-el, y al extenderse contra él la mano del rey, ésta se secó inmediatamente. Al rogar por él el profeta, le fue restaurada la mano, pero no se arrepintió de su idolatría (1 R. 13:1-6 y ss.). Le había sido anunciado que si seguía al Señor como David lo había hecho, su casa sería afirmada, pero por su rebelión contra el orden divino su dinastía se extinguió en su hijo Nadab (1 R. 14:7-11 y ss.). «El pecado de Jeroboam hijo de Nabat» vino a ser proverbio en boca de los israelitas (cf. 1 R. 16:31; 2 R. 3:3; 10:29, 31; 13:11; 14:24; 15:9, 18, 24, 28; 13:2, 6; 17:22).

Durante su reinado fueron constantes las guerras con Roboam (cf. 1 Cr. 12:15). Jeroboam es un ejemplo claro de manipulador de la religión con fines políticos, y constituye una advertencia universal contra ello, contra la idolatría y contra la intromisión humana en las formas del culto, en lugar de una sencilla sumisión a las formas que Dios nos ha dado en Su palabra (cf. 1 R. 12:28-33).

(b) JEROBOAM II.

Hijo de Joás y sucesor suyo sobre el trono de Israel. Fue hecho corregente el año 793 y reinó en solitario durante treinta años (782-752). Consiguió extender sus territorios derrotando a los sirios, y recobró Hamat y Damasco. De él se usa el refrán «no se apartó de todos los pecados de Jeroboam, hijo de Nabat, el que hizo pecar a Israel».

Amós profetizó que moriría a espada (2 R. 13:13; 14:16-29; 15:1, 8; 1 Cr. 5:17; Os. 1:1; Am. 1:1; 7:9-11).

 JEROGLÍFICOS

tip, ABEC

ver, EGIPTO

vet,

Con este término se designan los caracteres usados en los monumentos y documentos egipcios. En su forma arcaica (la hallada en los monumentos) y en el estilo hierático, se trata de pictogramas, en los que la mayor parte de los caracteres representan animales, aves, la figura humana, u objetos familiares, que al principio representaban los objetos dibujados, y a los cuales más tarde se asignaron ideas y sonidos.

Había también una forma simplificada, usada más tardíamente para su utilización en correspondencia popular, y que recibe el nombre de demótico.

El erudito que logró desentrañar el significado de los jeroglíficos, Champollion, descubrió 864 caracteres diferentes. La hazaña de descifrar la lengua egipcia se logró gracias al descubrimiento de la piedra de Rosetta, que daba el mismo texto en escritura jeroglífica, demótica y griega. (Véase EGIPTO, (e)).

 JEROHAM

tip, BIOG SACE HOMB HOAT

vet,

(a) Abuelo de Samuel (1 S. 1:1).

(b) Descendiente de Benjamín (1 Cr. 8:27).

(c) Benjaminita, quizás el mismo que el anterior (1 Cr. 9:8).

(d) Sacerdote (1 Cr. 9:12).

(e) Padre de dos de los reclutas de David en Siclag (1 Cr. 12:7).

(f) Padre de Azareel (1 Cr. 27:22).

(g) Padre de Azarías (2 Cr. 23:1).

 JERUSALÉN

tip, CIUD ARQU

ver, JERUSALÉN (Historia), MARDIKH (Tell), AMARNA (TELL EL-AMARNA), GIHÓN

sit, a3, 359, 76

vet,

(para los hebreos, este nombre significa «fundamento de la paz; posesión de la paz»; su etimología es incierta).

Ciudad santa; capital de la monarquía unida bajo David y Salomón, del reino de Judá, de Judea, y modernamente declarada por el Knesset (Parlamento del Estado de Israel) la «capital eterna de Israel».

Plan de este artículo:

A. Nombre.

B. La ciudad.

a. Situación.

b. Suministros de agua.

c. Estructuras defensivas.

d. Edificios célebres en la época de Cristo.

C. Historia de la ciudad.

a. La ciudad cananea.

b. La ciudad israelita.

c. Jerusalén a partir de Tito.

A. NOMBRE.

Muchos han sostenido que la mención más antigua de Jerusalén que se tiene en la Biblia es la mención de Salem en Gn. 14:18, en relación con el encuentro de Abraham con Melquisedec, «rey de Salem». En las tabletas cuneiformes de los restos de Ebla (véase MARDIKH [TELL]) aparecen por separado los nombres de Salim y de Urusalima, entre otras ciudades como Hazor, Laquis, Meguido, Gaza, Dor, Sinaí, Jope, Sodoma y las otras ciudades de la llanura. Estas ciudades estaban en relación comercial con Ebla, y estos registros, anteriores a la catástrofe que destruyó Sodoma y las otras ciudades comarcanas, parecen indicar que Salim o Salem era una ciudad distinta de Jerusalén (Urusalima). Estas tabletas están fechadas alrededor del año 2300 a.C. En el relato de la conquista de Canaán figura bajo el nombre de Jebús y de Jerusalén. Después de ello se encuentra frecuentemente el nombre de Jebús mientras los jebuseos poseyeron la ciudad. Al apoderarse David de ella, el antiguo nombre vino a ser su única designación (aunque también se usó su abreviación Salem, cf. Sal. 76:2). La pronunciación Y'rû, shãlêm se modificó posteriormente a fin de darle una forma dual, Y'rûshãla'(y) im. Esta es la interpretación de ciertos gramáticos. La forma Urusalim se encuentra en las cartas de Tell el-Amarna (véase AMARNA), en las cartas dirigidas a Amenofis IV (o Amenhotep IV), rey de Egipto. Velikovsky y Courville documentan que la asignación de este rey y de las cartas al siglo XV a.C. no es sostenible, y que se refiere a la época de Acab y Josafat, durante un período entre 870 y 840 a.C., aproximadamente (cf. Courville y Velikovsky, véase Bibliografía bajo articulo AMARNA). Así, se debe reconocer la gran antigüedad de las menciones de Urusalima en las tabletas de Ebla, en tanto que Tell el-Amarna nos da unos documentos relativamente mucho más recientes, del siglo IX a.C. en la cronología revisada, frente a la asignación al siglo XV a.C. en la cronología comúnmente divulgada.

B. LA CIUDAD.

a. Situación.

Jerusalén se halla en una meseta sobre la cordillera central que constituye el eje dorsal de Palestina, en uno de sus puntos más elevados (800 m. sobre el nivel del Mediterráneo). Se halla a la misma latitud que la extremidad septentrional del mar Muerto. Excepto en su parte norte, la ciudad está separada del resto de la meseta por profundos barrancos o torrenteras. Este promontorio está cortado a su vez por una depresión llamada Tiropeón; esta depresión desemboca en el ángulo sureste del promontorio, en la unión de los barrancos meridional y oriental (Hinom y Cedrón, respectivamente). Subiendo desde allí, el Tiropeón se extiende hacia el norte en un arco, a lo largo de más de 1,5 Km.; a la mitad, desde la zona cóncava, proyecta una ramificación que se dirige directamente hacia el oeste. Ésta era la configuración original de la localidad; pero, con el curso de los siglos, los trabajos urbanos y las devastaciones de las guerras rebajaron las alturas y terraplenaron las depresiones. Las ramificaciones de estos valles rodean tres colinas principales: una al este, otra al sudeste, y otra al noroeste:

(1) La colina oriental es un monte que se extiende de norte a sur a lo largo de casi 1 Km.; dominando desde una altura entre 60 y 90 m. los valles que la rodean, se aplana en su parte meridional. Al norte, una ramificación del barranco oriental casi aislaba esta colina, en la antigua topografía, de la meseta de la que forma parte. Su cumbre tiene una altura media superior a los 731 m. Al sur, una ligera depresión de unos 30 m. de longitud y de una profundidad de 12 m. en algunos lugares, salía de la llamada «fuente de la Virgen», y se dirigía al noroeste, en dirección al valle del Tiropeón.

(2) La colina oblonga del suroeste, la más grande de las tres, tiene un contrafuerte que se proyecta hacia el noreste. Esta colina se levanta formando un pico sobre los valles circundantes. Su gran cumbre se detiene al principio a una altura de 731 m. y después sube hacia el oeste hasta 775 m.

(3) La tercera colina es una proyección de la meseta, más que un cerro aislado. Se halla al norte de la colina anteriormente descrita, a unos 746 m.; se hallaba incluida dentro de la ciudad antes de la era cristiana.

Estas tres colinas y sus barrancos protectores hacían de Jerusalén una ciudad inexpugnable (2 S. 5:6), rodeada y dominada además por otras alturas (Sal. 125:2).

El barranco oriental es el valle del Cedrón. Hacia el este, a partir del valle del Cedrón se halla el monte de los Olivos, frente a las colinas de la ciudad. El monte orientado en dirección norte-sur es la colina del Templo, llamada, al menos en la zona donde estaba el santuario, monte de Moria. Su extremidad meridional, más baja, llevaba el nombre de Ofel. El valle situado al Oeste de esta colina es el Tiropeón, en el que está situado, en el extremo meridional de la colina, el estanque de Siloé. El valle de Hinom (de donde viene el nombre Gehena) va desde el extremo noroeste de la ciudad hasta el suroeste; de allí, gira hacia el este, y se une con el valle del Cedrón. Al norte del Templo se halla el estanque de Betesda.

Situación de la altura llamada «Monte Sion». Este problema ha recibido tres soluciones principales:

(1) El monte Sion sería la colina del suroeste. Esta opinión ha prevalecido desde el siglo IV:

(a) Sion era la ciudad de David (2 S. 5:7-9). Josefo dice que David dio a la ciudad alta el nombre de ciudadela y era indudablemente la colina del suroeste (Guerras 5:4, 1) Por ello es singular que Josefo no le dé explícitamente el nombre de Sion.

(b) En Neh. 3, donde tiene tanta importancia la reconstrucción de las murallas, permite ver que Sion no formaba parte de la colina del Templo.

(c) El carácter sagrado de Sion se explica porque el arca reposó muchos años en este lugar del que David cantó la santidad (2 S. 6:12-18; 1 R. 8:1-4; Sal. 26). El nombre de Sion vino a ser así el título de nobleza de Jerusalén y servía para designarla en su conjunto, como ciudad santa (Sal. 48; 87; 133:3);

(2) El monte Sion era la colina del noroeste (Warren). Esta eminencia ha sido identificada con el sector de la ciudad que Josefo denomina Acra y que, en griego, significa ciudadela. Si este historiador la denomina ciudad baja es porque había venido a serlo en su época; originalmente, la ciudadela se alzaba más elevada. Simón Macabeo la abatió porque dominaba el Templo (Ant. 13:6, 7). Primitivamente, esta colina del noroeste había sido un lugar adecuado para una fortaleza jebusea.

(3) El monte Sion era una parte de la colina del Templo. Los principales argumentos en favor de esta opinión:

(a) La colina del Templo sigue siendo la más adecuada para una fortaleza.

(b) De la Puerta de la Fuente se subía al Templo en una ascensión gradual desde la ciudad de David, más allá de la Puerta de las Aguas (Neh. 12:37). Estas escaleras pueden ser las que se han descubierto que ascienden por la colina a partir del estanque en el extremo meridional.

(c) Los términos que hablan de Sion como lugar santo no son aplicables a toda la ciudad, pero tienen su explicación si el Templo se levantaba sobre el monte Sion. Éste, efectivamente, recibe el nombre de santo monte, morada del Señor, monte de Jehová (Sal. 2:6; 9:11; 24:3; 132:13).

(d) En 1 Mac. 1:33-38, Sion es el monte del Templo. La distinción constante que se hace entre la ciudad de David y el monte Sion, lugar del santuario, demuestra que el sentido de estas expresiones había cambiado desde la época en que eran sinónimas (2 S. 5:7). La explicación más sencilla es que el monte Sion formaba parte de la colina del Templo. Por extensión, se daba frecuentemente el nombre de Sion a toda la colina del Templo, en tanto que la expresión «ciudad de David» había tomado también un sentido más amplio, designando toda la ciudad de Jerusalén (2 S. 5:7; Ant. 7:3, 2), comprendiéndose en esta designación los nuevos suburbios de las colinas vecinas, rodeados de fortificaciones. El término «ciudad de David» podía incluir o excluir el santuario, según la oportunidad. Los sirios construyeron una fortaleza en la ciudad de David, pero Judas Macabeo entró, y se apoderó del Templo en el monte Sion (1 Mac. 1:33 ss.; 4:36 ss.).

Esta tercera solución tiene todos los visos de verosimilitud. Sion, la ciudadela de los jebuseos, con cuatro puertas, ocupaba la extremidad meridional de la colina oriental al sur del Templo, al sur también de la depresión transversal. Ciertas secciones de antiguas murallas han sido exploradas, y se les asignan fechas del tercer milenio a.C.

 

b. Suministros de agua.

En el transcurso de asedios largos y terribles, los moradores de Jerusalén padecieron hambres atroces, pero no parece que carecieran nunca de agua. Eran más los asediadores que los asediados los que se arriesgaban a carecer de ella. No hay ninguna fuente al norte de la ciudad, y las que se conocen, al este, oeste y sur, se hallaban dentro de las murallas, a excepción de la de En Rogel. Esta última se halla al sur, por debajo de la unión de los valles de Hinom y del Cedrón, sobre el wadi en-Nar; recibe también el nombre de pozo de Job («'Ain' Ayyûb»); es indudable que debe ser identificada con la fuente del Dragón o del Chacal (Neh. 2:13). No se han descubierto fuentes que alimenten el estanque de Mamillã ni el del Sultán al oeste. La colina del suroeste no tiene fuentes, que se sepa. En cambio, el monte del Templo está bien provisto de agua (Tácito, Hist. 5:21). Al este de la ciudad antigua, en el valle del Cedrón, hay una fuente de aguas vivas bien conocida: la fuente de la Virgen (el pozo de Santa María, también conocido como Gihón [véase GIHÓN]). Sus abundantes aguas llegaban al estanque de Siloé, situado en el extremo sur de la colina. Antiguamente, las aguas de la fuente de Gihón llegaban a la superficie por el antiguo canal, yendo a parar al estanque Viejo (llamado también estanque Inferior). Es identificado con el moderno Birket el-Hamra, por debajo de Ain Silwãn (Siloé). Previendo el ataque de Senaquerib, Ezequías cubrió el canal que había a cielo abierto, desvió del estanque Viejo (Inferior), las aguas de Gihón, y las dirigió subterráneamente al estanque Nuevo (Superior). (2 R. 18:17; 20:20; 2 Cr. 32:4, 30; Is. 7:3; 8:6; 22:9, 11; 36:2). El estanque del Rey se puede identificar con Siloé (Neh. 2:14). El estanque de Salomón se hallaba, según parece, al este de Siloé (Guerras 5:4, 2). Al lado occidental de la colina, al oeste del Templo, hay las pretendidas aguas curativas de Hammãn eshshifã, y, al lado norte de la colina, se halla Betesda.

A las fuentes acompañaban las cisternas. Las torres que dominaban las murallas tenían grandes depósitos de agua de lluvia (Guerras 5:4, 3) numerosas cisternas de las que todavía existen en gran cantidad estaban diseminadas por la ciudad (Tácito, Hist. 5:12).

Además del aporte de las fuentes y de las cisternas de la ciudad había también el suministro de agua traída de lejos. El estanque de Mamillã tallado en la roca se halla al principio del wadi er-Rabãbi, al oeste de la ciudad. Más abajo del Hi frente al ángulo suroccidental de las murallas actuales, se halla Birket es-Sultãn (el estanque del Sultán), construido en el siglo XII d.C. Algunos arqueólogos identifican el estanque de Mamillã con el de la Serpiente, mencionado por Josefo (Guerras 5:3, 2). Un acueducto llevaba el agua de Mamillã hasta el estanque del patriarca, al este de la puerta de Jafa. La tradición lo identifica con el estanque de Ezequías; es probable que se trate del estanque de Amigdalón, es decir, del almendro (o de la torre), mencionado por Josefo (Guerras 5:11, 4). En un período posterior, se construyó un depósito al norte de la zona del templo, en un terreno donde un pequeño valle se ramifica del Cedrón hacia el oeste. Sus aguas venían del oeste. Este depósito se llama «estanque de Israel» (Birket' Isrã'în). Más hacia el oeste se hallan los estanques gemelos, que Clermont-Ganneau identifica con el estanque Strouthios (del gorrión). Este estanque existía durante el asedio de Tito; se hallaba frente a la torre Antonia (Guerras 5:11, 4). El mayor acueducto era el que, desde más allá de Belén, llevaba agua hasta Jerusalén. Según el Talmud, salía un conducto de agua de la fuente de Etam para dar el suministro al templo de Jerusalén. Etam se halla en Khirbet el Khoh, cerca de 'Am 'Atán, en los parajes del pueblo de Urtãs, a unos 3 Km. al suroeste de Belén. El acueducto es muy antiguo, anterior a la época romana.

 

c. Estructuras defensivas.

Inmediatamente después de haberse apoderado de Jerusalén, David hizo construir una muralla alrededor de la ciudad. La antigua ciudadela de los jebuseos, llamada desde entonces «ciudad de David», ya existía. David fortificó también los alrededores de la ciudad, «a partir del Milo» (2 S. 5:9; 1 Cr. 11:8). El Milo de David era una fortificación (quizá de tierra) que defendía la antigua ciudad jebusea, al noroeste. Salomón «construyó» Milo y el muro de Jerusalén, para cerrar la brecha de la ciudad de David (1 R. 9:15, 24). Los siguientes reyes restauraron y agrandaron Milo, hasta que al final su muralla llegaba a la actual puerta de Jafa al oeste (2 Cr. 26:9), tocaba el valle de Hi al sur (Jer. 19:2), el estanque de Siloé (cf. 2 R. 25:4), englobaba Ofel (2 Cr. 27:3; 33:14) y rodeaba al norte el suburbio que creció sobre la colina del noroeste (2 R. 14:13; 2 Cr. 33:14; Jer. 31:38). Nabucodonosor arrasó esta muralla (2 R. 25:10).

Nehemías reconstruyó este antiguo muro, sirviéndose de materiales de la antigua fortificación (Neh. 2:13-15; 4:2, 7; 6:15). La muralla de Nehemías comenzaba en la puerta de las Ovejas (Neh. 3:1), próxima al estanque de Betesda (Jn. 5:2), que fue descubierta cerca de la iglesia de Santa Ana, a unos 90 m. de la actual puerta de San Esteban. El estanque se hallaba sobre el lado septentrional de esta ramificación del valle del Cedrón que se interponía entre la colina del Templo y la meseta. Así, la puerta de las Ovejas se hallaba en esta ramificación del valle o sobre la pendiente que conducía a la meseta, al norte o al noroeste. Cerca de la puerta de las Ovejas, se hallaban, al alejarse del Templo, las torres de Hamea y de Hananeel (Neh. 3:1; 12:39). Después había la puerta del Pescado, en el barrio nuevo (segundo) de la ciudad (Neh. 3:3; Sof. 1:10), y a continuación la puerta Vieja (Neh. 3:6; 12:39). A cierta distancia se levantaba el muro ancho (Neh. 3:8; 12:38) y, aún más lejos, la torre de los Hornos (Neh. 3:11; 12:38). Seguía la puerta del Valle (técnicamente, este término designaba el valle al oeste de la ciudad (Neh. 3:13; cf. Neh. 2:13-15). A continuación: la puerta del Muladar (Neh. 3:14); la puerta de la Fuente; el muro del estanque de Siloé, cerca del huerto del rey, en el ángulo suroriental de la ciudad; y las escalinatas que descendían de la ciudad de David (Neh. 2:15); al este de este lugar se hallaba la puerta de las Aguas (¿quizá de las aguas del Templo?), ante la cual se extendía una gran plaza pública (Neh. 8:1-3; 12:37). Después la fortificación pasaba delante de los sepulcros de David, del estanque artificial, de la casa de los héroes (Neh. 3:16); la subida de la armería, en una esquina (Neh. 3:19); la casa del sumo sacerdote Eliasib (Neh. 3:20); la fortificación pasaba después por diversos sectores, indicados por otras casas (Neh. 3:23, 24); la fortificación englobaba el ángulo de la casa real y la torre que dominaba sobre el muro; esta torre tocaba el patio de la cárcel (Neh. 3:25). Los siervos del templo moraban en la colina de Ofel; su sector se extendía desde la puerta de las Aguas, al este, hasta esta torre (Neh. 3:26; cf. 11:21). La parte siguiente de la muralla iba de esta torre al muro de Ofel (Neh. 3:27); seguía la puerta de los Caballos, en la zona donde vivían los sacerdotes (Neh. 3:28). Esta puerta de los Caballos, al este de la ciudad, dominaba el valle del Cedrón (Jer. 31:40), pero no era necesariamente una puerta exterior; podría haber servido de enlace entre el Ofel y la zona norte, donde se hallaban el Templo y el palacio. Una parte del muro llegaba frente a la casa de Sadoc; después había un sector que fue restaurado por el guarda de la puerta Oriental (probablemente al este del Templo) (Neh. 3:29); inmediatamente después, frente a la puerta del Juicio (probablemente una de las puertas interiores de la zona del Templo, donde se quemaban los sacrificios por el pecado, cf. Ez. 43:21), un sector de la fortaleza subía hasta la sala de la esquina (Neh. 3:32). Finalmente, la muralla volvía a la puerta de las Ovejas, el lugar donde se ha empezado la descripción (Neh. 3:1, 2).

Hay dos importantes puertas de la muralla descrita que no son mencionadas en Neh. 3 a pesar de que una de ellas, al menos, la puerta del Ángulo, existía en aquella época (2 R. 14:13; 2 Cr. 26:9; cf. Zac. 14:10); la otra era la puerta de Efraín (Neh. 8:16; 12:39). La puerta del Ángulo parece haber estado situada en el extremo nororiental de la ciudad (Jer. 31:38), a 400 codos de la puerta de Efraín (2 R. 14:13) que daba paso al camino que se dirigía a Efraín; así, se cree que esta puerta estaba al norte de la ciudad y al este de la puerta del Ángulo; en todo caso, se hallaba al oeste de la puerta Vieja (Neh. 12:39). Partiendo de la puerta de las Ovejas, y siguiendo, en dirección oeste, la muralla septentrional, la disposición de las puertas y de las torres era la siguiente:

puerta de las Ovejas,

torres de Hamea y de Hananeel,

puerta de los Peces,

puerta Vieja,

puerta de Efraín y

puerta del Ángulo.

Un problema difícil de resolver es si el «muro ancho» y la torre de los Hornos se hallaban más allá de la puerta del Ángulo. Se debe señalar que la puerta del Ángulo y la de Efraín se encontraban en el sector de la muralla mencionado en Neh. 3:8 como el lugar donde «dejaron reparada a Jerusalén hasta el muro ancho». Parece que la muralla no precisaba de reparación en este lugar. Esta frase de 3:8 se puede interpretar de diversas maneras.

Había también una puerta de Benjamín que miraba del lado de esta tribu (Jer. 37:13; 38:7; Zac. 14:10). Es probable que se corresponda con la puerta de las Ovejas. Todavía en la actualidad se debate el problema referente a la situación de ciertas puertas. Se podría identificar la puerta de Efraín con la puerta de en medio (Jer. 39:3); se ha intentado también asimilarla a la puerta de los Peces. Ciertos comentaristas han pretendido que las expresiones puerta del Ángulo y puerta Vieja se refieren a una misma puerta.

Desde la época de Nehemías a la de Cristo, las fortificaciones de Jerusalén sufrieron numerosas vicisitudes; unos 150 años después de Nehemías, Simón el Justo, sumo sacerdote, consideró necesario volver a fortificar el templo y la ciudad, en previsión de un sitio (Eclo. 50:1-4; cf. Ant. 12:1, 1). En el año 168 a.C., Antíoco Epifanes hizo derribar las murallas de Jerusalén, y erigió una fortaleza con fuertes torres «en la ciudad de David», expresión con un sentido amplio, que quizá permita diferenciar la ciudad del Templo (1 Mac. 1:31, 33, 39; 2 Mac. 5:2-26). Esta fortaleza, el Acra, se hizo célebre. Dominando el Templo (Ant. 13:67) fue, durante 25 años, una amenaza para los judíos. Unos dos años después de la demolición de las murallas de la ciudad, Judas Macabeo las reparó parcialmente, y fortifico el muro exterior del Templo; pero su obra fue destruida (1 Mac. 4:60; 6:18-27, 62). Jonatán, su hermano y sucesor, reanudó la obra, propuso la elevación de nuevas fortificaciones, y restauró las murallas, especialmente alrededor de la colina del Templo (1 Mac. 10:10; 12:36, 37; Ant. 13:5, 11). Su hermano Simón acabó la empresa (1 Mac. 13:10; 14:37; Ant. 13:6, 4). Este sumo sacerdote, que tenía la autoridad de un rey, no se conformó con construir las murallas de la ciudad, sino que, en el año 142 a.C., obligó a la guarnición extranjera a evacuar el Acra (1 Mac. 13:49-51). Al cabo de un tiempo, hizo demoler la fortaleza y rebajar la colina sobre la que había estado elevada, para que fuera más baja que el nivel del Templo (1 Mac. 14:36; 15:28; Ant. 13:6, 7). Aunque Acra significa ciudadela en gr., no debe confundirse este edificio con la Baris, llamada también torre Antonia, que se levantaba al norte del ángulo noroccidental de la zona del Templo. El Acra estaba al oeste del templo, y dio su nombre a la ciudad baja (Guerras 5:6, 1).

Pompeyo descubrió que Jerusalén era una fortaleza. Cuando al fin se apoderó de la ciudad, en el año 63 a.C., destruyó las fortificaciones (Tácito, Hist. 5:9 y ss). César permitió su reconstrucción (Ant. 14:8, 5; Guerras 1:10, 3 y 4). Al norte, estas fortificaciones, eran dos murallas que Herodes y los romanos, sus aliados, tomaron en el año 37 a.C. sin destruirlas (Ant. 14:6, 2 y 4; cf. 15:1, 2).

En la época de Cristo Jerusalén tenía, al norte, las dos murallas citadas; pronto adquirió una tercera. Josefo atribuye la primera (una muralla interior) a David, a Salomón y a los reyes que les sucedieron. Basándose en los puntos de referencia que existían entonces, Josefo describe así el primer cinturón fortificado: partiendo de la torre de Hippicus (inmediatamente al sur de la moderna puerta de Jafa, en el ángulo noroccidental de la muralla de la ciudad vieja), se dirigía hacia el este, hacia el pórtico occidental del Templo. Al sur y al este de la torre de Hippicus, pasaba cerca del estanque de Siloé y, por el Ofel, llegaba al pórtico oriental del Templo (Guerras 5:4, 2); rodeaba las colinas del sudoeste y del este. La segunda muralla protegía el norte y el principal sector comercial de la ciudad (Guerras 5:4, 2; con respecto a los bazares de este sector, véase 8:1; 1:13, 2; Ant. 14:13, 3). Esta segunda muralla comenzaba en la puerta Gennath, esto es, la puerta de los Huertos, que formaba parte del primer cinturón levantándose cerca de la torre de Hippicus al este (Guerras 5:4, 2; cf. 3:2 para los huertos); la fortificación se terminaba en la torre Antonia (llamada al principio Baris), al norte del Templo (Guerras 5:4, 2). Herodes Agripa I, que reinó en Judea del año 41 al 44 d.C., emprendió la construcción de una tercera muralla, con el fin de incluir en los limites de la ciudad el suburbio no protegido de Bezetha. Sin embargo, el emperador Claudio ordenó a Herodes que cesara los trabajos. Al final, los judíos mismos concluyeron las obras. Esta tercera muralla comenzaba en la torre de Hippicus, subía al norte, llegaba a la torre de Psephino, en el ángulo noroccidental de la ciudad (Guerras 5:3, 5; 4:3), se dirigía al este, cerca de la tumba de Elena reina de Adiabene (Guerras 5:4, 2; Ant. 20:4, 3). El muro incluía el lugar en el que la tradición situaba el campamento asirio (Guerras 5:7, 3); rebasaba las grutas de los reyes; torcía hacia el sur en la torre del Ángulo, cerca del edificio del Foulón, y se unía con la antigua muralla en el valle del Cedrón (Guerras 5:4, 2). El perímetro de las murallas era de 33 estadios, o alrededor de 6 Km. (Guerras 5:4, 3). La torre Antonia estaba contigua al Templo, y el palacio de Herodes, con sus torres que dominaban la muralla al oeste, vino a unirse a las fortificaciones ya existentes. Cuando Tito se apoderó de Jerusalén en el año 70 d.C., arrasó todas estas obras defensivas, preservando sólo tres torres: la de Hippicus, de Fasael y de Mariamne. De toda la muralla, este general sólo preservó la parte que rodeaba el Oeste de la ciudad, con el fin de proteger la guarnición romana. En cuanto a las tres torres anteriores, Tito quería que ellas fueran testimonio a las futuras generaciones de la importancia que había tenido la ciudad conquistada por el arrojo romano (Guerras 7:1, 1).

 

d. Edificios célebres en la época de Cristo.

Además de las fortificaciones ya descritas, había numerosos edificios que suscitaban la emoción en los israelitas piadosos y patriotas. Ante todo, el Templo. La gran colina rocosa sobre la que se levantaba la torre Antonia limitaba parcialmente el lado septentrional de la zona del Templo. Una guarnición romana guardaba la torre Antonia. Al oeste del Templo se levantaba la casa del Concilio; era probablemente donde se reunía el Consejo general de la nación, llamado Sanedrín. Algo más al oeste, al otro extremo del puente que, enlazando con el pórtico occidental del Templo, salvaba el Tiropeón, se hallaba el gimnasio, llamado también «xystos». Este establecimiento, aborrecido por los judíos, propagaba el paganismo griego. El palacio de los Hasmoneos, que evocaba el heroísmo de los macabeos, dominaba el gimnasio y, más allá del valle, miraba al santuario. Un poco más allá, al norte del Templo y al este de la torre Antonia, se hallaban las aguas curativas del estanque de Betesda. Más al oeste, en el distrito situado frente al Templo, se levantaba el magnifico palacio de Herodes, con sus inexpugnables torres. Esta era la residencia de los procuradores cuando visitaban Jerusalén. Al sureste de la ciudad se hallaban la piscina de Siloé y, en sus cercanías, los sepulcros de los reyes. El inmenso anfiteatro de Herodes el Grande debía hallarse por estos lugares (Ant. 15:8, 1). Es posible que haya aquí una confusión con el hipódromo situado al sur del Templo (Guerras 2:3, 1), porque parece que se celebraban carreras de carros además de combates con leones y entre gladiadores (Ant. 15:8, 1). El hipódromo sirvió ocasionalmente como cárcel (Ant. 17:9, 5; Guerras 1:33, 6). Entre los otros edificios está la casa del sumo sacerdote (Mt. 26:3; Lc. 22:54; Guerras 2:17, 6); la casa de los registros, cerca del Templo (Guerras 2:17, 6; 6:6, 3); el palacio de la reina Elena de Adiabene, que había sido prosélita (cf. los mismos pasajes de Josefo).

 

C. HISTORIA DE LA CIUDAD.

a. La ciudad cananea.

Si la Salem de Melquisedec se corresponde con Jerusalén, según la opinión tradicional, esta ciudad es mencionada por primera vez en la época de Abraham (Gn. 14:18). La mención de Jerusalén en las tabletas de Tell el-Amarna (véase AMARNA) se asigna generalmente al siglo XV a.C. En base a una investigación crítica, estas tabletas resultan corresponder, en realidad, al siglo IX a.C. Cuando los israelitas penetraron en Canaán, el rey cananeo de Jerusalén fue derrotado, con sus aliados, por Josué en Gabaón y en la bajada de Bet-horón (Jos. 10:10). Sin embargo no se lanzaron contra Jerusalén; fue atribuida a la tribu de Benjamín. Estando en los confines de Judá, la ciudadela dominaba una parte del territorio de las dos tribus (Jos. 15:8; 18:28). Después de la muerte de Josué, durante la guerra que las diversas tribus mantuvieron contra los cananeos que vivían dentro de sus fronteras, Judá atacó a Jerusalén, tomándola e incendiándola (Jue. 1:8), pero parece que no pudo apoderarse de la ciudadela; tampoco lo consiguió Benjamín (Jue. .1:21). Ésta es la razón de que la ciudad reconstruida siguiera estando controlada por la fortaleza jebusea, y que sus moradores fueran también jebuseos. Los israelitas se sentían avergonzados de que hubiera, en el mismo centro de su país, una fortaleza extranjera (Jos. 15:63; Jue. 1:21; 19:11, 12). Y así se mantuvo la situación al comenzar la carrera de David. Volviendo del campo de batalla, el vencedor de Goliat pasó por Jerusalén y dejó allí la cabeza del filisteo (1 S. 17:54). Al venir a ser rey de todo Israel, David pudo hacer uso de la unidad, entusiasmo y obediencia del pueblo, así como la resolución de la rivalidad existente entre Judá y Benjamín. Dirigió, acto seguido, a sus tropas contra la irreductible ciudad. A pesar de las burlas de sus moradores, que consideraban que sus muros eran inexpugnables, se apoderó de ella (2 S. 5:6 ss.).

 

b. La ciudad israelita.

David hizo de Jerusalén la capital del reino, y emprendió la tarea de hacer de ella el centro religioso de la nación. El arca no tenía morada desde que el Señor había abandonado Silo, y el rey la llevó a Jerusalén, erigiéndole un tabernáculo decoroso y se dedicó a reunir los materiales para la construcción de un santuario (2 S. 6-7). Su hijo Salomón erigió el espléndido Templo, rodeándolo de murallas, que le dieron el aspecto de una fortaleza, y se construyó además un palacio que igualaba al Templo en esplendor(1 R. 6-7). Pero, bajo el reinado siguiente, Sisac, rey de Egipto (identificado por Velikovsky y Courville como Tutmose III, en la cronología revisada de Egipto) penetró en Jerusalén, llevándose los tesoros del Templo y del palacio real (1 R. 14:25-27); después de algo más de 80 años, hordas árabes y filisteas tomaron por poco tiempo la ciudad y la saquearon (2 Cr. 21:17). A pesar de estas vicisitudes, la población fue en aumento; se empezó a diferenciar entre los diversos distritos de Jerusalén (2 R. 20:4; 22:14). Antes del inicio del siglo VIII a.C., una prolongación de la muralla englobaba un suburbio de la colina del noroeste. Se trataba del distrito comercial, que siguió siéndolo aún después del exilio y hasta la destrucción de Jerusalén por Tito (Guerras 5:8, 1). La puerta de las Ovejas y la del Pescado se hallaban en este sector, que estaba situado a lo largo del valle llamado Tiropeón (de los comerciantes del queso). Bajo el reinado de Amasías, rey de Judá, los israelitas del reino del norte destruyeron una parte de las fortificaciones al norte de la ciudad, y se apoderaron de los tesoros del Templo y del palacio (2 R. 14:13, 14). Uzías y Jotam, reyes de Judá, repararon las destrucciones y aumentaron las defensas, erigiendo nuevos torreones (2 Cr. 26:9; 27:3). Es posible que tuvieran que reparar muchos otros desastres además de los causados por la guerra, porque bajo Uzías Jerusalén sufrió los efectos de una fuerte convulsión tectónica (Am. 11; Zac. 14:5; Ant. 9:10, 4). Los israelitas del reino del norte aliados con los sirios asediaron la ciudad durante el reinado de Acaz, pero en vano (2 R. 16:5). Este rey de Judá entregado a la idolatría hizo, poco después del asedio, extinguir las lámparas del santuario y detener los holocaustos, ordenando el cierre del Templo (2 R. 16:14 ss.; 2 Cr. 28:24; 29:7). Ezequías volvió a abrir el Templo, restableciendo el culto; sin embargo, para detener el ataque de los asirios, les tuvo que entregar el tesoro real, el del santuario, y las planchas de oro de que estaban revestidas las puertas del Templo. Pero esto sólo fue un alivio pasajero, porque al final los ejércitos de Asiria pusieron sitio a Jerusalén (2 Cr. 29:3; 2 R. 18:15, 16) Sin embargo el ángel del Señor azotó al ejército enemigo librando a Jerusalén de una manera prodigiosa (2 R. 19:35). Cuando Manasés volvió de su breve cautiverio en Babilonia construyó murallas y mejoró las fortificaciones (2 Cr. 33:14)

Durante los reinados del hijo y nieto de Josías varios reveses abrumaron la ciudad. Bajo Joacim, Nabucodonosor asedió Jerusalén y entró en ella, encadenó al rey, y terminó liberándolo, pero se llevó consigo a una buena cantidad de jóvenes príncipes y de objetos de gran precio del Templo (2 R. 24:1; 2 Cr. 36:6; Dn. 1:1). Después Nabucodonosor volvió, vació el tesoro real y el del Templo, se apoderó del resto de los utensilios de oro y de plata del santuario, llevó cautivo al rey Joaquín a Babilonia, deportando asimismo a los más útiles de los moradores de Jerusalén, soldados, artesanos, herreros, etc. (2 R. 24:10-16). Nueve años más tarde, bajo Sedecías, Nabucodonosor atacó Jerusalén por tercera vez; la asedió durante dos años, provocando una terrible hambre. Finalmente, los atacantes consiguieron abrir una brecha en las murallas; incendió el Templo, los palacios, demolió las murallas, y deportó al resto de los habitantes, excepto a los indigentes (2 R. 25). Jerusalén estuvo en ruinas durante cincuenta años. Zorobabel, acompañado de 50.000 israelitas, volvió en el año 538 a.C. Al inicio del año siguiente, echó los cimientos del Templo (Esd. 2:64, 65; 3:8). Hacia el año 444 a.C., Nehemías reconstruyó la muralla. Los persas tenían entonces el dominio, que recayó a continuación en los macedonios, bajo Alejandro Magno. En el año 203 a.C., Antíoco Epifanes se apoderó de Jerusalén, que cayó en manos de Egipto en el año 199 a.C. En el año 198 a.C., la ciudad abrió sus puertas a Antíoco, que se presentaba como amigo. En el año 170 a.C., Antíoco se hizo el dueño de Jerusalén, profanando el Templo acto seguido; los macabeos se alzaron en armas en el año 165 a.C. Judas volvió a tomar la ciudad y purificó el Templo. Los reyes de la dinastía hasmonea erigieron cerca del Templo una ciudadela que recibió el nombre de Baris, es decir, «la Torre» (véase ANTONIA). Pompeyo se apoderó de Jerusalén en el año 63 a.C., demoliendo una parte de las murallas. Craso saqueó el Templo en el año 54 y los partos entraron a saco en la ciudad el año 40. Herodes el Grande se apoderó de Jerusalén en el año 37 a.C., reparó las murallas, construyó diversos edificios para embellecer la ciudad, reconstruyó el Templo, y le dio un esplendor que contrastaba con el carácter relativamente humilde del Templo de Zorobabel. Comenzado entre el año 20 y 19 a.C., el Templo no quedó totalmente acabado durante la vida terrenal de nuestro Señor. Herodes fortificó la ciudadela, llamándola Antonia. Al morir, Jerusalén tenía dos murallas que la rodeaban, totalmente o en parte, en tanto que en la época de Salomón sólo habla tenido una. Herodes Agripa comenzó una tercera línea de murallas, hacia el año 42 o 43 d.C., unos doce años después de la crucifixión. En el año 70 d.C., los romanos, conducidos por Tito, ocuparon Jerusalén, después de haber destruido o incendiado, durante el asedio, el Templo y casi toda la ciudad. El general romano demolió las murallas, excepto una parte de la línea occidental, y las tres torres de Hippicus, Fasael y Mariamne (Guerras 7:1, 1).

c. Jerusalén después de Tito.

Bajo el emperador Adriano, los romanos emprendieron la reconstrucción de Jerusalén como ciudad pagana, que mantenían frente y contra los judíos; ésta parece haber sido la causa principal de la revuelta judía dirigida por Bar-Kokeba, entre los años 132-135 d.C. El alzamiento fue aplastado, y se reemprendió y finalizó la construcción de la ciudad. El nombre de Jerusalén fue reemplazado por el de Colonia Aelia Capitolina: Colonia, porque se trataba de una colonia romana; Aelia, en honor de Adriano, cuyo nombre propio era Aelio; Capitolina, porque la ciudad fue dedicada a Júpiter Capitolino. Se erigió un templo a esta divinidad pagana, sobre el emplazamiento de los antiguos templos de Salomón, Zorobabel y Herodes. Les quedó prohibido a los judíos, bajo pena de muerte, que entraran en la ciudad. Esta prohibición no afectaba a los cristianos que, sin duda alguna, ya se distinguían netamente de los judíos por aquel entonces. El nombre de Aelia persistió durante muchos siglos. El emperador Constantino levantó, al principio de una manera parcial, y después total, la prohibición que excluía a los judíos de la ciudad santa. En el año 326 Elena, la madre del emperador, erigió un santuario sobre el monte de los Olivos. En el año 333 se comenzó, por orden de Constantino, la construcción de la iglesia de la Anástasis, señalando el supuesto emplazamiento del Santo Sepulcro (véase CALVARIO). En el año 614, conducidos por su rey Cosroés II, los persas asaltaron Jerusalén. Dieron muerte a gran número de sus moradores, y deportaron a Persia a los supervivientes, e incendiaron la iglesia del Santo Sepulcro. A la muerte de Cosroés, en el año 628, el emperador romano Heraclio recuperó Jerusalén. En el año 638, la ciudad se rindió a los árabes, liderados por Omar ('Umar). 'Abd-al-Malik erigió, en el año 691, la magnífica Cúpula de la Roca (que los europeos llaman, erróneamente, la «mezquita de Omar»). Este edificio se halla sobre el emplazamiento del Templo, encima de las rocas de Moria, el posible emplazamiento del sacrificio no consumado de Isaac (Gn. 22:2; 2 Cr. 3:1). Cerca de la cúpula, en el sector meridional de la zona sagrada, 'Abd-al-Malik construyó otra mezquita, quizá sobre el lugar de una iglesia anterior. Esta mezquita se llama al-Masjid al-Aksa (la mezquita más alejada), pero esta expresión designa también el conjunto de edificios sagrados de esta zona. Al-Haram al-Sharîf (el noble santuario) es otro nombre aplicado a este grupo de construcciones. Durante la época en que los musulmanes de raza árabe reinaron sobre Jerusalén, los peregrinos cristianos que iban a visitar los lugares santos fueron tratados de diversas maneras. En una ocasión, un soberano fatimita incendió la iglesia del Santo Sepulcro; pero, por lo general, los árabes se mostraron tolerantes. Cuando, en el año 1077 d.C., los turcos (seldyúcidas) remplazaron a los árabes, la situación cambió. Los ultrajes y la opresión de estos últimos provocaron la reacción de los reinos de la Europa occidental y central, lo que provocó las Cruzadas. El 15 de julio de 1099, durante la primera de estas expediciones político-religiosas, Jerusalén fue tomada por asalto; se fundó entonces un reino cristiano que duró 88 años. Durante la ocupación cristiana, los edificios adyacentes al Santo Sepulcro fueron agrandados y hermoseados, en tanto que iban surgiendo nuevos edificios por la ciudad. En el año 1187, el reino de Jerusalén cayó en manos de Saladino, sultán de Egipto y de Siria; en 1192, este último reparó las murallas, pero el sultán de Damasco las hizo desmantelar en 1219. Federico II, emperador de Alemania, obtuvo la posesión de la ciudad santa, en 1229, por un tratado que estipulaba que las murallas no serían restauradas. Diez años más tarde, sus moradores infringieron esta condición. En 1443, la ciudad se rindió incondicionalmente a los cristianos. Al año siguiente, los turcos (Khwãrizim) se apoderaron de Jerusalén y restablecieron el Islam. Al cabo de unos tres años, los egipcios echaron a los invasores de Palestina y se hicieron con Jerusalén hasta 1517, año en el que Jerusalén cayó en manos de los turcos otomanos. El más grande de sus sultanes, Solimán el Magnífico, construyó en 1542 la línea de murallas que sigue todavía en pie. Durante la Primera Guerra Mundial, los ingleses y la Legión Judía, encuadrada en el ejército inglés bajo las órdenes del general Allenby, conquistaron Palestina. Jerusalén se rindió el 9 de diciembre de 1917. Después de la primera guerra judeo-árabe (1947-48) y del renacimiento del Estado de Israel, Jerusalén quedó dividida entre los judíos y los árabes. El Reino de Transjordania consiguió conservar la Ciudad Vieja incluida dentro de las murallas, gracias a la acción de la Legión Árabe, dirigida por oficiales británicos y encabezada por el asimismo británico Sir John Bagot Glubb («Glubb Pachá»), mientras que los judíos conservaban los suburbios nuevos fuera del recinto amurallado, en una lucha tenaz. Así quedó la situación hasta el 7 de junio de 1967, durante la Guerra de los Seis Días, en que el ejército israelita, venciendo la encarnizada resistencia jordana, logró conquistar el sector oriental de Jerusalén y reunificar la ciudad, capital del actual Estado de Israel.

 JESHÚA o JESÚA

tip, BIOG HOMB HOAT CIUD SACE

vet,

o JESÚA (a veces, sin acento, forma hebrea posterior de Josué).

(a) Nombre de varios personajes, en su mayoría levitas (1 Cr. 24:11; 2 Cr. 31:15; Esd. 2:2; Neh. 7:11, 43; 8:7).

(b) También es el nombre de una aldea (Neh. 11:26) de Judá.

 JESUCRISTO

tip, BIOG HOMB HONT TITU

ver, JESUCRISTO (II), JESUCRISTO (III), EVANGELIOS, GENEALOGÍA, MARÍA, ENCARNACIÓN, ESTRELLA de Oriente, MAGOS, HERMANOS DEL SEÑOR

sit,

vet,

Nuestro Señor recibió el nombre de Jesús, según las instrucciones que el ángel transmitió a José (Mt. 1:21) y a María (Lc. 1:31). Dado en ocasiones a otros individuos, este nombre podía ser expresión de la fe de los padres en Dios, Salvador de su pueblo, o también de su certeza de la futura salvación de Israel. Impuesto al Hijo de María, el nombre revelaba las funciones particulares que iba a ejercer Su portador. «Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt. 1:21). El título de Cristo proviene del gr. Christos (ungido), traducido del arameo M'shînã, del heb. Mãshîah (ungido, Mesías). Así, Jesús es el nombre personal de nuestro Señor, en tanto que Cristo es Su título. Pero este segundo nombre se ha venido empleando desde los primeros tiempos, lo mismo que en la actualidad, como nombre propio, ya a solas, ya en combinación con el nombre Jesús. En este artículo se presentan, a grandes rasgos, las etapas de la vida de nuestro Señor en la tierra, para presentar los principales acontecimientos en su orden probable y en sus relaciones mutuas.

I. CRONOLOGÍA.

Si bien no se pueden precisar de una manera absoluta las fechas del nacimiento, bautismo y muerte de Jesús, la mayor parte de los eruditos están de acuerdo en su datación dentro de límites muy estrechos. Nuestro calendario ordinario tiene por su autor a Dionisio el Exiguo, abate romano que murió antes del año 550 a.C. Él decidió tomar el año de la encarnación como punto de referencia que permitiera situar las fechas anteriores y posteriores a la venida de Cristo; habiendo identificado el año 754 de la fundación de Roma con el año del nacimiento del Señor, pudo así determinar el año 1 de la era cristiana. Pero las afirmaciones de Josefo revelan que Herodes el Grande, que murió poco tiempo después del nacimiento de Jesús (Mt. 2:19-22), murió en realidad algunos años antes de 754 de Roma. Herodes murió 37 años después de haber sido proclamado rey por los romanos, proclamación que tuvo lugar en el año 714 de Roma. Así, la fecha de su muerte fue el año 751 o 750 (no sabemos si Josefo contaba las fracciones de años como años completos). La fecha de 751 parecería plausible, por cuanto Josefo informa que, antes de su muerte, Herodes hizo dar muerte a dos rabinos judíos, y que se produjo un eclipse de luna en la noche de su ejecución. Los cálculos astronómicos indican que en el año 750 hubo un eclipse parcial de luna, la noche del 12 al 13 de marzo; pero toda la secuencia de eventos hasta su sucesión por Arquelao muestra que Herodes murió después de la Pascua del año 751 y varios meses antes de la Pascua del 752. Así, Anderson, en su estudio cronológico de la Natividad, sitúa el nacimiento del Señor alrededor del otoño del año 750 o 4 a.C. (cf. Anderson Sir R. «El Príncipe que ha de venir», esp. págs 115-121, 241-246). La fecha del 25 de diciembre no apareció sino hasta el siglo IV d.C., y no tiene base histórica alguna. Como confiesa Agustín de Hipona, las antiguas fiestas paganas fueron asumidas, con cambios de nombre, para satisfacer a las masas paganas cristianizadas que deseaban mantener sus festivales gozosos. El 25 de diciembre se corresponde con las Saturnalias.

La fecha en que nuestro Señor dio inicio a Su ministerio público se determina sobre todo en base a Lc. 3:1: «En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César... » Éste fue el año en que empezó el ministerio del Señor, primer año del reinado de Tiberio, que empezó el 19 de agosto del año 28 d.C., hasta el 19 de agosto del año 29 d.C. Siendo que se cuenta como año uno el año del nacimiento del Señor (y no como año cero), el cómputo de años desde el 28-29 d.C. hasta el 4 a.C. nos da una edad para el Señor entre los 30 años y casi 32. Otro argumento que concuerda con esta fecha es la declaración de los judíos, poco después del bautismo de Jesús: «En cuarenta y seis años fue edificado este Templo.» Herodes propuso la reconstrucción del Templo entre el año 20 y el 19 a.C.; pero prometió entonces no empezar las obras antes de haber consumado los preparativos, ante la desconfianza del pueblo. Asumiendo un periodo de preparación de uno a dos años, los cuarenta y seis años mencionados nos llevan al 29 d.C. (cf. Anderson, op. cit., pág. 246; Ant. 15:11, 27).

La duración del ministerio de Cristo, y consiguientemente el año de su muerte, se determina sobre todo en base a la cantidad de fiestas pascuales mencionadas en el Evangelio de Juan. Si sólo tuviéramos los Evangelios Sinópticos (véase EVANGELIOS), podríamos suponer que el ministerio de Jesús sólo duró un año; sin embargo, el Evangelio de Juan nos habla de tres Pascuas de una manera explícita (Jn. 2:13; 6:4; 13:1). Hengstenberg («Christology», pp 755-765) da pruebas abrumadoras de que Jn. 5:1 es también la fiesta de la Pascua. En este caso, el ministerio de Cristo incluyó cuatro fiestas de la Pascua. Si fue bautizado a finales del año 28 o a inicios del 29, entonces su crucifixión tuvo lugar en el año 32 d.C. (Para una consideración más a fondo de este tema, véase Anderson, Sir R.: «El Príncipe que ha de venir» [Pub. Portavoz Evangélico, Barcelona, 1980], y cf. Hoehner, H. W.: «Chronological Aspects of the Life of Christ», en Bibliotheca Sacra, oct. 1973, ene., abril, jul., oct. 1974; ene. 1975 [Dallas Theological Seminary, Dallas].).

La cuestión cronológica ha llevado a muchas investigaciones, y hay fuertes controversias; sin embargo, las posturas de Anderson y Hoehner, aunque divergentes en un año, parecen las más sólidamente apoyadas. En este artículo se sigue la de Sir Robert Anderson.

II. CIRCUNSTANCIAS POLÍTICAS DE LOS JUDÍOS.

Cuando Jesús nació, Herodes el Grande era el rey de los judíos. Este hábil y cruel soberano reinaba a la vez sobre Samaria, Galilea y Judea. Aunque de origen idumeo, Herodes profesaba la religión judía. Antípatro, su padre, había sido hecho gobernador de Judea por Julio César; el mismo Herodes, después de una agitada carrera, había sido proclamado rey de los judíos por los romanos. Monarca independiente en diversos sentidos, gobernaba, sin embargo, sólo gracias al apoyo de los romanos. Dependía de ellos, que eran entonces los dueños y árbitros del mundo conocido. A la muerte de Herodes, su reino fue dividido entre sus hijos. Arquelao recibió Judea y Samaria; Herodes Antipas tuvo Galilea y Perea; Herodes Felipe el territorio situado al noreste del mar de Galilea (Lc. 3:1). En el año décimo de su reinado, el 6 o 7 d.C., Arquelao fue destituido por Augusto. A partir de esta fecha, Judea y Samaria fueron administradas por gobernadores romanos, que ostentaban el título de procuradores; esta situación se mantuvo hasta la rebelión que acabó con la destrucción de Jerusalén el año 70 d.C., con excepción de los años 41 a 44, en que Herodes Agripa I ejerció la soberanía (Hch. 12:1). Durante el ministerio de Cristo, Galilea y Perea, donde tuvo lugar la mayor parte de Su ministerio, estaban sometidas a Herodes Antipas (Mt. 14:3; Mr. 6:14; Lc. 3:1, 19; 9:7; 13:31; 23:8-12), en tanto que los romanos gobernaban directamente Samaria y Judea a través de su procurador que, a la sazón, era Poncio Pilatos. El yugo, directo o indirecto, de los romanos, irritaba a los judíos en lo más vivo. Durante la vida terrenal de Cristo el país era constantemente presa de una efervescencia política. Por un lado, los romanos trataban de dar a la nación tanta autonomía política como fuera posible, de manera que el sanedrín (tribunal supremo) ejercía su jurisdicción en un gran número de casos. Los conquistadores también habían otorgado a los judíos numerosos privilegios que tenían que ver, sobre todo, con las prácticas religiosas. Pero, a pesar de todo, el pueblo tascaba el freno bajo una dominación extranjera que, en ocasiones, se hacía notar de una manera oprimente; los ocupantes, desde luego, no tenían la menor intención de devolver a los judíos la libertad de que habían gozado en una época anterior. Además, la aristocracia judía, constituida en su mayor parte por los saduceos, no tenía ninguna hostilidad contra los romanos. Los fariseos, a los que se unían los adeptos a la piedad más rígida, querían conservar el judaísmo a toda costa, pero eludían los compromisos políticos. Los escritos de la época hablan asimismo de los herodianos, que sostenían las aspiraciones de la familia de Herodes a la corona. Según Josefo, un partido de patriotas se levantó en diversas sublevaciones, pero en vano, intentando sacudir el yugo romano. En tales circunstancias, todo hombre que se presentara como Mesías se arriesgaba a verse enlazado en los conflictos políticos. A fin de poder proclamar ante todo la dimensión espiritual del reino de Dios y de sentar sus bases mediante la redención, Jesús iba a esperar el tiempo marcado para el establecimiento del Reino, que tampoco debía ser introducido mediante manejos políticos, sino que vendrá a ser impuesto por una irrupción frontal, majestuosa e irresistible del Hijo del Hombre en Su Segunda Venida.

 

III. CONDICIÓN RELIGIOSA DE LOS JUDÍOS.

Es evidente que las circunstancias políticas influyeron intensamente en el desenvolvimiento de las condiciones religiosas. Los medios oficiales del judaísmo habían casi dejado a un lado el aspecto basal de la redención y arrebatamiento como introducción al Reino, conforme a las promesas del AT; y el pueblo en general centraba sus esperanzas en un reino terrestre que les daría la independencia y grandeza nacional. Al prestar casi exclusivamente la atención a los aspectos externos del reino, olvidaban las bases morales y de redención sobre el que éste debía ser erigido. Los Evangelios nos presentan dos partidos dirigentes: los fariseos y los saduceos. Los fariseos eran religiosos y tenían mucha más influencia sobre el pueblo que los saduceos; pero ponían su tradición teológica, las ceremonias y las sutilidades de la casuística por encima de la Palabra de Dios. Habían llegado a transformar la religión de Moisés y de los profetas en un formalismo estrecho, estéril, desprovisto de espiritualidad. Los fariseos se opusieron a las enseñanzas de Jesús, a Sus doctrinas tan opuestas a sus tradiciones, y, sobre todo, se resintieron de que citara las Escrituras en oposición a la tradición. Los saduceos eran los representantes de la aristocracia. Las familias de los sumos sacerdotes pertenecían a este partido. Influenciados por la cultura pagana, los saduceos rechazaban las tradiciones de los fariseos, y se interesaban más en la política que en la religión. Acabaron por manifestarse opuestos a Jesús, temiendo que sus acciones perjudicaran el equilibrio político (Jn. 11:48). Se seguía llevando a cabo el suntuoso ceremonial del Templo de Jerusalén. Grandes multitudes frecuentaban fielmente las ceremonias religiosas. El fervor de la nación, celosa de sus privilegios, no había sido nunca tan grande. De vez en cuando, una explosión de patriotismo, mezclada con fanatismo, avivaba las esperanzas del pueblo. Sin embargo, quedaban israelitas que mantenían el espíritu y la fe de una religión sin componendas. La mayor parte de ellos, aunque no todos, pertenecían a las clases inferiores de la población. La espera de un Salvador, de un Liberador del pecado, había subsistido entre ellos. Jesús vino de uno de estos medios ricos en piedad. En la época de Cristo, el pueblo judío seguía siendo aún un pueblo religioso, conocedor del AT, que era leído en las sinagogas y enseñado a los niños. La nación manifestaba su interés en la religión y se agitaba en el plano político. Estos hechos explican la efervescencia popular suscitada por las predicaciones de Juan el Bautista y de Jesús, la hostilidad que ambos suscitaron en las clases dirigentes, el éxito del método que Jesús usó en la predicación de las Buenas Nuevas, y la persecución y muerte violenta que Él mismo había ya anticipado.

 

IV. VIDA DE JESÚS.

 

1. Familia, nacimiento, infancia.

Las circunstancias del nacimiento de Jesús relatadas por los Evangelios concuerdan con la grandeza de Cristo y con las profecías mesiánicas. Estas circunstancias armonizan al mismo tiempo con la humilde apariencia que el Salvador debió tener en Su vida en la tierra. Malaquías (Mal. 3:1 y Mal. 4:5, 6) había profetizado que un heraldo, dotado del espíritu y poder de Elías, precedería a la venida del Señor; Lucas nos relata, ante todo, el nacimiento de Juan el Bautista, el precursor de Cristo. Zacarías, sacerdote de una sincera piedad, privado de descendencia y muy anciano, estaba ocupado en el Templo cumpliendo los deberes de su cargo. Le tocó en suerte (según la costumbre establecida entre los sacerdotes) hacer la ofrenda de incienso sobre el lugar santo, símbolo de las oraciones de Israel.

El ángel Gabriel se apareció a Zacarías, y le anunció que sería el padre del precursor anunciado. Esta aparición tuvo lugar, probablemente, el año 5 a.C. Después de ello, Elisabet y Zacarías se dirigieron de vuelta a su mansión, situada en un pueblo del país montañoso de Judá (Lc. 1:39). Allí esperaron el cumplimiento de la promesa. Seis meses más tarde se apareció un ángel a María, virgen de la familia de David; esta doncella de Nazaret estaba prometida a un hombre llamado José, que descendía de David, el gran soberano de Israel (Mt. 1:1-16; Lc. 1:27). (Véanse GENEALOGÍA, MARÍA). José, israelita piadoso y de humilde condición a pesar de su noble linaje, era carpintero. El ángel anunció a María que, por el poder del Espíritu Santo, ella vendría a ser la madre del Mesías (Lc. 1:28-38); el niño, cuyo nombre debía ser Jesús, heredaría el trono de Su antecesor David. El ángel anunció a María también que su prima Elisabet estaba embarazada. Cuando el ángel se hubo ido, María se apresuró a ir a visitar a Elisabet. Al encontrarse, el Espíritu de la profecía entró en ellas. Elisabet, saludando a María, la llamó la madre de su Señor; María, a ejemplo de la Ana de la antigüedad (1 S. 2:1-10) entonó un cántico de alabanzas, celebrando la liberación futura de Israel, y el honor que le había sido concedido.

En el tiempo en que Elisabet tenía que dar a luz, María se volvió a Nazaret. Dios mismo intervino para ahorrarle todo baldón. José, al ver el estado en que se hallaba María, quiso romper con ella en secreto, sin acusarla en público. Pero Dios no le permitió actuar así. Un ángel le reveló en sueños la razón del embarazo de María; le dijo que el niño iba a ser el Mesías, y que debía nacer de una virgen, tal como lo había profetizado Isaías. José obedeció la voz del ángel, por cuanto su fe era tan profunda como la de María, y no la abandonó. El niño nació de la virgen María, pero legalmente tuvo al mismo tiempo un padre humano, cuyo amor y honorabilidad protegieron a María; es evidente que fue ella quien más tarde dio a conocer estos hechos.

Ni Cristo ni Sus apóstoles recurrieron a la concepción virginal como demostración de que Jesús es el Mesías. Este silencio, sin embargo, no permite atacar la veracidad del relato. El hecho del nacimiento sobrenatural de Cristo no es susceptible de prueba histórica. Se debe aceptar como revelación. Sin embargo, el relato de la manera en que Cristo se encarnó concuerda admirablemente con lo que sabemos de la grandeza del Mesías y de Su misión en la tierra, así como del hecho testificado de Su resurrección. El Mesías debía ser la cumbre perfecta de la espiritualidad de Israel, y Jesús nació en el seno de una familia piadosa, que practicaba celosamente la religión pura del AT. El Mesías debía presentarse de una manera humilde: Jesús vino del hogar de un carpintero de Nazaret. Era preciso que el Mesías fuera hijo de David: José, su padre legal, descendía de David, lo mismo que su madre. El Mesías debía ser la encarnación (véase ENCARNACIÓN) de Dios, uniendo en Su persona la divinidad y la humanidad: Jesús nació de una mujer, habiendo sido concebido milagrosamente por el poder del Espíritu Santo.

Lucas relata el nacimiento de Juan el Bautista, y cita el cántico profético que surgió de los labios tanto tiempo silenciados de Zacarías, su padre, a propósito del Precursor (Lc. 1:57-79). A continuación explica la razón de que Jesús naciera en Belén (Lc. 2:1-6).

Augusto había ordenado el censo de todos los súbditos del imperio, y su decreto incluía Palestina, aunque estuviera bajo la jurisdicción de Herodes. Pero es evidente que el censo de los judíos se hizo siguiendo el método judío: no es en el domicilio donde se registraba a cada cabeza de familia, sino en su lugar de origen. José tuvo que dirigirse a Belén, la cuna de la casa de David, y María lo acompañó. El mesón, donde los forasteros podían alojarse, estaba ya lleno cuando llegaron José y María. Sólo encontraron espacio en un establo, que posiblemente era una cueva adyacente al mesón. Era frecuente el uso de cuevas para cuadras y establos. El relato no dice que este establo alojara animales; es posible que no fuera entonces utilizado para este menester. En contra de lo que se piensa entre nosotros, el hecho de alojarse ocasionalmente en un establo no disgustaba a las gentes en aquel entonces; sin embargo, es bien cierto que el Mesías vino al mundo en un lugar extremadamente humilde. Había sido destinado a un caminar de humildad, y María lo acostó en un pesebre (Lc. 2:7).

A pesar de esta gran humillación, Su venida fue solemnemente atestiguada. Unos ángeles se aparecieron a unos pastores que pasaban la noche con sus rebaños en los campos cercanos a Belén. Les revelaron el nacimiento del Mesías, el lugar donde había nacido, y proclamaron este mensaje de alabanza y bendición: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!» (Lc. 2:14). Los pastores se apresuraron a ir a Belén, hallaron al Niño, y relataron lo que habían visto y oído, volviendo después a su lugar. Todos estos hechos concordaban asimismo, de manera asombrosa, con la misión del Mesías; señalemos, además, que ello tuvo lugar en medio de gentes humildes del campo, y que pasaron desapercibidos en el mundo. José y María se quedaron por un tiempo en Belén. Al octavo día, el niño fue circuncidado (Lc. 2:21) y le fue dado el nombre de Jesús, según las instrucciones que habían recibido. Cuarenta días después de su nacimiento, José y María subieron al Templo, en cumplimiento de la Ley (Lv. 12).

María hizo sus ofrendas de purificación y para presentar al nacido al Señor (Lc. 2:21). Esta expresión significa que todo primogénito israelita tenía que ser rescatado al precio de cinco siclos de plata (Nm. 18:15-16). También, la madre tenía que ofrecer un holocausto en sacrificio de acción de gracias. Lucas señala que María ofreció la ofrenda de los pobres: «Un par de tórtolas, o dos palominos» (Lv. 12:18). Una vez más queda patente la modestia de medios de la familia. Pero el Mesías, a pesar de Su humildad, no debía salir del Templo sin reconocimiento. Simeón, un piadoso anciano, se dirigió al santuario, movido por el Espíritu, y al ver al Niño, lo tomó en sus brazos. Dios le había prometido que no moriría antes de haber visto al Mesías. Simeón dio las gracias, y profetizó que Su vida sería gloriosa y trágica (Lc. 2:25-35). Ana, anciana profetisa que estaba de continuo en el Templo, daba también testimonio de que el Cristo había venido (Lc. 2:36-38). Así, hubo un testimonio notable acerca del verdadero carácter del recién nacido.

Poco después de la vuelta de José y María a Belén, llegaron los magos de Oriente a Belén, preguntando por el rey de los judíos que acababa de nacer. Es indudable que estos hombres habían aprendido de los judíos dispersos por Oriente, que estaban esperando un rey, que debería aparecer en Judea y liberar a la humanidad. Dios les había dado una estrella como señal (véase ESTRELLA de Oriente), que había aparecido en Oriente, anunciándoles (Mt. 2:2, 16) el nacimiento de este libertador. Es también seguro que les fue revelada la naturaleza divina del Niño, porque dijeron sin ambages que habían venido «a adorarle». Las palabras de ellos intrigaron a Herodes, que convocó a los escribas para preguntarles dónde debía nacer el Mesías. Al enterarse de que era en Belén, Herodes envió allí a los magos, pero haciéndoles prometer que le harían saber quién era. En el camino, los magos volvieron a ver la estrella, que se detuvo sobre Belén y sobre donde estaba el Niño. Habiendo hallado a Jesús, le ofrecieron presentes de gran precio: incienso, oro y mirra. El incienso es la ofrenda que corresponde a Dios, el oro, la imagen del tributo debido al Rey, y la mirra, la profecía de los sufrimientos del Mesías (Jn. 19:39; cf. Mt. 26:12; Lc. 24:1).

La presencia de estos extraños visitantes debió suscitar en José y María sentimientos encontrados de sorpresa y admiración, y debió serles una señal confirmatoria del elevado destino reservado al Niño y a la obra que Él iba a cumplir en favor de las naciones más alejadas. Después de esto, Dios advirtió a los magos para que no volvieran a Herodes: este perverso deseaba tener sus indicaciones para dar muerte al recién nacido. Así, se dirigieron a su país por otro camino (véase MAGOS). Un ángel previno a José, dándole instrucciones de que se dirigiera con María y el Niño a Egipto, a fin de sustraerlo a la acción de Herodes. Este cruel monarca, de quien Josefo nos cuenta que no tuvo reparos en hacer ejecutar a su propia esposa e hijos, y a otros parientes allegados, con una paranoica obsesión por mantenerse en el poder, envió a sus soldados a Belén para dar muerte a todos los niños menores de dos años. Así, Herodes esperaba frustrar el propósito de los magos, que se habían ido sin revelarle dónde se hallaba el recién nacido. Es posible que los verdugos no dieran muerte a muchos niños, porque Belén era un lugar pequeño; pero se trató de una matanza horriblemente cruel. Jesús escapó a ella.

No conocemos la duración de la estancia del Señor en Egipto; probablemente no fue de más que unos pocos meses, porque Herodes murió en el año 3 a.C. Numerosos judíos vivían entonces en aquel país, por lo que José no debió tener dificultades en hallar asilo. Cuando pasó el peligro, el ángel informó a José de la muerte del tirano, y le ordenó que volviera a Israel. José se había propuesto criar al Niño en Belén, la ciudad de David, pero por temor de Arquelao, hijo de Herodes, quedó indeciso y, por nuevo mensaje de Dios, fue con los suyos a Nazaret en Galilea. Cuando Jesús comenzó Su ministerio público, se le llamó «el profeta de Nazaret» o «el nazareno». Éstos son los datos transmitidos por los Evangelios acerca del nacimiento de Jesús. Si para nosotros son de gran precio, no fueron muy recalcados en aquel entonces. Las pocas personas que quedaron involucradas en estos hechos guardaron silencio, o los olvidaron. Es indudablemente María quien dio el relato de todo ello al fundarse la iglesia. Mateo y Lucas dan sus relatos con evidente independencia entre sí; Mateo, para demostrar que Jesús es el Rey, el Mesías, en quien se cumplen las profecías; Lucas, para exponer el origen de Jesús y el inicio de Su historia.

 

2. Infancia y juventud.

Después de establecerse en Nazaret, nada se nos dice de la vida de Jesús, excepto el incidente de la visita al Templo donde, a la edad de 12 años, acompañó a Sus padres (Lc. 2:41-51). Este significativo episodio revela la profunda piedad de José y María, que se esforzaban en criar piadosamente al Niño; muestra asimismo el precoz desarrollo espiritual de Jesús, que se interesaba especialmente en los problemas religiosos de que trataban los rabinos judíos en sus lecciones, hasta el punto de separarse de Sus padres durante tres días. Todos se asombraban de Su inteligencia, de Sus preguntas, y de Sus respuestas. Este pasaje de Lucas ilustra asimismo el aspecto humano de la vida de Jesús: «Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres» (Lc. 2:52). Ni José ni María divulgaron los hechos asombrosos que acompañaron su nacimiento. Ni los compañeros de Jesús ni los miembros de Su familia lo consideraron como un ser sobrenatural; pero les debió parecer notable por Su vigor intelectual y por Su pureza moral.

Al tocar otros hechos que los Evangelios mencionan incidentalmente, podemos reconstruir un bosquejo de las circunstancias de la infancia y juventud de Jesús. Formaba parte de una familia, y tenía cuatro hermanos y varias hermanas (Mr. 6:3, etc.). Ciertos exegetas suponen que se trataba de hijos procedentes de un matrimonio previo de José; otros pretenden que se trataba de primos de Cristo. Sin embargo, la evidencia interna de las Escrituras muestra que se trataba de verdaderos hermanos del Señor (véase HERMANOS DEL SEÑOR). En todo caso, Jesús se crió en el seno de una familia, donde conoció alegrías y dolores. Llegó a ser carpintero, como José (Mr. 6:3), por lo que estaba acostumbrado a la actividad manual; al mismo tiempo, no faltaba una cierta formación intelectual en su medio. Los niños judíos recibían una enseñanza de la Escritura muy intensa. En todo caso, las citas que hace nuestro Señor de las Escrituras demuestran que las conocía profundamente (cf. Jn. 7:15). Sus parábolas lo muestran sensible a las lecciones que se desprenden de la naturaleza, y siempre atento a ver el pensar de Dios revelado en Sus obras.

Nazaret se hallaba en la linde de la zona más activa del mundo judío, no lejos de donde se habían desarrollado algunos de los más famosos acontecimientos de Israel. Desde las alturas próximas a la ciudad se podían ver algunos de estos lugares históricos. No lejos de Nazaret se extendía el mar de Galilea, en torno al cual se concentraba una especie de miniatura de los diversos aspectos de la vida. Era aquella época, como ya se ha señalado, de gran efervescencia política. Los rumores de acontecimientos sensacionales penetraban frecuentemente en los hogares judíos. No hay razón alguna para creer que Jesús hubiera crecido en un aislamiento; es más bien de creer que estuvo constantemente alerta al desarrollo de los acontecimientos en Palestina.

Jesús hablaba el arameo, lengua que había tomado el lugar del antiguo hebreo entre la población judía para esta época; pero es seguro que oyó el griego, y es posible que lo conociera. Los evangelistas pasan en silencio todo este período de Su vida, por cuanto sus escritos no se proponen dar Su biografía, sino relatar Su ministerio público. Lo que nosotros sabemos nos permite esbozar la persona del Señor en su aspecto humano, y nos muestra el medio en el que se preparó para Su futura actividad. Las pinceladas que nos dan los evangelistas revelan la belleza de Su carácter y el desarrollo gradual de Su naturaleza humana, esperando la hora en que se presentaría ante Su pueblo como el Mesías enviado por Dios.

 

3. EL BAUTISMO.

Esta importante hora sonó (posiblemente el verano o a finales del año 28 d.C.), cuando Juan, hijo de Zacarías (Lc. 1:80) recibió de Dios la misión de llamar a la nación al arrepentimiento, porque el Mesías iba a presentarse. Juan abandonó el desierto donde había vivido de manera ascética, y se dedicó a ir a lo largo del Jordán, bautizando de lugar en lugar a aquellos que recibían su mensaje. Hablaba como los antiguos profetas. Elías, de manera particular, llamaba al pueblo y a los individuos al arrepentimiento, anunciando la venida próxima del Mesías, cuyos juicios purificarían Israel, y cuya muerte quitaría el pecado del mundo (Mt. 3; Mr. 1:1-8; Lc. 3:1-8; Jn. 1:19-36). El ministerio de Juan tuvo una importancia profunda e inmensa. Multitudes acudían a oírle, hasta de Galilea. El sanedrín le envió unos fariseos, para preguntarle con qué derecho se arrogaba tamaña autoridad. Las clases dirigentes no respondieron positivamente al llamamiento de Juan (Mt. 21:25), pero el pueblo lo escuchaba con admiración y emoción. La predicación puramente religiosa de Juan el Bautista convenció a las almas verdaderamente piadosas que el Mesías tanto tiempo esperado iba a venir por fin. Después de haber ejercido Juan su ministerio durante un cierto tiempo, seis meses o quizás más, Jesús apareció entre la multitud y pidió al profeta que lo bautizara. El profeta comprendió, por el Espíritu, que Jesús no tenía necesidad de arrepentimiento, y discernió que Él era el Mesías. «Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» le dijo (Mt. 3:14). Naturalmente, Jesús estaba plenamente consciente de que Él mismo era el Mesías. Su respuesta lo demuestra: «Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia.» El bautismo de Jesús significa que se entregaba a la obra anunciada por Juan, y que tomaba, en gracia, Su lugar entre el remanente arrepentido del pueblo que había venido a salvar.

Al salir del agua (Mr. 1:10; Jn. 1:33-34), Juan vio que el cielo se abría y que el Espíritu de Dios, en forma de paloma, descendía y reposaba sobre Jesús; una voz hizo saber esto desde el cielo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mt. 3:17). Así, el poder del Espíritu fue otorgado en toda su plenitud a la naturaleza humana de nuestro Señor, con vistas a Su ministerio (cf. Lc. 4:1, 14). En el curso de Su ministerio se mostró de inmediato como verdadero hombre y verdadero Dios.

 

4. LA TENTACIÓN.

Jesús no debía abordar Su ministerio antes de estar suficientemente preparado. Sabiendo cuál era Su llamamiento, siguió de inmediato la inspiración del Espíritu, que lo llevó al desierto, sin duda para entregarse a la meditación y a la comunión con el Padre. Satanás se presentó entonces, intentando desviarlo de Su misión, tratando de hacerle actuar mediante el egoísmo y por ambición. Los discípulos debieron conocer acerca de estos hechos a través del mismo Jesús. No se puede dudar de la intervención personal del Tentador, ni de la realidad de la escena que nos ha sido descrita (Mt. 4:1-11; Lc. 4:1-13); es cosa a señalar además que el poder de la tentación residía en la sutileza con que el mundo fue presentado a Jesús como más seductor que una vida de austera obediencia a Dios, y cuyo final, desde una perspectiva meramente humana, sería trágico. La prueba duró cuarenta días; plenamente consagrado al destino de humildad y de sufrimientos que sabía era la voluntad de Dios para el Mesías, Jesús volvió al valle del Jordán.

 

5. LLAMAMIENTO DE LOS DISCÍPULOS.

Jesús comenzó Su obra sin proclamaciones espectaculares. Juan el Bautista dirigió a algunos de sus propios discípulos hacia Aquel que él calificó como el Cordero de Dios (Jn. 1:29, 36). Dos de ellos, Andrés y, probablemente, Juan, siguieron a su nuevo Maestro (Jn. 1:35-42); a la mañana siguiente, Jesús llamó a Felipe y a Natanael (Jn. 1:43-51). Este reducido grupo acompañó a Jesús a Galilea. En Caná, el Maestro llevó a cabo Su primer milagro. Los discípulos vieron allí la primera señal de su gloria futura (Jn. 2:1-11). Aquí se puede constatar que Jesús no llevó a cabo ninguna gran manifestación pública. El nuevo movimiento comenzó por la fe de algunos galileos desconocidos. Pero, según el relato de Juan, Jesús sabía perfectamente bien quién era Él y cuál era Su misión. Estaba esperando el momento oportuno para manifestarse a Israel como el Mesías.

 

6. Comienzo del ministerio en Judea.

Esta ocasión se presentó al aproximarse la Pascua, en abril del año 29. Saliendo de Capernaum, donde moraba con Su familia y discípulos (Jn. 2:12), Jesús subió a Jerusalén. Echó a los mercaderes que profanaban el Templo. La represión de los abusos y la reforma del servicio divino formaban parte de los gestos de un profeta; pero las palabras de Cristo: «No hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado» demuestran que Él se presentaba como más que un profeta (Jn. 2:16). Esta reprensión equivalía a un llamamiento público dirigido a Israel, para invitar a la nación a seguirle en Su obra de reforma religiosa. Él sabía ya que la nación no lo seguiría, y que Él mismo sería rechazado, lo que daría ocasión, después de Su rechazamiento, para el llamamiento a los gentiles y la edificación de Su iglesia. La predicción, apenas velada, de la muerte que Él iba a sufrir a manos de los judíos, demuestra también que Él ya esperaba este rechazamiento (Jn. 2:19).

Durante la visita de Nicodemo, Jesús proclamó la necesidad del nuevo nacimiento y de Su propia Pasión (Jn. 3:1-21), que daría acceso a todos los hombres a la salvación que el amor de Dios le había enviado a conseguir. Es Juan quien nos cuenta el comienzo del ministerio de Jesús en Judea (Jn. 2:13-4:3), que duró unos nueve meses. Después de la Pascua, Jesús abandonó Jerusalén, y se retiró a las zonas rurales de Judea. La nación se mostraba poco dispuesta a seguirle, por lo que se puso a predicar la necesidad del arrepentimiento, como lo hacía todavía Juan el Bautista. Durante un cierto tiempo, los dos trabajaron mano a mano. Jesús no quiso comenzar una obra independiente antes de que la misión providencial de Juan no hubiera llegado manifiestamente a su fin. La común acción de los dos buscaba el despertamiento espiritual de la nación. Al atraerse Jesús más discípulos que Juan, se decidió a abandonar Judea, porque no quería pasar como un rival de Juan (Jn. 4:1-3).

7. El ministerio en Galilea.

Cruzando Samaria, Jesús se encontró en el pozo de Jacob a una mujer con la que tuvo una memorable conversación (Jn. 4:4-42). Después se apresuró a llegar al norte del país. Cuando llegó a Galilea, la fama de Su nombre le había ya precedido (Jn. 4:43-45). Era evidentemente en Galilea donde Jesús debía dedicarse a la obra, por cuanto los campos estaban ya blanqueados para la siega (Jn. 4:35). Una trágica circunstancia le indicó que la hora había ya llegado en la que, por la voluntad divina, Jesús debía emprender Su misión personal. Supo que Herodes Antipas había hecho encarcelar a Juan el Bautista. El ministerio del Precursor había llegado a Su fin; había llamado a los judíos al arrepentimiento y al despertamiento espiritual, pero todo en vano. De inmediato, Jesús comenzó a predicar en Galilea el evangelio del Reino de Dios, exponiendo los principios fundamentales de la nueva dispensación, agrupando a su alrededor a aquellos que constituirían el núcleo de la futura Iglesia.

El gran ministerio galileo de Jesús duró alrededor de 16 meses. El Maestro centró Su actividad en Capernaum, ciudad comercial muy activa. En Galilea, Jesús se hallaba en medio de una población esencialmente judía, pero en una región en la que, a causa de la distancia, las autoridades religiosas de la nación no intervenían demasiado. Es evidente que su propósito era anunciar el Reino del Señor y revelar al pueblo, mediante poderosas obras, cuáles eran a la vez su autoridad personal y la naturaleza de este reino. Jesús demandaba que se creyera en Él. Revelaba el verdadero carácter de Dios, y Sus demandas en relación con los hombres. Jesús no reveló abiertamente que Él era el Mesías (excepto en Jn. 4:25-26), por cuanto Sus oyentes poco espirituales no habrían sabido discernir el verdadero carácter de Su misión; además, no había llegado aún la hora de la manifestación pública del Mesías (en gr. Cristo). En general, se aplicaba el término «Hijo del hombre».

Al principio, el Señor no hizo alusión a Su muerte, porque los oyentes no estaban preparados para oír de ella. Les enseñó los principios de la verdadera piedad, interpretándolos con autoridad. Sus extraordinarios milagros suscitaron un enorme entusiasmo. Es así que atrajo sobre Sí la atención hasta el punto que todo el país estaba ávido de verlo y oírlo. Sin embargo, y tal como Él había previsto, las multitudes se dejaron arrastrar por sus falsas concepciones, y no pudieron reconocerlo en Su carácter de humildad y abnegación. Sólo un pequeño grupo lo siguió fielmente; y fueron estos pocos los que propagaron por el mundo, después de Su muerte y resurrección, las verdades que el Maestro les había enseñado.

8. Viajes en dirección a Jerusalén, y ministerio en Perea.

Es imposible establecer de una manera precisa la sucesión de los movimientos del Señor, por cuanto el relato de Lucas, la fuente principal de enseñanzas para este período, no sigue un orden cronológico preciso. Pero los hechos esenciales son cosa bien conocida. Jesús se atrae la atención del país entero, incluyendo la Judea. Envía a los setenta para anunciar Su llegada; se presenta en Jerusalén durante la fiesta de los Tabernáculos (Jn. 7); después, una vez más, durante la fiesta de la Dedicación (Jn. 10:22). En estas dos circunstancias se presenta al pueblo en varias ocasiones. Declara ser la Luz del mundo, el Buen Pastor de la grey de Dios, y lucha audazmente contra las autoridades que se oponen a Sus enseñanzas. Recorre asimismo Judea y Perea, explicando al pueblo, de una manera bella y concreta, en qué consiste la vida espiritual auténtica, y qué concepción debemos tener de Dios y del servicio que debemos rendirle. Aquí se sitúan las parábolas:

del buen samaritano,

de los invitados al banquete de bodas (Lc. 14),

de la oveja extraviada,

de la dracma perdida,

de Lázaro y del rico malvado,

de la viuda importuna y el juez injusto,

del fariseo y el publicano.

En tanto que va creciendo la hostilidad mortal de las autoridades, el Señor proclama el Evangelio de una manera más completa. Hay un hecho que lleva la agitación a su punto culminante. Lázaro de Betania, amigo de Jesús, cae enfermo. Cuando Jesús llega a su casa, hace ya cuatro días que ha muerto. Jesús lo resucita, siendo este milagro de una notoriedad y carácter que sobrepasa a todos los demás (Jn. 11:1-46). Este prodigioso acontecimiento, producido tan cerca de Jerusalén, hizo sentir sus efectos como una onda expansiva. A instigación de Caifás, que aquel año era el sumo sacerdote, el sanedrín estimó que sólo la muerte del agitador podría aniquilar Su influencia (Jn. 11:47-53). Jesús se retiró de inmediato (Jn. 11:54). Es evidente que había decidido no morir antes de la Pascua. Como se iba aproximando el día de la fiesta, se puso otra vez en marcha hacia Jerusalén, atravesando Perea (Mt. 19; 20; Mr. 10; Lc. 18:31-19:28), enseñando y predicando nuevamente la inminencia de Su muerte y resurrección, llegando a Betania seis días antes de la Pascua (Jn. 12:1).

 

9. LA ÚLTIMA SEMANA.

En Betania, María, hermana de Lázaro, ungió la cabeza y los pies de Jesús, durante la cena. El Señor vio en este gesto la señal profética de su próxima sepultura. Al día siguiente hizo una entrada triunfal en Jerusalén, montado sobre un asno. Al hacer esto, provocó la cólera de las autoridades, al presentarse públicamente como el Mesías, dando expresión del carácter pacífico del reino que había venido a fundar. Al día siguiente, al volver a la ciudad, maldijo una higuera que, llena de hojas, carecía sin embargo de frutos: símbolo notable de un judaísmo que, desviado de la verdad de Dios, pretendía sin poseer. Después, como al inicio de Su ministerio hacía tres años, expulsó del Templo a los mercaderes que profanaban los atrios. Este gesto de Jesús constituía un nuevo llamamiento a la nación israelita, apremiada a purificarse (Mr. 11:1-8). A pesar de la multitud de peregrinos que lo habían aclamado como Mesías durante Su entrada triunfal, y que seguían rodeándole jubilosamente, las autoridades religiosas siguieron manteniendo su actitud de hostilidad.

Al día siguiente (martes), Jesús volvió a la ciudad. Cuando llegó al Templo, los delegados del sanedrín le preguntaron en virtud de qué autoridad actuaba Él. Sabiendo que ellos ya habían decidido Su muerte, el Señor rehusó responderles, pero pronunció las parábolas de los dos hijos, de los viñadores malvados y de las bodas del hijo del rey (Mt. 21:23-22:14); éstas describen la desobediencia de las autoridades religiosas a los mandamientos divinos, su perversión del depósito sagrado confiado a la nación, el desastre que sobrevendría a su ciudad.

Se esforzaron en tenderle lazos para descubrir en Sus palabras un motivo de acusación o de denigración. Los fariseos y herodianos querían impulsarle a pronunciarse si era legítimo pagar el impuesto al César. Los saduceos le interrogaron acerca de la resurrección. Un doctor de la Ley le preguntó acerca del más grande mandamiento. Habiendo quedado todos reducidos al silencio, Jesús los desconcertó al preguntarles el sentido de las palabras de David dirigiéndose al Mesías como su Señor. Efectivamente, el Sal. 110 implica claramente que Jesús no cometía blasfemia al decirse Hijo de Dios e igual a Dios. Durante todo este día rugió la controversia, y Jesús acusó a los dirigentes indignos (Mt. 23:1-38). El deseo de ciertos griegos que querían verle le hizo presagiar que los judíos lo rechazarían, los gentiles lo seguirían, y que su muerte era inminente (Jn. 12:20-50).

Al salir del Templo, anunció tristemente a sus discípulos la próxima destrucción de aquel magnífico edificio; después, en una conversación con cuatro de los Suyos, habló con más detalles acerca de la destrucción de Jerusalén, de la difusión del Evangelio, de los sufrimientos futuros de Sus discípulos y de Su Segunda Venida (Mr. 13). Esta declaración muestra que, en medio de la hostilidad que se había desencadenado contra Él, Jesús tenía la visión perfectamente clara; iba por delante de la tragedia, sabiendo que ella le conduciría finalmente a la victoria.

El plan de la traición fue seguramente llevado a cabo aquella noche. Judas, uno de los doce, había estado indudablemente alienado durante mucho tiempo del ideal espiritual del Maestro. El Iscariote estaba frustrado porque Jesús no mostraba intenciones de establecer un reino terreno. Juan dice de Judas que era codicioso. Durante la cena de Betania, aquel avaro se dio finalmente cuenta de su antipatía irreductible contra Jesús. Encolerizado al darse cuenta de lo vano de sus esperanzas decidió entregar a su Maestro a las autoridades. Su traición cambió sus planes. Los adversarios habían decidido esperar a que terminara la Pascua y que las multitudes se hubieran dispersado. No sabiendo de qué acusar a Jesús, acogieron complacidos la proposición de Judas. Parece que a la mañana siguiente, que era miércoles, Jesús se aisló en Betania. El jueves por la tarde se tenía que sacrificar el cordero pascual; la cena conmemorativa, de la que tenían que participar todos los israelitas, se celebraba después de la puesta del sol. Esa cena marcaba el inicio de la fiesta de los panes sin levadura, que duraba siete días. Este día, Jesús envió a Pedro y a Juan para que prepararan la fiesta en la ciudad, para los doce y para Él. Sus instrucciones significaban probablemente que se dirigieran a casa de un discípulo o de un amigo (Mt. 26:18).

Al ordenarles que, al entrar en la ciudad, siguieran a un hombre con un cántaro de agua, Jesús tenía la intención de mantener secreto el lugar donde iban a comer, para impedir a Judas que lo denunciara a las autoridades, lo cual hubiera podido causar la interrupción de la última y preciosa conversación con los apóstoles.

El jueves por la noche, Jesús celebró con sus discípulos la cena pascual. Con respecto a la posición de algunos de que Jesús fue crucificado en la tarde en que se sacrificaba el cordero pascual, y que la cena de la Pascua que celebró con Sus discípulos tuvo lugar un día antes de la verdadera celebración, se debe decir que se basa en una interpretación muy restringida del significado de la expresión «comer la pascua» en Jn. 18:28. No hay discrepancia. Como bien observa Sir Robert Anderson: «La única cuestión pendiente, por lo tanto, es el que la participación de los sacrificios de paces de la fiesta (de los panes sin levadura, que duraban siete días) pudiera o no designarse con el término de "comer la Pascua". La misma Ley de Moisés nos da la respuesta: 'Sacrificarás la Pascua a Jehová tu Dios, de las ovejas y de las vacas ... No comerás con ella pan con levadura; siete días comerás con ella pan sin levadura'» («El Príncipe que ha de venir», Pub. Portavoz Evangélico, Barcelona, pág. 131). Anderson considera también en su obra otros aparentes problemas, mostrando la concordancia interna de los relatos evangélicos. Cristo no murió el día que se sacrificaba el cordero pascual, sino el siguiente, como lo registran Mateo, Marcos y Lucas. Sólo una errónea interpretación del lenguaje usado por Juan ha permitido llegar a una hipótesis tan ajena al relato evangélico.

La retirada de Judas tuvo lugar muy probablemente antes de la institución de la Cena del Señor (véase CENA DEL SEÑOR), y Jesús predijo dos veces la caída de Pedro; la anunció primero en el aposento alto, y después en el camino hacia Getsemaní. El Evangelio de Juan no relata la institución de la Cena del Señor, sino las últimas palabras a los discípulos. Jesús los preparó de cara a Su muerte, revelándoles que, gracias a la obra del Espíritu Santo, su comunión espiritual sería mantenida y hecha fructífera (Jn. 14-16). Juan también registra la sublime oración sacerdotal (Jn. 17). Camino de Getsemaní, Jesús advirtió a los discípulos que iban a ser dispersados, y los citó para después de Su resurrección, en Galilea. La agonía del huerto marcó el abandono total y definitivo de Su persona para el sacrificio supremo. Judas apareció en la noche, acompañado de la cohorte, destacada de la guarnición acuartelada cerca del Templo, bajo el pretexto de que se tenía que arrestar a un peligroso revolucionario (Jn. 18:3, 12). Había con estos hombres algunos levitas de la guardia y algunos criados de los principales sacerdotes. Judas sabía que Jesús tenía la costumbre de acudir a Getsemaní. Ciertos exegetas suponen que el traidor se dirigió primeramente al aposento alto y que, no hallando allí a Jesús, se dirigió al pie del monte de los Olivos, donde se hallaba el huerto. Después de unas breves palabras de protesta, Jesús se dejó arrestar; los discípulos huyeron.

La compañía armada lo condujo primero ante Anás (Jn. 18:13), suegro de Caifás. Jesús fue sometido a un interrogatorio preliminar por parte de Anás, mientras se convocaba el sanedrín (Jn. 18:13-14, 19-24). Es posible que Anás y Caifás residieran en el mismo edificio, porque el relato dice que las negaciones de Pedro fueron pronunciadas en el patio del palacio, mientras tenían lugar los interrogatorios ante Anás y, después, Caifás. Jesús rehusó, al principio, dar respuesta a las preguntas que se le hacían, y demandó la compulsación de los testigos de cargo. Anás lo envió atado a la residencia de Caifás, donde el sanedrín se había reunido con toda urgencia. Las deposiciones acerca de la blasfemia, que era el crimen que se le quería imputar, eran contradictorias. No se pudo dar prueba ninguna. Finalmente, el sumo sacerdote abjuró solemnemente al acusado para que dijera si era el Mesías. Jesús lo afirmó de una manera totalmente clara. El tribunal, furioso, lo condenó a muerte por blasfemia. Los jueces, entregando al condenado a innobles burlas, revelaron por ello mismo el espíritu de iniquidad con el que habían pronunciado la sentencia (Mr. 14:53-65).

Pero la Ley exigía que el sanedrín promulgara sus decretos de día, y no de noche. Así, el tribunal volvió a constituirse de nuevo, temprano, y repitieron el proceso (Lc. 22:66-71). Como los judíos no tenían derecho a ejecutar a los sentenciados sin el consentimiento del procurador romano, el sanedrín se dispuso a enviar a Jesús ante Pilato. Las prisas desvergonzadas de todo este procedimiento demuestran que el tribunal temía la intervención del pueblo, que hubiera podido impedir la ejecución. Pilato residía probablemente en el palacio de Herodes, sobre el monte Sion, no lejos de la mansión del sumo sacerdote. Todavía temprano, los miembros del sanedrín se dirigieron al pretorio para demandar que el procurador accediera a sus designios. Los judíos querían que Pilato les permitiera ejecutar al condenado sin que él viera la causa, pero Pilato se negó (Jn. 18:29-32). Entonces acusaron a Jesús diciendo «que pervierte a la nación, y que prohibe dar tributo a César, diciendo que él mismo es el Cristo, un rey» (Lc. 23:2). Cuando Jesús hubo admitido ante el gobernador su condición de rey, éste le interrogó sobre este punto particular (Jn. 18:33-38), y descubrió rápidamente que en Sus declaraciones no había un programa político de insurrección. Pilato afirmó que Jesús era inocente, y que quería liberarlo. Pero, en realidad, el procurador no se atrevió a oponerse a sus intratables administrados.

Después de haberle exigido encarnizadamente la ejecución de Jesús, Pilato recurrió a varios procedimientos mezquinos para quitar de sí aquella responsabilidad. Al saber que Jesús era galileo, lo envió a Herodes Antipas (Lc. 23:7-11), que se encontraba entonces en Jerusalén, pero Herodes rehusó juzgarlo. Mientras tanto, la multitud se acumulaba. Era costumbre liberar a un preso en la fiesta de la Pascua, por lo que el gobernador preguntó a la multitud qué preso quería que liberara. Es evidente que esperaba que la popularidad de Jesús haría que escapara de los principales sacerdotes. Pero éstos persuadieron a la muchedumbre que pidiera a Barrabás. El mensaje de la mujer de Pilato dando testimonio de la inocencia del Galileo aumentó sus deseos de salvarlo. A pesar de sus repetidas intervenciones en favor de Jesús, la muchedumbre se mostró implacable y ávida de sangre. El procurador, amedrentado, no tuvo la valentía de actuar en base a su convicción personal y se dejó arrancar el auto de ejecución. Mientras que, en el patio interior del palacio, Jesús sufría el suplicio de la flagelación, que precedía siempre al enclavamiento en la cruz, Pilato quedó embargado de dudas. Al presentarles al ensangrentado Jesús, coronado de espinas intentaba de nuevo satisfacer a los judíos, que, enardecidos por lo que ya habían conseguido, clamaron: «Debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios» (Jn. 19:1-7). Estas palabras renovaron en Pilato sus temores supersticiosos. Aún otra vez interrogó privadamente a Jesús, y volvió a intentar Su puesta en libertad (Jn. 19:8-12).

Los judíos, conociendo bien las ambiciones políticas del gobernador, lo acusaron de apoyar a un rival del emperador y de ser desleal a César. Esta calumnia fue más fuerte que las dudas de Pilato. Tuvo con ello el sombrío gozo de oír a los judíos proclamar toda su sumisión a Tiberio (Jn. 19:13-15), y entregó al Nazareno a Sus enemigos. Aunque era inocente, Jesús había sido condenado, y sin el debido proceso legal. Su muerte fue en realidad un asesinato legalizado. Cuatro soldados lo ejecutaron, bajo la supervisión de un centurión (Jn. 19:23).

Dos criminales fueron llevados a la muerte junto con Él. Por lo general, los condenados llevaban personalmente las dos partes de su cruz, o solamente la parte transversal. Al principio Jesús llevó, al parecer, la cruz entera (Jn. 19:17), y después obligaron a Simón de Cirene a que la cargara (Mt. 27:32; Mr. 15:21; Lc. 23:26). El lugar de la crucifixión se hallaba fuera de las murallas, a poca distancia de la ciudad (véase CALVARIO). Habitualmente, el reo era clavado en la cruz tendida en tierra, y después la cruz era levantada y plantada en un agujero preparado para ello. El crimen del reo era indicado en una tableta fijada por encima de la cabeza. Para Jesús, la inscripción fue hecha en hebreo (arameo), griego y latín. Juan es el que la reproduce en su forma más larga: «JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS» (Jn. 19:19). Marcos dice: «Era la hora tercera cuando le crucificaron» (Mr. 15:25), es decir, las nueve de la mañana. Si recordamos que el sanedrín lo había hecho comparecer al despuntar el día (Lc. 22:66), no hay problema acerca de Su crucifixión a las nueve de la mañana, lo que concuerda con las prisas de los judíos desde el inicio del drama.

 

En relación con la crucifixión, los Evangelios relatan unos detalles en los que no se puede entrar por falta de espacio. Ciertos reos se mantenían vivos varios días en la cruz; pero en el caso del Señor Jesús, además de que humanamente hablando se hallaba muy debilitado, se debe tener en cuenta que Él era el dueño de Su vida y muerte. Él había dicho a Sus discípulos: «Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar...» (Jn. 10:17, 18). Así, a la hora novena (aproximadamente nuestras tres de la tarde), después de que todo el país hubo estado tres horas en tinieblas, Cristo expiró con un gran clamor. Este mismo hecho muestra que la muerte de Cristo fue un acto activo de Su voluntad. No es ésta la manera en que mueren los crucificados, sino totalmente agotados, sin poder respirar. Las palabras pronunciadas desde lo alto de la cruz demuestran que estuvo consciente hasta el final, y que Él sabía perfectamente el significado de todo lo que sucedía. Un número muy pequeño de personas asistió a Sus últimos instantes. La multitud, que al principio había seguido el cortejo, se había vuelto a la ciudad, atemorizada ante las señales que habían acompañado la ejecución de Jesús. También los burlones sacerdotes se habían retirado. Algunos discípulos y los soldados fueron, según los Evangelios, los únicos que permanecieron allí hasta el fin. Así, los dirigentes no estaban informados de la muerte de Cristo. Para que los cuerpos no quedaran colgados de la cruz durante el sábado, los judíos pidieron de Pilato que se quebraran las piernas de los crucificados. Cuando los soldados se acercaron a Jesús para hacerlo con Él, se dieron cuenta de que ya había expirado. Queriéndose asegurar, uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza. Juan, que estaba presente, vio salir sangre y agua de la herida (Jn. 19:34-35). Hay comentaristas que creen ver aquí que la causa de la muerte de Jesús fue el quebrantamiento de corazón. Sin embargo, como se ha indicado anteriormente, Jesús no murió porque Su cuerpo cediera, sino porque Él entregó Su vida. El quebrantamiento de Su corazón, si sobrevino, fue efecto, no causa de su muerte. Sin embargo, el hecho de que Él tuviera un absoluto control sobre Su vida, para ponerla y volverla a tomar, no quita realidad alguna a la inmensa profundidad de Sus sufrimientos, tanto de manos de Sus enemigos como, sobre todo, por la ira de Dios que cayó sobre Él como la víctima por los pecados del mundo. En palabras de J. N. Darby: «Para Él la muerte fue muerte. La debilidad total del hombre, el poder extremo de Satanás, y la justa venganza de Dios. Y a solas, sin simpatía de nadie, abandonado de todos aquellos a los que Él había amado. El resto, Sus enemigos. El Mesías entregado a los gentiles y cortado, ante un juez lavando sus manos y condenando al inocente, los sacerdotes intercediendo en contra del santo en lugar de en favor de los culpables. Todo tenebroso, sin un rayo de luz, ni siquiera de Dios» («Spiritual Songs», nota en pág. 34).

José de Arimatea, discípulo secreto de Jesús, a pesar de su elevada posición y de su membresía en el sanedrín, no había consentido en la condena del Señor (Lc. 23:51). Fue ante Pilato y reclamó el cuerpo de Jesús. Acompañado de algunas personas, José lo depositó en un sepulcro nuevo que había hecho tallar en la roca de su huerto.

 

10. RESURRECCIÓN Y ASCENSIÓN.

El repentino arresto y la rápida muerte de Jesús desconcertaron y abrumaron a los discípulos. Los Evangelios mencionan que al menos en tres ocasiones el Señor les había anunciado Su muerte y resurrección al tercer día; a pesar de ello, los discípulos se sentían demasiado frustrados en su dolor para tener ninguna esperanza. Los que han conocido el abatimiento y la amargura de una desolación completa no se asombran del comportamiento de los discípulos, ni dudan del relato evangélico. Los Evangelios no pretenden dar una relación total de los hechos, ni un catálogo de pruebas de la resurrección. Son un testimonio de la realidad por el testimonio de los apóstoles, a los que Cristo se apareció en tantas ocasiones (1 Co. 15:3-8). Los Evangelios han registrado aquellos hechos que tienen un interés intrínseco, aquellos que Dios quiere que todos conozcan.

El orden de apariciones del Resucitado fue, probablemente, el siguiente:

Muy de mañana, el primer día de la semana, dos grupos de devotas galileas se dirigieron a la tumba para ungir el cuerpo de Jesús, con vistas a Su sepultura definitiva. El primero estaba compuesto por María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé (Mr. 16:1). Juana y otras mujeres no nombradas formaban un segundo grupo. El pasaje de Lc. 24:10 menciona el relato dado por todas las mujeres.

El primer grupo vio la piedra desplazada lejos del sepulcro; María Magdalena creyó que el cuerpo había sido quitado, y corrió para decírselo a Pedro y a Juan (Jn. 20:1, 2). Al entrar en el sepulcro, las otras mujeres vieron a un ángel que les anunció la resurrección de Jesús, y les dio orden de llevar la nueva a los discípulos (Mt. 28:1-7; Mr. 16:1-7). Es de suponer que al apresurarse a reunirse con ellos, se encontraron con el otro grupo de mujeres, y volvieron con ellas a la tumba, donde dos ángeles les repitieron solemnemente que Jesús no se hallaba ya entre los muertos, sino entre los vivos (Lc. 24:1-8). Saliendo del sepulcro, corrieron hacia Jerusalén para anunciar estas nuevas. Por el camino, Jesús se apareció a ellas (Mt. 28:9, 10). Durante este intervalo, María Magdalena había ya informado a Pedro y a Juan que el sepulcro estaba vacío; los dos discípulos fueron allí corriendo y vieron que era así como se les había dicho (Jn. 20:3-10). María Magdalena los había seguido. Ellos salieron del huerto, pero ella permaneció allí, y allí Jesús se apareció a ella (Jn. 20:11-18). Finalmente, todas las mujeres se reunieron con los discípulos, dándoles la maravillosa noticia. Pero la fe de los discípulos en la resurrección no debía basarse sólo en el testimonio de las mujeres. En este primer día de la semana, el Señor apareció a Simón Pedro (Lc. 24:34; 1 Co. 15:5), después a dos discípulos que se dirigían al pueblo de Emaús (Lc. 24:13-35); aquella misma tarde, Jesús se presentó a los apóstoles, en ausencia de Tomás (Lc. 24:36-43; Jn. 20:19-24). Esta vez comió delante de ellos, para demostrarles la realidad de su resurrección corporal. Los discípulos permanecieron en Jerusalén, en tanto que Tomás persistía en no creer lo sucedido. El domingo siguiente, Jesús se apareció de nuevo para dar la prueba de Su resurrección al apóstol incrédulo (Jn. 20:24-29). Es entonces, por lo que parece, que los apóstoles se dirigieron a Galilea. El Evangelio habla de siete de ellos que pescaban en el mar de Tiberíades, cuando el Señor se les apareció (Jn. 21). Les dio también una cita en un monte de Galilea; es allí que les confió la Gran Comisión, prometiéndoles Su poder y Su continua presencia (Mt. 28:16-20). Los quinientos discípulos de los que habla 1 Co. 15:6 es probable que asistieran a esta solemne delegación de autoridad. Más tarde, el Señor apareció también a Jacobo (v. 7), pero no sabemos dónde. Finalmente, Jesús envió a los apóstoles a Jerusalén, y los condujo al monte de los Olivos, en un lugar desde donde se divisaba Betania (Lc. 24:50, 51); de allí fue tomado al cielo, y una nube lo quitó de sus ojos (Hch. 1:9-12). Así, el NT menciona diez apariciones del Salvador resucitado, a las que Pablo añade su encuentro con Jesús en el camino de Damasco (1 Co. 15:8). Pero es indudable que hay otras apariciones que no han quedado registradas. Según Hch. 1:3, «después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días». Sin embargo, ya no se mantuvo constantemente en contacto con Sus discípulos como antes; se manifestaba ante ellos en ciertas ocasiones (Jn. 21:1). Los cuarenta días entre la resurrección y la ascensión fueron un período de transición, destinado a formar a los discípulos en vista del futuro ministerio que iban a asumir. Había necesidad de que Jesús demostrara claramente, en diversas oportunidades, que había realmente resucitado. Ya se ha visto anteriormente que estas pruebas las dio de una manera plena y concluyente. El Señor tenía que completar Sus enseñanzas sobre la necesidad de Su muerte y sobre el carácter de la Iglesia que iba a establecer mediante el ministerio de ellos. También tenía que mostrar a Sus discípulos cómo Su obra era el cumplimiento de las Escrituras; también era éste el momento para empezar a hacerles comprender que se avecinaba una nueva dispensación. Antes de la muerte de Jesús, los Suyos no estaban preparados para recibir tal enseñanza (Jn. 16:12). También, las experiencias durante aquellos cuarenta días ayudaron a los discípulos a reconocer que, aunque ausente, su Señor estaba vivo, y muy cercano a ellos, aunque invisible; que había entrado en una vida nueva, con un cuerpo como aquel en el que le habían conocido y que, además, había sido ahora glorificado. Así, los suyos fueron llevados a proclamar por todo lugar la divinidad del Unigénito Hijo, verdadero rey de Israel, también el Hombre de Nazaret, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Mientras tanto, los judíos afirmaban que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús. El día de la crucifixión, los principales sacerdotes le habían pedido a Pilato que hiciera guardar la tumba por una guardia de soldados, por miedo a que el cuerpo de Jesús fuera sustraído. Cuando se produjo la resurrección, acompañada del descenso de un ángel que hizo rodar la piedra del sepulcro (Mt. 28:1-7), los guardias se aterrorizaron y huyeron. Paganos y supersticiosos, seguramente no fueron más tocados por lo que habían visto que el común de las personas ignorantes que piensan ver fantasmas. Las autoridades judías afectaron creer en una superchería de parte de los discípulos, y explicaron de esta manera la afirmación de los soldados, a los que sobornaron para reducirlos al silencio acerca de la resurrección de Jesús. Así se esparció la historia de que el cuerpo había sido quitado mientras dormían los de la guardia (Mt. 28:11-15). El día de Pentecostés, los apóstoles empezaron a dar testimonio de la resurrección de Jesús; el número de los creyentes aumentó rápidamente (Hch. 2). Los principales sacerdotes se esforzaron entonces, no mediante argumentos, sino por la violencia, en destruir este testimonio y en aplastar la naciente secta (Hch. 4). Hay por lo tanto dos hechos que permanecen irrefutables:

(I) No ha habido nunca ninguna persona capaz de mostrar el cuerpo muerto de Jesús. Los judíos hubieran podido sacar de ello el máximo partido, porque de esta manera hubieran cerrado definitivamente la boca a los discípulos. Por otra parte, si los cristianos hubieran estado en posesión del cuerpo, no se hubieran podido refrenar de embalsamarlo y de rodearlo de un verdadero culto.

(II) Si los discípulos hubieran afirmado falsamente la resurrección de su Señor, nada los hubiera llevado al martirio, y ello por millares, para sustentar una falsedad consciente. La Iglesia primitiva estaba totalmente convencida del hecho de la resurrección. Toda la transformación de los apóstoles y el dinamismo inaudito de los primeros cristianos no puede tener otra explicación, ni psicológica ni espiritualmente, sino sólo por el hecho de que eran testigos fidedignos de la resurrección de Cristo, con todas las consecuencias que ello comportaba.

Este artículo no tenía el propósito de desarrollar las enseñanzas del Señor Jesucristo, sino el de presentar el marco exterior e histórico de Su existencia terrena. Los Evangelios nos revelan gradualmente la personalidad de Jesús y Su mensaje. Esta revelación misma constituye una de las pruebas más sólidas de la veracidad de los relatos que se hallan en la base de nuestra información. Por Su humanidad, Cristo se sitúa sobre el plano histórico y en un medio particular. Su vida se desarrolla de una manera natural, sin detenerse, dirigiéndose con un propósito definido. Esta existencia auténticamente humana pertenece a la historia, pero Jesús declara abiertamente que Él es más que un hombre (cfr. p. ej., Mt. 11:27; Jn. 5:17-38; 10:30; 17:5, etc.); se revela poco a poco a Sus discípulos, que quedan impresionados por Su dignidad soberana (Mt. 16:16; Jn. 20:28). Más tarde, bajo la luz del Espíritu, de la reflexión y de la experiencia, se les fue desvelando más y más el hecho de Su divinidad.

El último de los apóstoles supervivientes vino a ser el cuarto evangelista. Relatando la carrera terrena de su Señor, lo presenta como la encarnación de Aquel que es el Verbo de Dios. Pero Juan nunca descuida ni disimula el aspecto humano de Jesús. Nos hace, de este Hombre incomparable, un retrato sumamente preciso. «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Jn. 1:1). «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (Jn. 1:14).

«Estas (cosas) se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre» (Jn. 20:31).

Para otros aspectos de la persona y obra de Jesucristo, véanse CRISTO, HIJO DE DIOS, HIJO DEL HOMBRE, REDENTOR, SALVADOR

 

Bibliografía:

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Bellet, J. G.: «La Gloire Morale du Seigneur Jésus Christ» (Editions D.B.T.C., Vevey, 1957);

Carballosa, E. L.: «La deidad de Cristo» (Pub. Portavoz Evangélico, Barcelona, 1982);

Dennet, E.: «Unsearchable Riches» (Bible Truth Publishers, Oak Park, Illinois, s/f);

Edersheim, A.: «The Life and Times of Jesus the Messiah» (Wm. E. Eerdmans, Grand Rapids, reimpresión, 1981);

Flores, J.: «El Hijo Eterno» (Clíe, Terrassa, 1983);

Flores, J.: «Cristología de Pedro, Cristología de Juan» (Clíe, Terrassa, 1979);

McDowell, J.: «Más que un carpintero» (Ed. Betania, Caparra Terrace, P.R. 1978);

Martínez, J. M.: «Cristo, el incomparable» (Clíe, Terrassa, 1970);

Morris, L.: «¿Por qué murió Jesús?» (Ed. Certeza, Buenos Aires, 1976);

Pentecost, J. D.: «El Sermón del Monte» (Pub. Portavoz Evangélico, Barcelona, 1981);

Sauer, E.: «El triunfo del crucificado» (Pub. Portavoz Evangélico, Barcelona, 1981);

Stibbs, A. M. y Grau, J.: «Dios se hizo hombre» (Ediciones Evangélicas Europeas, Barcelona, 1983);

Stott, J. R. W.: «Las controversias de Jesús» (Ed. Certeza, Buenos Aires, 1975);

Trenchard, E.: «Introducción a los cuatro Evangelios» (Ed. Literatura Bíblica, Madrid, 1974);

Wallis, A.: «¿Quién es Jesús de Nazaret?» (CLC, Madrid, 1968).

Libros que tratan específica o extensamente el tema de la Resurrección del Señor Jesús:

Green, M.: «¡Jesucristo vive hoy!» (Ed. Certeza, Buenos Aires 1976),

Ladd G E.: «Creo en la Resurrección de Jesús» (Ed. Caribe, Miami, 1977);

McDowell J.: «Evidencia que exige un veredicto» (Vida, Miami 1982);

Morrison, F.: «¿Quién movió la piedra?» (Caribe, Miami, 1977);

Sherlock, T.: «Proceso a la Resurrección de Cristo» (Clíe, Terrassa, 1981).

 JESURÚN

tip, MUSI

vet,

= «el que es recto».

Término poético afectuoso relativo al carácter moral que Israel debía manifestar (Dt. 32:15; 33:5, 26; Is. 44:2, 3).

 JESÚS

tip, BIOG HOMB HOAT HONT

ver, JESUCRISTO (I), JESUCRISTO (II), JESUCRISTO (III), JOSUÉ

vet,

(forma latina derivada del gr. «Iesous», transcripción del hebreo «Jeshua», forma tardía de «Jehoshua» o «Joshua», es decir, Josué: «Jehová es salvación»).

(a) El nombre de nuestro Señor. Véase JESUCRISTO.

(b) En los libros apócrifos en la LXX, este nombre aparece numerosas veces. El traductor del Eclesiástico al gr. fue Jesús el hijo de Sirach.

(c) Cristiano de origen hebreo; tenía como sobrenombre Justo; colaboró con Pablo (Col. 4:11).

Aparte de sus referencias a Josué (véase JOSUÉ) y a Cristo, el historiador Josefo menciona a doce personas que llevaban el nombre de Jesús.

 JETER

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

= «abundancia».

(a) Primogénito de Gedeón (Jue. 8:20).

(b) Un ismaelita, padre de Amasa (1 R. 2:5, 32; 1 Cr. 2:17). Es llamado Itra en 2 S. 17:25, y considerado israelita. Pudo haber sido ismaelita de nacimiento, y haber entrado en la congregación de Israel como prosélito.

(c) Hijo de Jada, de la tribu de Judá (1 Cr. 2:32).

(d) Hijo de Esdras, de la tribu de Judá (1 Cr. 4:17).

(e) Descendiente de Aser (1 Cr. 7:38).

 JETRO

tip, BIOG SACE HOMB HOAT

ver, SÉFORA

vet,

= «excelencia».

Sacerdote de Madián y suegro de Moisés (Éx. 3:1). En Éx. 2:18 es llamado Reuel (cfr. Josefo, Ant. 2:12, 1). El nombre Reuel significa «amigo de Dios»; el nombre Jetro era, por lo que parece, su título. Las siete hijas de Jetro pastoreaban sus rebaños. Moisés, que había llegado huyendo de Egipto, prestó sus servicios a estas pastoras. Jetro lo acogió y le dio a Séfora en matrimonio, una de las siete. Moisés se ocupó durante cuarenta años de los rebaños de su suegro (Éx. 3:1, 2; Hch. 7:30). Llamado por Dios a volver a Egipto para que fuera el libertador de los hebreos, Moisés obtuvo de Jetro su permiso para salir, su esposa Séfora y sus dos hijos le acompañaron (Éx. 4:18-20); más tarde envió provisionalmente a su esposa con los dos hijos a Jetro (Éx. 4:24-26; 18:2) (véase SÉFORA). Después de cruzar el mar Rojo, lo que llevó a los israelitas cerca del país de Jetro, el sacerdote de Madián devolvió a Séfora y a sus dos hijos a Moisés (Éx. 18:1-7). Jetro dio gracias a Dios por haber liberado a los israelitas, y ofreció sacrificios al Señor. Al ver que Moisés pasaba mucho tiempo juzgando querellas de poca importancia, Jetro le aconsejó que nombrara jueces.

 JETUR

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

Hijo de Ismael y nombre genérico de sus descendientes (Gn. 25:15; 1 Cr. 1:31; 5:19).

 JEZABEL

tip, BIOG SACE REYE MUJE MUAT TIPO

ver, JEHÚ

vet,

Hija de Et-baal rey de los sidonios, y sacerdotisa de Astarté antes de casarse con Acab rey de Israel (1 R. 16:31; Contra Apión, 1:18).

Dotada de un enérgico carácter, hacía lo que quería de su marido. Jezabel era una ferviente adoradora de Baal, por lo que su esposo construyó para ella en Samaria un templo y un altar consagrados a Baal, y una asera, estatua que representaba a la Astarté fenicia (1 R. 16:32, 33).

Aunque era sólo la esposa del rey, Jezabel hizo dar muerte a todos los profetas de Jehová que pudo hacer apresar (1 R. 18:4-13) y se propuso dar muerte al profeta Elías (1 R. 19 :1, 2). Promovió el asesinato legal de Nabot para conseguir su viña para su marido (1 R. 21:16-22).

Los perros se la comieron conforme a la profecía de Elías. Jezabel murió defenestrada durante el golpe de Jehú (véase JEHÚ) y fue atropellada por el carro de Jehú lanzado a toda velocidad. Al cabo de poco tiempo, al dar Jehú la orden de «enterrar aquella maldita», descubrieron que casi nada quedaba de su cadáver, que había sido comido por los perros (2 R. 9:7, 30-37).

Su acción de introducir en Israel el culto idolátrico a Baal y de dar muerte a los siervos del Señor, ha hecho recordar su nombre como baldón de infamia y como tipo de un sistema seductor dentro de la iglesia profesante, que atrae a otros a la idolatría (Ap. 2:20).

 JEZANÍAS. Véase JAAZANÍAS.

 JEZREEL

tip, CIUD BIOG HOMB HOAT

ver, JEZABEL, JEHÚ, ARMAGEDÓN

sit, a2, 371, 78

vet,

«Dios siembra, o esparce».

(a) Nombre de una ciudad fortificada (1 R. 21:23), con torre y puerta (2 R. 9:17; 10:7, 8) y de la llanura donde estaba situada esta ciudad. Jezreel se hallaba en Isacar (Jos. 19:16-18), no lejos del monte Gilboa (1 S. 31:1-5; cfr. 1 S. 29:1 y 2 S. 4:4). Después de varias incidencias históricas, esta ciudad vino a ser una de las capitales de Acab (1 R. 18:45) y de Joram su hijo (2 R. 8:29). Nabot era de Jezreel, y fue lapidado fuera de sus muros (1 R. 21:1, 13). Es allí donde Jezabel murió violentamente (véanse JEZABEL, JEHÚ). Jehú dio la orden de amontonar las cabezas de los setenta hijos de Acab a la entrada de la puerta de Jezreel (2 R. 10:1-11). El profeta Oseas denunció esta espantosa matanza y anunció que el Señor vengaría este derramamiento de sangre (Os. 1:4). Los cruzados no se equivocaron al identificar Jezreel con el «Parvum Gerinum». En la actualidad es un pueblo llamado Zer'în, 32° 34' N, 35° 19' E. Aunque se halla en el extremo de una llanura, su posición como ciudad fuerte era indudablemente excelente, al hallarse a lo alto de una elevación de unos 30 m. de altura, orientada hacia el noreste. Tiene un abundante suministro de agua.

(b) Ciudad del país montañoso de Judá (Jos. 15:56). De allí procedía seguramente una de las esposas de David, Ahinoam jezreelita (1 S. 25:43; 27:3). No ha sido identificada.

(c) Un hombre de Judá, descendiente de Hur (1 Cr. 4:3).

(d) Uno de los hijos del profeta Oseas. El niño recibió este nombre porque el Señor quería recordar al pueblo que la casa de Jehú recibiría castigo por la matanza de Jezreel (Os. 1:4).

 JEZREEL (Valle)

tip, VALL ESCA

ver, JEZABEL, JEHÚ, ARMAGEDÓN

sit, a2, 343, 80

vet,

«Dios siembra, o esparce».

El valle de Jezreel designa el gran triángulo raso que corta Palestina, inmediatamente al norte del Carmelo; tiene 35 Km. de longitud y, al este, 25 Km. de anchura. Es también conocido como Esdraelón, modificación griega del nombre de Jezreel, y también con el nombre de llanura de Meguido (cfr. Jdt. 1:8; 3:9; 4:6; 7:3). En la época de Gedeón, los madianitas plantaron su campamento en el valle de Jezreel (Jue. 6:33). Fue muchas veces campo de batalla de numerosas naciones. Es uno de los pocos sitios en Palestina donde se pueden disponer ejércitos en orden de batalla. Es asimismo la clave estratégica del país. En la época de los Jueces, Sísara y los cananeos fueron derrotados aquí (Jue. 5:19). Ocozías, rey de Judá, halló allí la muerte (2 R. 9:27), lo mismo que el rey Josías, herido en la batalla contra el faraón Necao (2 R. 23:29; Zac. 12:11). Según la profecía, ha de ser el campo donde se librará la última batalla de la historia (Ap. 16:16). (Véase ARMAGEDÓN.)

 JOA

tip, BIOG FUNC SACE HOMB HOAT

vet,

= «Jehová su hermano».

Nombre propio de varios personajes:

(a) Canciller de Ezequías, hijo de Asaf, uno de los tres comisionados a Rabsaces (2 R. 18:18, 26, 37; Is. 36:3, 11, 12), hacia el año 712 a.C.

(b) Tercer hijo de Obed-edom, portero corita (1 Cr. 26:4).

(c) Llamado también Etán (1 Cr. 6:21, 42), un levita de los hijos de Gersón. (Véase también 2 Cr. 29:12).

(d) Hijo de Joacaz y canciller del rey Josías. Ayudó en la reparación del templo (2 Cr. 34:8), hacia el año 623 a.C.

 JOAB

tip, BIOG HOMB HOAT EJER FUNC

vet,

= «Jehová su padre».

(a) Hijo de Sarvia hermana de David, y hermano de Abisai y Asael, jefe del ejército de David durante casi todo el reinado de éste (2 S. 2:13, 28; 10:7; 1 R. 11:15; 1 Cr. 27:34).

Fue valiente guerrero y hábil general, y estadista sagaz, y su grande influencia en los negocios públicos fue a menudo ejercida en bien de la nación, como en la rebelión de Absalón, y en el censo que se mandó formar de Israel (2 S. 18; 19; 24). Pero, como hombre, era altanero, vengativo y sin miramientos, lo cual lo corrobora la muerte que traidoramente dio a su rival Abner y a su primo Amasa (2 S. 3:27; 20:9, 10), su conducta para con David (2 S. 3:39; 19:5) y su connivencia con éste en el asunto de Urías; el haber dado muerte a Absalón y conspirado con Adonías contra el heredero designado por Dios para el trono; motivos por los cuales fue al fin condenado a muerte por Salomón y ejecutado al lado del altar (1 R. 2) hacia el año 1013 a.C.

(b) Hijo de Seraía, cuyos descendientes fueron artífices (en hebreo «charashim») en un valle al norte de Jerusalén (1 Cr. 4:14; Neh .11:34).

(c) Cabeza de una familia que regresó después de la cautividad (Esd. 2:6; 8:9; Neh. 7:11).

 JOACAZ

tip, BIOG REYE

vet,

= «Jehová posee».

(a) Variación del nombre de Ocozías, el menor de los hijos de Joram rey de Judá (2 Cr. 21:17; cfr. 22:1). Los elementos constitutivos del nombre han sido traspuestos.

(b) Hijo y sucesor de Jehú sobre el trono de Israel. Comenzó a reinar en el año 817 a.C., primeramente asociado con su padre, y reinó 17 años (2 R. 10:35; 13:1). Perpetuó el culto al becerro de oro instaurado por Jeroboam. El Señor castigó esta apostasía permitiendo a los sirios, bajo Hazael primero y después bajo Ben-hadad, derrotar a Joacaz. Al final, Joacaz se quedó limitado a tener una guardia de cincuenta jinetes, diez carros y diez mil soldados de a pie. En su angustia, invocó a Jehová, que libró a Israel, después de la muerte de Joacaz sin embargo, mediante sus dos sucesores: Joás y Jeroboam II. Joás volvió a tomar las ciudades que los sirios habían arrebatado a su padre; Jeroboam II restableció las antiguas fronteras de Israel. Es indudable que Joás tuvo una ayuda inesperada. Al atacar a los sirios por su retaguardia, el rey de Asiria los obligó a abandonar el reino de Israel y a acudir a su propio país para defenderlo.

(c) Uno de los hijos menores de Josías; a la muerte de este rey, el pueblo de Judá entronizó a Joacaz. El faraón Necao, al volver de la batalla contra Josías, pasó por Jerusalén, destituyendo a Joacaz, y poniendo en su lugar a Joacim su hermano mayor; Joacaz fue llevado cautivo a Ribla, y después a Egipto, donde murió (2 R. 23:30-34; 2 Cr. 36:1-4).

(d) Padre de Joa, que fue canciller de Josías (2 Cr. 34:8).

 JOACIM

tip, BIOG REYE HOMB HOAT

vet,

= «Jehová suscita».

Hijo del rey Josías (2 R. 23:34, 36). Se llamaba Eliaquim (Dios suscita). A la muerte de Josías, el pueblo entronizó a Joacaz, tercer hijo de Josías. Tres meses más tarde, el faraón Necao lo encadenó y llevó cautivo, poniendo en su lugar a su hermano mayor Eliaquim, cuyo nombre cambió por el de Joacim. Empezó a reinar alrededor del año 608 a.C., a los veinticinco años de edad. Joacim obligó a su pueblo a pagar onerosos tributos, que enviaba al faraón. Este hijo de Josías fue infiel a Jehová, y se lanzó a la idolatría. Jeremías escribió un rollo en el que daba las advertencias y amenazas de Dios, pero el rey, al leerlo, lo menospreció y desgarró con un cortaplumas, arrojándolo al fuego (Jer. 36). En el cuarto año de Joacim, Nabucodonosor venció a Necao en la batalla de Carquemis en el año 605 a.C., marchando a continuación contra Jerusalén. Joacim fue sometido a un tributo (2 R. 24:1; Jer. 46:2; Dn. 1:1, 2). Tres años más tarde, Joacim se rebeló imprudentemente contra Nabucodonosor. Otros graves problemas abrumaban también el reino, por cuanto bandas armadas de moabitas, sirios y amonitas se dedicaban al pillaje de la tierra, lo mismo que bandas de caldeos, enviadas probablemente por el rey de Babilonia al llegar a conocer la rebelión (2 R. 24:2). Al final, Nabucodonosor acudió personalmente a Jerusalén, para llevarlo encadenado hacia Babilonia (2 Cr. 36:6). Pero este proyecto debió quedar frustrado, bien por muerte natural de Joacim, bien por ser asesinado. Su cadáver fue arrojado fuera de las puertas de Jerusalén, y fue enterrado como si se tratara del cadáver de un asno (Jer. 22:19; 36:30; Ant. 10:6, 3). Joacim había reinado once años, y le sucedió su hijo Joaquín, impuesto por Nabucodonosor (2 R. 23:36; 24:6).

 JOANA

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

(hebreo, «yohanan»)

= «gracioso don de Dios».

No mencionado en el Antiguo Testamento, figura en la genealogía de Jesús (Lc. 3:27). Algunos creen que es el mismo Hananías de 1 Cr. 3:19.

 JOAQUÍN

tip, BIOG REYE

vet,

= «Dios establecerá».

Hijo y sucesor de Joacim sobre el trono de Judá; empezó a reinar en el año 597 a.C. Según 2 R. 24:8 tenía entonces 18 años, en tanto que 2 Cr. 36:9 indica 8 años. Esta divergencia se encuentra en la LXX y en el texto masorético. Ello se explica asumiendo que Joaquín estuvo asociado diez años con su padre en el reino, y que reinó en solitario a partir de los 18 años. Su reinado duró tres meses y diez días, haciendo lo malo a los ojos del Señor. Durante este breve espacio de tiempo, los generales del rey de Babilonia asediaron Jerusalén, y la ciudad se rindió (cfr. 2 R. 24:12; cfr. Jer. 52:28). Joaquín fue deportado con sus mujeres, su madre, los criados del rey, todos los dignatarios del país y todos los artesanos (2 R. 24:8-16; 2 Cr. 36:9, 10). Joaquín fue encarcelado en Babilonia, pero en el año 37 de su exilio Evil-merodac accedió al trono de Babilonia y liberó a Joaquín, asignándole una pensión vitalicia (2 R. 25:27-30; Jer. 52:31-34). Es llamado Conías y Jeconías en los escritos de Jeremías.

 JOÁS

tip, BIOG REYE HOMB HOAT

vet,

= «Jehová ha dado».

(a) Hombre de Judá, de la familia de Sela (1 Cr. 4:22).

(b) Hombre de Manasés, de la familia de Abiezer, fue padre de Gedeón (Jue. 6:11, 15). Establecido en Ofra, estaba acomodado. Había erigido un altar a Baal y una asera, emblema de la Astarté cananea. Dios ordenó a Gedeón que derruyera todo aquello. Cuando los idólatras reclamaron a Gedeón para matarlo por aquel hecho, Joás respondió defendiéndolo: «Si es un dios, contienda por sí mismo» (Jue. 6:11-32).

(c) Benjamita de Gabaa, se unió a David en Siclag (1 Cr. 12:3).

(d) Uno de los hijos de Acab (1 R. 22:26; 2 Cr. 18:25).

(e) Hijo de Ocozías, rey de Judá. Al saber Atalía, madre de Ocozías, que su hijo había sido muerto, hizo dar muerte a todos los que quedaban de la sangre real, y se apoderó del trono. Sólo Joás pudo escapar a la muerte gracias a su tía Josaba, hermana del rey Ocozías y esposa del sumo sacerdote Joiada (2 R. 11:1-3). Joás, de un año de edad, fue escondido en el Templo, donde quedó durante seis años. Al séptimo año, Joiada preparó una conspiración para expulsar a la usurpadora Atalía del trono (2 R. 11:4-12). Atalía fue hecha prisionera y ejecutada inmediatamente fuera de la puerta de los Caballos (2 R. 11:13-16). Empezó a reinar en el año 842 a.C., a los siete años de edad, reinando cuarenta años. Joás, aconsejado por Joiada, destruyó el culto a Baal y ordenó la restauración del Templo, aunque el pueblo seguía celebrando un culto sobre los lugares altos (2 R. 12:1-16). Al morir Joiada, el rey y su pueblo se apartaron de Jehová, erigiendo aseras y otros ídolos. Al profetizar Zacarías hijo de Joiada contra tales prácticas, Joás ordenó su muerte (2 Cr. 24:15-22; Mt. 23:35). Poco después Hazael, rey de Siria, se apoderó de la ciudad filistea de Gat, y amenazó Jerusalén; Joás se vio obligado a entregarle los tesoros del Templo. Después, Joás cayó gravemente enfermo, y Amasa asumió la regencia. Unos siervos del rey Joás le dieron muerte en la cama en venganza de Zacarías hijo de Joiada (2 Cr. 24:25). Le sucedió Amasías su hijo (2 Cr. 24:27; 2 R. 12:21).

(f) Hijo de Joacaz, rey de Israel. Accedió al trono alrededor del año 800 a.C., y reinó 16 años. Este rey siguió adorando los becerros de oro de Bet-el y de Dan. Sin embargo, testimonió afecto al profeta Eliseo y se afligió por su enfermedad. Eliseo le hizo abrir la ventana que daba al oriente y que disparara una flecha, cosa que hizo. A continuación, el profeta le ordenó que golpeara con sus saetas en el suelo. El rey lo hizo sólo tres veces. Las flechas simbolizaban las victorias que Joás debía conseguir sobre los sirios. Si hubiera golpeado cinco o seis veces, hubiera llegado a destruir totalmente su poder (2 R. 13:14-25). Después de la muerte de Eliseo, Joás proveyó cien mil soldados mercenarios a Amasa, rey de Judá, que quería llevar a cabo una expedición contra los edomitas. Convencido por un profeta, Amasías los devolvió. Sin embargo, aunque estos mercenarios habían sido pagados por adelantado, irritados, se lanzaron a saquear el territorio de Judá al dirigirse hacia el norte (2 Cr. 25:6-10, 13). Es posible que esto influyera en Amasa para declarar la guerra a Joás. En la batalla de Bet-semes Amasías fue derrotado, y Joás destruyó parte de los muros de Jerusalén, se llevó los tesoros del Templo y del palacio, y rehenes con los que asegurar la paz. A la muerte de Joás, su hijo Jeroboam II accedió al trono (2 R. 14:8-16; 2 Cr. 25:17-24).

 JOB

tip, BIOG HOMB HOAT

ver, LEVIATÁN, BEHEMOT

vet,

(heb. «'Iyyob»; etim. incierta).

Hombre íntegro y piadoso del AT. Vivió en el país de Uz (Jb. 1:1). La primera mención de Job en cualquier otro libro del AT se halla en Ez. 14:14, 16, 20. Este patriarca vivió en alguna parte al este de Palestina, en las proximidades del desierto, en una época en la que los caldeos hacían incursiones hacia occidente (Jb. 1:17). No existe razón alguna para dudar de la historicidad del libro de Job ni de la autenticidad de sus experiencias notables, que se describen, con una gran audacia poética, en el libro que lleva su nombre. El tema es el siguiente: ¿Por qué permite Dios los sufrimientos al justo? Estas experiencias han dado ocasión a un espléndido poema filosófico.

 

Bibliografía:

Heavenor, E. S. P.: «Job», en Nuevo Comentario Bíblico (Casa Bautista de Publicaciones, El Paso, 1977);

Kelly, W.: «Eleven Lectures on Job», en Bible Treasury, ene.-dic. 1916; «Notes on the Book of Job», ibid., ene. 1877-dic. 1878, y «Lectures on the Book of Job», ibid., mar.-dic. 1908;

Kline, M. G.: «Job», en the Wycliffe Bible Commentary (Moody Press, 1962);

Zuck, R.: «Job» (Pub. Portavoz Evangélico, Barcelona, 1981).

 JOB (Libro)

tip, LIBR CRIT LIAT

ver, LEVIATÁN, BEHEMOT

vet,

I. LIBRO.

Forma parte de la literatura llamada sapiencial. Se trata de un libro poético que relata los sufrimientos de Job y el debate entre sus amigos y él acerca de las causas de su desgracia y del gran problema del sufrimiento. En prosa se hallan el prólogo (Jb. 1:1-3:2), las introducciones a los diversos discursos, particularmente la introducción al discurso de Eliú (Jb. 32:1-5), y el epílogo que narra la bienaventuranza recibida por Job por la bendición de Dios (Jb. 42:7-17).

Si el tema del libro es por qué sufren los justos, su objetivo esencial es el de refutar la teoría según la cual el sufrimiento sería una señal de la ira de Dios, y tendría siempre como causa el pecado de aquel que sufre. El AT declara con frecuencia que la rectitud atrae la prosperidad, en tanto que la maldad provoca la desgracia (Éx. 23:20-33; Lv. 26; Dt. 28; Sal. 1; 37; 73; Is. 58:7-13; Jer. 7:5-7; 17:5-8, 18-27; 31:29, 30; Ez. 18). Las excepciones aparentes a esta norma de las retribuciones constituían un motivo de profunda perplejidad. El antiguo pensamiento hebreo tenía la tendencia a pensar que, por cuanto el sufrimiento era la consecuencia del pecado, todo sufrimiento, incluido el caso de un justo, se debía necesariamente a la comisión de una transgresión específica. Sin embargo, esta conclusión es errónea, bien que todos los hombres hayan nacido en pecado y susceptibles de caer. Por otra parte, las personas dependen unas de otras, y los inocentes pueden sufrir a causa de los injustos o de los culpables; la maldad no es siempre descubierta y triunfa en ocasiones, al menos momentáneamente. Job no pretende ser absolutamente sin falta, pero mantiene que su castigo está más allá de toda proporción con su pecado.

Al comienzo del libro, Job es muy rico. Posee varios rebaños de ganado mayor y menor, tiene una multitud de siervos y una numerosa familia. Satán pide y recibe permiso para probar la fe de Job. Todos sus bienes le son arrebatados, y después pierde todos sus hijos. Satanás, que no cede en su intento de quebrantar a Job, obtiene a continuación autorización para atacar su cuerpo. La fe de Job triunfa en medio de todas las pruebas; finalmente recupera con creces su antigua prosperidad.

Entre el prólogo y el epílogo, el libro se puede dividir en tres secciones principales, teniendo cada una de ellas tres subdivisiones. El prólogo describe las riquezas y la felicidad de Job.

(A) Primera parte.

En la primera subdivisión nos muestra el inicio de las pruebas de Job, la pérdida de sus bienes y de su familia.

En la segunda subdivisión: el ataque sobre la propia persona de Job, segunda etapa de los sufrimientos del patriarca.

En la tercera subdivisión: llegada de Elifaz de Temán, Bildad de Suh, Zofar de Naama, los tres amigos que venían a «consolar» a Job.

(B) Segunda parte.

La segunda parte contiene la discusión entre Job y sus tres amigos, que hacen cada uno tres discursos, a excepción de Sofar, que sólo toma la palabra dos veces. Job responde a cada discurso. Esta discusión constituye la mayor parte del libro. Los tres amigos se basan en la idea de que el sufrimiento es siempre y necesariamente la consecuencia general. Como Job acepta este principio general, pero rehúsa su aplicación a su propio caso, se establece un interrogante, aunque al final de la discusión entre ellos la cuestión no queda en absoluto resuelta.

Primera serie de discursos:

Elifaz habla al principio acerca de la culpabilidad humana, y hace alusión al pecado de Job, pero de manera indirecta. Job responde que él es inocente.

Después Bildad se expresa en el mismo sentido; afirma que Dios no puede ser injusto, y por ello que el hombre tiene que ser culpable. Job de nuevo hace protestas de inocencia, y apela a Dios, y se lamenta de sus sufrimientos.

Zofar, por último, presenta los mismos argumentos, y da a entender de una manera más clara que Job debe haber cometido un pecado concreto.

La segunda serie de discursos se halla en los capítulos 12-20. Los oradores toman la palabra por el mismo orden, y reanudan la misma argumentación. Los amigos de Job se vuelven más vehementes, impacientes con su terquedad.

En la tercera serie de discursos (Jb. 21-31),

Elifaz acusa abiertamente a Job de un pecado secreto. Después de nuevas y vivas negaciones de Job,

Bildad vuelve de nuevo a su primer argumento, en tanto que

Zofar calla. Durante toda esta discusión, Job, profundamente consciente de su integridad, no puede comprender la aparente dureza de Dios para con él.

Cuanto más aumenta su sufrimiento externo, tanto más agudas son sus luchas internas; pero está decidido, venga lo que viniere, a no dejar a su Dios. Después Job tiene la repentina intuición de que el Señor lo vindicará al final, si no en esta vida, sí en la venidera. Job se llena de esta certeza, y proclama así su fe en la inmortalidad: «Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios.» Job ha llegado con ello al fundamento inquebrantable, del que nada ya podrá hacerlo desviar (Jb. 19:25-26).

(C) En la tercera parte del libro (Jb. 32-37), Eliú hasta entonces en silencio, propone debatir la cuestión a partir de una base diferente. En lugar de considerar el sufrimiento de los hombres como castigo del pecado, Eliú estima que las aflicciones fortalecen y purifican a los creyentes. Así, no constituyen la expresión de la cólera de un Dios implacable, sino la corrección que inflige en disciplina amante. La tesis de Eliú hace de él un mensajero del Señor; prepara la intervención divina y aporta un argumento que Job puede considerar y, finalmente, admitir (Jb. 32-37). Después el Señor toma la palabra. Muestra a Job que el conocimiento humano está muy limitado para explicar de una manera satisfactoria el misterio de las dispensaciones divinas. Job se humilla delante del Señor (Jb. 38:1-42:6).

(D) Epílogo: Job recupera su prosperidad con creces, doblándola, lo mismo que el número de sus hijos (Jb. 42:7-17).

 

II. AUTOR, FECHA Y AUTENTICIDAD.

Ciertos críticos ponen en tela de juicio secciones importantes del libro:

(A) El prólogo y el epílogo.

(B) El capítulo 28, poema consagrado a la sabiduría divina.

(C) El discurso de Eliú (Jb. 32:1-37:24).

(D) La descripción del Leviatán (véase LEVIATÁN) y de Behemot (véase BEHEMOT; Jb. 40:10-41:25).

A todo ello se puede responder que no hay base alguna para atribuir el prólogo y el epílogo a un autor posterior. Toda la argumentación entre los tres amigos y Job presupone los sufrimientos de este último y la pérdida de sus hijos (cfr. Jb. 7:5; 8:4; 11:16; 13:28; 16:7; 29:5; 20:20, etc.). Es imposible demostrar que el capítulo 28 sea una interpolación, por mucho que este bello pasaje poético pueda ser considerado como una digresión. La eliminación de los más bellos pasajes literarios de la obra disminuiría el valor del poema original, y sería un contrasentido pretender que los «interpoladores» tuvieran más genio que el mismo autor. Lo mismo sucede con la descripción del Leviatán y de Behemot, siendo que el estilo y vocabulario son parejos con el resto del libro (cfr. Jb. 40:15; 39:15 con Jb. 5:23; 41:9 con 3:9, entre otros). Se rechaza a Eliú con el pretexto de que no aparece en el prólogo; pero no se puede sostener filológicamente que sus discursos pertenezcan a una fecha posterior. Por otra parte, sus palabras forman una transición necesaria, por cuanto «preparan la intervención del Señor en medio de la tormenta, al describir la majestad de Dios» (J. H. Raven). Si Eliú no es mencionado en el epílogo, es porque no se merecía los reproches dirigidos a los otros amigos de Job.

El desarrollo de la argumentación da testimonio de manera evidente a la unidad literaria de la obra. Los acontecimientos relatados son reales, aunque sean presentados bajo una forma poética (Grocio). Job fue un personaje histórico, que habitó en el país de Uz; es mencionado en Ez. 14:14 y Stg. 5:11. Por lo general, Uz es situado en Edom (1 Cr. 1:42; Lm. 4:21). Un hecho notable es que ninguno de los nombres que aparecen en el libro es simbólico.

 

III. La fecha de redacción es muy debatida, y las estimaciones de los críticos oscilan entre la época patriarcal y el siglo IV e incluso III a.C. Sin embargo, los manuscritos de Job hallados en el mar Muerto en escritura hebrea arcaica dan evidencia irrefutable de que la obra es ciertamente anterior al exilio babilónico. Hay eruditos que señalan a Moisés, buen conocedor del desierto y de su historia por su estancia en Madián, como redactor. Otros señalan a Salomón, en el período de oro de la literatura sapiencial. Sin embargo, tampoco es improbable que uno de los participantes en el debate, quizás Eliú, o aún el mismo Job (cfr. Jb. 19:23-24), dejaran memoria escrita de él. El modo sumamente arcaico de vida que se presenta (riqueza medida en número de rebaños, sacrificios ofrecidos por el cabeza de familia, línea independiente del pacto mosaico, bien que incluida por el noéico) da asimismo evidencia de una fecha muy temprana. Nada, pues, impide pensar que el libro fuera redactado poco después de los acontecimientos de que informa. En este libro inspirado hallamos un drama terrible (físico, moral y espiritual, un drama integralmente total) de una conciencia pura que afronta una suerte humanamente incomprensible. Y en medio de todas las perplejidades brilla ya la luz profética del pasaje de la vida nueva en resurrección proveída por el «Goel» o Redentor (Jb. 19:25-27), luz que alumbra al sufriente Job en medio de lo más negro de la tormenta, y que es un eco anticipatorio de las proclamaciones del Evangelio de la salvación.

Bibliografía:

Heavenor, E. S. P.: «Job», en Nuevo Comentario Bíblico (Casa Bautista de Publicaciones, El Paso, 1977);

Kelly, W.: «Eleven Lectures on Job», en Bible Treasury, ene.-dic. 1916; «Notes on the Book of Job», ibid., ene. 1877-dic. 1878, y «Lectures on the Book of Job», ibid., mar.-dic. 1908;

Kline, M. G.: «Job», en the Wycliffe Bible Commentary (Moody Press, 1962);

Zuck, R.: «Job» (Pub. Portavoz Evangélico, Barcelona, 1981).

 JOCABED

tip, BIOG MUJE MUAT

ver, MOISÉS

vet,

= «Jehová es gloria».

Una de las hijas de Leví.

Se casó con Amram, su sobrino, y fue madre de María (o Miriam), de Aarón y Moisés (Éx. 6:20; Nm. 26:59). Véase MOISÉS.

 JOCMEAM

tip, CIUD

sit, a2, 429, 235

vet,

= «reunidos por el pueblo».

Ciudad de los levitas asignada al linaje de Coat en territorio de Efraín (1 Cr. 6:68), llamada Kibsaim en Jos. 21:22 y Jocmeam en 1 R. 4:12.

 JOCTÁN

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

Descendiente de Sem a través de Heber (Gn. 10:25).

De Joctán surgieron trece tribus árabes (Gn. 10:26-30; 1 Cr. 1:19-23).

 JOEL

tip, BIOG PROF HOMB HOAT

vet,

= «Jehová es Dios».

Nombre de trece personajes bíblicos. Se destacan estos dos:

(a) Hijo primogénito del profeta Samuel y padre de Hemán el cantor (1 S. 8:2; 1 Cr. 6:33; 15:17). También aparece con el nombre de Vasni (1 Cr. 6:28).

(b) Hijo de Petuel; su libro es el segundo entre los Profetas Menores (Jl. 1:1). La vida de este profeta no se conoce.

 JOEL (Libro)

tip, LIBR ESCA LIAT

ver, ARMAGEDÓN, GOG, MILENIO

vet,

No tenemos en este libro ninguna indicación precisa de la época del profeta. Pero ciertos detalles parecen militar poderosamente en contra de una fecha anterior a la de Isaías. Se piensa que se sitúa en la época del avivamiento religioso de comienzos del reinado de Joás (2 R. 12:1, 16; 2 Cr. 24:1). Por cuanto Joel no menciona al rey, pero habla de los sacerdotes y de las ceremonias regulares del culto (Jl. 1:9, 13; 2:12-17), esta situación armoniza con la época de la minoría de edad del rey Joás, cuando el poder lo ejercía el sumo sacerdote Joiada como regente (2 Cr. 23:2, 3). Por otra parte, Joel no hace mención alguna de los asirios ni de los caldeos, en tanto que hace alusión a enemigos que no existían como naciones en la época de los grandes imperios, o que no representaban amenaza entonces para Judá:

los edomitas (Jl. 3:19),

fenicios y filisteos (Jl. 3:4).

No hace mención alguna del reino del norte. Por ello, puede ser situado alrededor del año 800 a.C. Se puede añadir que muchos profetas usaron pasajes enteros de Joel (cfr. Am. 9:13 y Jl. 3:18; Is. 13:6, 9, 10 y Jl. 1:15; 2:1, 10; Sof. 1:14, 15 y JI. 2:1, 2; Ez. 47:1 y Jl. 3:18; Abd. 17 y Jl. 2:32). Resulta insostenible la postura de aquellos que buscan situar la profecía en la época de Jeremías, o incluso después del exilio en Babilonia.

La profecía de Joel tiene como perspectiva esencial el tiempo del fin. Joel parte de una catástrofe muy común en Oriente, una invasión de langostas seguida de una terrible sequía, para describir la época terrible del juicio de la ira de Dios sobre su pueblo y las naciones, el Día de tinieblas y de oscuridad, grande y muy terrible, el día grande y espantoso de Jehová (cfr. Jl. 1:15; 2:1, 2, 11, 31).

El profeta revela este «día», que no será un día solar, sino un período de varios años, período que debe corresponderse con el reinado del Adversario (Anticristo) según Dn. 9:24-27 y que Jesús describió en Mt. 24:29-30, Pedro en 2 P. 3:10-13, y Juan en Ap. 7 ss.

Joel nos presenta las siguientes etapas:

(a) El amanecer del día de Jehová. Castigo de la Judá infiel (en Joel, Judá representa el conjunto del pueblo), que consistirá en la súbita invasión del país por parte de un pueblo innumerable (Jl. 1:6). Este pueblo es identificado (Jl. 2:20): el del norte. Ezequiel da acerca de este enemigo detalles impresionantes (Ez. 38:1-9, 14-16). Este pueblo, incluyendo en su seno todo un grupo de naciones, será tan numeroso que Joel lo compara a una invasión de langostas (Jl. 1:4), atribuyéndole el mismo poder destructor (Jl. 1:6, 7). En Ez. 38:9 se le ve como una nube que va a cubrir el país. Jl. 2:1-11 constituye una visión apocalíptica de esta invasión: carros y caballos, llama de fuego, cielo oscurecido, tierra que tiembla, cielos estremecidos. Pudiera identificarse con una batalla con intervención de armamento nuclear. «¿Quién podrá soportarlo?» (Jl. 2:11). El profeta precisa el lugar de la batalla: «el valle de Josafat (Jl. 3:2, 12), alrededor de Jerusalén. Allí es donde se decidirá el resultado de esta guerra».

(b) El resultado del cataclismo: Si Dios tiene que castigar, quiere también su salvación. Por ello, le dirige apremiantes llamamientos al arrepentimiento (Jl. 1:13-14; 2:12-17). El castigo será para Judá como un crisol de purificación. Y la terrible y rápida tempestad será seguida de una liberación milagrosa. Dios mismo intervendrá para quebrantar el espíritu del invasor y aniquilarlo (JI. 2:18-20). La descripción paralela de esta intervención divina dada por Ezequiel es aún más detallada y cataclísmica (Ez. 38:17-23; 39:1-7); el enemigo del norte hallará allí su ruina total (Ez. 39:11-17). «Éste es el día del cual he hablado» (Ez. 39:8).

Ciertos comentaristas dudan acerca de si se ha de colocar esta derrota del enemigo del norte al comienzo de la septuagésima semana de Daniel (Dn. 9:27), o si debe ser considerada como una fase de la batalla de Armagedón. (Véanse ARMAGEDÓN, GOG.). En el primer caso señalaría la victoria del Anticristo y el punto de partida del pacto malvado que él hará con Israel. Parece, sin embargo, que Joel, como Ez. 38-39, cuadra mejor con el punto de vista de un doble cumplimiento, antes de la tribulación y después del Milenio (cfr. Alexander, Ralph: «Ezequiel», Pub. Portavoz Evangélico, Barcelona, 1979, PP. 123-134). En Joel se trata en particular el primer cumplimiento, en el período que cierra la Gran Tribulación y da inicio al Milenio (cfr. Jl. 3:1-2, 11-13, 18-21).

(c) El derramamiento del Espíritu sobre Israel. El pasaje de JI. 2:28-32 constituye un capítulo aparte, el capítulo 3 en la Biblia hebrea. De esta profecía ha habido ya un primer cumplimiento parcial en Pentecostés, porque Pedro afirma: «Mas esto es lo dicho por el profeta Joel...» (Hch. 2:16-21). El Espíritu ha sido, en efecto, dado a todos los creyentes, en tanto que en el AT no era dado más que a ciertos privilegiados siervos de Dios. Pero es evidente que Pentecostés no era todavía el gran Día del fin, marcado por los fenómenos cósmicos y por el triunfo visible del Señor. Lo que además queda aún por cumplir es la conversión de «todo Israel» al Mesías, gracias a un derramamiento particular del Espíritu que la incredulidad de la nación ha retardado hasta ahora (Jl. 2:28-32; Is. 32:13-15; 34:16; Ez. 36:24-27; 39:28-29; Zac. 12:10). Cuando esto suceda, «mi pueblo nunca jamás será avergonzado» (JI. 2:26-27).

(d) La gloria del reinado mesiánico. Joel proclama el término del Día de Jehová con el anuncio del advenimiento del Señor a Sion (Jl. 3:17, 21). La prosperidad, paz y seguridad quedarán aseguradas al pueblo de Dios (Jl. 3:16, 18-20). Este reino de Cristo sobre la tierra es descrito más ampliamente por Isaías y otros profetas. Será un tiempo de inmensas bendiciones para Israel y para todas las naciones. (Véase MILENIO.)

Recapitulando, se puede decir que Joel presenta los acontecimientos del fin en el siguiente orden:

(a) Invasión de Palestina por las naciones, en el Día de Jehová (Jl. 2:1-10; cfr. Zac. 14:2; Ap. 16:14).

(b) Destrucción de los invasores por el Señor mismo (Jl. 2:11; Ap. 19:11, 21).

(c) Arrepentimiento del pueblo escogido (Jl. 2:12-17).

(d) Promesas divinas de liberación (Jl. 2:18-27).

(e) Derramamiento del Espíritu sobre Israel (Jl. 2:28-29).

(f) Retorno glorioso de Cristo, proclamación de su salvación y de su reino (Jl. 2:30-32; cfr. Hch. 15:15-17).

(g) Juicio de las naciones (Jl. 3:1-16).

(h) Descripción del reino mesiánico (Jl. 3:17-21; cfr. Zac. 14:1-21).

 

Bibliografía:

Deree, D.: «Joel», en Wycliffe Bible Commentary (Moody Press, Chicago, 1962);

Kelly, W.: «Joel», en The Minor Prophets (C. A. Hammond, Londres, 1874, PP. 61-115).

 JOHANÁN

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

= «regalo de Jehová».

(a) Hijo de Carea y capitán entre los judíos que quedaron en la tierra después de la destrucción de Jerusalén. Advirtió a Gedalías del complot que Ismael tramaba contra su vida. Cuando se llevó a cabo el asesinato, y el pueblo fue llevado cautivo, fue Johanán quien los rescató. Sin embargo, no quiso atender a las advertencias de Jeremías ni quedarse en la tierra, sino que condujo al remanente a Egipto, donde se entregaron a la idolatría (2 R. 25:23; Jer. 40:8-16; 41:11-16; 42:1-8; 43:2, 4, 5).

(b) Hijo mayor de Josías rey de Judá (1 Cr. 3:15).

(c) Hijo de Elioenai, un descendiente de David (1 Cr. 3:24).

(d) Hijo de Azarías, un sacerdote (1 Cr. 6:9, 10).

(e) El nombre de dos que acudieron a David en Siclag (1 Cr. 12:4, 12).

(f) Un efrainita, padre de Azarías (2 Cr. 28:12).

(g) Hijo de Hacatán, volvió del exilio (Esd. 8:12).

(h) Hijo de Eliasib levita (Esd. 10:6, Neh. 12:22, 23).

(i) Hijo de Tobías el amonita (Neh. 6:18).

 JOIADA

tip, BIOG SACE HOMB HOAT

vet,

= «Jehová ha conocido».

(a) Padre de Benaía, uno de los valientes de David (2 S. 8:18; 1 R. 1:8-44, etc.). En 1 Cr. 27:5 recibe el nombre de «sumo sacerdote», por lo que posiblemente es idéntico al apartado c.

(b) Sumo sacerdote durante la usurpación de Atalía. Preservó la vida de Joás, el hijo menor de Ococías, que tenía entonces un año, y consiguió, con prudencia y energía, ponerlo en el trono, haciendo ejecutar a Atalía. Se registra que Joás hizo lo recto a los ojos del Señor todos los días de Joiada; sin embargo, al morir el sacerdote, el rey olvidó todo lo que le debía, y dio muerte a Zacarías su hijo (2 R. 11:4-17; 12:2, 7, 9; 2 Cr. 22:11; 23:1-18; 24:2-25).

(c) Jefe de los aaronitas (o «príncipe de Aarón») que acudió a David en Hebrón (1 Cr. 12:27).

(d) Hijo de Benaía y uno de los consejeros de David (1 Cr. 27:34).

(e) Hijo de Paseah, reparó la puerta Vieja de Jerusalén (Neh. 3:6).

(f) Sacerdote mencionado por el falso profeta Semaías en sus cartas contra Jeremías (Jer. 29:26).

 JONADAB

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

= «Jehová es generoso».

(a) Hijo de Simea y sobrino de David. Apoyó a su primo Amnón en su deseo de poseer a su medio hermana Tamar, lo que condujo a la violación de ésta por Amnón (2 S. 13:3, 5, 32, 35).

(b) Hijo de Recab el fundador de los recabitas. Jehú lo tomó consigo para mostrarle su celo por Jehová (2 R. 10:15, 23; Jer. 35:6-19).

 JONÁN

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

Hijo de Eliaquim en la genealogía de Jesús (Lc. 3:30).

Vivió unos 200 años después de David.

 JONÁS

tip, BIOG PROF HOMB HOAT HONT

ver, JONÁS (Libro)

vet,

= «paloma».

(a) Profeta israelita. Hijo de Amitai, de Gat-hefer. Profetizó antes del final del reinado de Jeroboam II que Israel recobraría sus fronteras desde la entrada de Hamat hasta el mar del Arabá (2 R. 14:25; Jon. 1:1). (Véase JONÁS [LIBRO DE].)

(b) Padre de Simón Pedro (Mt. 16:17; Jn. 1:42; 21:15).

 JONÁS (Libro)

tip, LIBR TIPO LIAT

ver, NÍNIVE

vet,

El quinto de los «Profetas Menores». La importancia del elemento biográfico lo distingue de entre los demás escritos proféticos. Se puede dividir en tres secciones:

(a) La desobediencia de Jonás (Jon. 1). Jehová le había dado orden de que se dirigiera a Nínive y que profetizara contra aquella ciudad, a lo que se rebeló. Se embarcó en Jope (el mismo puerto que aparece en Hch. 9:38, que hoy recibe el nombre de Jafa) para huir a Tarsis. Se desató una violenta tormenta, y la nave peligraba. Los marinos echaron suertes para saber cuál era la causa de esta desgracia. La suerte recayó en Jonás. Habiendo relatado a los marinos que había desobedecido a Jehová su Dios, añadió: «Echadme al mar, y el mar se os aquietará» (Jon. 1:12). Los marinos lo hicieron muy a su pesar, y la tormenta cesó. Un gran pez que el Señor había preparado tragó a Jonás (Jon. 1:14-17).

(b) La oración de Jonás (Jon. 2). Asombrado al encontrarse aún vivo en el seno del mar, el profeta da gracias a Dios, que lo había salvado, y expresa su certeza de la liberación final. El pez vomita a Jonás sobre tierra.

(c) La predicación de Jonás y sus resultados (Jon. 3-4). Al recibir por segunda vez la orden de dirigirse a Nínive, Jonás obedece y proclama su mensaje. Los ninivitas se arrepienten públicamente, y Dios perdona a la ciudad. Esta mansedumbre disgusta a Jonás; se siente lleno de despecho, no sólo debido a que el arrepentimiento del pueblo había hecho nula su profecía (porque tanto el profeta como sus oyentes estaban a la espera de los acontecimientos, Jon. 3:9; 4:2), sino también probablemente debido a que Jonás presentía que la supervivencia de Nínive determinaría el aplastamiento de su propia patria. Al secar la calabacera, tan útil para protegerse del ardor del sol, el Señor enseña a su profeta la lección de la compasión divina hacia sus criaturas, con independencia de su procedencia étnica.

El motivo que impulsó a Jonás a huir fue probablemente un patriotismo estrecho y mal entendido. El profeta temía que Nínive se arrepentiría y que la misericordia de Dios preservaría la ciudad; en suma, deseaba abiertamente la destrucción de Nínive (Jon. 4:2, 4, 11), el poderoso enemigo de Israel. La preservación de Nínive iba a entrañar el juicio sobre Israel.

El objeto del libro es enseñar ante todo que los designios misericordiosos de Dios no tienen que ver exclusivamente con los hijos de Abraham, sino también con los gentiles, todavía ignorantes de la ley de Israel. Además de esta gran lección, el libro de Jonás constituye una ilustración de varias verdades típicas:

(a) Nínive se arrepiente por la predicación de un solo profeta, en tanto que Israel permanece insensible a pesar de los muchos profetas que le han sido enviados (cfr. Mt. 12:41). Se da un hecho general que se repetirá en el porvenir: Los gentiles aceptan más prestamente que Israel la enseñanza divina: los gentiles no siguen con mayor facilidad la ley moral, pero sí aceptan con mayor rapidez la totalidad de la Revelación (cfr. Is. 2:2-4 con v. 5).

(b) Jonás, israelita servidor de Dios, es enviado a predicar a los gentiles, lo que muestra que Dios se quiere servir de su pueblo para llevar a los gentiles al arrepentimiento y a la fe. Jonás no es el único israelita que ilustra esta verdad: Elías fue enviado a una viuda de Sarepta (1 R. 17); Eliseo sanó a Naamán el sirio (2 R. 5); Cristo habló de Dios a la samaritana, y sanó a la hija de una mujer sirofenicia (Jn. 4; Mr. 7).

(c) Jonás, el profeta desertor, es arrojado al mar, pero es salvado para poder cumplir su misión. Ciertos comentaristas han sacado de este hecho una interpretación alegórica: Jonás simbolizaría el pueblo de Israel, elegido para ser testimonio de la verdad divina a las naciones. Enviado a Nínive, el profeta rehúsa dar su mensaje de parte de Dios, lo mismo que Israel rechaza al Mesías y lo deja crucificar por los gentiles, en lugar de aportarles el evangelio. El profeta, huyendo por mar en una nave, es azotado por la tempestad y finalmente tragado por el pez; de la misma manera, el pueblo, en medio de las pruebas más terribles, es «tragado» por la deportación (cfr. Jer. 51:34, 44) y por la dispersión mundial. Jonás no es digerido por el pez, como los judíos no son asimilados por los otros pueblos; el profeta invoca a Jehová (Jon. 2), de la misma manera que Israel en el exilio se acuerda de Dios, y desea ardientemente su restauración. El pez vomita a Jonás sobre la costa de Palestina, de donde había partido, de la misma manera que las naciones dejarán a Israel sobre las costas de su patria. Luego, Dios dirige a Jonás un segundo llamamiento; el profeta obedece al fin, dirigiéndose a Nínive, y la ciudad se convierte en masa. De la misma manera, Israel, al volver a Palestina, halla allí el arrepentimiento y una nueva vocación de evangelizar a los gentiles, que serán convertidos a su vez (Is. 66:18-20; 2:2-4; Zac. 8:20-23).

(d) Jonás, arrojado a las profundidades del Seol, sale vivo del abismo (Jon. 2:2, 6). Según Mt. 12:40, es un tipo del Mesías sepultado y resucitado tres días después.

(e) El libro de Jonás puede ser considerado como un verdadero tratado de misiones entre los gentiles. En efecto, ilustra la culpabilidad y perdición del mundo sin Dios; el amor del Señor hacia todas sus criaturas, el llamamiento que les hace, la salvación ofrecida, el anuncio del juicio; el papel del mensajero del Señor, sus motivos y las consecuencias de su desobediencia; la posibilidad de renovación de su llamamiento; el arrepentimiento y liberación de un pueblo entero; la demostración, en fin, de que los últimos pueden llegar a ser los primeros.

 

Autor, fecha y autenticidad.

La palabra de Jonás citada en 2 R. 14:25 tiene que haber sido proclamada al principio del reinado de Jeroboam II, hacia el año 780 a.C. El libro de Jonás no da fecha, pero es indudable que fue redactado por el mismo profeta a su retorno de Nínive. La visita a Nínive pudo tener lugar entre los años 780 y 750 a.C. Los críticos ponen en tela de juicio su autenticidad, y consideran la obra como una leyenda, un mito, una parábola. Afirman no poder admitir sus elementos milagrosos; pero los milagros citados aquí no son más increíbles que las plagas de Egipto, el paso del mar Rojo, la columna de fuego y de humo, el maná, la roca de Horeb, o la resurrección de Cristo. Los que rehúsan admitir la posibilidad de tales milagros sitúan la redacción del libro después del exilio, alrededor del siglo IV a.C. o posteriormente. Pero se puede evidenciar el carácter histórico de la obra y su unidad por las siguientes razones:

(a) El estilo es narrativo, los nombres no son simbólicos. El lector sin opiniones previas recibe la impresión de que se trata de un relato auténtico. Es indiscutible que el mismo Jonás fue un personaje histórico. Jesús afirma que Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del gran pez. Afirma asimismo el milagro del arrepentimiento de los moradores de Nínive al oír la predicación de Jonás. Así, todo el relato del libro de Jonás queda autentificado por la autoridad de Cristo. La importancia dada por el Señor al milagro de Jonás es tan grande que puede declarar que a su generación no le será dada otra señal que ésta (Mt. 12:39-41; Lc. 11:29-32). Si admitimos la autoridad del Hijo de Dios, es insostenible el rechazo de la autenticidad del libro de Jonás y su carácter sobrenatural. Tampoco puede considerarse como una mera leyenda o parábola.

(b) Se ha echado mucho ridículo sobre la historia de la «ballena» de Jonás, debido a que las ballenas no pueden tragar a un hombre; además, raras veces aparecen por el Mediterráneo. Pero la verdad es que el texto no habla de una ballena, sino de un gran pez, de un monstruo marino. Hay grandes tiburones que pueden tragarse hombres enteros. Durante el siglo pasado y el presente han circulado varias noticias acerca de personas rescatadas con vida de las entrañas de grandes animales marinos. En Princeton Theological Review, por ejemplo, se narra el caso de un hombre que, caído al mar, fue rescatado tres días después, inconsciente pero vivo, al capturar un ballenero un mamífero marino y abrirlo (vol. 25 [1927], p. 636). No hay motivo alguno para dudar del relato, excepto la incredulidad que no acepta que Dios pueda intervenir, y que desconoce el poder de Dios.

(c) La inmensidad de Nínive (Jon. 3:3; 4:11), que había sido puesta en tela de juicio por ciertos críticos, ha sido confirmada por las excavaciones arqueológicas. La ciudad interior tenía catorce kilómetros de perímetro y se desparramaba en numerosos suburbios alejados entre sí un buen número de kilómetros (véase NÍNIVE).

(d) Debido a la presencia de arameismos en el texto, se ha argüido que ello indica una fecha tardía. Pero no puede descartarse una influencia aramea en el reino del norte en los tiempos anteriores a Jeroboam II, debido a los muchos contactos comerciales con el exterior, Las correspondientes con Jeremías y ciertos salmos no tienen peso en este argumento, como se documenta en el estudio de R. D. Wilson «The Authenticity of Jonah», en Princeton Theological Review, vol. 16, PP. 280-298, 430-456.

(e) El argumento de por qué el rey de Asiria recibe el nombre de «rey de Nínive» en Jon. 3:6 no se sostiene, por cuanto en otros pasajes del AT se usan apelaciones semejantes. El rey de Israel recibe el nombre de rey de Samaria (1 R. 20:43; 21:1), y el rey de Siria, el de rey de Damasco (2 Cr. 24:23).

(f) En general, los críticos rechazan el «salmo» del capítulo 2, pero con ello destruyen la simetría del libro, en el que cada mitad comprende dos capítulos. Estos autores acusan a Jonás de no pronunciar una oración sino un cántico de liberación; con esto exhiben su ignorancia de que la esencia misma de la oración es la confianza y la acción de gracias. Se ha de observar que este salmo es la acción de gracias de Jonás no por haber salido del pez, sino por haber escapado a morir ahogado. Todas las expresiones de su oración tienen este sentido.

(g) Para los críticos, toda noción universalista de la salvación es tardía e incluso postexílica. Pero esta concepción es arbitraria, porque desde el mismo principio la Biblia afirma que el objetivo de Dios es el de salvar a toda la raza humana y a todas las naciones de la tierra (Gn. 9:17; 12:3; 18:18; 49:10; Sal. 72:8-11, etcétera).

(h) Es perfectamente plausible que los ninivitas se arrepintieran. Su imperio estaba entonces en una precaria situación, y su historia menciona las epidemias de los años 765 y 759 a.C., así como un eclipse total en el año 753, todo lo cual era considerado como señales de la ira divina. Cierto que ignoramos qué relaciones puedan existir entre estas señales y Jonás; pero la llegada de un profeta extranjero, del que los ninivitas pudieron llegar a conocer su extraña odisea, pudo llegar a conmoverlos. Señalemos aquí que se trata de su arrepentimiento, y no de su conversión total. De la misma manera hubo avivamientos nacionales en Judá bajo los reinados de Ezequías y Josías; sin embargo, éstos duraron bien poco; el retorno nacional a Dios fue pasajero y no impidió la tragedia final. En cuanto al silencio de la historia profana acerca de ello, si fue un arrepentimiento fugaz, al no haberse dado el cumplimiento de la profecía de destrucción, es posible que los corazones de los ninivitas se vol

vieran pronto a sus viejos caminos (cfr. Jer. 34:8-11 ss). Con mayor razón, los historiadores paganos habrían pasado este episodio en silencio. De todas maneras, el argumento del silencio no tiene verdadero fundamento. Hace pocos decenios, debido al hecho de que no se conocía ninguna referencia extrabíblica a los hititas (heteos), se declaraban un error las 47 alusiones a los heteos en la Biblia. Los descubrimientos arqueológicos efectuados con posterioridad han reducido a la nada todas las anteriores afirmaciones. Queda la posibilidad de que un día salgan a la luz de las ruinas de Nínive las tabletas que serían el relato ninivita de la predicación de Jonás y sus consecuencias.

Mientras, no hay razón alguna para no aceptar totalmente el testimonio de la profecía y de Jesucristo, aceptando como justa la superinscripción de este pequeño libro: «Vino palabra de Jehová a Jonás hijo de Amitai...» (Jon. 1:1).

Bibliografía:

Aalders, G. C.: «The Problem of the Book of Jonah» (Tyndale Press, Londres, 1948);

Kelly, W.: «Jonah», en The Minor Prophets (C. A. Hammond, Londres, 1874, reimpresión s/f);

Livingstone, G. H.: «Jonás», en Comentario Moody del Antiguo Testamento (Pub. Portavoz Evangélico; en inglés: Wycliffe Bible Commentary, Chicago, 1962);

Robinson, D. W. B.: «Jonás», en Nuevo Comentario bíblico (Casa Bautista de Publicaciones, El Paso, 1977).

 JONATÁN

tip, BIOG SACE HOMB HOAT

ver, MEFI-BOSET

vet,

= «Jehová ha dado».

(a) Levita, hijo o descendiente de Gersón hijo de Moisés (Jue. 18:30). Indudablemente se trata del mismo levita que fue a Belén de Judá, y que después salió de esta ciudad para buscar otra residencia. En el monte de Efraín consintió en servir como sacerdote a sueldo en la casa de Micaía; en contra de la Ley, el joven levita consintió en ello. Posteriormente, el ídolo fue robado por danitas emigrantes, y el sacerdote vino a ser el primero en una línea que se mantuvo hasta «el día del cautiverio de la tierra» (Jue. 18:30). Este cautiverio tiene referencia al exilio del arca de Silo (cfr. Jue. 18:31).

(b) Primogénito de Saúl (1 S. 14:49; cfr. 1 S. 20:31). Fue hombre valiente y lleno de fe. Dio muerte a la guarnición filistea en Geba (1 S. 13:2, 3). Los filisteos reunieron sus ejércitos; Jonatán fue sólo acompañado de su escudero, confiado en el Señor, y se enfrentó con ellos, y los filisteos cayeron ante él. Desconocedor de la maldición pronunciada por su padre contra quien comiera nada hasta la noche, Jonatán tomó un poco de miel silvestre. Deseando seguir la victoria, Saúl inquirió de Jehová, pero sin recibir respuesta. Por ello se echaron suertes para saber por qué el Señor no respondía, y la suerte cayó sobre Jonatán. Saúl sentenció que Jonatán debía morir, pero el ejército lo impidió (1 S. 14:1-46).

A la muerte de Goliat a manos de David, Jonatán hizo pacto con él, porque «lo amó como a sí mismo» (1 S. 18:1), y le dio de sus ropas y sus armas (1 S. 18:3-4). Después protegió a David de la ira de Saúl, aunque era heredero del trono, y consintió en que David fuera el rey; él sólo deseaba ser el segundo en el reino, tras David (1 S. 19:1-7; 20:1-42; 23:16-18). Sin embargo, Jonatán se quedó atrás con su padre, en lugar de dar una adhesión incondicional al elegido de Dios, y con su padre murió (1 S. 30:2). Es tipo de la persona de doble ánimo, y muestra el peligro de no actuar de una manera decidida (cfr. 1 S. 20:42; 23:16, 18).

En cumplimiento de su juramente con Jonatán, David tomó bajo su protección a Mefi-boset su hijo. Véase MEFI-BOSET.

(c) Hijo de Abiatar el sumo sacerdote (2 S. 15:27, 36; 17:17, 20; 1 R. 1:42, 43).

(d) Hijo de Simea hermano de David, dio muerte a un gigante (2 S. 21:20-22).

(e) Tío o pariente de David, su consejero y secretario (1 Cr. 27:32).

(f) El escriba en cuya casa estuvo encarcelado Jeremías (Jer. 37:15, 20; 38:26).

(g) Hay además otros nueve personajes con este nombre en el AT: 2 S. 23:32; 1 Cr. 11:34; 2:32, 33; Esd. 8:6; 9:15; Neh. 12:11, 14; 12:35; Jer. 40:8.

 JOPE

tip, CIUD PUEM

sit, a2, 150, 303

vet,

= «belleza».

Antigua ciudad fortificada y puerto de mar, atribuida a la tribu de Dan (Jos. 19:46). Se halla a unos 55 Km. de Jerusalén. Recibía la madera enviada desde Tiro para la construcción del Templo de Salomón (2 Cr. 2:16).

Desde este puerto embarcó Jonás para dirigirse a Tarsis (Jon. 1:3), intentando escapar de Dios.

Al emprenderse la reconstrucción del Templo después del exilio babilónico, volvió a ser el puerto de recepción de la madera del Líbano para este fin (Esd. 3:7).

Allí el apóstol Pedro resucitó a Tabita, y moró un cierto tiempo en casa de un curtidor llamado Simón (Hch. 9:36-43). Allí fueron a buscarlo los siervos de Cornelio desde Cesarea (Hch. 10:5-48).

Hoy se llama Jafa, y se halla a orillas del Mediterráneo, sobre una colina de poco más de 35 m. de altura, Es un importante puerto del estado de Israel, y forma la conurbación Tel-Aviv-Jafa, con unos 360.000 habitantes contando sólo la zona central de Tel Aviv-Jafa. Sin embargo, su entidad metropolitana, que comprende también las ciudades de Ramat Gan, Holon y otras adyacentes o muy cercanas, constituye la mayor conurbación de Israel, con más de un millón y medio de habitantes. Fuente: www.travelnet.co.il/tnet/israel/cities/telaviv/ (abril 1998).

 JORAM

tip, BIOG REYE HOMB HOAT

vet,

= «Jehová es ensalzado».

(a) Hijo y sucesor de Josafat rey de Judá (853-841 a.C.). Los primeros cuatro años reinó en corregencia con su padre. Se casó con Atalía, hija de Acab y Jezabel. Dio muerte a sus seis hermanos y estableció la adoración a Baal en Jerusalén. Fue atacado por los filisteos y árabes, que se apoderaron de sus mujeres e hijos. Fue advertido acerca de sus acciones por un escrito del profeta Elías (escrito indudablemente con antelación, cfr. 2 Cr. 21:12), en el que le anunciaba que Dios azotaría a su pueblo con una plaga gravosa. La enfermedad del rey sería tal que sus entrañas se desparramarían. Fue de esta manera que penosamente murió (1 R. 22:50; 2 R. 1:17; 8:16-29; 11:2; 12:18; 1 Cr. 3:11; 2 Cr. 21:1-20; 22:1, 11; Mt. 1:8).

(b) Hijo de Acab y Jezabel. Sucedió a su hermano Ocozías rey de Israel, y reinó doce años (852-841 a.C.). Quitó los baales, pero siguió con el pecado de los becerros de oro en Dan y Bet-el (2 R. 3:1-3). Se alió con Josafat contra el rey de Moab, que se había rebelado contra él. En la batalla, las tropas aliadas de Israel, Judá y Edom consiguieron la victoria, lo que llevó a que el rey de Moab, en su desesperación, ofreciera a su primogénito en holocausto sobre el muro, con lo que los israelitas se fueron (2 R. 3:4-27). En época de Joram tuvo lugar el sitio de Samaria por parte de los sirios, con una terrible hambre, y su liberación milagrosa (2 R. 6:24-7:20), y también la curación de la lepra de Naamán (2 R. 5). En cumplimiento de la profecía contra la casa de Acab (cfr. 1 R. 21:20-24), Jehú dio muerte a Joram (2 R. 9:1-23), arrojando su cadáver en el campo de Nabot (2 R. 9:24-26).

(c) Otros personajes que llevan este nombre son mencionados en 2 S. 8:10; 1 Cr. 18:10; 26:25; 2 Cr. 17:8.

 JORDÁN

tip, RIOS

sit, a2, 454, 285

vet,

= «el que desciende»

La corriente de agua más importante de Palestina. Tiene diversas fuentes. La fuente oriental se halla en Banias, la antigua Cesarea de Filipo, de donde brota una corriente abundante, el Banias, de una gruta elevada. La fuente central se halla en Tell el-Kadi, probablemente la antigua Dan. Allí brotan, en dos lugares, las aguas que forman el río Leddan. La tercera fuente, la más septentrional y elevada de las tres, es perenne; brota debajo del pueblo de Hasbeya y da origen al curso de agua llamado Hasbany. Según Thomson, este río tiene 64 Km. más que los otros dos, siendo que el Leddan es el más caudaloso y el Banias el más bello. Este último recorre más de 19 Km. antes de llegar al lago de Huleh. La unión del Banias y del Leddan se halla casi a mitad de camino entre el lugar llamado Banias y el lago de Huleh; la confluencia de este nuevo río con el Hasbany se halla a 1,5 Km. más abajo. El lago Huleh tiene más de 6 Km. de longitud. El Jordán sale al sur de este lago, y corre casi 17 Km., hasta el lago de Galilea que mide casi 21 Km. de longitud. Después de haber cruzado esta extensión de agua, el río sigue un curso sinuoso, dirigiéndose hacia el mar Muerto, a unos 105 Km., a vuelo de pájaro, del extremo meridional del lago de Galilea. Desde Banias hasta el mar Muerto, el Jordán mide más de 167 Km., si se tiene en cuenta la longitud de los dos lagos, y se descartan los meandros.

Es el único río del mundo cuyo curso se halla, en la mayor parte de su longitud, por debajo del nivel del mar. Cuando brota de la gruta de Banias, el Jordán se halla a unos 300 m. por encima del nivel del Mediterráneo. Cuando entraba en el valle de Huleh, este lago, desecado en la actualidad por los israelitas, tenía 3-4 m. de profundidad, y su superficie se hallaba a unos 2 m. sobre el nivel del mar. Desciende a continuación unos 208 m., hasta llegar a la entrada del mar de Galilea. Al desembocar en el mar Muerto, el Jordán se halla a 366 m. por debajo del nivel del Mediterráneo. Es evidente que este curso de agua merece bien su nombre, de raíz semita, «Yardën», «el que desciende».

Desde el mar de Galilea al mar Muerto hay 27 rápidos importantes y un gran número de otras caídas de menor importancia. La zona meridional del valle es una zona verdaderamente tropical. Josefo (Guerras 4:8, 3) dice que la irrigación permitía cosechas lujuriantes.

Lot eligió este fértil lugar sin tomar en cuenta ninguna consideración moral (Gn. 13:8-13).

Antes de la llegada de los romanos, el río carecía de puentes. Se tenía que cruzar mediante numerosos vados de fácil acceso. Estos vados se hallaban a lo largo del descenso del Jordán, hasta la desembocadura del Jaboc, que cruzó Jacob (Gn. 32:10; 33:18). Por debajo de este lugar el Jordán sólo es vadeable durante unas pocas ocasiones en el año.

Josué atravesó el Jordán a pie enjuto (Jos. 3:1-17; 4:1-24; Sal. 114:3, 5). Ha habido varias ocasiones en tiempos modernos en que ha quedado al descubierto el lecho del Jordán, debido a la formación de un dique natural. En el siglo XIII el sultán Bibars había dispuesto la construcción de un puente a través del Jordán. La crecida del río dificultaba los trabajos. En la noche del 7 al 8 de diciembre de 1267 se derrumbó un cerro de gran altura que dominaba las aguas al oeste, obstruyendo el curso del agua, con lo que el río estuvo detenido durante dieciséis horas. Sucesos análogos tuvieron lugar en 1906 y 1927. Es posible que en época de Josué, bajo la dirección divina, sucediera algo parecido. Dios se sirve tanto de las fuerzas de la naturaleza como de acciones sobrenaturales para llevar a cabo su voluntad. En todo caso, fue bajo su dirección que tuvo lugar aquel suceso. Fue el escenario de grandes hechos históricos. David lo cruzó huyendo de Absalón y volviendo para recobrar el reino (2 S. 17:22, 24; 19:15-18). Yendo a ser arrebatado por un carro de fuego, Elías lo cruzó con Eliseo de forma milagrosa (2 R. 2:8-9, 14). Allí logró Naamán su curación de la lepra (2 R. 5:13). Juan el Bautista ejercía allí su ministerio del bautismo, y allí fue bautizado el Señor Jesucristo (Mt. 3:6, 13-17). En la actualidad constituye la frontera entre Israel y Jordania.

 JORNAL, JORNALERO

tip, LEYE

vet,

En la antigüedad, era frecuente pagar en especie (Gn. 29:15, 20; 30:28-34), pero también con plata (Éx. 2:9).

La Ley de Moisés ordenaba pagar a los jornaleros al caer la tarde (Lv. 19:13; Dt. 24:14, 15).

Los profetas denunciaban a los que retenían el jornal debido a sus trabajadores (Jer. 22:13; Mal. 3:5; Stg. 5:4).

En la época de Cristo, el salario de un día de trabajo era de un denario (equivalente a unos cuatro gramos de plata, cfr. Mt. 20:2). La capacidad de compra de esta suma era grande, aunque no la conocemos con exactitud (cfr. Lc. 10:35).

 JOSABET

tip, BIOG MUJE MUAT

vet,

= «juramento de Dios».

Hija de Joram y tía de Joás, reyes de Judá (2 R. 11:1-3; 2 Cr. 22:11).

 JOSADEC

tip, BIOG SACE HOMB HOAT

vet,

= «Dios es justo».

Levita de los que regresaron con Zorobabel de la cautividad (Esd. 3:2, 8; Neh. 12:26; 1 Cr. 6:15).

 JOSAFAT

tip, BIOG VALL REYE ESCA HOMB HOAT

ver, ATALÍA, JOÁS, JORAM

vet,

= «Jehová ha juzgado».

(a) Rey de Judá, hijo y sucesor de Asa. Parece que estuvo asociado en el trono con su padre en el año 37 de su reinado, el año 11 de Omri (1 R. 16:28, 29, LXX), reinando en solitario cinco años más tarde, alrededor del año 871 a.C. (1 R. 22:41, 42; 2 Cr. 17:1). Reinó veinticinco años, si se incluye el período de corregencia con Asa. Tenía 35 años al iniciar su reinado. Su madre se llamaba Azuba hija de Silhi (1 R. 22:42). Fue un rey piadoso, adorando a Jehová, no buscando los baales (cfr. 1 R. 22:43; 2 Cr. 17:3), aunque el pueblo seguía sacrificando en los lugares altos (1 R. 22:44). Por ello, Dios otorgó una gran prosperidad al rey. Josafat tomó medidas para instruir al pueblo en la Ley de Jehová por las ciudades de Judá (2 Cr. 17:7-9). El terror del Señor cayó sobre los reinos vecinos, y los árabes y filisteos se hicieron tributarios de Josafat (2 Cr. 17:10, 11). Puso guarniciones en las ciudades fuertes de su reino (2 Cr. 17:12-19), e hizo la paz entre Israel y Judá, que desde la época de Roboam habían estado en guerra entre sí, casando a su hijo Joram con Atalía, la hija de Acab y Jezabel. Ésta fue una unión imprudente que traería funestas consecuencias (véanse ATALÍA, JOÁS, JORAM; cfr. 1 R. 22:45; 2 R. 8:18, 26 y 2 R. 11). Sin embargo, hizo finalmente desaparecer de Judá los lugares altos, y centralizó la adoración de Dios en Jerusalén, conforme a la Ley (2 Cr. 17:5, 6), destruyendo también a los sodomitas (1 R. 22:47).

Aliado con Acab, combatió contra los sirios para reconquistar para Israel la ciudad de Ramot de Galaad. Acab murió en aquella batalla. Josafat fue reprendido por sus impías alianzas por un profeta llamado Jehú (2 Cr. 19:1). Más tarde, Dios intervino en su favor destruyendo providencialmente la liga de moabitas, amonitas y edomitas que se había formado contra él (2 Cr. 20). Después, mostrando su propensión a la alianza con la casa de Israel, emprendió una empresa comercial junto con Ocozías; Dios desbarató sus planes destruyendo los navíos que habían preparado en Ezión-geber (2 Cr. 20:35-37). Murió a los 60 años, hacia el año 850 a.C., y fue sepultado en la ciudad de David, sucediéndole Joram su hijo.

(b) Otros personajes que llevan el nombre de Josafat son:

un archivero bajo los reinados de David y Salomón (2 S. 8:16; 20:24; 1 R. 4:3);

un valiente de David (1 Cr. 11:43);

un sacerdote cuando el arca fue llevada a Jerusalén por David (1 Cr. 15:24);

un intendente de Salomón (1 R. 4:17);

el padre de Jehú rey de Israel (2 R. 9:2, 14).

(c) Valle donde el Señor juzgará al fin de los tiempos a las naciones (Jl. 3:2, 12). Ya en la época de Eusebio, en el siglo IV d.C., se identifica el valle de Josafat con el del Cedrón. Sin embargo, esta identificación es una mera suposición, basada en los pasajes citados y en Zac. 14. Ningún valle conocido ha llevado este nombre. El profeta Joel pudo haber escogido este nombre debido a su valor simbólico, por cuanto significa «Jehová ha juzgado».

 JOSÉ

tip, BIOG FUNC TIPO HOMB HOAT HONT

ver, GENEALOGÍA (de Jesús), EGIPTO (Estancia israelita), TIPO, TIPOLOGÍA, JESUCRISTO, MARÍA, MATÍAS

vet,

= «que él (Dios) añada». (Heb.: «Yãsaph».).

Tiene también la resonancia de una forma verbal que significa «él eleva». En Gn. 30:23, 24 el escritor juega con el nombre y las dos etimologías, no dando la raíz de la palabra, sino la razón por la que el nombre fue dado.

1. Undécimo hijo de Jacob y primogénito de Raquel (Gn. 30:22-24). Su historia ocupa los capítulos 37, 39-50 del libro de Génesis. Nació en Padán-aram (Mesopotamia) seis años antes del retorno de Jacob a Canaán (Gn. 30:25; cfr. Gn. 31:41), cuando Jacob tenía 90 o 91 años. El favoritismo paterno hacia él provocó la envidia de sus hermanos. Es bien conocida la historia de cómo primero sus hermanos pensaron en darle muerte, y al final lo vendieron a una caravana de mercaderes que se dirigía a Egipto y su compra por Potifar, oficial de la guardia de Faraón (Gn. 37), su encarcelamiento por el despecho de la esposa de Potifar, que no consiguió seducirlo (Gn. 39), el sueño del copero y panadero de Faraón, encarcelados con él (Gn. 40); el doble sueño de Faraón y su interpretación por José, anunciando siete años de prosperidad y siete de hambre, junto con su ascensión a primer ministro de Faraón (Gn. 41); la llegada de los hermanos de José para comprar alimentos, y los tratos de José con ellos, para inducirlos al arrepentimiento (Gn. 42-45); la emigración de Jacob y toda su familia a Egipto y su establecimiento en la tierra de Gosén bajo la protección de Faraón y de José (Gn. 46-47); las bendiciones y muerte de Jacob (Gn. 48-49) y la muerte de José (Gn. 50).

Muchos autores sitúan el período egipcio de la vida de José bajo los faraones hicsos. Sin embargo, las dificultades de este punto de vista van aumentando con las investigaciones. La cronología egipcia tradicional está llena de problemas que hallan su solución más satisfactoria con una revisión que la haga coherente con la evidencia interna de los monumentos e inscripciones y con la evidencia etnológica de los países de aquel área. Los trabajos de Velikovsky y de Courville indican que, en lugar de las fechas comúnmente aceptadas de alrededor del año 1871 a.C. bajo la dinastía XII de los hicsos, la ascensión de José al puesto de primer ministro en Egipto se sitúa alrededor del año 1665 a.C. (aceptándose un intervalo de 215 años para la estancia de Israel en Egipto [véase EGIPTO (Estancia israelita), c, Duración de la estancia en Egipto]), como visir de Sesostris I. Courville identifica a Mentuhotep con José en base a la coincidencia de sus circunstancias personales e históricas en las inscripciones y monumentos con las de José en las Escrituras (cfr. Courville, «the Exodus Problem and its Ramifications», vol. 1, PP. 133-161 [véase EGIPTO, Bibliografía]). Por otra parte, los costumbrismos y el colorido del relato de José en Egipto son netamente egipcios, y concuerdan con el marco histórico de manera fidedigna. Nombres como Potifar, Zafnat-panea, Asenat, Potifera, On (Gn. 39:1; 41:45, etc.), y los títulos de los funcionarios, son evidencia de un registro exacto de los acontecimientos. En Gn. 41:14 se señala que, a pesar de la urgencia con la que se hizo salir a José de la cárcel, tuvo que ser afeitado y cambiado de ropas antes de presentarse ante Faraón. Los egipcios no llevaban barba, y el ceremonial exigía que los sacerdotes fueran rasurados. Los monumentos y los papiros dan la misma descripción que Génesis para la investidura de altos cargos: imposición de collar, anillo, y vestiduras de lino. Un magno giro económico hizo que todas las tierras, excepto las de los sacerdotes, vinieran a ser propiedad de los faraones. Es según la etiqueta egipcia que la comida fue servida por separado a José, a sus hermanos, y a los invitados egipcios (Gn. 43:32). José comía solo, a causa de su rango y de su pertenencia a la clase sacerdotal, que le impedía mezclarse con los inferiores. Había una mesa especial para los egipcios, por cuanto éstos debían mantenerse apartados de los extranjeros. Los pastores, porqueros y vaqueros, incluso egipcios, eran relegados al ostracismo, porque se consideraba que el cuidado de los animales era incompatible con el nivel de refinamiento y propiedad que exigían los egipcios (Gn. 46:34; Herodoto 2:47; cfr. 164). Es posible, debido a esto, que José instalase a su familia en el país de Gosén, donde los hebreos estaban alejados de los egipcios.

Las tribus de Manasés y de Efraín descendían de los hijos de José. Las bendiciones que Jacob pronunció desde su lecho mortuorio para José se dirigían tanto a él como a estas dos tribus (Gn. 48:8-22; 49:22-26). El nombre de José en el Sal. 80:2 designa poéticamente a las tribus de Manasés y de Efraín.

José es, tipológicamente, una notable profecía del Señor Jesucristo: rechazado por sus hermanos, el pueblo judío, que será finalmente restaurado por el Señor, mediante el arrepentimiento, a una tierra feraz, después de haber pasado por juicios. Durante su rechazamiento, José contrae matrimonio con una mujer gentil, tipo de la Iglesia, asociada al Señor también en su rechazamiento. (Véanse TIPO, TIPOLOGÍA.)

2. Otros personajes llamados José:

Uno de los hermanos de Jesús (Mt. 13:55; Mr. 6:3).

Tres antepasados de Jesús (Lc. 3:24, 26, 30).

Nombre propio de Bernabé, el compañero de misión de Pablo (Hch. 4:36).

Barsabás, que tenía por sobrenombre «Justo», y nominado como candidato a tomar la vacante dejada por Judas en el Colegio Apostólico, se llamaba José. Fue Matías el elegido (Hch. 1:21-26). (Véase MATÍAS.)

Otros aparecen en Nm. 13:7; 1 Cr. 25:2; Esd. 10:42; Neh. 12:14).

 JOSÉ DE ARIMATEA

tip, BIOG FUNC HOMB HONT

ver, GENEALOGÍA (de Jesús), EGIPTO (Estancia israelita), TIPO, TIPOLOGÍA, JESUCRISTO, MARÍA, MATÍAS

vet,

= «que él (Dios) añada». (Heb.: «Yãsaph».).

Miembro del sanedrín, hombre rico y distinguido, esperaba el reino de Dios (Mr. 15:43). No había consentido en la sentencia de muerte pronunciada contra Jesús, por cuanto era discípulo secreto de Él, al igual que Nicodemo, el único otro miembro del concilio que tenía fe en Él. Valerosamente, José reclamó el cuerpo de Jesús a Pilato, y lo sepultó en su propio sepulcro nuevo, cumpliendo así la profecía de Is. 53:19 (Mt. 27:57-60; Lc. 23:50-53; Jn. 19:38).

 JOSÉ (Esposo de María)

tip, BIOG HOMB HONT

ver, GENEALOGÍA (de Jesús), EGIPTO (Estancia israelita), TIPO, TIPOLOGÍA, JESUCRISTO, MARÍA, MATÍAS

vet,

Era un hombre «justo». Al ver el estado grávido de María sospechó, naturalmente, que le había sido infiel, y decidió repudiarla secretamente sin causar ningún escándalo público (Mt. 1:18, 19). Al revelarle un ángel la verdadera razón, fue obediente a las instrucciones que recibió de Dios en cuanto a su esposa (Mt. 1:20) y en la misión de proteger al niño Jesús. Era de la casa y linaje de David, dándose su genealogía en Mt. 1-y quizá también en Lc. 3. (Véase GENEALOGÍA (de Jesús)). La visita a Jerusalén cuando el Señor tenía doce años de edad es el último incidente en el que aparece. Recibe en una ocasión el apelativo de «el carpintero» (Mt. 13:55), como también lo fue el Señor (Mr. 6:3). Era la costumbre que todos los judíos aprendieran un oficio (Mt. 1:16-25; 2:13, 19; Lc. 1:27; 2:4-43; 3:23; 4:22; Jn. 1:45; 6:42). (Véanse JESUCRISTO, MARÍA.)

Circula una apócrifa Historia de José el Carpintero, que data del siglo IV o V d.C.; originalmente redactada en copto, fue conservada en árabe. Se conocen traducciones al inglés, francés y alemán. Fue usado por una secta monofisita copta que glorificaba a José.

 JOSEFO (Flavio)

tip, SACE BIOG HIST HOMB HONT LIBR

ver, DIÁSPORA

vet,

Descendiente de la familia sacerdotal, nació en Jerusalén el año 37 o 38 d.C. Perteneciente al partido fariseo, comenzó la carrera de abogado a los 26 años, dirigiéndose a Roma, donde consiguió la absolución de unos sacerdotes judíos. En el año 66 d.C., tomó parte en la revuelta judía contra los romanos. Hecho prisionero, y después liberado, se puso al servicio de estos últimos. Acompañó a Tito en su última campaña en Palestina, estando presente en la caída de Jerusalén el año 70 d.C. Establecido en Roma y gozando del favor imperial, se consagró a la redacción de sus obras, muriendo a fines del siglo I.

Obras:

Las Guerras de los Judíos da relación de la historia de los judíos desde los Macabeos hasta la destrucción de Jerusalén, ocupando la mayor parte del libro la última revuelta que llevó a la destrucción del Templo y de Jerusalén.

Las Antigüedades de los Judíos es una obra que expone, en veinte libros, la historia general del pueblo judío. El autor da una gran cantidad de preciosos detalles acerca del periodo desde los Macabeos hasta Herodes. Su tendencia habitual es acercar, en el plano cultural, al pueblo judío a los griegos y romanos. Compara las concepciones de los rabinos con las ideas de los filósofos griegos. El célebre pasaje sobre Jesús (18:2-4) no parece ser una interpolación total, ya que en la antigua versión árabe existe, aunque sin el entusiasmo con que aparece en las versiones occidentales.

El escrito Contra Apión es una defensa del judaísmo, lleno de datos útiles acerca de las creencias y costumbres de los judíos de la diáspora (véase DIÁSPORA).

 

Bibliografía:

Josefo, F.: «Contra Apión» (Trad. F. Samaranch, Ed. Aguilar, Madrid, 1967);

Las Guerras de los Judíos, incluyendo la autobiografía del mismo Flavio Josefo (Ed. Clíe, Terrassa, 1983);

Complete Works (trad. al inglés por W. Whiston, pub. en 1867, reimpresión 1960/1978 por Kregel Pub., Grand Rapids).

 JOSÍAS

tip, BIOG REYE CRIT HOMB HOAT

fot, dib00290

ver, DEUTERONOMIO, PENTATEUCO, JOACAZ

vet,

= «Jehová sana».

(a) Hijo y sucesor de Amón rey de Judá. Entronizado a los ocho años de edad hacia el año 638 a.C., tuvo como consejero durante su juventud, según parece, al sumo sacerdote Hilcías. Al año octavo de su reinado, se propuso actuar conforme a las leyes de Dios, y reformar según su voluntad la vida de la corte, con lo que comenzó a extirpar la idolatría y todo lo contrario a la Ley de Dios. Siguió en este esfuerzo a lo largo de los años, no sólo en Jerusalén y Judá, sino también en lo tocante al reino del norte (2 R. 22:1, 2; 2 Cr. 34:1-7, 33). En el año decimoctavo de su reinado, tomó enérgicas medidas para restaurar y embellecer el Templo. En el curso de las obras, el sumo sacerdote Hilcías encontró en el santuario el libro de la Ley, y lo entregó a Safán, el escriba, que lo leyó ante el rey. Josías quedó profundamente tocado por la profecía que anunciaba las terribles consecuencias de abandonar a Jehová. Rasgó sus vestiduras y se humilló ante Dios que, en su misericordia, le dio la certidumbre de que el juicio inminente no caería durante su vida (2 R. 22:8-20; 2 Cr. 34:15-28).

La profecía que tanto afectó al rey se halla en los capítulos 28 a 30 de Deuteronomio, especialmente en Dt. 29:25-28. El libro hallado por Hilcías, por lo tanto, contenía al menos el quinto libro de Moisés, o quizás el Pentateuco entero. En la época de la apostasía y de las persecuciones, bajo el dilatado reinado de Manasés, la consigna había sido indudablemente la de hacer desaparecer y destruir los libros sagrados (2 R. 21:16; 2 Cr. 33:9).

Hilcías descubrió probablemente la copia de la Ley que era asignada al Templo. El rollo habría sido escondido o tirado durante la profanación del santuario (Dt. 31:9, 26), o quizás, siguiendo una antigua tradición, hubiera sido emparedado durante la construcción del primer templo. Los críticos pretenden que este «descubrimiento del libro de la Ley de Moisés» bajo Josías fue tan sólo una piadosa superchería. Los sacerdotes, según los críticos, habrían redactado el Deuteronomio para presentarlo falsamente como un escrito de Moisés, con el objetivo de atribuirse mayor importancia. Sin embargo, esta teoría carece de todo fundamento, y se enfrenta directamente con la evidencia interna e histórica. (Véanse DEUTERONOMIO, PENTATEUCO.)

La lectura del libro dio un nuevo ímpetu a la reforma ya emprendida por Josías. Después de juramentarse a adorar solamente a Jehová, se apoderaron de todos los objetos del culto a Baal, Astarté y de todo el ejército del cielo, y, quemándolos, los arrojaron al torrente Cedrón. Se desató una campaña de destrucción contra los sodomitas, y se destruyeron los lugares altos, no sólo en el territorio de Judá, sino también en el territorio previamente ocupado por las diez tribus. En Bet-el, Josías exhumó las osamentas de los sacerdotes idólatras y las quemó sobre el altar cismático, cumpliendo así la profecía del varón de Dios en la época de Jeroboam I (1 R. 13:2). No dudó tampoco en dar muerte sobre los altares a los sacerdotes que sacrificaban sobre ellos. Después de purificar el país, Josías hizo celebrar una Pascua tan estrictamente observada como no se había visto desde la época de Samuel (2 R. 23:1-25; 2 Cr. 25:19-34:29).

Trece años después de esto, Josías trató de resistir al faraón Necao, que iba a luchar contra Asiria. Malherido en la batalla en Meguido, en la llanura de Jezreel, fue llevado a Jerusalén, donde murió. Había reinado 31 años, contando con 39 de edad, en el año 608 a.C. (2 R. 22:1; 23:29, 30; 2 Cr. 35:20-27; cfr. Zac. 12:11). Jeremías y Sofonías profetizaron durante la última parte de su reinado (Jer. 1:2; 3:6; Sof. 1:1). Fue sucedido por su hijo Joacaz. (Véase JOACAZ).

(b) Hijo de Sofonías, en la época del profeta Zacarías (Zac. 6:10).

 JOSUÉ

tip, BIOG SACE HOMB HOAT

ver, CANAÁN, ARCA DEL PACTO, JESÚA

vet,

(Heb. «Y'hõshû'a»: «Jehová es salvación».)

(a) Colaborador y sucesor de Moisés; su nombre era al principio Oseas, salvación (Nm. 13:8, 16). Era descendiente de Efraín e hijo de Nun (Nm. 13:8, 16). Condujo a los israelitas a la victoria sobre Amalec en Refidim (Éx. 17:8-16). Estuvo con Moisés en el Sinaí, mientras que al pie del monte el pueblo se hacía el becerro de oro. Josué tomó los gritos de orgía en el campamento por clamor de lucha (Éx. 24:13; 32:17, 18). Fue encargado del cuidado del primer tabernáculo de reunión (Éx. 33:11). A los 40 años de edad, Josué, como representante de Efraín, fue señalado con otros once israelitas para que fuera a espiar los puntos débiles de Canaán. Josué y Caleb se esforzaron en persuadir al pueblo que había que avanzar y apoderarse del país, fiados en Dios (Jos. 14:7; Nm. 13:8; 14:6-9). A causa de su actitud, sus oyentes casi los apedrearon (Nm. 14:10). Dios los recompensó por su lealtad y fe, prolongando sus vidas, y permitiéndoles la entrada en la Tierra Prometida (Nm. 14:20-28). Al final de los cuarenta años en el desierto, Moisés, por orden de Dios, puso a Josué ante el sumo sacerdote y delante de toda la asamblea, en Sitim, para conferirle públicamente la sucesión (Nm. 27:18-23; Dt. 1:38). Justo antes de la muerte de Moisés, los dos hombres entraron en el tabernáculo, a fin de que Josué fuera consagrado por el Señor mismo al puesto de caudillo del pueblo (Dt. 31:14, 23). Inmediatamente después, Josué empezó los preparativos para pasar el Jordán. El pueblo tenía tres días para reunir las provisiones (Jos. 1:10-11). Josué recordó a las dos tribus y media ya establecidas al este del Jordán que tenían que apoyar a sus hermanos en la empresa militar (Jos. 1:12-18), y envió a espías a explorar Jericó (Jos. 2:1). El campamento fue instalado a la orilla del Jordán, y el pueblo recibió una orden de marcha minuciosamente preparada (Jos. 3:1-6). El plan militar que Josué preparó para la conquista de Canaán demuestra sus capacidades militares. Entre sus previsiones se hallaban: un campamento central con una ventajosa situación; la toma de las ciudades en las cercanías del campamento; grandes ofensivas que deberían seguir de inmediato a estas victorias. Pero Josué cometió el error de hacer un pacto con los gabaonitas y de no dejar una guarnición en la ciudad de los jebuseos después de su conquista. Estos dos fallos contribuyeron decisivamente al aislamiento de Judá de las tribus del norte (Jos. 9). Siguiendo las órdenes de Moisés, Josué condujo al pueblo sobre los montes Ebal y Gerizim para que oyeran las bendiciones y las maldiciones (Jos. 8:30-35). Las expediciones militares de Josué quebrantaron el poder de los cananeos, pero no llegaron a exterminarlos (véase CANAÁN, La tierra y su conquista). A pesar de la perspectiva de nuevas campañas, había llegado el momento de establecerse en el país. Ayudado por el sumo sacerdote y por una comisión, Josué presidió el reparto de las tierras conquistadas. La distribución comenzó durante la estancia del campamento en Gilgal (Jos. 14:6-17:18). Josué acabó esta obra, creó ciudades de refugio, dio ciudades a los levitas, y dispuso que el Arca del Pacto se quedara en Silo (Jos. 18-21). Obtuvo para sí mismo la ciudad de Timnat-sera en el monte de Efraín (Jos. 19:50). Cuando ya era muy anciano, Josué convocó la asamblea en Siquem, el lugar donde Abraham, entrado en Canaán, había erigido el primer altar a Jehová; allí era donde las tribus iban a invocar sobre sí mismas las bendiciones y las maldiciones de Jehová. Josué pronunció un enérgico discurso, exhortando al pueblo a no abandonar a Jehová (Jos. 24:1-28). Murió poco después, a la edad de 110 años. Fue sepultado en el lugar que había elegido, en Timnat-sera (Jos. 24:29, 30).

(b) Morador de Bet-semes, propietario del campo adonde llegó el arca en un carro tirado por vacas, que los filisteos habían enviado (1 S. 6:14) (Véase ARCA DEL PACTO).

(c) Gobernador de Jerusalén bajo el reinado de Josías (2 R. 23:8)

(d) El sumo sacerdote hijo de Josadac que volvió a Babilonia con Zorobabel (Esd. 2:2; Neh. 7:7). Erigió el altar de los holocaustos, alentó a los artesanos y a la asamblea del pueblo a reconstruir el Templo (Esd. 3:2-9; Hag. 1:1,12, 14; 2:2-4). Es llamado Jesúa en Esdras y Nehemías. Como sumo sacerdote, representaba ante Dios a los deportados retornados del exilio, y recibió la seguridad del socorro divino (Zac. 3:1-9; 6:11-13). Su nombre, su obra de restauración del Templo y las dos profecías de Zacarías acerca de él le hacen un tipo de Cristo (véase JESÚA).

 JOSUÉ (Libro)

tip, LIBR CRIT ARQU LIAT

ver, CANON, HEBRÓN, HORMA, DIVINIDADES PAGANAS

vet,

El libro de Josué reanuda la historia de Israel a partir de la muerte de Moisés, último acontecimiento que relata Deuteronomio. Este libro tiene más relación con el Pentateuco que con los siguientes escritos, por cuanto el espíritu de los tiempos mosaicos seguía impregnando la época de Josué; constituye asimismo el cumplimiento de todas las promesas hechas en los libros anteriores con respecto a la toma de posesión de la Tierra Prometida. Ciertos críticos consideran que el Pentateuco y el libro de Josué forman un todo, al que llaman el Hexateuco; pero las alusiones de Josué al «libro de la Ley» (Jos. 1:8; 8:31-32; 23:6) muestran claramente que ha sido siempre un libro separado. En el canon hebreo, el libro de Josué es el primero de los Profetas; con él se abre la sección denominada de los profetas anteriores, la que incluye en nuestras Biblias los libros desde Josué a 2 Reyes, con excepción de Rut, que pertenece a la tercera sección del canon (véase CANON).

El libro de Josué se puede dividir en tres secciones:

(a) La conquista de Canaán (Jos. 1-12), que comprende los preparativos para la travesía del Jordán y el paso de este río (Jos. 1:1-4:18); el establecimiento del campamento y la celebración de la Pascua (Jos. 4:19-5:12); la toma de Jericó; la de Hai; el altar erigido sobre el monte Ebal; la confirmación de la alianza; el tratado con los gabaonitas (Jos. 5:13-9:27); las expediciones al sur y al norte (Jos. 10-11); la recapitulación (Jos. 12).

(b) La partición del país de Canaán entre las tribus (Jos. 13-22), que incluye: una descripción del país que se iba a repartir (Jos. 13); el reparto, con la designación de las ciudades de refugio y la atribución de ciudades a los levitas (Jos. 14-21); el pleito acerca del altar elevado al este del Jordán (las tribus del oeste temían que aquel altar fuera causa de desunión, Jos. 22).

(c) El discurso de despedida de Josué y su muerte (Jos. 23-24). Se afirma formalmente que Josué «escribió estas palabras en el libro de la ley de Dios» (Jos. 24:26); «estas palabras» incluían, en todo caso, el registro de la última asamblea de Siquem (Jos. 23:1-24:25). En cuanto a los últimos versículos del libro (Jos. 24:29-33), es evidente que fueron redactados después de la muerte de Josué, de Eleazar, y de los hombres de esta generación. La conquista de Hebrón, de Debir y de Anab por parte de Caleb (Jos. 15:13-20), tuvo lugar después de la muerte de Josué. La alusión a estas conquistas fue intercalada en este lugar del relato para completarlo (cfr. Jue. 1:10-20). (Véase HEBRÓN.) En Jos. 12:14, Sefat lleva el nombre de Horma, que le fue dado más tarde (Jue. 1:17). (Véase HORMA.).

Autor y fecha de redacción.

Josué es más el héroe que el autor del libro. Él mismo escribió varios de sus pasajes (Jos. 18:9; 24:26; cfr. Jos. 8:32), pero es probable que un autor inspirado acabase el relato poco después de la muerte de Josué.

(a) La abundancia de detalles y la vivacidad de la narración sugieren un testimonio ocular (cfr. Jos. 2, 3, 5:1, 6; 6-8; 15:6; 18:17, etc.).

(b) El libro fue escrito en época temprana: Rahab vivía aún entre el pueblo (Jos. 6:25). La expresión «hasta el día de hoy» aparece en catorce ocasiones (tres de estos pasajes sólo se pueden aplicar al tiempo en que Josué estaba todavía vivo: Jos. 22:3; 23:8, 9).

(c) La ciudad de Hai seguía en ruinas (Jos. 8:28).

(d) Los jebuseos seguían ocupando la ciudadela de Jerusalén (Jos. 15:63), de donde David los echó más tarde (2 S. 5:5-9).

(e) Los cananeos seguían viviendo en Gezer, lo que ciertamente lo sitúa antes de la época de Salomón (Jos. 16:10; cfr. 1 R. 9:16).

(f) Los gabaonitas entregaban entonces su cuota de madera y de agua (Jos. 9:27), en tanto que fueron diezmados por la crueldad de Saúl (2 S. 21:1-9).

(g) La ausencia de toda alusión al reino de Israel y su división es igualmente significativa. Por esto Keil se apoya en sólidas razones para afirmar que el libro fue escrito por «uno de los ancianos que sobrevivió a Josué».

Confirmación arqueológica.

Las cartas de Tell el-Amarna son generalmente consideradas como el testimonio cananeo de la conquista israelita, con peticiones al faraón de Egipto para conseguir protección, siendo situadas en el siglo XIV a.C. Sin embargo, la evidencia interna en base a un minucioso reexamen de las tabletas indica, según los estudios de Velikovsky (Velikovsky, I.: «Ages in Chaos», PP. 223-340, véase Bibliografía bajo Amarna), que las cartas de Tell el-Amarna pertenecen al siglo IX a.C., a la época de Josafat. Con todo, la religión idolátrica de origen cananeo que aparece en los documentos de Ugarit (Ras-Samra) y en los de Amarna, al igual que la evidenciada por los descubrimientos arqueológicos en Palestina, presentan con exactitud los ritos abominables denunciados por Moisés y Josué (Lv. 18:21-24; véase DIVINIDADES PAGANAS), y que se perpetuaron a lo largo de la historia de Israel hasta el exilio babilónico, al adoptar los israelitas los falsos cultos de los cananeos. Los dioses principales, Il y Baal, eran monstruos de corrupción; las deidades femeninas, Asera, Anat y Astoret, patronas del sexo y de la guerra, no eran mejores. Todos estos falsos dioses expresaban la crueldad y degeneración moral de sus adoradores. Estos descubrimientos no sólo ilustran las claras afirmaciones de la Biblia, sino también los escritos de Filón de Alejandría. Dan la explicación de la orden dada a Israel de destruir a los cananeos. Se trataba por una parte de un juicio divino sobre una ultrajante degradación, y por otra una medida de seguridad, mediante la eliminación de una gangrena capaz de corromper a los israelitas mismos (Éx. 23:24; Dt. 7:1-5; 12:29-31; Jos. 6:17, 18; 8:24-25; 11:12-15, 19-20). Los cananeos, además de otras espantosas prácticas rituales, inmolaban a Baal, o a otro dios, cada primogénito recién nacido (cfr. «Child Sacrifice at Carthage - and in the Bible», Biblical Archaeology Review, vol. 10, n. 1, ene.-feb. 1984, PP. 31-51) y niños pequeños, incluso de cierta edad. Es imposible leer las Escrituras y familiarizarse con la Historia sin darse cuenta de que Dios castiga a los pecadores endurecidos: la generación del Diluvio, las ciudades de Sodoma y Gomorra (que en todo se asemejaban a los cananeos); Babilonia, Nínive, Jerusalén misma en dos ocasiones, y con frecuencia también en la historia moderna de las naciones. El mismo Jesús y Juan, el apóstol del amor, anuncian tales juicios, sin hablar de las declaraciones que hacen acerca del castigo eterno (cfr. Tasker, R. V. G.: «La ira de Dios», Ed. Evangélicas Europeas, Barcelona, 1971, seg. ed., donde se trata el tema de las guerras del AT y del gobierno moral de Dios).

La prolongación del día de la batalla de Gabaón (Jos. 10:12-14) ha afrontado muchos escepticismos y suscitado un cúmulo de teorías. En su obra «Worlds in Collision» (Mundos en Colisión), Velikovsky, que sustenta la postura de un acercamiento de un gran cometa a la tierra, que más tarde se transformaría en el planeta Venus, aporta, sin embargo, pruebas concretas de que este fenómeno fue de alcance mundial; en los Anales de Cuauhtitlán de México se relata que en el remoto pasado, durante una catástrofe cósmica, hubo una noche que tardó en terminar. Sahagún (1499-1590) relata, en su Historia general de las cosas de Nueva España, que, según las tradiciones de los aborígenes, durante un cataclismo cósmico, el sol se mantuvo una madrugada muy bajo en el horizonte, tardando mucho en subir. Velikovsky documenta otros relatos que concurren en el fenómeno de la detención del día o de la noche, con correspondencia en la situación del pueblo que da el relato. Es evidente que el hecho es tal como se relata en el libro de Josué, y que la causa no fue «un fenómeno excepcional de refracción», como se ha pretendido en ocasiones, en un intento de racionalizar el texto. En base a relatos independientes de otros grupos étnicos por todo el Globo, el fenómeno de Gabaón tuvo repercusiones a escala mundial («Worlds in Collision», Doubleday, Garden City, New York, 1950).

Significado espiritual.

Según 1 Co. 10:6, 11, los acontecimientos del Éxodo, del desierto y de la conquista de Canaán son tipos de nuestras experiencias espirituales. Josué nos relata la conquista de la Tierra Prometida, lo que no representa todavía el cielo, sino la esfera en la que nosotros conseguimos con Cristo, nuestro gran Josué, nuestras victorias espirituales. En principio, todo el país fue entregado a los hijos de Israel, que lo reconocieron por medio de espías (Jos. 1:3; 2:1). Para entrar en él, cruzaron las aguas del Jordán, símbolo de sepultura (las doce piedras dejadas en el lecho del río, Jos. 4:9) y de resurrección espiritual (las otras doce piedras levantadas en Gilgal, vv. 8, 20). El mismo Jehová les precedió en el combate (Jos. 5:14; cfr. Jn. 10:3-10; He. 12:1-2). El enemigo era terrible y astuto, pero estaba ya vencido por adelantado (Jos. 6:1-2; 9:1-4; cfr. 2:9-11). El pueblo tenía que tomar las armas y emprender la batalla, pero no iba a triunfar más que por la fe (Jos. 6; 8; Ef. 6:12-17). Cuando un pecado contaminó el campamento, contristando al Señor, Él dejó de manifestar su poder y el pueblo conoció la derrota (Jos. 7; Ef. 4:30). Gracias al poder y fidelidad de Dios, el pueblo fue de victoria en victoria, y gozó finalmente de reposo con la posesión del país (Jos. 21:43-45; Ef. 5:18; 3:16-20). No es sorprendente que el libro de Josué haya recibido el nombre de «Efesios del AT».

 

Bibliografía:

Blair, H. J.: «Josué», en Nuevo Comentario Bíblico (Casa Bautista de Publicaciones, El Paso, 1977);

Jensen, I. L.: «Josué, la tierra de reposo conquistada» (Pub. Portavoz Evangélico Barcelona 1980);

Rea J.: «Josué» en Comentario Moody del Antiguo Testamento (Grand Rapids, Ed. Portavoz, 1993)

Rossier, H.: «Meditaciones sobre el libro de Josué» (Ed. «Las Buenas Nuevas» Montebello, California 1969).

 JOTA y TILDE

tip, ABEC TIPO

vet,

El discurso del que Mt. 5:18 forma parte fue indudablemente pronunciado en arameo; así, el término jota se refiere a la letra hebrea «yod». En la escritura hebraico-aramea de la época del Señor, la «yod» era la más pequeña de las letras del alfabeto. «Tilde» representaba uno de los rasgos en forma de cuerno que distingue alguna letra de otra muy parecida. En sentido figurado, esto designa que en las Escrituras todo tiene valor, hasta lo que pueda parecer más insignificante.

 JOTAM

tip, BIOG REYE HOMB HOAT

ver, UZÍAS, ACAZ

vet,

= «Jehová es eterno, sincero».

(a) Hijo menor de Gedeón. Sus setenta hermanos (su padre era polígamo) fueron asesinados por Abimelec, su medio hermano. Jotam escapó, fue al monte Gerizim, y maldijo la usurpación con una fábula contra las gentes de Siquem que se hallaban en el valle y contra el mismo Abimelec (Jue. 9:1-21). Esta maldición se cumplió con la destrucción de Siquem por parte de Abimelec y la muerte de Abimelec en Tebes (Jue. 9:22-57).

(b) Rey de Judá, compartió el trono con Uzías su padre, llamado también Azarías (750-739 a.C.), el cual había caído víctima de la lepra (2 R. 15:5, véase UZÍAS). Su regencia comenzó durante el reinado de Jeroboam II en Israel (1 Cr. 5:17). Esta simultaneidad se confirma si el temblor de tierra sucedió en la época de Uzías y de Jeroboam II (Am. 1:1; Zac. 14:5), y si se produjo en el momento en que Uzías se quería apoderar del sacerdocio, o poco después (Ant. 9:10, 4). Jotam obedeció a Jehová, aunque dejó subsistir la adoración en los lugares altos donde el pueblo se daba a la idolatría. Efectuó obras en el Templo, amplió las fortificaciones, y edificó ciudades de Judá, y una red de castillos y torres, aplastando a los amonitas y haciéndolos tributarios. Durante los dieciséis años de su reinado, Isaías y Oseas siguieron ejerciendo su ministerio (Is. 1:1). Hacia el final de su reinado los israelitas del norte y los sirios invadieron Judá. Murió a los 41 años de edad, siendo sucedido por su hijo Acaz (véase ACAZ).

 JOTBATA

tip, LUGA

vet,

= «tierra de arroyos de aguas».

Una de las estaciones de los hebreos en el desierto (Dt. 10:7). Es el moderno oasis al norte de Elat.

 JOYAS, JOYELES

tip, PIED

vet,

Nombre genérico que, lo mismo que en castellano, en hebreo puede designar a distintos objetos de adorno más o menos preciosos. En hebreo es la traducción de cuatro palabras castellanas. Si bien se pueden encontrar bajo el respectivo nombre, aquí hacemos una rápida mención de los conceptos hebreos y lo que significan al hombre de nuestros días:

(a) Anillos, zarcillos o joyeles de las narices (Pr. 11:22; Is. 3:21; Ez. 16:12); pendientes para las orejas (Gn. 22:22, 30, 47; 35:4; Éx. 32:2, 3).

(b) Collares o dijes usados para adorno (Cnt. 7:1).

(c) Vasijas de plata para uso doméstico y de adorno personal (Gn. 24:53; Éx. 3:22; 11:2; 1 S. 6:8, 15), o costosos artículos de ropa (Is. 61:10; Ez. 16:7, 39; 23:26).

(d) Tesoro con un significado de alto valor moral (Éx. 19:5; Mal. 3:17), donde se dice que los justos son los tesoros de Dios.

 JOZABAD

tip, BIOG HOMB HOAT

vet,

= «dado por Dios».

Nombre propio de varios personajes del Antiguo Testamento mencionados en los siguientes pasajes: 1 Cr. 12:4, 20; 2 Cr. 31:13; 35:9; Esd. 8:33; 10:22, 23; Neh. 8:7.

 JUAN

tip, BIOG HOMB HONT

ver, ELÍAS, SANTIAGO, MARCOS

vet,

(gr. «'loannes», del heb. «Yõhãnãn»: «Jehová ha hecho gracia»).

Dignatario judío. Junto con Anás, Caifás, Alejandro y todas las otras personalidades de la familia del sumo sacerdote, a la que posiblemente pertenecía, hizo comparecer a Pedro y Juan, que tuvieron que dar cuentas de su predicación (Hch. 4:6).

 JUAN EL BAUTISTA

tip, BIOG PROF HOMB HONT

ver, ELÍAS, SANTIAGO, MARCOS

vet,

(gr. «'loannes», del heb. «Yõhãnãn»: «Jehová ha hecho gracia»).

Precursor inmediato de Jesús, enviado para prepararle el camino. Su padre Zacarías y su madre Elisabet, descendientes ambos de Aarón, eran personas profundamente piadosas (Lc. 1:5). Elisabet era prima de la virgen María, que pertenecía a la tribu de Judá (Lc. 1:36). Los padres de Juan vivían en una localidad de la zona montañosa de Judá (Lc. 1:39), quizá Jutah, o en la ciudad sacerdotal de Hebrón. Zacarías estaba cumpliendo su función sacerdotal quemando el incienso en el Templo de Jerusalén, cuando se le apareció el ángel Gabriel. Éste le prometió un hijo, que se debería llamar Juan, y que debería ser criado como nazareo, a semejanza de Sansón y de Samuel. El ángel le anunció además que el niño sería lleno del Espíritu Santo desde su nacimiento, y que estaba llamado a preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto (Lc. 1:8-17).

Juan nació el año 2 a.C. Pasó su juventud en la región desértica no lejos de su tierra natal, al oeste del mar Muerto (Lc. 1:80). En el año 29 d.C. se puso a predicar en el desierto, en los alrededores del Jordán. Se cree que Juan ejerció su ministerio en un año sabático (Lc. 3:1, 2).

Su misión fue la de revelar al Mesías en la persona de Jesús (Jn. 1:15). Con un intenso fervor, predicó a las multitudes que le venían de todas partes. Los apremiaba a que se arrepintieran de inmediato, por cuanto el reino de los cielos se había acercado. Muchos eran bautizados en el Jordán, después de haber confesado sus pecados. Por ello, Juan recibió el epíteto de «el bautista», que desde entonces le ha distinguido de sus homónimos. Su bautismo de agua simbolizaba la purificación de los pecados; pero el profeta no creía que aquello fuera suficiente. Exhortaba a sus oyentes a que creyeran en Aquel que debería venir tras él (Hch. 19:4). Se declaraba indigno de desatar la correa de sus sandalias, por cuanto el Cristo bautizaría a sus discípulos con Espíritu Santo y con fuego (Mt. 3:5-12). Aunque Juan se declaró inferior a Jesús, nuestro Señor quiso ser bautizado por él. Oponiéndose a ello desde el principio, el Bautista demostró que había reconocido al Mesías en Jesús (Mt. 3:13-17). No ignoraba lo que Zacarías y Elisabet le habían dicho acerca de ello. La exactitud de sus relatos quedó plenamente confirmada cuando vio al Espíritu Santo descendiendo sobre Jesús al ser bautizado. Esta señal le autorizó a proclamar que Jesús era el Cristo (Jn. 1:32, 33).

Malaquías había profetizado que Elías vendría antes del gran día de Jehová, y que un precursor prepararía el camino del Señor (Mal. 4:5-6; 3:1).

El ángel que habló a Zacarías le había anunciado que su hijo iría «delante de Él (el Señor) con el espíritu y el poder de Elías» (Lc. 1:17). Jesús mismo declaró que el ministerio de Juan el Bautista era un primer cumplimiento de la profecía de Malaquías (Mr. 9:11-13). Además, el Bautista precisó con claridad que él no era Elías (Jn. 1:21). Este último volverá, parece, como uno de los dos testigos de Ap. 11, inmediatamente antes de la gloriosa venida de Cristo (véase ELÍAS). En cuanto a Juan el Bautista, en muchos puntos tenía una gran semejanza con Elías: su vestimenta rústica, su comportamiento hacia los grandes de este mundo, y sobre todo su acción ante el pueblo para llevarlo a Dios mediante el arrepentimiento y una verdadera conversión. De Jesús dijo: «Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe», y constató, sin ningún tipo de celos, el cumplimiento de su predicción (Jn. 3:25-30). Su ministerio fue muy breve, pero gozó de una gran popularidad. Hacia el final del año 31 d.C., fiel a su misión, reprochó a Herodes el tetrarca el adulterio en que vivía con la mujer de su hermano Felipe; Herodes hizo encarcelar al profeta (Lc. 3:19, 20). Angustiado, deseoso de saber qué giro iba a tomar la obra de Jesús, quizá sintiéndose abandonado en tanto que otros estaban siendo socorridos, Juan envió a dos de sus discípulos para inquirir de Jesús si Él era el Mesías prometido. El Señor les respondió con una relación de sus obras. Cuando los dos discípulos se volvían a Juan, Jesús pronunció delante de la multitud un magnífico elogio de Juan el Bautista (Mt. 11:2-15). Aunque no había hecho ningún milagro (Jn. 10:41), fue el más grande de los profetas, en el sentido de que tuvo el privilegio de preparar al pueblo para la venida del Cristo y de revelarlo como tal. Herodías, la princesa adúltera, tramó la muerte del profeta; persuadió a su hija, cuya danza había hechizado a Herodes, que pidiera al tetrarca la cabeza de Juan el Bautista. Le fue concedido este deseo, y los discípulos de Juan se llevaron el cadáver decapitado de Juan para sepultarlo. Privados de su maestro, se acordaron del testimonio que Juan había dado del Cordero de Dios, y siguieron a Jesús (Mt. 14:3-12; Mr. 6:16-29; Lc. 3:19-20). Josefo atribuye la muerte del profeta a los celos de Herodes, porque Juan tenía una gran influencia sobre el pueblo. Este historiador añade que el aniquilamiento del ejército de Herodes en su guerra contra Aretas fue generalmente considerado como un juicio enviado por Dios sobre el tetrarca a causa de la muerte de Juan. Josefo sitúa el encarcelamiento y la muerte del Bautista en la fortaleza de Maqueronte (Ant. 18:5, 2). Este lugar, llamado Maquera en la época de Herodes, recibe actualmente el nombre de Mekaur (Mukawer); se halla en las montañas, sobre la costa oriental del mar Muerto, a unos 8 Km. al norte del Arnón, en la cumbre de una altura en forma de cono que domina el mar Muerto a más de 11.000 m. de altura. Aún son bien visibles los vestigios de la antigua fortaleza. En el centro hay un profundo pozo y dos torreones; posiblemente uno de ellos fue donde Juan el Bautista estaba encerrado.

 JUAN (Apóstol)

tip, BIOG APOS HOMB HONT

ver, ELÍAS, SANTIAGO, MARCOS

vet,

(gr. «'loannes», del heb. «Yõhãnãn»: «Jehová ha hecho gracia»).

Hijo de Zebedeo, hermano del Jacobo que sufrió el martirio bajo el poder de Herodes Agripa I (Mt. 4:21; Hch. 12:12). Se supone, con razón, que Juan era el menor, que la madre de ellos se llamaba Salomé, y que era hermana de la madre de Jesús (véase SANTIAGO). El padre de Juan poseía barcos de pesca; sus dos hijos y varios jornaleros trabajaban para él en su negocio de pesca en el lago de Galilea (Mr. 1:19-20). Juan había seguido las enseñanzas del Bautista a bordo por el Jordán; contemplando a Jesús, lo había designado como el Cordero de Dios, en presencia de Andrés y de un discípulo anónimo que, evidentemente, era Juan (Jn. 1:35-40). Acompañó a Jesús a Galilea y estuvo con él en las bodas de Caná (Jn. 2:1-11), pero no había sido todavía llamado a seguir al Señor de una manera permanente. Reemprendió su actividad en el lago; Juan y su hermano trabajaban en ocasiones con Pedro (Lc. 5:10).

Jesús invitó a Jacobo y a Juan a que abandonaran su negocio para seguirle (Mt. 4:21, 22; Mr. 1:19, 20). Más tarde los designó como apóstoles (Mt. 10:2). Jesús les puso como sobrenombre Boanerges, «hijos del trueno» (Mr. 3:17), indudablemente a causa de su violento carácter. La impetuosidad del temperamento natural de ellos, todavía no transformado por la gracia, se manifestó cuando Juan reprendió a un hombre que echaba fuera demonios en nombre de Cristo, pero sin formar parte del grupo de los discípulos (Lc. 9:49). La misma violencia se hizo patente cuando los dos hermanos deseaban hacer descender fuego del cielo sobre una ciudad de los samaritanos cuyos habitantes habían rehusado acoger a su maestro (Lc. 9:52-56). El egoísmo de Jacobo y de Juan los llevó a unir sus peticiones a las de la madre de ellos, que quería para sus hijos los primeros lugares al lado de Jesús en el reino venidero. Al mismo tiempo, manifestaron su celo al declararse dispuestos a afrontar la muerte por Cristo (Mt. 20:20-24; Mr. 10:35-41). Pero la gracia triunfó sobre estos defectos, y su violencia se transformó en una fuerza gloriosamente conformada. Juan se caracteriza por una profunda intuición espiritual y una viva sensibilidad, y fue un discípulo por el que Jesús sintió un afecto particular. Fue uno de los tres apóstoles a los que Jesús permitió ver la resurrección de la hija de Jairo (Mr. 5:37; Lc. 8:51), contemplar la transfiguración (Mt. 17:1; Mr. 9:2; Lc. 9:28), y la agonía del huerto de Getsemaní (Mt. 26:37; Mr. 14:33). Durante la última cena, había sido el más cercano a Jesús (Jn. 13:23). Desde Getsemaní, siguió a Jesús hasta el interior de la residencia del sumo sacerdote, donde era conocido; después, asistió a la crucifixión. Desde lo alto de la cruz, Jesús confió su madre a Juan, que la tomó consigo (Jn. 18:15; 19:27). Cuando fue informado de que la tumba de Cristo estaba vacía, Juan se dirigió corriendo con Pedro al sepulcro, y constató que el Señor estaba verdaderamente vivo (Jn. 20:1-10). La tarde del mismo día, en compañía de los otros discípulos, vio al Resucitado, que se les apareció de nuevo una semana más tarde (Lc. 24:33-43; Jn. 20:19-20; 1 Co. 15:5). Juan fue con los otros discípulos a Galilea, donde Jesús les había citado, y allí volvió a ver al Señor (Mt. 26:32; 28:10, 16; Jn. 21:1-7). Mientras Juan se hallaba en Galilea, se difundió entre los discípulos (que habían malinterpretado unas palabras de Jesús) la idea de que Juan no moriría (Jn. 21:22). Después de la Ascensión, se quedó un cierto tiempo con los otros diez discípulos en un aposento alto en Jerusalén (Hch. 1:13). Al día siguiente de Pentecostés, se une a Pedro en una gran obra misionera (Hch. 3:1). Los dos fueron encarcelados por las autoridades judías, y confesaron valientemente su fe (Hch. 4:19). Los otros apóstoles enviaron a Pedro y a Juan a Samaria para ayudar a Felipe, que había comenzado a predicar allí el Evangelio (Hch. 8:14). Juan fue uno de los apóstoles que se quedaron en Jerusalén durante las persecuciones que se lanzaron contra los primeros cristianos. Como columna de la Iglesia, estaba todavía allí cuando Pablo acudió, después de su primer viaje misionero (Hch. 15:6; Gá. 2:9).

Se le atribuyen cinco libros del NT, el cuarto Evangelio, tres epístolas y el Apocalipsis, cuyo título menciona el nombre de Juan, su autor. La tradición dice que su ministerio finalizó en Éfeso. Es probable que Juan tomara el cuidado de las siete iglesias de Asia (Ap. 1:11). Cuando redactó el Apocalipsis, indudablemente hacia el año 95 d.C., el apóstol se hallaba exiliado en la isla de Patmos, a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que había dado de Jesucristo (Ap. 1:9). La accesión de Nerva en el año 96 le trajo la libertad y pudo volver a Éfeso, según se dice. Policarpo, Papías e Ignacio siguieron sus enseñanzas. Ireneo, discípulo de Policarpo, afirma que Juan se quedó en Éfeso hasta su muerte, que se produjo bajo Trajano, que reinó del año 98 al 117.

 JUAN MARCOS

tip, BIOG HOMB HONT

ver, ELÍAS, SANTIAGO, MARCOS

vet,

(gr. «'loannes», del heb. «Yõhãnãn»: «Jehová ha hecho gracia»).

Se trata del evangelista Marcos, que probablemente se llamaba inicialmente Juan. Marcos era un sobrenombre (Hch. 12:12, 25). (Véase MARCOS.)

 JUAN (Evangelio)

tip, LIBR CRIT LINT

ver, EVANGELIOS, GAYO

vet,

(I) Autor.

Como sucede con los otros Evangelios, el cuarto no lleva el nombre de su autor, pero las pruebas internas y externas corroboran el testimonio tradicional que atribuye este Evangelio al apóstol Juan.

(A) Pruebas internas.

(a) El autor es uno de los apóstoles.

El empleo que hace de la primera persona del plural lo demuestra (Jn. 1:14 y quizá Jn. 21:24). La pertenencia del escritor al grupo de los apóstoles se constata asimismo en una gran cantidad de detalles, sobre todo en lo relativo a la impresión causada a los discípulos por los acontecimientos relativos a la vida de Cristo, etc. (Jn. 1:37; 2:11, 17; 4:27, 54; 9:2; 11:8-16; 12:4-6, 21, 22; 13:23-26; 18:15; 19:26, 27, 35; 20:8). Hay además la clara afirmación de Jn. 21:24.

(b) El discípulo al cual amaba Jesús es mencionado con frecuencia (Jn. 13:23; 19:26; 20:2; 21:7, 20, 21), y el pasaje de Jn. 21:20-24 afirma que este discípulo es el autor. El libro cita los nombres de los apóstoles, con excepción de los de Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y los hijos de Zebedeo. Siendo que Mateo, Jacobo hijo de Alfeo y Simón el Zelote no se hallaban en el círculo íntimo, ninguno de ellos puede recibir el apelativo de «el discípulo al cual amaba Jesús». En cuanto a Jacobo el hijo de Zebedeo, había muerto mucho antes de la redacción del cuarto Evangelio (Hch. 12:2), y no puede ser identificado con el autor. «El discípulo al cual amaba Jesús» es innegablemente el apóstol Juan.

(c) El griego del cuarto Evangelio está muy teñido de arameismos, lo cual es una indicación clara de que el redactor era judío.

(d) El redactor conoce a fondo la geografía de Palestina, y la historia y las costumbres de la época de Jesús (p. ej., Jn. 1:21, 28, 46; 2:6; 3:23; 4:5, 27; 5:2, 3; 7:40-52; 9:7; 10:22, 23; 11:18; 18:28; 19:31). Este libro presenta aún más rasgos personales que los otros Evangelios. Todas estas pruebas internas confirman de una manera notable la atribución del cuarto Evangelio al apóstol Juan.

(B) Las pruebas externas son de dos clases:

(a) La mención formal del nombre del autor y

(b) el empleo del cuarto Evangelio en los documentos antiguos demuestran la alta estima en que se tenía a este escrito. Ireneo, obispo de Lyon hacia el año 185 y discípulo de Policarpo (que había sido discípulo de Juan), afirma categóricamente que el apóstol había escrito su Evangelio en Éfeso y que los otros tres Evangelios ya existían antes.

Al final del siglo II y al inicio del III, Clemente de Alejandría, Tertuliano y Orígenes coinciden en ello. Las pruebas externas del segundo tipo dan testimonio de la existencia del cuarto Evangelio y de la confianza que inspiraba. La Didaché (alrededor del año 110 d.C.) parece haber sacado algunas de sus fórmulas de la terminología juanina. Las Epístolas de Ignacio (que no son posteriores al año 117) muestran que éste conocía bien el cuarto Evangelio, que lo consideraba como poseyendo autoridad para él, y probablemente, para las iglesias de Asia Menor, al inicio del siglo II. El texto más antiguo que se conoce del NT es un fragmento de una página de un códice de papiro, que la paleografía sitúa hacia el año 125. Este fragmento, que se conserva en la Biblioteca John Rylands, de la Universidad de Manchester, contiene algunos versículos de Juan 18. Debido a que fue hallado en Egipto, constituye una indicación de la rapidez con que se esparció el cuarto Evangelio. Otro fragmento de papiro, fechado alrededor del año 140, relata episodios de la vida de Jesús, sacando parte de sus enseñanzas de este Evangelio. Justino Mártir (alrededor del año 150) alude innegablemente a este Evangelio y lo considera como «una de las memorias de los apóstoles» llamadas Evangelios, según él, y redactados por los apóstoles y sus asociados. El Evangelio de Pedro y los Hechos de Juan, dos libros apócrifos de alrededor del año 150, presentan rasgos evidentes del pensamiento juanino. El Diatessaron de Taciano (alrededor del año 170) es una armonía de nuestros cuatro Evangelios canónicos. El ms. Sinaítico que contiene los antiguos Evangelios en siríaco indica que en el siglo II la iglesia siríaca había admitido nuestros cuatro Evangelios. Finalmente, es cosa cierta que incluso los primeros herejes gnósticos del siglo II, p. ej., Basílides (hacia los años 120-140), Heracleón (hacia 160-180) y, quizá, Valentino (hacia 140-160), citaban e incluso comentaban el cuarto Evangelio.

Así pues, las pruebas externas se unen a las internas para señalar a Juan como el autor del cuarto Evangelio; demuestran además que en extensas regiones el cuarto Evangelio ya constituía una autoridad en la Iglesia inmediatamente posterior a los apóstoles.

Sin embargo, numerosos críticos rechazan el fundamento de la argumentación anteriormente presentada. Creen que el autor del cuarto Evangelio no es el apóstol Juan; este último no habría sido más que el testigo ocular en el que se habría basado el evangelista (Jn. 19:35; 21:24). Según estos críticos, el redactor del Evangelio, discípulo de Juan el apóstol, habría redactado su texto en base a los recuerdos y a la enseñanza de su maestro. Este redactor sería desconocido, a no ser que se quiera ver en él a un tal «Juan el Anciano», del que mucho se ha hablado modernamente, pero del que nada se sabe. Por lo demás, una buena cantidad de eruditos modernos consideran que Juan el Anciano no es otro que Juan el apóstol. De todas maneras, las suposiciones en las que se basan los críticos carecen de fundamento sólido, y no pueden servir de base para negar que el discípulo de Cristo fuera el autor del cuarto Evangelio

Está demostrado además que este libro fue escrito en Asia Menor (en Éfeso según la tradición) en el último cuarto del siglo I. Los adversarios de Jesús son simplemente designados por el nombre de judíos (Jn. 1:19; 2:18; 5:10; 7:15; etc. ) se dan explicaciones acerca de las fiestas judías (Jn. 6:4; 7:2; 11:55; 19:31); el nombre del mar de Galilea va acompañado de la expresión pagana «el de Tiberias» (Jn. 6:1). En el prólogo, Cristo recibe el nombre de «el Verbo de Dios», lo que demuestra que, en la época de ser escrito, el cristianismo se hallaba en un medio de movimientos filosóficos que se sabe que existían entonces en Asia Menor. Todo esto explica el propósito, además manifiesto, de este escrito: exponer el testimonio que Cristo dio de sí mismo como Hijo de Dios venido en la carne y como Salvador del mundo (Jn. 20:30, 31). El autor da por supuesto el conocimiento de numerosos episodios de los Evangelios Sinópticos por parte de sus lectores (véase EVANGELIOS). Los sinoptistas no habían registrado los grandes discursos del Señor que constituyen la respuesta a los ataques de los judíos contra su divinidad o la revelación a sus discípulos del misterio de su persona y de la relación espiritual que ellos tenían con Él. Juan se decidió a consignar por escrito este testimonio personal de Jesús, tarea tanto más urgente cuanto que se suscitaban falsas doctrinas que negaban ciertos aspectos de la persona de Cristo. Naturalmente, el apóstol unió a todo ello numerosos detalles sacados de sus recuerdos personales. Como resultado la Iglesia recibió un retrato integral de su Señor bajo su aspecto a la vez humano y divino.

(II) CONTENIDO.

El Evangelio de Juan se inicia con un prólogo (Jn. 1:1-8), donde el apóstol resume la gran verdad manifestada por la vida de Cristo: la existencia de una Segunda Persona divina que revela a Dios y que, por este motivo, recibe el nombre de «el Verbo». Fuente universal de vida y de luz en la creación, esta Palabra eterna se encarna en Jesucristo, revela a Dios a los creyentes, y les transmite la salvación. Después Juan relata:

(A) Los primeros testimonios relativos a Jesús, dados por Juan el Bautista y por Jesús mismo en presencia de sus primeros discípulos (Jn. 1:19-2:11).

(B) Lo que Cristo mismo revela de su propia persona en una serie de acciones y, sobre todo, de discursos, dirigidos tanto a los inquirientes como a los adversarios (Jn. 2:12-12:50). Ello incluye:

(a) el testimonio que Jesús da de su propia persona, la primera vez que interviene durante la Pascua (Jn. 2:12-25); la conversación con Nicodemo (Jn. 3:1-21); el reiterado testimonio de Juan el Bautista (Jn. 3:22-36);

(b) la conversación con la mujer samaritana (Jn. 4:1-42);

(c) el segundo milagro que hizo en Galilea (Jn. 4:43-54);

(d) la contestación de Jesús a los judíos que negaban su divinidad y su autoridad (Jn. 5);

(e) el discurso en el que Jesús se presentó como el pan de vida (Jn. 6);

(f) la afirmación renovada de su autoridad y de su filiación divina durante la fiesta de los Tabernáculos (Jn. 7-8);

(g) la curación de un ciego y la parábola del buen pastor (Jn. 9:1-10:21);

(h) el último testimonio de Cristo a los judíos (Jn. 9:22-42);

(i) la resurrección de Lázaro y sus consecuencias (Jn. 11);

(j) las declaraciones de Jesús durante la unción en Betania, durante la entrada triunfal en Jerusalén y la entrevista con los griegos (Jn. 12).

(C) La revelación de Cristo acerca de Sí mismo en relación con Su muerte y resurrección (Jn. 13:1-21:25). Esta sección incluye:

(a) las últimas palabras de Jesús con sus discípulos (Jn. 13-17).

(b) Su arresto, juicio, crucifixión, durante todo lo cual testificó acerca de su divinidad y misión, en particular ante Pilato (Jn. 18-19).

(c) Su resurrección y un cierto número de testimonios a este respecto (Jn. 20-21). El autor parece haber añadido el capítulo 21 como un apéndice a su obra, que en principio hubiera tenido su fin con el capítulo 20.

 

El cuarto Evangelio muestra que Jesús no es solamente el Hijo del Hombre sino también el Hijo eterno de Dios. Su persona, sus enseñanzas, su obra redentora, todo ello ha servido para revelar a Dios y dar la vida eterna a aquellos que le reciben. Juan presenta la misión de Jesús como el punto culminante de la autorrevelación de Dios; y Cristo comunica a los creyentes esta luz por medio de la cual llegan al conocimiento de las verdades más sublimes. Así, les es otorgada la comunión espiritual con Dios, que constituye la vida eterna, la plenitud, el bien supremo, la salvación perfecta.

Calvino dice de este Evangelio que es «la llave que abre la puerta a la comprensión de los otros tres». Si los primeros evangelistas relatan qué es lo que Jesús «hizo», éste revela ante todo lo que Jesús «es». El «discípulo a quien ama Jesús» ha sabido dar a su libro un carácter singular en lo entrañable de su conocimiento profundo del Salvador. Se pueden contar siete capítulos y medio de conversaciones privadas y de cura de almas: Jesús en privado con:

Nicodemo (Jn. 3),

la samaritana (Jn. 4),

los apóstoles (Jn. 13-16),

Dios (Jn. 17),

Pilato (Jn. 18:33-38; 19:8-11),

Pedro (Jn. 21:15-23).

Escribiendo después de los otros, Juan se esfuerza en relatar las cosas inéditas:

milagros (Jn. 2:7; 4:50; 5:8; 9:7; 11:43; 21:6),

parábolas (Jn. 4:10-14; 6:32-58; 10:1-30; 15:1-8),

acciones (Jn. 8:3-11; 13:1-17; 21:15-23),

discursos (Jn. 13-16),

oración (Jn. 17).

El libro entero, teniendo como tiene por objeto demostrar «que Jesús es el Hijo de Dios» contiene numerosas pruebas de su divinidad:

(a) La eternidad de Cristo (Jn. 1:1-2; 8:58; 12:34; 17:5).

(b) Su omnipotencia manifestada en la creación (Jn. 1:3, 10) y en sus milagros (Jn. 5:36; 10:25, 37-38).

(c) Su omnisciencia (Jn. 1:46-50; 4:17-19).

(d) Su santidad absoluta (Jn. 8:13, 46),

(e) Su igualdad con Dios (Jn. 5:18; 10:30, 31),

(f) Su sabiduría perfecta (Jn. 7:45, 46),

(g) Su omnipresencia (Jn. 3:13; 17:11-26),

(h) Las afirmaciones de las Escrituras (Jn. 5:39),

(i) Los testimonios dados acerca de Él (Jn. 1:29-34, 45-49; 5:31, 33, 37).

(j) Su resurrección (Jn. 20:8, 27-28; cfr. Hch. 2:24, 36; 5:30, 31; etc.).

(k) Su glorificación (Jn. 13:32; 16:10; cfr. Hch. 9:3; 26:13).

Frente a un tal Salvador bien puede el creyente prorrumpir: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn. 20:28). «Estas (cosas) se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre» (Jn. 20:31).

 

Bibliografía:

Harrison, E. F.: «Juan, el Evangelio de la fe» (Pub. Portavoz Evangélico, Barcelona, 1981)

Meyer, F. B.: «La vida y la luz de los hombres y Amor hasta lo sumo» (Clíe, Terrassa, 1983)

Kelly, W.: «An Exposition of the Gospel of John» (C. A. Hammond, Londres 1966, reimpr. edición 1898)

Kelly, W.: «The Epistles of John the Apostle» (Bible Truth Publishers, Oak Park, Illinois, 1905, reimpr. 1970);

Smith, H.: «The Last Words» (Believers Bookshelf, Sunbury, Penn. s/f);

Stott, John R. W.: «Las cartas de Juan, introducción y comentario» (Ediciones Certeza, Buenos Aires, 1974).

 JUAN (Epístolas)

tip, LIBR CRIT LINT

ver, EVANGELIOS, GAYO

vet,

1ª Epistola

(I) Autor.

La primera epístola de Juan es evidentemente del mismo autor que el cuarto Evangelio. Para la demostración de esta identidad, véase JUAN (EVANGELIO DE) en el apartado anterior. Se señala en ambas obras una identidad de fraseología y de sintaxis. Los dos escritos se dirigen evidentemente a las mismas iglesias. Con todo, esta epístola no presenta ninguna de las características de las cartas griegas: no tiene ni nombre de autor, ni indicación de destinatario, y, en contra de lo acostumbrado, no termina con saludos. Esta es la razón de que algunos exegetas estiman que es más bien una homilía. No obstante, este escrito es verdaderamente una carta, destinada a las asambleas de la provincia de Asia.

Las primeras palabras de la epístola evocan al instante el prólogo del Evangelio de Juan. Se hallan paralelos a este Evangelio en casi cada versículo de la epístola. Además, esta carta tiene como objeto el mundo considerado como adversario de la Iglesia y como campo de misión (1 Jn. 2:2, 15:26; 4:3-5; 5:5, 19). La epístola pone en guardia contra el Anticristo y las falsas doctrinas que minan la enseñanza acerca de la persona de Cristo. El autor está enfrentándose, muy probablemente, a una herejía gnóstica, el docetismo; según este sistema filosófico, Cristo no hubiera sido más que una apariencia inmaterial de cuerpo, una especie de fantasma. Los pasajes de 1 Jn. 1:1-3; 2:22; 4:1-3 parecen constituir una refutación de esta postura. El docetismo tenía también una falsa concepción de la moralidad, que tendía a separar la fe cristiana de la piedad vivida.

El autor intenta aplicar a la vida cristiana la verdad, revelada históricamente por el Evangelio. Habiendo vivido en contacto personal con Cristo (1 Jn. 1:1-3; 4:1-14), habla con autoridad (1 Jn. 1:4; 2:1; 4:6, 14). Hay, entre esta epístola y los discursos de Cristo registrados en los Evangelios, una similitud de expresión y de pensamiento que demuestra cómo el autor asimiló la enseñanza del Señor. Ireneo y el fragmento de Muratori atestiguan que el apóstol Juan es el autor de esta epístola. Las citas más antiguas aún de Policarpo, Papías, etc., demuestran que la carta circulaba por las iglesias al inicio del siglo II.

(II) Contenido de la epístola.

Según la introducción (1 Jn. 1:1-4), el propósito de Juan es el de declarar a los hombres que la Palabra divina, fuente de vida, se ha manifestado, para que puedan tener en Cristo comunión y gozo con los primeros apóstoles. Después, el autor enseña que el carácter de Dios, revelado por Cristo, debe determinar la vida espiritual y el comportamiento del creyente (1 Jn. 1:5-2:6). Juan exhorta a sus lectores al amor cristiano, los pone en guardia frente a las seducciones del mundo y en contra de las falsas doctrinas (1 Jn. 2:7-27). Insiste (1 Jn. 2:28-3:24) en la necesidad de poner en práctica los mandamientos, de andar en rectitud, de permanecer en Dios, en previsión de la segunda venida de Cristo. En efecto, nuestra filiación divina, que se hace patente por la obediencia y el amor, será entonces plenamente manifestada. Juan recuerda acto seguido a sus lectores que la confesión de que Cristo es el Hijo de Dios venido en carne, el seguimiento de los apóstoles, y la práctica del amor cristiano, son los criterios que permiten saber si uno tiene el Espíritu de Dios (1 Jn. 4). Toda la vida espiritual y el nivel adquirido en la práctica del amor dependen de una fe auténtica en Jesús (1 Jn. 5:1-12).

(III) Conclusión.

La conclusión (1 Jn. 5:13-21) resume de una manera concisa el propósito de la epístola de confirmar la fe de los lectores y su comunión con Dios. Este epílogo expone con solemnidad los fundamentos históricos y espirituales sobre los que reposa la certidumbre de la vida eterna.

(IV) Fecha.

Es difícil determinar si la primera epístola de Juan fue escrita antes o después de su Evangelio. La fecha y el lugar donde fue redactada parecen corresponderse con los de la epístola.

 

2ª Epístola

La segunda epístola de Juan tiene la forma de una carta privada de la época helenística y contiene exactamente el número de líneas (al igual que la tercera epístola de Juan) que se podían escribir cómodamente en una hoja de papiro. En armonía con la habitual reserva del apóstol Juan, el autor de la segunda epístola se refiere a sí mismo como «el anciano», calificativo también empleado por Pedro para referirse a sí mismo(1 P. 5:1). Papías da este título a todos los apóstoles. El autor escribe a «la señora («kuria») elegida y a sus hijos». Se siente feliz de constatar que sus hijos se conducen piadosamente, y la pone en guardia contra los propagadores de falsas doctrinas. La misma advertencia había sido dada en la primera epístola. La brevedad de esta carta constituye suficiente explicación de que no sea muy citada por los más antiguos autores cristianos. Sin embargo, las pruebas externas de su autenticidad son abundantes, y los testimonios históricos más antiguos atribuyen esta carta al apóstol Juan. Clemente de Alejandría conocía al menos una de las dos cartas breves que Juan había escrito. Ireneo cita 2 Jn. 11 como de Juan, el discípulo del Señor. Por otra parte, las notables similitudes de lenguaje y pensamiento que existen entre esta segunda y la primera confirman poderosamente que es asimismo de Juan.

Se supone generalmente que la expresión «la señora elegida y sus hijos» designa una iglesia y sus miembros, en tanto que según ciertos exegetas el término «kuria» (gr. dama) se dirige verdaderamente a una dama. Pero parece insólito que el autor estime necesario exhortar a una tal dama a que «nos amemos unos a otros» (2 Jn. 5; cfr. asimismo la 2ª pers. pl., 2 Jn. 8-12). Si el término «kuria» designa una iglesia, esta recomendación es comprensible. En este caso, la expresión «los hijos de tu hermana, la elegida» (2 Jn. 13) designaría a los miembros de una iglesia hermana.

 

3ª Epístola

La tercera epístola de Juan es asimismo una carta privada del mismo género. Dirigida por «el anciano» al amado Gayo, le expresa el gozo del apóstol Juan al conocer la excelente hospitalidad que había ofrecido a los hermanos. El autor apremia a su amigo para que continúe obrando así, imitando lo bueno. La carta menciona asimismo a un cierto Diótrefes, opuesto a Juan, y a uno llamado Demetrio, a quien el anciano apóstol alaba mucho. Gayo parece haber tenido un papel muy prominente en una de las iglesias de Asia, pero sin haber tenido ningún cargo eclesiástico. Es imposible identificarlo con ninguno de los personajes de este nombre que figuran en el NT. (Véase GAYO.) Por el estilo y el contenido, esta carta se parece a las otras dos de una manera notable. No hay razón alguna que induzca a pensar que las tres epístolas no sean del mismo autor.

 

La primera epístola de Juan y las de Santiago, Pedro y Judas son generalmente denominadas «epístolas universales», porque no se dirigen a individuos ni a iglesias en particular, sino a gran número de comunidades a la vez. La primera epístola de Juan fue indudablemente enviada a las iglesias de Asia, cuidando de las cuales había redactado el apóstol el cuarto Evangelio.

 

Bibliografía:

Harrison, E. F.: «Juan, el Evangelio de la fe» (Pub. Portavoz Evangélico, Barcelona, 1981)

Meyer, F. B.: «La vida y la luz de los hombres y Amor hasta lo sumo» (Clíe, Terrassa, 1983)

Kelly, W.: «An Exposition of the Gospel of John» (C. A. Hammond, Londres 1966, reimpr. edición 1898)

Kelly, W.: «The Epistles of John the Apostle» (Bible Truth Publishers, Oak Park, Illinois, 1905, reimpr. 1970);

Smith, H.: «The Last Words» (Believers Bookshelf, Sunbury, Penn. s/f);

Stott, John R. W.: «Las cartas de Juan, introducción y comentario» (Ediciones Certeza, Buenos Aires, 1974).

 JUANA

tip, BIOG MUJE MUNT

vet,

Forma gr. femenina del heb. «Yõhãnãn», «Jehová ha hecho gracia».

Mujer de Chuza, intendente de Herodes el tetrarca, fue una de las que ayudaban a Jesús con sus bienes (Lc. 8:3) y se hallaba entre el grupo de mujeres que acompañó a María Magdalena al sepulcro del Señor (Lc. 24:10).

 JUBAL

tip, BIOG MUSI HOMB HOAT

vet,

Hijo de Lamec y de Ada, descendientes de Caín.

Inventó la lira y la flauta de pastor, instrumentos de cuerda el uno y de viento el otro (Gn. 4:21).

 JUBILEO (año del)

tip, LEYE CALE COST

vet,

(hebreo, «yobel», «trompeta»).

Considerado también «Año sabático», tenía lugar cada 50 años, o sea al finalizar un período de 7 veces 7 años, y se anunciaba con toque de trompetas (de ahí su nombre) (Lv. 25).

Se dejaba descansar la tierra; cada propietario recobraba las posesiones que se hubiera visto obligado a vender, hipotecar o enajenar de otro modo, excepto las casas situadas dentro de ciudades amuralladas; los esclavos hebreos, inclusive sus familias, quedaban en libertad (Éx. 21:1-6).

Empezaba con una fiesta de nueve días, que terminaba con el Día de Expiación.

Mediante el jubileo se conservaba cierto equilibrio económico, evitando el latifundismo y la acumulación de riquezas por unos mientras otros quedaban por completo desposeídos.

También era ocasión para intensificar la instrucción de la juventud en la ley de Dios y en el temor de su nombre (Lv. 25:23; Ez. 37:30; Is. 61:2).

 JUDÁ

tip, BIOG HOMB HOAT SACE

ver, ISRAEL, REY, MACABEOS, JERUSALÉN, HISTORIA, JUDÍO

vet,

«que Él (Dios) sea alabado».

(A) Cuarto hijo de Jacob y Lea, y el cabeza de la tribu que lleva su nombre. Fue Judá el que aconsejó a sus hermanos la venta de José en lugar de quitarle la vida (Gn. 37:26). Pecó en el asunto de su nuera Tamar (Gn. 38). No tenía reparo alguno en castigar con la muerte a Tamar, hasta que quedó comprobado que él era también culpable (Gn. 38:26). Así se señala la terrible corrupción en la historia de la familia en la que, por elección de gracia, Cristo nacería (Mt. 1:2). Aunque no era el hijo mayor, pronto empezó a tener el primer lugar en la familia. Pudo persuadir a su padre que dejara ir a Benjamín a Egipto (Gn. 43:8), y cuando se tuvo que hablar a José, fue Judá quien tomó la palabra (Gn. 44:14-18 ss). En la bendición de Jacob a sus hijos, las predicciones muestran que la línea real queda centrada en Judá. El cetro no se apartaría de Judá, ni el legislador de entre sus pies hasta que viniera Siloh, etc. (Gn. 49:8-12). De Judá descendieron David y una larga sucesión de reyes. Cristo, nacido de la tribu de Judá, es llamado «el León de la tribu de Judá» (Ap. 5:5).

(B) Levita, antepasado de algunos de los que ayudaron a reconstruir el templo (Esd. 3:9). Posiblemente el mismo que Hodavías (Esd. 2:40; Neh. 7:43).

(C) Levita que había tomado una mujer extranjera (Esd. 10:23).

(D) Hijo de Senúa, supervisor de Jerusalén (Neh. 11:9).

(E) Levita que volvió del exilio (Neh. 12:8).

(F y G) Un príncipe de Judá y un sacerdote y músico que asistieron a la dedicación del muro de Jerusalén (Neh. 12:34, 36).

 JUDÁ (Tribu)

tip, TRIB TR12

ver, ISRAEL, REY, MACABEOS, JERUSALÉN, HISTORIA, JUDÍO

sit, a6, 244, 369

vet,

«que Él (Dios) sea alabado».

La tribu de Judá tuvo una posición preeminente. En los viajes de los israelitas, Judá iba delante, y en el primer y segundo censos sus números eran 74.600 y 76.500 respectivamente. El territorio que les fue asignado era grande. Su límite oriental abarcaba todo el mar Muerto, y se extendía hasta Gat y la tierra de los filisteos al Oeste. Su límite septentrional estaba alrededor de los 31° 48' N, y en el sur se extendía hasta el desierto de Parán. Jerusalén se hallaba cerca del limite entre Judá y Benjamín; en Jos. 18:28 se halla entre las ciudades asignadas a Benjamín; pero en Jos. 15:63 y en Jue. 1:8 es mencionada como perteneciente a Judá. David y sus sucesores, de esta última tribu, hicieron de Jerusalén su capital.

 JUDÁ (Reino)

tip, PAIS

ver, ISRAEL, REY, MACABEOS, JERUSALÉN, HISTORIA, JUDÍO

sit, a3, 250, 149

vet,

«que Él (Dios) sea alabado».

Al separarse las diez tribus (véase ISRAEL), Judá y Benjamín formaron un reino bajo el nombre de Judá. Al ser Benjamín una tribu pequeña, con frecuencia se habla del reino de Judá como de una sola tribu. Indudablemente, el territorio de Simeón quedó también incluido en el de Judá, al haber quedado su territorio totalmente rodeado por el de Judá. No es nombrada en la bendición de las tribus por Moisés (Dt. 33; cfr. Gn. 49:7). Bet-el, originariamente perteneciente a Benjamín, quedó en poder del reino de Israel.

Al estar el Templo en Jerusalén, con los sacerdotes y levitas, Judá representaba al pueblo de Dios y su gobierno sobre la tierra, en tanto que el reino de Israel se dio rápidamente a la idolatría. Siguiendo sus promesas, Dios hizo que la lámpara de David siguiera brillando en Jerusalén. Muchos de sus reyes sirvieron a Dios de corazón, aunque otros abrazaron la idolatría. (Para la sucesión de los reyes, véase REY.) El reino de Judá se mantuvo desde el año 931 hasta el 605 a.C., cuando muchos de sus nobles y artesanos fueron llevados a Babilonia, aunque Jerusalén no fue destruida hasta el año 586 a.C.

Jeremías había predicho setenta años de cautiverio (Jer. 25:11, 12; 29:10); éstos empezaron en el año 605 a.C. y terminaron en el 536 cuando, bajo Ciro, los judíos volvieron a Jerusalén para reconstruir la casa de Jehová; sin embargo, el Templo no fue acabado y dedicado hasta el año 516 a.C. (Esd. 6:15). Esdras recibió permiso para hermosear el Templo y llevar a cabo los servicios (Esd. 7:12-26) en el año 457 a.C. Fue Nehemías quien, en el año 444 a.C., recibió la orden de reedificar la «ciudad» de Jerusalén (Neh. 2:1-9). No obstante, el territorio ya no podía ser llamado «reino de Judá». Sólo volvió un residuo de las tribus de Judá y Benjamín, que quedaron primero sometidas al imperio de Persia, luego a Alejandro Magno y sus sucesores y, después de un breve período de independencia bajo Judas Macabeo y sus sucesores (véase MACABEOS), quedaron sometidas a Roma. (Véanse ISRAEL, JERUSALÉN, HISTORIA, JUDÍO.)

 JUDAIZANTES

tip, RELI

ver, CONCILIO, APÓCRIFOS, GNOSTICISMO, EBIONISMO

vet,

Eran aquellos que querían imponer la observancia de la ley de Moisés a los cristianos convertidos de entre los gentiles, con el argumento de que era necesaria para la salvación. Este sustantivo no aparece, sin embargo, en las Escrituras, donde lo que sí aparece es el verbo «judaizar» (Gá. 2:14).

Ésta fue una fuerte tendencia en el seno de la iglesia apostólica, y que tuvo que ser examinada a fondo y combatida. El concilio de Jerusalén había ya dado una declaración terminante respecto a la libertad cristiana (Hch. 15, cfr. CONCILIO DE JERUSALÉN), y Pablo da, en su Epístola a los Gálatas, una poderosa refutación de la línea judaizante, que quería esclavizar a los cristianos bajo el yugo de la ley de Moisés, de la que habían quedado libertados, al estar bajo la gracia por la obra redentora de Cristo.

Entre los grupos que surgieron de los tempranos judaizantes se puede mencionar la secta de los ebionitas, que cayeron en profundos errores con respecto a la persona de Cristo, habiendo surgido de un rechazo de la eficacia y carácter de su obra. Ireneo (Contra Herejías, I, 26:2) refiere que rechazaban la divinidad de Cristo. Usaban el llamado Evangelio según los Hebreos, conocido sólo a través de citas fragmentarias (véase APÓCRIFOS). Rechazaban a Pablo como renegado. Había ebionitas de corriente gnóstica. (Véase GNOSTICISMO. cfr. ISBE, «Ebionism».)

 JUDAS

tip, BIOG APOS PROF HOMB HONT

ver, MACABEOS, HERMANOS DE JESÚS, CENSO, CIRENIO, BARSABÁS, ACÉLDAMA

vet,

(forma gr. del heb. «Judá»).

(A) Para Judas Macabeo, véase MACABEOS.

(B) Uno de los apóstoles, hermano de Jacobo (Lc. 6:16; Jn. 14:22; Hch. 1:13); aparentemente, se trata del mismo que Lebeo, «por sobrenombre Tadeo» (Mt. 10:3; Mr. 3:18.)

(C) Uno de los hermanos del Señor (Mt. 13:55; Mr. 6:3). (Véase HERMANOS DEL SEÑOR.)

(D) Judas el galileo, que en los días del censo del año 6 d.C. levantó una insurrección. Fue muerto a manos de los romanos, y sus seguidores fueron dispersados (Hch. 5:37, véanse CENSO y CIRENIO).

(E) Un discípulo de Damasco que acogió a Pablo en su casa en la calle Derecha (Hch. 9:11).

(F) Un «profeta» enviado de Jerusalén a Antioquía (Hch. 15:22). Véase BARSABÁS.

 JUDAS (Epístola)

tip, LIBR LINT

ver, MACABEOS, HERMANOS DE JESÚS, CENSO, CIRENIO, BARSABÁS, ACÉLDAMA

vet,

(forma gr. del heb. «Judá»).

El autor de la epístola (Jud. 1) se designa sencillamente como «hermano de Jacobo», una posible alusión a Jacobo, el autor de la epístola de Santiago y autoridad de la iglesia de Jerusalén. En tal caso, Judas sería el hermano del Señor, y no el apóstol. La mención del nombre de Judas entre los hermanos del Señor parece ser una corroboración de estas deducciones (Mt. 13:55; Mr. 6:3). Jud. 17 parece asimismo implicar que el autor no pertenecía al grupo de los apóstoles. Nada sabemos de este Judas, a excepción de que los hermanos del Señor no creyeron en Él en su vida terrena (Jn. 7:5), pero que se convirtieron en discípulos de Él después de su resurrección (Hch. 1:14). Según Hegesipo (alrededor de 110-180 d.C.) citado por Eusebio (Historia Eclesiástica 3:20) dos nietos de Judas, el hermano del Señor, comparecieron ante el emperador Domiciano, porque eran de linaje davídico. Fueron dejados libres como personas inofensivas. Este relato confirma la deducción lógica de 1 Co. 9:5, por la que Judas estaría casado. La cita de Eusebio implica que Judas murió antes del año 80 d. C.

La epístola de Judas dice de su autor que es «siervo (o, "esclavo") de Jesucristo» (Jud. 1). Se dirige muy generalmente «a los llamados, santificados en Dios Padre, y guardados en Jesucristo» (Jud. 1). El vocabulario de Judas está fuertemente marcado por la terminología cristiana. Entre los cristianos de lengua griega, ciertos términos habían ya adquirido un sentido preciso y reconocido, sobre todo gracias a las enseñanzas de los escritos de Pablo. Judas da también evidencias de conocer a fondo el lenguaje de la LXX.

Se dan en la epístola tres ejemplos para mostrar cómo la apostasía había sido castigada en el pasado:

(A) Algunos de los que habían sido salvados de Egipto fueron, sin embargo, destruidos.

(B) Los ángeles caídos son mantenidos en cadenas eternas para el juicio.

(C) Sodoma y Gomorra se hallan bajo el efecto del juicio.

Después, los injuriadores son avergonzados con el ejemplo de la conducta del arcángel Miguel, que cuando estaba de derecho luchando contra Satanás por el cuerpo de Moisés, no le maldijo, sino que dijo: «El Señor te reprenda» (Jud. 9).

Se mencionan tres estadios de apartamiento del camino de la verdad, con un ¡Ay! sobre aquellos que se hallan en esta condición:

(A) El camino de Caín: la naturaleza y voluntad del hombre, con su aborrecimiento contra el pueblo de Dios (cfr. 1 Jn. 3:12).

(B) El error de Balaam por recompensa, o corrupción eclesiástica (cfr. Ap. 2:14).

(C) La contradicción de Coré, oposición a la realeza y al sacerdocio de Cristo (cfr. Nm. 16). Los tales están doblemente muertos, por naturaleza y apostasía, y están reservados para las tinieblas eternas.

El motivo de estas exhortaciones fue la eclosión de una herejía con tendencias inmorales y peligrosas por las que los lectores de Judas podían hallarse en peligro. Es posible que se tratara de una falsa doctrina análoga al gnosticismo naciente refutado por las Epístolas Pastorales y por el Apocalipsis (Jud. 3, 4, 10, 15, 16, 18). La epístola de Judas pone en guardia a los creyentes contra los diversos tipos de error básico anteriormente mencionados. Judas exhorta a tos cristianos a perseverar en la fe que les ha sido dada de una vez por todas. Los exhorta a resistir a aquellos que, fingiendo ser creyentes, en realidad han dejado al Señor. Después de la indicación de los destinatarios (Jud. 1, 2), el autor indica el tema de la epístola (Jud. 3, 4), indicando después el castigo que habrán de sufrir los falsos doctores (Jud. 5-16). Judas expone a continuación cuál debe ser el comportamiento de los verdaderos cristianos en tales circunstancias (Jud. 17-23). Concluye con una magnífica doxología a la gloria del Dios Salvador (Jud. 24, 25). Los primeros Padres de la Iglesia no mencionan esta epístola de una manera formal, indudablemente a causa de su brevedad. Hacia el final del siglo II, es plenamente utilizada en las iglesias, tanto griegas como latinas. La epístola se halla en la versión Vetus Latina y en la lista del fragmento de Muratori. Clemente de Alejandría, Tertuliano y más tarde Orígenes la mencionan como de Judas. Es evidente que esta epístola formó parte, desde el principio, del canon del NT.

Generalmente se aduce que Jud. 14 es una cita del libro apócrifo de Enoc. Sin embargo, no hay evidencia de que Judas citara este libro. Hay, sí, una cierta correspondencia en el lenguaje entre la profecía del patriarca Enoc citada por Judas en el versículo 14 y la incorporada en el libro apócrifo de Enoc, pero el contenido es radicalmente diferente. En el libro de Enoc el texto dice: «He aquí, Él viene con miríadas de sus santos, para ejecutar juicio sobre ellos, y destruir a los malvados, y reprender a todos los carnales por todo lo que los pecadores e impíos han hecho y cometido contra Él.» No hay razón para dudar que ambos pasajes se refieran a la misma profecía, pero tampoco hay evidencia alguna de que una fuera copiada de la otra. Nada hay acerca de lo que los pecadores impíos han hablado en el libro de Enoc, ni tampoco se usa la expresión «destruir a los malvados» en Judas. Las fraseologías son diferentes. Pero además el libro de Enoc afirma que Dios viene a ejecutar juicio sobre sus santos. Esta es la doctrina del libro de Enoc, que afirma que el juicio «vendrá sobre todos, incluso sobre todos los justos». Además, está la cuestión de la fecha de redacción del libro de Enoc, que parece ser posterior a la Epístola de Judas.

 

Bibliografía:

Darby, J. N.: «The prophecy of Enoch», en The Collected Writings of J. N. Darby, vol. 6, APOLOGETIC, PP. 151-155;

Darby, J. N.: «Epistle of Jude», ibid, vol. 28, PP. 330-335 y

Darby, J. N.: «The Similarity of the Epistle of Jude and one part of the Second Epistle of Peter», vol. 13, PP. 216-231 (Stow-Hill Bible and Tract Depot, Kingston-on-Thames, Inglaterra, reimpresión 1964);

Coder, S. M.: «Judas, los Hechos de los apóstatas» (Pub. Portavoz Evangélico, Barcelona, 1981);

Hesselgrave D. J. y Hesselgrave, R. P.: «What in the World has gotten into the Church? (Moody Press, Chicago, 1981).

Kelly, W.: «Lectures on the Epistle of Jude» (Bible Truth Publishers, Oak Park, Illinois, 1970, reimpr.).

 JUDAS ISCARIOTE

tip, BIOG APOS HOMB HONT

ver, MACABEOS, HERMANOS DE JESÚS, CENSO, CIRENIO, BARSABÁS, ACÉLDAMA

vet,

(forma gr. del heb. «Judá»).

Era hijo de un Simón (Jn. 6:71); aunque era uno de los doce para el apostolado, traicionó a su Señor. Recibe el nombre de Iscariote para distinguirlo del otro apóstol que también se llamaba Judas (Lc. 6:16; Jn. 14:22). Por lo general, su apelativo se interpreta como significando que Judas era originario de Queriot, lo cual indicaría que no era galileo. A juzgar por su carácter, parece indudable que siguió a Jesús con vistas a las ventajas materiales que obtendría gracias al establecimiento del Reino mesiánico. Sin dar nombres, Jesús hizo frecuentes alusiones a la futura traición de uno de los doce (Jn. 6:70). A Judas le había sido confiado el cuidado de la bolsa común, pero se dio a la avaricia; traicionó la confianza de sus amigos, apropiándose de una parte del dinero. María de Betania quebró un vaso de alabastro y ungió a Jesús con un perfume de gran precio para mostrar su afecto por el Maestro. Hablando en su propio nombre y en el de los otros discípulos, Judas calificó duramente esta acción de desperdicio. Pero no era su preocupación hacia los pobres lo que le motivó a esta intervención, sino el deseo de apropiarse del precio del perfume, si hubiera podido disponer de él en su bolsa (Jn. 12:5, 6). Jesús lo reprendió en público, aunque suavemente. Herido en su amor propio, el Iscariote se dirigió a los principales sacerdotes, ofreciéndoles entregarles a Jesús a cambio de una recompensa. Acordaron entregarle treinta monedas de plata, el precio establecido para un esclavo. A partir de entonces, Judas empezó a buscar la oportunidad de entregar a su Maestro (Mt. 26:14-16; Mr. 14:10, 11; cfr. Éx. 21:32; Zac. 11:12, 13). Jesús, que no quería ser crucificado en otro momento más que durante los días de la Pascua, mencionó durante la cena la próxima traición de uno de los doce. El diablo ya había puesto en el corazón de Judas este designio criminal (Jn. 13:2). Cuando el Señor declaró solemnemente: «uno de vosotros me va a entregar», cada discípulo empezó a preguntarle: «¿Soy yo, Maestro?» Pedro le hizo a Juan una señal para que se lo preguntara a Jesús. Cristo respondió de una manera enigmática que el traidor pondría la mano con Él en el plato (Mt. 26:23; Mr. 14:20) y que era a él a quien Él iba a darle el bocado escogido (Jn. 13:26); en otras palabras, que se trataba de uno de sus íntimos, con el que compartía su pan (Jn. 13:18; cfr. Sal. 41:10). Sin duda, Jesús y Judas estaban a punto de mojar el pan en el plato común, siguiendo la costumbre oriental. Jesús mojó el trozo de pan que tenía en la mano y lo dio a Judas (Jn. 13:27), que también le preguntó: «¿Soy yo, Maestro?» Jesús le respondió: «Tú lo has dicho» (Mt. 26:21-25). En este momento los discípulos no comprendieron el sentido preciso de esta respuesta. Cuando Jesús añadió: «Lo que vas a hacer, hazlo más pronto», supusieron que el Señor estaba ordenando al tesorero que se diera prisa a comprar las cosas necesarias para la fiesta, o a dar algo para los pobres. El traidor fue apresuradamente a reunirse con los principales sacerdotes. Había participado de la cena, con el resto de los doce (Mt. 26:20), pero salió inmediatamente después de haber recibido el bocado (Jn. 13:30). El Señor instituyó la Santa Cena después de la Cena Pascual (Mt. 26:26-29; Mr. 14:22-25; Lc. 22:19-20). El relato de Lucas presenta los incidentes de la cena en un orden diferente, para hacer destacar el contraste entre el estado de ánimo de Cristo y el de los discípulos (Lc. 22:15-20 y Lc. 22:21-24). Después de la partida de Judas, cambió el tono de la conversación. Acabada la cena, Jesús condujo a los once al huerto de Getsemaní. Judas acudió allí con una multitud de hombres armados de espadas y bastones; habían sido enviados por los jefes religiosos y por los ancianos del pueblo. Judas había convenido con los soldados que les señalaría a quién tenían que prender saludándolo con un beso. El traidor se adelantó y dio un beso a Jesús, a quien los soldados arrestaron (Mt. 26:47-50). Al día siguiente, Judas había cambiado de ánimo. Viendo que Jesús había sido condenado y que iba a ser ejecutado, se dio cuenta de la monstruosidad de su crimen, y fue a ver a los principales sacerdotes diciéndoles: «He pecado entregando sangre inocente», y queriendo devolver el dinero. Su conciencia no estaba tan endurecida como la de los jefes religiosos, que, después de haberle pagado para que cometiera aquella traición, le volvieron la espalda, diciendo: «¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!». Judas, entonces, arrojó las piezas de plata en el Templo, y se fue para ahorcarse (Mt. 27:3-5). Cayó de cabeza, y su cuerpo reventó, desparramándose todas sus entrañas (Hch. 1:18). El apóstol Pedro (Hch. 1:20) cita en su discurso los pasajes proféticos de los Sal. 69:25 y 109:8. Judas había cumplido lo que estaba escrito del malvado que daba mal por bien, traición a cambio de amor. Los discípulos se apoyaron en estos pasajes para justificar la elección de otro apóstol para que tomara el lugar de Judas. No hubo ninguna fatalidad sobrenatural que obligara al hijo de perdición a cumplir su destino (Jn. 17:12). La misericordia divina no le fue rehusada. Nunca la pidió.

El orden de los acontecimientos de la muerte de Judas parece ser como sigue en base a los relatos de Mt. 27:5 y Hch. 1:16-25: lleno de remordimientos, Judas arroja la plata en el Templo y se cuelga, probablemente con su cinto; éste se rompe, o se suelta de la rama, y su cuerpo se precipita contra las rocas, con lo que queda reventado, como lo dice Hch. 1:18. No estaba permitido poner en el tesoro un dinero mal adquirido (cfr. Dt. 23:18). La conciencia de los principales sacerdotes no estaba en paz acerca de estas treinta piezas de plata; las rehusaron afectando considerarlas como el precio de la traición, y compraron en su nombre el campo del alfarero. (Véase ACÉLDAMA.)

 JUDEA

tip, REGI

ver, HISTORIA

sit, a3, 276, 303

vet,

(del lat. derivado del gr. «Ioudaia», del heb. «Y'hûdãh»).

Término geográfico que en la Biblia sólo aparece en el NT. Esta región se corresponde aprox. con el territorio del antiguo reino de Judá.

Durante el exilio de Arquelao, Judea quedó anexionada a la provincia romana de Siria, y el emperador romano nombraba a los procuradores encargados de gobernarla. El reinado de Herodes Agripa (41 a 44 d.C.) interrumpió, durante un corto lapso de tiempo, la sucesión de los procuradores. Cesarea, a orillas el Mediterráneo, era la sede del procurador de Judea. Inmediatamente por encima de este magistrado estaba el procónsul (una especie de gobernador general) de Siria, que residía en Antioquía (Lc. 3:1; Ant. 17:13, 5; 18:1, 1). Éste era el gobierno del país durante el ministerio terrenal del Señor Jesús. El NT menciona con frecuencia a Judea (Lc. 23:5-7; Jn. 4:3; 7:3; Hch. 1:8). La frontera septentrional de Judea se extendía seguramente desde Jope, a orillas del Mediterráneo, hasta un punto del Jordán a unos 16 Km. al norte del mar Muerto. El límite meridional puede seguirse desde el wadi Ghuzzeh, situado a unos 11 Km. al suroeste de Gaza, pasando por Beerseba, y hasta el sur del mar Muerto. La longitud de Judea, de norte a sur, es de alrededor de 88 Km. y su anchura de este a oeste es la misma. (Véase HISTORIA.)

 JUDEOCRISTIANOS

ver, CONCILIO, HEBREOS (Epístola),GÁLATAS (Epístola)

vet,

Se trata de los cristianos procedentes del judaísmo, en contraste con los cristianos procedentes de la gentilidad. En el periodo de transición hasta la destrucción del Templo, los judeocristianos seguían la observancia de la Ley de Moisés y el ritual del Templo, como se observa en el libro de Hechos. Sin embargo, acataron la decisión del concilio de Jerusalén acerca de la libertad de los cristianos procedentes de la gentilidad (véase CONCILIO DE JERUSALÉN), al declararse de manera explícita que la salvación era por la gracia de Dios, que aplicaba el valor de la muerte de Cristo a todo creyente en Él (cfr. Hch. 15:7-11).

La Epístola a los Hebreos les fue dirigida para exhortarles a mantenerse firmes en Cristo, superior a todo el ritual e instituciones judaicas, que eran sólo una sombra de las realidades espirituales en Cristo (cfr. He. 8:1-7, etc.; véase HEBREOS [EPÍSTOLA A LOS]).

No debe confundirse, sin embargo, «judeocristianos», que eran los cristianos procedentes del judaísmo, y que mantenían sus formas judaicas siendo creyentes en el Señor Jesucristo (cfr. Hch. 21:17-24), pero que reconocían la libertad cristiana (cfr. Hch. 21:25), con «judaizantes», que eran todos aquellos, judíos o gentiles, que consideraban necesaria la observancia de la circuncisión y de la Ley para salvación, además de la fe en Cristo (cfr. Gá. 3:1-18, etc., véase GÁLATAS [EPÍSTOLA A LOS]).

Entre los rectores del judeocristianismo se hallaban Jacobo, Cefas y Juan (cfr. Gá. 2:9).

 JUDÍO

ver, HISTORIA, ISRAEL

vet,

(lat. «Iudaeus», gr. «Ioudaios», heb. «Y'hûdî»).

Miembro de la tribu de Judá o del reino de Judá (2 R. 16:6; 25:25). Este nombre tomó rápidamente un sentido más extenso, designando a todos los hebreos que volvieron de la cautividad. Finalmente, vino a designar a todas las personas de esta raza dispersadas por todo el orbe (Est. 2:5; Mt. 2:2). Su lengua era el hebreo, que más tardíamente recibió el nombre de judaico (2 R. 18:26; Neh. 13:24). Para su historia en Palestina, véase HISTORIA.

En el NT este término ocurre con mayor frecuencia en el Evangelio de Juan, donde se aplica a los de Jerusalén y Judea, en contraste con el «pueblo», que hubiera podido ser galileo o visitantes de lejos. Juan habla de «los judíos», de «la Pascua de los judíos», etc., como si él no fuera judío. Ellos habían rechazado al Señor y, espiritualmente, Juan estaba separado de ellos.

Los judíos residentes en Judea en la época de la insurrección contra los romanos bajo el procurador Floro, en mayo del año 66, fueron, en su mayor parte, muertos. Después de la conquista de Jerusalén, tras enconada resistencia, en el año 70 d.C., los pocos supervivientes fueron o vendidos como esclavos o hechos pasto de los gladiadores y las fieras. Los judíos dispersos por todo el imperio se encontraron sin centro nacional, sin Templo, sin sacrificios. Sin embargo, mantuvieron su personalidad distintiva en medio de las más tenebrosas circunstancias. Establecidos desde China hasta España, desde África hasta el norte de Rusia, fueron objeto de feroces persecuciones por parte de poblaciones «cristianas» ignorantes de las Escrituras y azuzadas por dirigentes llenos de codicia y prejuicios, cumpliéndose sobre esta desventurada nación la terrible invocación pronunciada por sus antecesores (cfr. Mt. 27:25; Jn. 19:15).

El judaísmo ha persistido siempre en el rechazamiento de Jesús, a quien aceptarán nacionalmente sólo en su retorno sobre el monte de los Olivos cuando Él venga para establecer su reino (cfr. Zac. 12:1-10; 14:3-4 ss.).

El judaísmo se preservó a lo largo de los siglos, con muchos vaivenes, en el seno de una comunidad sumamente cerrada, desposeída sistemáticamente de privilegios, aunque con respiros temporales que paliaban la situación. En períodos de tolerancia los judíos florecieron, y llegaron a gozar de hermosas sinagogas, gran prosperidad material y prestigio en muchos campos del comercio, medicina y ciencia. Pero su situación nunca era segura. Expulsados de España en 1492 por los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, después de haber sido desposeídos de sus bienes y de sistemáticas matanzas por toda la Península, hechos objeto de matanzas populares, o «progroms» en numerosos lugares de Europa Central; sometidos al capricho de cualquier autoridad en los países árabes, tanto en África del Norte como en Oriente Medio, vieron cómo, en pleno siglo XX, se desataba contra ellos una fría campaña de matanzas sistemáticas bajo el régimen nazi en Alemania, Polonia y numerosos otros territorios ocupados, en bien estudiados campos de exterminio, donde hallaron la muerte seis millones de ellos, víctimas del odio satánico expresado en la teoría racista de «la superioridad de la raza aria». Esta estremecedora matanza a escala continental, metódicamente planeada y ejecutada, y no llegada a consumar totalmente gracias a la victoria aliada sobre el Reich alemán en 1945, dio nuevo impulso a las tesis sionistas, llevando a la fundación, contra viento y marea, del moderno estado de Israel el 14 de mayo de 1948. Allí, según las profecías, los judíos deberán afrontar aún una tribulación sin paralelo, «el día de la angustia de Jacob», antes de la venida del Señor y de la implantación de su reinado de paz y justicia sobre el mundo (Jer. 30:3-8).

A lo largo de toda su trágica historia, a partir de 1776 pudieron los judíos contar con un país en el que eran considerados como ciudadanos con plenitud de derechos y deberes, sin diferencia: los Estados Unidos de Norteamérica. Pocos años después, la República Francesa seguiría el mismo camino, y otros estados modernos de Europa. Sin embargo, el holocausto alemán muestra hasta dónde puede llegar el odio satánico contra el Pueblo de Dios, ahora rechazado y sometido a disciplina, pero amado por causa de los patriarcas (cfr. Ro. 11:28) y objeto de promesas de bendición que han de ser cumplidas nacionalmente (cfr. Jer. 31:27-40; cfr. Ro. 9-11). (Véanse HISTORIA, ISRAEL, etcétera).

 

Bibliografía:

Josefo, F.: «Las Guerras de los Judíos» (Clíe, Terrassa, 1983);

Keller, W.: «Historia del pueblo judío» (Ediciones Omega, Barcelona, 1969).

 JUDIT

tip, BIOG LIBR MUJE MUAT

vet,

(hebreo, «judía, la alabada»).

(a) Una de las esposas de Esaú (Gn. 26:34), llamada también Aholibama («mi tienda del lugar alto») (Gn. 26:2).

(b) Es también el nombre de la heroína del libro apócrifo que lleva su nombre, escrito entre el siglo V y II a.C.; está en la versión de los LXX, pero no en el canon hebreo de las Escrituras.

 JUECES (Libro)

tip, LIBR ESCA TIPO LIAT

vet,

Libro histórico, inmediatamente después del de Josué; continúa el relato después de la muerte del caudillo de Israel.

(a) El libro de los Jueces se divide en tres secciones:

(A) Introducción: partida de las tribus para dirigirse a ocupar los territorios que les habían sido asignados (cfr. Jos. 15-21), lista de las ciudades que los israelitas dejaron de arrebatar a los cananeos idólatras (Jue. 1-2:5).

(B) Historia de los Jueces, libertadores de Israel, después de la muerte de Josué hasta la de Sansón (Jue. 2:6-16:31). Esta sección posee su propia introducción que, relacionando el libro de los Jueces con el de Josué, reanuda el relato de los acontecimientos de este período, y destaca la enseñanza religiosa que comportan (Jue. 2:6-3:6). A continuación vienen los episodios más o menos detallados acerca de seis jueces, y breves alusiones a otros seis. La usurpación de la realeza por parte de Abimelec, hijo de Gedeón, es presentada como parte integrante del relato. No obstante, lejos de ser un libertador, Abimelec no fue más que un sanguinario y fratricida tirano que, lejos de beneficiar a Israel, provocó graves daños.

(C) Esta sección relata dos episodios que figuran como apéndices de este período:

(I) la historia del culto idolátrico practicado por Micaía y su instauración entre los danitas que emigraron al norte (Jue. 17-18);

(II) el crimen de Gabaa y la guerra que siguió contra la tribu de Benjamín (Jue. 19-21).

(b) Fecha.

La fecha de redacción del libro de los Jueces es de difícil determinación. En todo caso, es necesario tener en cuenta los siguientes hechos: hay un acuerdo general en conceder una gran antigüedad al cántico de Débora, compuesto en la misma época que los acontecimientos que se celebran. La segunda sección del libro, la más importante, no pudo ser redactada sino hasta después de la muerte de Sansón (Jue. 16:30, 31). En los apéndices, la frase «en aquellos días no había rey en Israel» aparece cuatro veces (Jue. 17:6; 18:1; 21:25) indicando que estos capítulos debieron haber sido escritos probablemente poco después del establecimiento de la monarquía. Cuando estos capítulos fueron redactados, es probable que el arca no estuviera en Silo (Jue. 18:31). La mención «hasta el día del cautiverio de la tierra» (Jue. 18:30) ha sido interpretada por algunos como una mención a las destrucciones que Tiglat-pileser hizo en el norte (2 R. 15:29) o a la deportación de las 10 tribus después de la caída de Samaria. Pero ello no concuerda con la declaración de Jue. 18:31, «todo el tiempo que la casa de Dios estuvo en Silo». Numerosos exegetas han interpretado la expresión «cautiverio de la tierra» (v. 30) como significando la captura del arca por los filisteos, cuando Jehová abandonó Silo; esta opinión es apoyada por la hipótesis de Houbigant (1777), que supone que la última letra de la expresión «cautiverio del país» ha sido alterada: el texto original hubiera tenido una «nun» (n) en lugar de la «tsade» (s), lo que entonces se traduciría por «cautiverio del Arca». Keil, por su parte, piensa que se trata de una alusión a una conquista del territorio de los danitas del norte y de la esclavización de su población por parte de sus vecinos, los sirios de Damasco. En todo caso, esta hipótesis suscita menos problemas que la de hacer persistir hasta la caída de Samaria el culto instituido por Micaía. La expresión «de Dan a Beerseba» (Jue. 20:1) era ya usada en tiempos de los Jueces.

En los dos apéndices, las indicaciones cronológicas se relacionan con el período que precedió a la soberanía de David sobre Israel en su conjunto. La introducción general al libro de los Jueces (o en todo caso a una parte de sus fuentes) fue escrita en el período en que los jebuseos ocupaban todavía la fortaleza de Jerusalén (Jue. 1:21; cfr. 2 S. 5:6, 7). Según la tradición judía, el autor del libro es Samuel, y no se ha podido demostrar lo contrario (por mucho que los críticos pretendan ver un conglomerado de diversas fuentes ¡que no hubiera hallado su redacción final hasta alrededor del año 200 a. C.!). Las tres secciones bosquejadas se corresponden netamente con las divisiones del tema y muestran que el redactor se sirvió de documentos antiguos, orales o escritos, para relatar un período que se extiende a través de varios siglos.

Este libro nos informa de que los diferentes pueblos que vivían en Canaán no fueron exterminados, sino que siguieron ocupando el país, a pesar de la presencia de los israelitas. Las influencias paganas amenazaban el culto del Señor, pero quedaron suficientes israelitas fieles a su Dios para que la verdadera religión quedara salvaguardada (Jue. 10:10-16; en cuanto a los pueblos vecinos, cfr. Jue. 1:19-36; 3:13, 31; 6:3-33). El cántico de Débora, el levantamiento del pueblo para castigar a los criminales de Gabaa y sus cómplices, todo ello revela que los elementos íntegros de la nación preservaban la consciencia de que debían defender una causa santa.

El pasaje de Jue. 2:1-23 presenta, de una manera integral, el objetivo del libro: enseñarnos que dejar al Señor tiene como resultado la servidumbre y el juicio, en tanto que el arrepentimiento conduce a la liberación y a la restauración. Se ha señalado que el texto posee un orden simétrico, relatando siete períodos de apostasía, siete servidumbres bajo siete naciones paganas, y siete liberaciones. Varios jueces son sólo mencionados. Estos acontecimientos y las personas elegidas para destacar su historia son particularmente sugerentes. Se puede trazar un paralelo entre este libro y la historia de la iglesia. Después de la era apostólica, nos hallamos ante una sucesión constante de períodos de sueño espiritual, de división y sumisión al mal, seguidos de despertamientos y conquistas, con lo que el ciclo vuelve a comenzar. Incluso se puede llegar a decir: es necesario un avivamiento por generación. Mejor sería un avivamiento perpetuo, lo cual se aproximaría más al estado que debiera ser el normal de la iglesia. La situación de Jueces finalizó con la instauración de la monarquía, del rey Saúl primero, y después de David, el rey «conforme al corazón» de Jehová. Este final típico de la época de los Jueces hallará su final escatológico con la venida de Cristo a instaurar Su reino final en Israel y el mundo.

 

Bibliografía:

Bruce, F. F.: «Jueces», en Nuevo Comentario Bíblico (Casa Bautista de Publicaciones, El Paso, 1977).

Pfeiffer, C. E.: «Jueces», en Comentario Moody del Antiguo Testamento (Portavoz Evangélico, en prep.; hay edición en inglés: Moody Press, Chicago, 1962);

Rossier, H.: «Meditaciones sobre el libro de los Jueces» (Ed. «Las Buenas Nuevas», Montebello, California, 1964).

 JUEGOS

ver, IDOLATRÍA

vet,

Las alusiones en Gá. 2:2, 7; Fil. 2:16; 3:14 y 2 Ti. 2:5 se refieren a los encuentros atléticos a que eran tan afectos los griegos y romanos, y que fueron introducidos por Antíoco Epifanes y fomentados por los Herodes en Palestina.

Los hebreos no conocieron esta clase de diversiones y en tiempos de Cristo se consideraban como profanaciones por los judíos ortodoxos. Pablo no parece considerarlos malos en sí, pero eran repudiados por los judíos principalmente debido a su conexión con las fiestas dedicadas a las divinidades paganas. (Véase IDOLATRÍA.)

 JUEZ

tip, FUNC

ver, JUDÁ, RUT (Libro)

vet,

(a) Magistrado encargado de resolver las cuestiones civiles (Éx. 21:22; Dt. 16:18). Aconsejado por su suegro, Moisés estableció jueces en Israel para no sobrecargarse de trabajo en el juicio de las cuestiones menores (Éx. 18:13-26). Los llamados príncipes o ancianos tenían ya una cierta autoridad en lo civil y religioso en el interior de las tribus. Moisés introdujo a estos líderes en la nueva organización judicial, y vinieron a ser titulares de su cargo hereditario de juez (Dt. 1:15-17; cfr. 21:2). Antes de morir, Moisés ordenó a los israelitas que cuando se establecieran en Canaán nombraran jueces y magistrados en todas sus ciudades. Los jueces deberían remitir a los sacerdotes los Iitigios que consideraran demasiado difíciles (Dt. 16:18-20; 17:2-13; 19:15-20; cfr. Jos. 8:33; 23:2; 24:1; 1 S. 8:1). Con el advenimiento de la monarquía, el rey vino a ser la instancia superior de apelación en temas civiles (2 S. 15:2; 1 R. 3:9, 28; 7:7. cfr. 1 S. 8:5). David atribuyó funciones judiciales a los levitas; nombró a 6.000 de ellos como magistrados y jueces (1 Cr. 23:4; 26:29). El rey Josafat desarrolló la administración de justicia en Judá estableciendo jueces en las ciudades fortificadas y señalando en Jerusalén un tribunal supremo, compuesto de levitas, sacerdotes y ancianos de las casas patriarcales. Este tribunal actuaba bajo la presidencia del sumo sacerdote para las cuestiones religiosas, y bajo la del príncipe de la tribu de Judá para las cuestiones civiles (2 Cr. 19:5-11). La actividad de los jueces no se limitaba a la resolución de litigios; son a menudo comparados con los reyes (cfr. Sal. 2:10; 148:11; Pr. 8:15, 16; Is. 33:22; 40:23; Am. 2:3).

(b) Hombre suscitado por Dios para dirigir el levantamiento de Israel contra un opresor extranjero. Según el libro de los Jueces, hubo doce de estos libertadores, sin contar a Abimelec, que no fue más que un tirano reyezuelo (Jue. 9).

Otoniel, de la tribu de Judá, liberó a Israel de la opresión del rey de Mesopotamia.

Aod echó a los moabitas y amonitas.

Samgar dio muerte a 600 filisteos de una sola vez y Iiberó a Israel.

Débora impulsó a Barac, bajo la dirección de ambos los hombres de Zabulón y de Neftalí aplastaron a los cananeos del norte.

Gedeón expulsó a los madianitas del territorio de Israel.

Tola y Jair fueron también jueces.

Jefté venció a los amonitas.

Hubo además Ibzán, Elón, Abdón y Sansón, el adversario de los filisteos.

Además de estos doce Elí y Samuel ejercieron también las funciones de jueces (1 S. 4:18; 7:15); el primero en su calidad de sumo sacerdote, el segundo como profeta de Jehová.

Los jueces de este tipo no obtenían un cargo hereditario, sino que surgían en los momentos de necesidad, en ocasiones como héroes regionales, actuando en sectores limitados. (Para la cuestión cronológica del libro de los Jueces, véase Anderson, Sir Robert: «El Príncipe que ha de venir», Pub. Portavoz Evangélico, Barcelona, PP. 111-112). Los 480 años mencionados en 1 R. 6:1 se refieren, como evidencia Anderson, a la suma de los años en que Israel estuvo en posesión de su tierra bajo el gobierno de los jueces, excluyendo los años de dominación extranjera y opresión, rechazados por Dios debido a sus idolatrías. Sumados todos los lapsos de tiempo, se llega a un total de 573 desde el Éxodo hasta el cuarto año de Salomón (se señalan 93 años de opresiones en Jueces).

En la época de los jueces las corrientes de aislacionismo eran intensas; el Jordán separaba a las tribus del este con las de la Palestina propia; los jebuseos y gabaonitas instalados en el centro del país aislaban a Judá de los israelitas del norte. El cántico de Débora y la historia de Jefté muestran la debilidad de los lazos nacionales; revelan al mismo tiempo cuáles eran las tribus que podían y querían poner en común sus recursos y esfuerzos (cfr. Jue. 6; 8:1-9; 12:1-6). El aislamiento de Judá era muy grave (véase JUDÁ). Pero había influencias centralizadoras. Había un sentimiento de unidad nacional: la guerra de exterminio contra Benjamín demuestra que la gente tenía conciencia de su culpabilidad y responsabilidad como nación. Había una sola Arca para todas las tribus, y se hallaba depositada en el tabernáculo en Silo (Jos. 18:1; Jue. 21:19; cfr. Éx. 23:14-17). El Arca fue transportada a Bet-el, donde los israelitas se reunieron para el combate y consultaron a Jehová, antes de saber qué tribu era la que atacaría a Benjamín en primer lugar (Jue. 20:8-29). Cuando los enemigos oprimían gravosamente, todo el pueblo se unía a causa de la calamidad general. Grandes liberadores suscitaron en la nación sentimientos de lealtad y de orgullo que contribuían a la unión para la acción. Grandes liberaciones, favorecidas por la unidad, consolidaron los lazos entre las tribus. La gloria de una victoria en común unificaba a la gente.

La época de los jueces fue la edad de hierro de Israel: época cruel, bárbara, sangrienta. Los textos permiten constatar que reinaba la anarquía (Jue. 17:6; 21:25): «En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía.» La nación caía frecuentemente en la idolatría. Era difícil acudir al santuario nacional para adorar a Jehová, a causa de todos los disturbios del país. Jael asesinando a Sísara, Jefté pronunciando un voto insensato e inmolando a su hija, Gedeón castigando a las gentes de Sucot, la perversidad de Gabaa, todo ello muestra el carácter implacablemente cruel de la época. Sobre este marco oscuro contrastan, en una cegadora luz, la piedad filial y sometida de la hija de Jefté; la figura de Rut, no dispuesta a abandonar a Noemí; la fisonomía bondadosa y honrada de Booz (véase RUT [LIBRO DE]).

 JUICIO

tip, ESCA DOCT

ver, DISPENSACIÓN, APOCALIPSIS (Libro), TRIBULACIÓN, BABILONIA, DÍA, ESCATOLOGÍA, GRACIA, MILENIO, TRIBULACIÓN

vet,

(a) Juicio penal.

Puede ser administrado en la tierra en el gobierno que Dios ejerce sobre los hombres o sobre su pueblo, de acuerdo con los principios de la economía que esté entonces en vigor (véase DISPENSACIÓN); o en el más allá para la eternidad, en conformidad con los decretos de Dios. Los cuatro gravosos juicios de Dios sobre los vivientes cayeron sobre Jerusalén y han caído en general sobre la humanidad. Caerán todavía sobre la tierra en el futuro, como se muestra en Apocalipsis (véase APOCALIPSIS [LIBRO DE]):

(A) Guerra, muerte por espada, sea de parte de un enemigo exterior, o en guerra civil.

(B) Hambre, que puede provenir de escasez en la tierra o de un asedio.

(C) Plagas de animales, que pueden incluir las devastaciones de langostas, debido a que asolan la tierra, destruyendo sus frutos.

(D) Pestilencia, que a menudo ha provocado la muerte en grandes proporciones de las poblaciones (Ez. 14:13-21).

Aparte de éstos, se dan conflagraciones en diversas partes de la tierra:

terremotos,

erupciones,

ciclones,

avalanchas,

inundaciones,

heladas,

naufragios,

maremotos, etc.,

que se suceden con frecuencia. Todo ello tiene lugar en los juicios providenciales de Dios, y mediante ellos Él se hace oír de continuo, manifestando su poder (cfr. Jb. 37:13). Pero, además de este gobierno providencial, hay a menudo juicios directos, y por ello el profeta dijo: «luego que hay juicios tuyos en la tierra, los moradores del mundo aprenden justicia» (Is. 26:9). Sin embargo, tales juicios son muy frecuentemente considerados como fenómenos naturales, meros accidentes o calamidades, sin reconocimiento alguno de Dios, y son pronto olvidados. Debieran servir para advertir a los hombres; así como a menudo caen lluvias ligeras antes de una tormenta, estos frecuentes juicios son sólo los heraldos de la gran tormenta de la ira de Dios que ciertamente caerá sobre este mundo culpable cuando se derramen las copas de su indignación (cfr. Ap. 6-20).

Todo juicio, esto es, el acto de juzgar (gr. «krisis»), sea de muertos o de vivos, ha sido dado al Señor Jesús. Él es presentado como viniendo de Edom, con vestidos teñidos en Bosra, cuando Él pisoteará en su ira a las gentes, y la sangre de ellos manchará todas sus ropas (Is. 63:1-3). Sus juicios caerán sobre las naciones vivientes; asimismo, antes de que Israel sea restaurado a la bendición, el juicio de Dios caerá también sobre ellos (véase TRIBULACIÓN [GRAN]). Dios también ejecutará juicios sobre la Cristiandad profesante (véase BABILONIA-b). El castigo eterno de los malvados recibe el nombre de «juicio eterno» (He. 6:2). Los ángeles caídos están reservados para juicio (2 P. 2:4), y el fuego eterno está preparado para el diablo y sus ángeles (Mt. 25:41).

(b) Juicio en sesión formal.

La común expresión «Juicio final» no se halla en las Escrituras. Mediante esta expresión se entiende, generalmente, que toda la humanidad en «el día del Juicio», comparecerá ante Dios, el Señor Jesús, para ser juzgada por sus obras y para oír cada uno la decisión acerca de su destino eterno. Pero esto no es conforme a las Escrituras. En todos los pasajes (excepto 1 Jn. 4:17 donde se dice que el cristiano tiene confianza «en el día del juicio»), el término es «día de juicio»; y no «el día del juicio» como refiriéndose a un día específico.

Además del juicio sesional de los imperios en Dn. 7:9-14, hay otros dos de estos juicios en las Escrituras, revelados con mayor o menor detalle, y que no deben ser confundidos, no teniendo lugar al mismo tiempo ni con respecto a la misma categoría de personas. El Señor Jesús ha sido designado el juez tanto de los vivos como de los muertos (Hch. 10:42). En Mt. 25 se da el juicio de vivos, en tanto que en Ap. 20 son los muertos los juzgados. El contraste se puede expresar así: en Mt. 25 se trata de las naciones vivientes, sin mención de los muertos; la escena donde se desarrolla es en esta tierra, a la que viene el Hijo del hombre. En Ap. 20 se trata de los muertos, sin mención de los vivos; la tierra ha desaparecido de delante de Aquel que se sienta sobre el Gran Trono Blanco. En Mt. 25, unos son salvados y otros perdidos. En Ap. 20 no se menciona ningún salvo: todos son perdidos. En Mt. 25 el juicio se refiere al trato dado a los hermanos del Señor, sin mención de pecados generales. En Ap. 20 el juicio tiene como base los pecados generales, sin mención alguna de su tratamiento de los santos.

Es evidente que se trata de juicios distintos y separados en el tiempo y en el espacio. El juicio de los «vivos» será en el comienzo del reinado del Señor. Después de que la Iglesia sea recogida a la gloria, Cristo tendrá sin embargo siervos suyos haciendo su voluntad sobre la tierra, como sus dos testigos en Ap. 11:3 (cfr. también Mt. 10:23). Cuando vuelva a reinar, las naciones serán juzgadas en base al trato dado a aquellos a los que llama sus «hermanos». El juicio de los «muertos» malvados tendrá lugar después del milenio, y abarcará a todos los que han muerto en sus pecados; todos los secretos de los hombres serán entonces juzgados.

Surge, así, la cuestión en cuanto a los creyentes que puedan estar aún vivos en la venida del Señor y de la multitud de aquellos que ya han muerto. No pueden ser incluidos ni en el juicio de Mt. 25 ni en el de Ap. 20. En cuanto a su suerte personal, por lo que toca a su salvación, tenemos la clara afirmación de Jn. 5:24, acerca de que los tales no vendrán a juicio en absoluto. «El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación (gr. «krisis»: juicio), mas ha pasado de muerte a vida». Cfr. el uso de «krisis» en los vv. 22, 27, 30, y cfr. v. 29, donde debería ser «resurrección de juicio». También aparece la misma palabra en He. 9:27: «... está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio... Cristo... aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan».

(c) El tribunal de Cristo.

Todo quedará manifestado ante el tribunal de Cristo, a fin de que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o malo (2 Co. 5:10). Esto no entra en colisión con la anterior afirmación de que el creyente «no vendrá a juicio». El Señor Jesús se sentará en el tribunal. Es Él el que murió por los pecados de los creyentes y resucitó nuevamente para su justificación; y Él es la justicia del creyente: Él no va a juzgar su propia obra. Los creyentes, habiendo sido justificados por el mismo Dios, no pueden ser juzgados. En Jn. 5:24 se afirma taxativamente que Él no viene en absoluto a juicio. Pero será manifestado: las cosas llevadas a cabo en el cuerpo serán revisadas, todo será examinado por Él en su verdadera luz, tanto lo bueno como lo malo, y esto destacará la gracia de Aquel que ha dado la salvación.

Se requerirá entonces del creyente que dé cuenta de cómo ha servido al Señor. ¿Ha usado el talento que le ha sido confiado? Habrá aquellos que habrán trabajado con materiales impropios, y tal obra será quemada, con lo que el obrero perderá su recompensa, aunque el obrero mismo será salvo, pero como a través de fuego. Para otros, su obra permanecerá, y los tales conseguirán recompensa por su labor (1 Co. 3:14). Cada uno recibirá recompensa conforme a la obra realizada (v. 8). El apóstol Juan exhortó a los creyentes a permanecer en Cristo a fin de que él mismo, como obrero, no tuviera que avergonzarse ante el Señor en su venida (1 Jn. 2:28; cfr. 2 Jn. 8). Estos pasajes tienen relación con el servicio de los cristianos, los cuales reciben uno o varios talentos. (Véanse DÍA DE JEHOVÁ, ESCATOLOGÍA, GRACIA, MILENIO, TRIBULACIÓN.)

 JULIA

tip, BIOG MUJE MUNT

vet,

Mujer cristiana de Roma a quien Pablo envía saludos (Ro. 16:15).

 JULIO

tip, BIOG EJER FUNC HOMB HONT

vet,

Centurión de la cohorte Augusta, encargado de un convoy de presos entre los cuales iba Pablo (Hch. 27:1, 8, 28).

Tuvo consideraciones especiales con Pablo, y el trato privilegiado que éste recibió en Roma al principio se debió, sin duda, al informe favorable rendido por él.

 JUNCO

tip, FLOR

vet,

Designa:

(a) Una planta delgada de los pantanos, símbolo de fragilidad, de la cual hay unas 200 especies (Is. 15:19; 58:5).

(b) Una planta más resistente que la anterior, que crece al borde de los ríos, y de la cual se fabricó la arquilla del niño Moisés. Servía también en la fabricación de embarcaciones grandes (Éx. 2:3; Is. 18:2). Se ha identificado con el papiro.

 

 

 JUNIAS. Cristiano mencionado en Ro. 16:7.

 JÚPITER

tip, DIOS

vet,

(gr., «Zeus pater», «dios padre» o «padre de los dioses»).

Supremo dios de los griegos y romanos, representado como un tipo viril, barbudo, enérgico y majestuoso, sentado en un trono, con un haz de rayos en la mano derecha. Los habitantes de Listra creyeron que Bernabé era Júpiter disfrazado, pues en la mitología era común que los dioses bajaran a la tierra en forma de hombres (Hch. 14:12; 19:35). En esta última cita se significa «imagen caída del cielo».

Los libros apócrifos de los Macabeos narran los intentos de Antíoco Epifanes de imponer el culto de Zeus Olímpico a los judíos dedicándole el Templo de Jerusalén, lo que causó el levantamiento del pueblo.

 JURAMENTAR

vet,

Poner a uno bajo juramento, obligándole, así, a hablar o a obrar como si estuviera en la presencia de Dios (Jos. 6:26; 1 S. 14:24; Mt. 26:63; Mr. 5:7).

 JURAMENTO

tip, LEYE COST

vet,

El juramento bíblico era una solemne apelación a Dios para ser testigo de un pacto o confirmar la verdad de un dicho (Gn. 21:23; Gá. 1:20) y su violación era una gran ofensa a Dios (2 Cr. 36:13). El juramento se hacía:

ante el rey o ciertos objetos sagrados (Gn. 42:15; Mt. 23:16-22),

levantando la mano a Dios (Gn. 14:22),

poniendo la mano sobre el muslo del otro (Gn. 24:2),

ante el altar (1 R. 8:31),

pasando por en medio del holocausto dividido (Gn. 15:21).

La Biblia parece autorizar el juramento judicial como lícito (Éx. 22:11; Nm. 5:19-22; Mt. 26:63; Ro. 9:1; Gá. 12:20; Fil. 1:8), pero condena el perjurio, la mención profana del nombre de Dios y otros malos usos del juramento (Lv. 19:12; Jos. 23:7; Mt. 14:3-12. Cristo prohibió el juramento (Mt. 5:33-37), pero según se infiere, se refería al hecho entre individuos en particular o en conversación ordinaria, y no al judicial, o sea a requerimiento de las autoridades debidamente constituidas.

 JUSTICIA

tip, DOCT

ver, CASTIGO ETERNO, ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA, CASTIGOS

vet,

Término que aparece con gran frecuencia en las Escrituras, expresando un atributo de Dios que mantiene lo que es coherente con su propio carácter, y que necesariamente juzga lo que está opuesto a Él: el pecado. En el hombre es también lo opuesto a la «anomia» o pecado (1 Jn. 3:4-7). Se debe tener presente que, por lo que al hombre se refiere, aparte de una obra de gracia en él, «no hay justo, ni aun uno» (Sal. 14:1-3; Ro. 3:10). Con independencia del hombre, Dios ha revelado su justicia en el juicio exhaustivo y eliminación del pecado, y del estado con el que estaba conectado el pecado en el hombre. Esto se realizó asumiendo el Hijo de Dios naturaleza de hombre, viniendo a formar parte de la raza humana, aunque sin pecado alguno en Él, y tomando en la cruz, vicariamente, el lugar del hombre bajo la maldición de la ley, siendo hecho pecado y glorificando a Dios al llevar el juicio del pecado (Ro. 3:21-26; Gá. 3:13; Fil. 2:5-8 ss.). Así, la justicia de Dios, declarada y expresada en los santos en Cristo, es la respuesta divina al hecho de que Cristo fue hecho pecado. Por otra parte, el lago de fuego (véase CASTIGO ETERNO) es la expresión eterna del justo juicio de Dios. En la actualidad la justicia de Dios es revelada en el Evangelio y apropiada por la fe.

Éste es un principio enteramente diferente de aquel mediante el que actuaba el judío, esto es, el de intentar establecer su propia justicia, sin someterse a la justicia de Dios (Ro. 10:3). Su padre Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia; y la fe del creyente le es contada como justicia, aparte de las obras (Ro. 4:3, 5).

Cristo Jesús nos es hecho justicia de Dios (1 Co. 1:30). Él es el fin de la ley para justicia a todos aquellos que creen.

Hay también la justicia práctica que caracteriza a cada cristiano. El conocer la justicia de Dios, viene a ser siervo de justicia (Ro. 6:13, 19, 22). La esposa del Cordero es presentada vestida «de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos» (Ap. 19:8). (Véanse también ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA, CASTIGOS.)

 JUSTIFICACIÓN

tip, DOCT

ver, SANTIFICACIÓN, SALVACIÓN, GÁLATAS

vet,

Acto por el cual el Dios tres veces santo declara que el pecador que cree viene a ser justo y aceptable ante Él, por cuanto Cristo ha llevado su pecado en la cruz, habiendo sido «hecho justicia» en su favor (1 Co. 1:30). La justificación es gratuita, esto es, totalmente inmerecida (Ro. 3:24); sin embargo, se efectúa sobre una base de total justicia, por cuanto Dios no simplemente pasa el borrador sobre nuestros pecados con menosprecio de su santa Ley. Las demandas de su santidad han quedado plenamente satisfechas en Jesucristo que, no habiéndola jamás quebrantado, sino siendo Él mismo totalmente santo y justo, llevó en nuestro lugar toda la ira por la Ley quebrantada y por toda la iniquidad del hombre. En el tiempo de «su paciencia» (el AT), Dios podía parecer injusto al no castigar a hombres como David, p. ej.; ahora, al haber mantenido en la cruz su justicia y amor, puede justificar libremente al impío (Ro. 3:25-26; 4:5). Jesús nos justifica por su sangre (Ro. 5:9) y por su pura gracia (Tit. 3:7). Así, la justificación se recibe por la fe, y nunca en base a las obras (Ro. 3:26-30; 4:5; 5:1; 11:6; Gá. 2:16; Ef. 2:8-10). Se trata de un acto soberano de Aquel que, en Cristo, nos ha llamado, justificado y glorificado: «¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica» (Ro. 8:30-34). El pecador acusado por la Ley (Gá. 3:10-14), por Satanás (Zac. 3:1-5; Ap. 12:10-11) y por su conciencia (1 Jn. 3:20), no queda solamente librado del castigo por el Juez Soberano: es declarado justo, y hecho más blanco que la nieve (Is. 1:18). Para él ya no hay condenación (Ro. 8:1), por cuanto Dios lo ve en Cristo, revestido de la justicia perfecta de su divino hijo (2 Co. 5:21).

El punto más controvertido en el curso de los siglos con respecto a esta maravillosa doctrina es el siguiente: ¿Es la fe realmente la única condición de la justificación, o no son necesarias las buenas obras junto con la fe para llegar a ella? Se encuentran acerca de este tema las opiniones más extremas. Ya entre los primeros cristianos los había que pensaban que se podían contentar con una adhesión sólo intelectual a la doctrina evangélica, sin consecuencias prácticas en cuanto a su vida moral y servicio. Pablo tuvo que refutar constantemente este grave error (Ro. 16:1). Los capítulos 12 a 16 de Romanos completan su magistral exposición de la salvación por la fe insistiendo en la realidad de las obras que son el fruto necesario de la justificación (cfr. Gá. 5:16-25; Tit. 2:14; 3:1, 5, 8, 14, etc.). En cuanto a Santiago, dice exactamente lo mismo al afirmar que «la fe sin obras es muerta». La fe que justificó a Abraham era viva, por cuanto produjo obras; fue por ello que la fe «se perfeccionó por las obras» (Ro. 2:17-26). Se puede resumir de la siguiente manera la argumentación de los dos autores inspirados: el pecador es justificado gratuitamente por la sola fe, antes de haber podido llevar a cabo obra alguna de ningún tipo (Pablo); desde el momento en que recibe la gracia de Dios, su fe produce obras que constituyen la demostración de la realidad de su justificación (Santiago). Si su fe permaneciera sin obras, ello demostraría que la pretensión de tener tal fe era vacía: «si alguno "dice" que tiene fe...» (Stg. 2:14). Un árbol silvestre tiene que ser injertado a fin de que produzca buenos frutos; el creyente recibe una nueva naturaleza precisamente con el objeto de que pueda dar buenos frutos, y no porque poco a poco haya ido produciendo frutos satisfactorios. Pero si no produce buenos frutos, es que no hay naturaleza capaz de producirlos. No hay fe, se trata de una fe muerta.

Es muy común el error de confundir la justificación con la santificación. Se aduce que no es posible aceptar que uno está justificado cuando siguen patentes las imperfecciones e incluso caídas en la vida espiritual. El hecho es que la justificación nos es dada desde el mismo momento en que creemos, desde el mismo momento de nuestro nuevo nacimiento. Dios, en su gracia y por causa de la cruz, borra nuestros pecados y nos regenera. Desde aquel momento empieza el crecimiento del recién nacido en Cristo. Cada día se darán progresos a conseguir, victorias a ganar; el cristiano se halla en la escuela de Dios, donde día a día será corregido por las faltas cometidas, a fin de llegar a ser partícipe de la santidad de Dios gracias a la plenitud y poder del Espíritu Santo (1 Jn. 1:6-2:2). (Véase SANTIFICACIÓN.)

En el curso de la Edad Media, en las iglesias Romana y Ortodoxa Griega, la doctrina de la justificación por la fe quedó oscurecida por una falsa concepción del papel de las buenas obras. La cruz de Cristo no era ya considerada como suficiente para satisfacer toda nuestra deuda: el hombre debía al menos satisfacer una parte por sus obras meritorias, sus peregrinaciones, por los ritos de la iglesia, y sus propios sufrimientos en el purgatorio. Fue al volver a descubrir las luminosas enseñanzas de Pablo, particularmente en las epístolas a los Romanos y a los Gálatas, que los Reformadores devolvieron a los creyentes la certidumbre de la salvación (véase SALVACIÓN) y les señalaron la libertad gloriosa de los hijos de Dios. (Véanse también GÁLATAS y SANTIAGO [EPÍSTOLAS DE].).

 

Bibliografía:

Brockhaus, R.: «Romanos» (Ed. «Las Buenas Nuevas», Montebello, California, 1970);

Calvino, J.: «Epístola a los Romanos» (SLC, Grand Rapids, Michigan, 1977);

Ironside, Dr. H. A.: «Exposición de Romanos» (Editorial Buenas Nuevas, St. Louis, Miss., 1979);

Lutero, M.: «Commentary on Romans» (Kregel Pub., Grand Rapids, Mi.; reimpresión 1982) y

Lutero, M.: «Commentary on Galatians» (Kregel Pub., Grand Rapids, Mi.; reimpresión 1978);

Moule, H. C. G.: «Studies in Romans» (Kregel Pub., Gran Rapids, Mi. 1892; reimpr. 1977);

Rossier, H.: «Reflexiones sobre la Epístola a los Gálatas» (Ed. «Las Buenas Nuevas», Montebello, California, s/f);

Stanley, C.: «Vida a través de la muerte» (Alturas, Barcelona, 1974);

Tenney, M. C.: «Gálatas, la carta de la libertad cristiana» (Clíe, Terrassa, 1973);

Trenchard, E.: «Una exposición de la Epístola a los Romanos» (Literatura Bíblica, Madrid, 1976);

Vos, H. F.: «Gálatas: una llamada a la libertad cristiana» (Pub. Portavoz Evangélico, Barcelona, 1981).

Unos buenos estudios sistemáticos se hallan en Chafer, L. S.: «Teología Sistemática», sección correspondiente a «Soteriología» (Publicaciones Españolas, Dalton, Ga. 1974) y

Lacueva, F.: «Doctrinas de la Gracia» (Clíe, Terrassa, 1975).

 JUSTO

tip, BIOG HOMB HONT

vet,

(a) Sobrenombre de José, candidato que no fue elegido cuando se echaron las suertes para designar al sucesor de Judas (Hch. 1:23).

(b) Hombre piadoso que vivía en Corinto. Pablo se alojó en su casa, que era adyacente a la sinagoga (Hch. 18:7).

(c) Sobrenombre de un judío cuyo verdadero nombre era Jesús. Unió sus saludos a los de Pablo a los colosenses (Col. 4:11).

 JUTA

tip, CIUD

sit, a3, 358, 273

vet,

= «inclinada».

Ciudad del país montañoso de Judá, nombrada juntamente con Maón, Carmel y Zif; es indudable que se encontraba en la misma zona (Jos. 15:55). Juta y sus alrededores fueron asignados a los sacerdotes (Jos. 21:16). Esta localidad recibe en la actualidad el nombre de Yattã (Yuttã) y se halla sobre una elevación poco pronunciada, a unos 9 Km. al sudoeste de Hebrón.

Los hay que han sugerido que Juta podía ser la ciudad del país montañoso de Judá a donde se dirigió María para visitar a Elisabet (Lc. 1:39). La suposición más generalizada es que fue Hebrón la ciudad de Elisabet, aunque se ignora dónde nació Juan el Bautista.

 JUVENTUD

vet,

(hebreo, «behurim», y «aldud», «alumind»).

No hay por qué insistir en el sentido vulgar de la terminología anotada: en líneas generales, separa en la vida del hombre la infancia de la edad madura, pero los límites son imprecisos. Los libros sapienciales insisten en el carácter decisivo que tiene para toda la vida del hombre la educación y formación que recibe en su juventud. Hay mención repetida a «los pecados de la juventud» (Jb. 13:26); pero más que a pecados específicos parece aludir a la tristeza que infunde el pensamiento de que aquellos pecados estén todavía presentes en el recuerdo de Dios. Sin duda eran pecados de petulancia desaprensiva, de juvenil atolondramiento; por tanto, de menor malicia que los pecados de la edad viril. En su afán de vida, el hombre israelí se estremece de pavor pensando en la caducidad de la existencia y en la vejez sin vigor (Sal. 71), y también para semejante situación recurre a Dios como fuente de vida y rejuvenecimiento (Sal. 51:12; 103:5; Jb. 20:11; 29:4; 33:25). Con todo el respeto que siempre mereció la longevidad de los pueblos antiguos, la Escritura insiste en que una juventud virtuosa supera en sensatez y valor a los muchos días del anciano impío, y que la verdadera prudencia no está en las canas, sino en la vida inmaculada. En sentido simbólico se habla de la juventud de Israel, aludiendo a la formación del pueblo en los días del desierto, en el tiempo del establecimiento de Canaán (Os. 2:15; 11:1; Ez. 16).

Pablo, en sus cartas pastorales, se interesa repetidas veces por los problemas que plantea la edad juvenil, tanto en los responsables de las iglesias como en los fieles. A su discípulo Timoteo lo previene para que su conducta intachable, su caridad, eviten menospreciar su juventud (que bien podía oscilar entre los 30 y los 40 años) (1 Ti. 4:2).